Participación: el pretexto para conjugar el verbo compartir

Tamara Roselló • La Habana, Cuba

En la recién finalizada Feria Internacional del Libro de La Habana un grupo de instituciones juntaron sus esfuerzos para organizar un homenaje al pedagogo brasileño Paulo Freire. A la invitación de las educadoras y educadores populares cubanos, que se implicaron en esta iniciativa, respondieron Nita Freire, una de las promotoras del pensamiento y la obra de Freire, además de ser su viuda; el teólogo Frei Betto y Oscar Jara, presidente del Consejo de Educación de Adultos para América Latina (CEAAL).

En La Cabaña la Embajada de Brasil en Cuba montó un stand que rendía tributo a Paulo, “un brasileño universal”, por su propuesta pedagógica, que entiende a la educación como herramienta fundamental de la transformación cultural. Desde allí y ante una cámara de video, Oscar Jara recordó en palabras del propio Freire qué significaba para él ser considerado un ciudadano del mundo.

“Yo nací en Recife. Recife queda en Pernambuco. Pernambuco queda en el nordeste. El nordeste queda en Brasil. Brasil queda en América Latina y América Latina queda en el mundo. Mi recificidad explica mi pernambucalidad, mi pernambucalidad explica mi nordestibidad, mi nordestibidad explica mi brasileñidad, mi brasileñidad explica mi latinoamericanismo y este mi universalidad. No puedo ser ciudadano del mundo, sino como ciudadano de Recife.” Fue allí donde Freire enfrentó los desafíos más profundos del ser humano: el tema de la opresión y la liberación.

“Yo nací en Recife. Recife queda en Pernambuco. Pernambuco queda en el nordeste. El nordeste queda en Brasil. Brasil queda en América Latina y América Latina queda en el mundo. Mi recificidad explica mi pernambucalidad, mi pernambucalidad explica mi nordestibidad, mi nordestibidad explica mi brasileñidad, mi brasileñidad explica mi latinoamericanismo y este mi universalidad. No puedo ser ciudadano del mundo, sino como ciudadano de Recife.”“Su pedagogía es de la esperanza —añadió Oscar— porque confía en que las personas podemos construir un futuro diferente y que la esperanza no es algo que caerá de otro lado, sino que tenemos que construirla, liberando nuestras capacidades, nuestras potencialidades. La pedagogía de Paulo Freire como propuesta liberadora no llega desde afuera a liberar. Permite liberar nuestra capacidad crítica, nuestra capacidad de comunicarnos, nuestra capacidad de trabajar junto a otras personas, nuestra capacidad de soñar, nuestra capacidad de indignarnos, y desde ahí construir lo que todavía no existe: un mundo mejor para todos y todas”.  

Por su parte Frei Betto acotaba que la trascendencia de Freire está en el legado de esa pedagogía aplicable a cualquier coyuntura, época o situación, porque vivimos en un mundo donde hay oprimidos y opresores, donde hay injusticias. “La tarea número uno, tanto para superar al capitalismo como para consolidar al socialismo, es la educación política permanente. Y ahí Paulo Freire tiene una contribución sustancial para ese proceso”.

Al escucharlos a ambos recordé muchos debates que desde la realidad cubana confirman las oportunidades y pertinencia de la educación popular para la transformación personal, grupal, comunitaria e institucional. La mayor evidencia la aportan mujeres y hombres que en sus territorios apuestan por prácticas culturales basadas en la participación y la cooperación, porque saben convocar e implicar a sus iguales en la identificación de problemáticas comunes y sobre todo, en la búsqueda de alternativas, de soluciones que están al alcance de la creatividad y las ganas de hacer, aunque antes haya que romper barreras de todo tipo, que suelen frenar a los proyectos colectivos.

La red de educadoras y educadores populares —fruto de la articulación de personas egresadas de espacios formativos en Educación Popular del Centro Memorial Martin Luther King— promueve con sus experiencias una cultura de la participación social, que refuerza sentidos y actitudes comunitarias. Ellos y ellas han aprendido hacer por los suyos y con los suyos, no desde la comprensión estrecha de que son los suyos por los vínculos estrictamente familiares o sanguíneos que les unen. En este caso los suyos tienen rostros y voces diferentes, pero destinos y sueños parecidos. Están cerquita porque pueden encontrarse en el ajetreo de la vida cotidiana; porque les afecta el mismo bache de la calle, el transporte cuando más difícil se pone, la música alta de quienes olvidan que viven en comunidad; la justificación de los que se escudan en otras personas y en pretextos ilógicos para no dar un buen servicio o resolver un problema que está a su alcance.  

Ramiro Cuesta y Andrea del Sol son de esos educadores incansables que trabajan en ámbitos locales; el primero desde Gibara, en Holguín y la segunda desde Alamar, en La Habana. La educación popular atraviesa sus vidas y maneras de hacer por sí y para otros: “cambio, sinceridad, educación y tolerancia, ser uno mismo, desarrollo, aceptación, diversidad, compartir saberes, empoderamiento del saber popular, compromiso, aprender a escuchar que es tan difícil…” Así se representan la puesta en práctica de la educación popular que impacta sus respectivos liderazgos comunitarios y sus relaciones interpersonales. 

Con delegados del Poder Popular, instructores de arte, artistas y artesanos locales, personas de la tercera edad, niños y niñas, campesinos, profesionales de diversas especialidades…, animan procesos de transformación social, cuyo centro es la participación para promover la colectividad como espacio de construcción conjunta, donde es posible actuar a favor del bienestar común. Ya no se conforman con ese nivel de la participación tan básico que se limita a “asistir, consultar, informar”. Han aprendido que lo verdaderamente perdurable no está en manos de pocos, sino entre muchas personas.

Participar implica compartir la acción por eso se ha identificado como un aspecto esencial para involucrar a la población en función de diseñar y alcanzar ese presente y futuro compartido. Pero la participación se aprende, no viene en los genes ni es un instinto; es preciso estimularla y promoverla. Para ello, la educación popular favorece la corresponsabilidad, la cultura del debate, la fraternidad, el diálogo que invita a la escucha activa y problematizadora, a tiempo que evita el autoritarismo y la competencia.

Imagen: La Jiribilla

Nada de esto es posible si no se cuestionan las subjetividades, el imaginario social y las prácticas históricas y culturales. Es preciso adentrarse en las motivaciones, aspiraciones y expectativas, en los compromisos, creencias y representaciones que nos mueven o frenan; en nuestros valores, prejuicios y miedos, en las tradiciones que heredamos y portamos. Hay que desnudar la matriz cultura de la que somos fruto y que legitimamos cotidianamente. Ahí está la fuente del cambio o de la resistencia a él.

Son diversas las maneras en que es posible conjugar el verbo compartir, como mismo podemos recrear la palabra poder, para juntarlas: compartir el poder actuar, el poder diseñar, el poder sentir; el poder decir, el poder transformar, el poder escuchar... Compartamos en definitiva, el poder —que es político y cultural—, de construir los sueños colectivos en un pequeño proyecto comunitario hasta en esta, nuestra sociedad, bajo presupuestos más participativos. Y otra vez retomo esa lección profética que nos dio Paulo Freire y que su coterráneo Frei Betto nos recuerda: la tarea número uno para consolidar al socialismo es la educación política permanente.

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