Entrevista con Caridad León, coordinadora del Taller
de Transformación Integral del Barrio de La Ceiba:

“Los talleres son un camino
para la participación desde abajo”

Miriela Fernández • La Habana, Cuba

Sin dudas, ella es un personaje de la épica cubana, pero de esa que queda en la oralidad de un barrio, en las miradas agradecidas, que la vieron antes desandar el polvo del solar y convocar a transformarlo o atravesársele en los ojos de un representante del gobierno para que entrara a la ciudadela y se uniera al proceso. Cuando una conversa con Caridad, o mejor, con Cary, porque es así como muchos la conocen, una siente que los problemas, sobre todo esos sociales que aparecen tras las cortinas de la realidad, si la dejaran, comenzaban a solucionarse en un instante. Es una mujer que ofrece esperanzas, una líder comunitaria que parece decirte con contagiosa sensibilidad: “Permiso, aquí estamos. Así no pueden más, no podemos. Hay que resolverlo ahora”.

De esa forma, lograron que el taller de transformación de La Ceiba tuviese su sede, esta acogedora casa azul, repleta de grafittis, donde ahora me da su testimonio. Ofelia no la quiere dejar sola y nos acompaña a ratos. Coloca una inusitada atención en cada detalle y asiente con orgullo. Por esa experiencia, es que las dos no se han cruzado de brazos ante la nueva situación en el taller. “Nosotras hemos querido que ellos se involucren en nuestras actividades y le hemos dicho qué hacer, adónde dirigirse para que la espera no sea demasiado larga”, dice Ofelia. “¿Y cuántas personas son?”, pregunto. Unas 40, y hay varios niños, responde Cary. Vienen de Buena Vista, Romerillo, Sierra. Y ya nos dijeron que traerían otra familia también sin casa, de Santa Fe. Nosotras fuimos para intentar hablar con la asamblea, comenta con el rostro en ascuas. Pero nada se resolvió. Dijeron por 15 días y llevan meses aquí y las condiciones de vida, la verdad, no son favorables.

En el 2008, Cary conformó un nuevo equipo de trabajo en el taller La Ceiba porque el grupo de coordinación se desarticuló con la salida de algunos de sus integrantes. En esa coyuntura, se incorporó Ofelia, y otros colaboradores que recibieron la Formación en Educación Popular a Distancia (FEPAD)1. Habían pasado entonces varios procesos, como el de la inserción social de jóvenes, el de intervención comunitaria en vivienda, y otros. Hasta hoy no han cesado de trabajar con la comunidad, de hacer que participe ante sus diversas problemáticas.

Imagen: La Jiribilla

Ella cuenta que muchos logros en la participación barrial se los debe a la educación popular. Si bien los talleres de transformación integral del barrio2 surgidos, a propuesta de Fidel, en 1988, tuvieron la intencionalidad de encauzar la dimensión participativa dentro del reordenamiento urbano de la capital, la apropiación de esa propuesta educativa permitió un diálogo más horizontal con la gente. “Aprendí que escuchar —afirma sabiamente Cary— es un acto político, porque ahí también estás cediendo poder y abriendo las puertas para que el otro pueda participar”. Con su frase da las primeras pistas ante mi pregunta: ¿cómo han entendido en la práctica la participación desde los talleres de transformación del barrio?

“Los talleres son una demostración de lo que es desarrollo local con participación popular. Las personas llegan a involucrarse en el más alto nivel de decisiones, porque lo que ocurre muchas veces es que la participación se ve limitada por gobiernos municipales. En los talleres hablábamos en el comienzo no solo del desarrollo humano sino de lo que se podía hacer para mejorar lo económico, organizado por la propia comunidad. Teníamos claro que el cambio venía desde esos actores.

“Hay talleres más fuertes que otros en su trabajo con el gobierno. Realmente la participación real todavía depende de las personas que lleguen al gobierno municipal y tengan otra comprensión sobre este tema. En Alamar, por ejemplo, se capacita a los delegados y no superficialmente, sino desde la educación popular, la gestión de proyectos, el trabajo comunitario. Así se logra que la visión de desarrollo sea diferente. Porque aunque se dice que el poder popular es de abajo hacia arriba, en la práctica, muchas veces es vertical, la participación es my limitada y hay gente del gobierno que está más pendiente de los de arriba que de las personas con necesidad. Carlos Gandarilla, de la asamblea municipal de Habana del Este, descubrió la importancia de los talleres de transformación y apoyó la escuela de formación de delegados en Alamar.

“La ley 92 dice que hay que resolver los problemas con las masas. Nosotros quisimos aprovechar esa oportunidad. El El Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital (GDIC) te enseña la planificación estratégica comunitaria, pero queríamos descubrir cómo se podía hacer esto con la gente, con participación, y es cuando llego al Centro Memorial Martin Luther King. No estaba muy convencida porque la educación popular te expone ante otros y no estaba acostumbrada a exponerme. Pero como era maestra, ya en el Centro de reeducación de menores me había descubierto muchas sensibilidades, y la educación popular vino a darme una metodología, la posibilidad de ser inclusiva, la comprensión de que todo tiene un sentido político como el acto de escuchar.

“Buscamos generar participación y no pretendimos que fuera un movimiento de mil o tres mil personas, sino pequeños grupos que fueran modificando a otros. Hubo cambios  en las relaciones en muchos espacios, en la familia, en núcleos del Partido, en centros de trabajo. Con la  educación popular se vivió un movimiento de participación y transformación muy bonito”.

¿Qué aportes ha dejado el taller para la participación concreta de las personas en el desarrollo de su localidad?

Bueno, nos metimos en la ciudadela, con un proyecto que se llamaba intervención comunitaria en vivienda social. El Estado tenía el deseo de acabar con las ciudadelas, pero no había una política definida para emprender este cambio. Nuestro consejo popular tiene construcciones antiguas, muchas en muy mal estado. Por ello nos sentamos arquitectos, estudiantes, vecinos, para pensar cómo podíamos cambiar la realidad física de La Ceiba.

La idea salió de un encuentro de mujeres que hicimos en el taller por tres años. En uno de ellos, una mujer mencionó su necesidad de tener al menos una cocina y un baño limpios y otras empezaron a hablar por la misma línea, y de la gente salió cómo podíamos cambiar la ciudadela y hacerla habitable. Nos pusimos a investigar qué organismos construyen en Cuba, y descubrimos que era el entonces MINVEC, las empresas mixtas, firmas, y la gente que de manera ilegal arreglaba sus casas. También descubrimos que había unas 115 ciudadelas en regular y mal estado.

Nos ayudó mucho la doctora Tania, arquitecta, y sus estudiantes de una asignatura sobre proyectos con comunidad. Después vimos otros caminos, pero también en medio de todo aprendimos sobre el poder del consejo de vecinos. La educación popular nos enseñó que no podíamos quedarnos con una sola respuesta. Invitamos a los delegados y se estructuró un proyecto de transformación de las ciudadelas, con la comprensión de que los consejos de vecinos eran todos, hasta los niños.

En los encuentros, pedíamos que cada mandato del poder popular dejara un cambio real en la gente. No fue fácil porque hubo que estar al tanto de cuestiones técnicas, de políticas de planificación física, de qué acciones podíamos acometer con nuestros propios esfuerzos, pero del 65 porciento de las ciudadelas que estaban en estado regular y malo, se transformó mucho. Algunas donde el consejo de vecinos era fuerte se les exigía a los técnicos que respetaran cómo las personas querían sus viviendas. En ocasiones hubo que hacer talleres de concertación y mediación de conflictos, porque la gente de La Ceiba tenía que comprender su rol, pero también los técnicos y el gobierno. En esa etapa unos vecinos lograron resolver un problema de acceso al agua que mantenían por 10 años.

Realmente cambió la situación. El proyecto se ha detenido por un problema burocrático y dentro de este todavía nos quedan varias ciudadelas y un edificio por mejorar.

Imagen: La Jiribilla

Con esta experiencia, ¿dónde crees que están los mayores obstáculos para asumir un desarrollo local participativo?

Mira, los mandatos de delegados cambian cada dos años y medio, y aunque tú capacites las personas vienen con su formación y hay mucha resistencia al cambio. En eso influye la capacitación en la escuela de cuadros que todavía es muy verticalista. El trabajo nuestro lo hacemos en el consejo popular y hemos logrado que  autoridades locales participen en los talleres de capacitación. No sé si es la coyuntura, pero hay mucha dificultad para darle continuidad al gobierno a estos niveles.

Por otro lado, en La Ceiba, por ejemplo, hay una propuesta de 80 cooperativas no agropecuarias y solo se han aprobado dos. Con la iniciativa de desarrollo local, el gobierno municipal asume el control de las actividades de algunas empresas, pero de esa forma, este proceso se reduce a servicios, solo se amplía el objeto social de la empresa. Nosotros empezamos un levantamiento de los trabajos por cuenta propia y hay iniciativas de elaboración de alimentos, servicios menores de reparación y otros, posibilidades de emprender cooperativas y otros procesos desde la gente.

Persiste un problema medioambiental, constructivo, y ante esto hay una propuesta de cooperativa de saneamiento y limpieza. Otro delegado tenía la intención de echar a andar una experiencia de recogida de escombros, acabado y pintura, de reconstrucción. Muchos problemas se podrían resolver con la comunidad y no dejas de cumplir con la ley 92, además de que se logra recaudar para seguir invirtiendo en la localidad.

Cuando se aborda la problemática de vivienda en Cuba, emergen datos sobre las afectaciones que sufren núcleos familiares de piel negra. ¿Cómo ha logrado involucrar el taller a estas personas en sus acciones? ¿Cómo han tratado el tema de la racialidad?

Primero, ninguna de las familias que tenemos albergadas aquí es blanca. Y por la mañana los adultos salen a trabajar, por tanto, no son antisociales. Estoy leyendo un libro titulado Los horrores del solar habanero. Quiero profundizar antes de meterme bien en esto. Pero sí es un problema. Me pregunto cuántas personas que viven en todas estas ciudadelas no son blancas o cuántos dueños de negocios son mujeres y negras… Por eso hay que tener políticas especiales ante las desigualdades, incorporar la dimensión humana en el desarrollo local como hemos tratado. Para los barrios de la capital se necesitan políticas diferenciadas, y con participación real, no pueden ser paternalistas.   

¿Cuál usted cree que sea el camino para que se asuma esta concepción participativa, que incluya cada vez más a la comunidad?

El trabajo comunitario como lo conciben los talleres, es el camino para la participación desde abajo. Y hay que seguir preparando a los delegados, al gobierno. Tenemos que lograr que se apropien de la filosofía de la participación real, de que los saberes de la gente valgan, que no se trabaje por cumplir una tarea, que se conozca el entorno y lo que pasa en la realidad del barrio, para que los oportunistas no ocupen los espacios y se olviden de las personas. Hay que trabajar además con los jóvenes, sin imponerse. Y saber que tú como delegado puedes representarme, hablar de un problema que es mío, pero el poder real está en la gente.


Notas:
1. Capacitación que surge a partir de los talleres de educación popular en el Centro Memorial Martin Luther King, como parte de la estrategia de multiplicación de esta propuesta formativa.
2. Los Talleres de Transformación Integral del Barrio fueron creados por el Grupo de Desarrollo Integral de la Capital (GDIC), subordinado a la secretaría del gobierno provincial.
Los primeros talleres se gestaron en los barrios de Cayo Hueso, Pilar de Atarés y La Güinera.

 

 

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