Del libro ¿Qué es la educación popular?:

Apuntes sobre el trabajo comunitario

María Isabel Romero • La Habana, Cuba

En el presente trabajo pretendo compartir algunas reflexiones en torno al trabajo comunitario, asumiéndolo como el conjunto de prácticas diversas que instituciones y organizaciones implementan en las comunidades, ante todo con el fin de mejorar la calidad, las condiciones y el modo de vida de las personas.

Imagen: La Jiribilla

Incursionar en un tema como este requiere no sólo aceptarlo en sus múltiples dimensiones —económica, social, cultural, política—, sino hacerla siendo conscientes del enfoque o paradigma teórico-metodológico desde el cual emprendemos nuestras prácticas. Porque ello será lo que determinará los énfasis, la postura ética, la responsabilidad y el compromiso con las personas con las que vamos a trabajar al espacio comunitario.

Procuro entonces profundizar en algunos términos fundamentales para esta labor, acotar ciertas regularidades de estas prácticas en nuestro contexto, y, por último, proponer algunas ideas desde los referentes de la educación popular y la investigación acción participativa.

Me parece necesario comenzar esclareciendo a qué llamo comunidad. Admito que el criterio de localidad geográfica no resulta suficiente para definirla. Desde esa insuficiencia, voy entonces a referirme a lo comunitario como escenario de acción y transformación sociocultural. Es tal la primera aclaración que quiero presentar.

Por comunidad considero una unidad social relativamente estable de determinadas características, que comparte intereses comunes, sentimientos de pertenencia, en la que se expresan relaciones interpersonales sostenidas, producciones simbólicas[1] comunes; que es capaz de percibirse a sí misma distinta a otras y que posibilita la satisfacción de necesidades de sus miembros.

Ellas pueden ser territoriales en los casos en que los grupos que las conforman coexisten espacial y temporalmente en una misma localidad y comparten una herencia histórico-cultural común, como ocurre en determinados barrios urbanos, comunidades rurales, eclesiales o escolares.

Asimismo, pueden ser funcionales si en los móviles de su conformación están presentes objetivos e intereses comunes, tal como acontece en algunos movimientos culturales —alrededor del rock, rap, hip hop, la salsa— y sociales —de ecologistas, feministas, indígenas, campesinos—. En este grupo, ya pesar de la ausencia de interacciones cara a cara, me atrevo a ubicar también a las comunidades virtuales, en las cuales se dan comunicaciones interpersonales y grupales intensas que hablan a favor de la existencia de comunidad.

La comunidad, a su vez, no constituye un agregado natural y amorfo de personas, ni es homogénea. Comprende cierto grado de organización variable. Además, en su componente estructural podemos hablar de dos ejes: uno informal y primario, expresado en los grupos que se conforman por afinidades, de manera espontánea, y otro formalizado, representado por las organizaciones e instituciones que también la conforman. Estos grupos, instituciones y organizaciones representan elementos de alto valor diagnóstico en su estudio y comprensión[2].

Un segundo asunto a aclarar se refiere a qué estoy llamando desarrollo. Para ello apelo a los diferentes significados que se asocian al término: fomento, crecimiento, impulso, prosperidad, perfeccionamiento. Agrego, además, la idea del movimiento, el cambio, el proceso, la transformación misma hacia una condición mejor de vida, sólo posible, en mi opinión, mediante un trabajo educativo intencionado, planificado y riguroso que incluya la sensibilización a los grupos, organizaciones e instituciones que la conforman.

Y es que desarrollar la comunidad va más allá de mejorar sus condiciones materiales de vida. Ello implica que se produzcan crecimientos en las personas y grupos, es decir, que aparezcan y se expresen cambios en las relaciones sociales, en la apropiación de nuevas capacidades, valores, actitudes, habilidades, que se desarrolle la posibilidad de auto conducción de los procesos de desarrollo, y de identificación de sus propias necesidades de cambio —necesidades no siempre experimentadas ni siquiera a veces sentidas, pero que podrán emerger como fruto de las acciones educativas—.

Imagen: La Jiribilla

El desarrollo comunitario puede entonces concretarse, por ejemplo, en transformaciones físicas como puede ser el mejoramiento del entorno a través de obras constructivas, la reforestación de un área o el reciclaje de residuales sólidos; en transformaciones económicas en los casos en que las personas comiencen a percibir mejor remuneración salarial a partir de la creación de nuevas fuentes de empleo; en transformaciones sociales cuando logran ser superados diversos problemas de este orden como pueden ser la desvinculación laboral o estudiantil, la insalubridad, la marginación y sus males asociados; en transformaciones políticas dado que se construyan relaciones horizontales entre las personas —ajenas a la cultura de la dominación—, basadas en la equidad, la justicia social y la solidaridad; y, por último, en transformaciones culturales que, aunque más lentas, se dan al producirse cambios en los hábitos, costumbres y tradiciones de la comunidad favorables al mejoramiento de su modo de vida, que se manifiestan en cosas tales como la práctica de ejercicios físicos, la creación de grupos comunitarios encargados del planeamiento de acciones a favor de su desarrollo, la aparición y mantenimiento de acciones a nivel de lo artístico-cultural, entre otras.

Algunos autores avalan la existencia de dos modelos de desarrollo comunitario: el modelo de planificación (de arriba-abajo) y el de participación (de abajo-arriba).

En el primero, los objetivos de trabajo comunitario se establecen por alguno de los suprasistemas de los que forma parte la comunidad (nación, región, municipio). En el segundo, las propuestas para el desarrollo parten de las propias comunidades, las cuales participan de las decisiones de su propio devenir.[3]

Diferentes propósitos han caracterizado estos enfoques y prácticas. En el primero, la intención radica en ayudar a personas y grupos afectados por problemas inmediatos o urgentes, tanto por su naturaleza misma como por el "daño" que le pueden estar causando a la sociedad. Este tipo de práctica no intenciona cambios en las maneras de pensar —visiones, percepciones— de las personas, ni tampoco trabaja sobre las causas de sus problemas dado que su objetivo fundamental es asistencial.

En el otro enfoque los propósitos están dirigidos a trascender lo asistencial -que es un fin válido y necesario, pero no único-, creando comunidad en caso de que no exista, y convirtiéndola en sujeto social auto dirigido en sus acciones, pero articulado al conjunto instituciones que conforman la sociedad, capaz de identificar sus propios problemas, planear las acciones que los superen y conducir sus propios procesos de cambio aprovechando sus potencialidades y fortalezas, siempre a favor de un proyecto de sociedad que privilegie el bienestar y el crecimiento de los seres humanos.

Según los referentes teóricos que las sustentan, existen diversas prácticas de trabajo comunitario que con frecuencia son ubicadas dentro de la educación no formal, es decir, la educación que acontece fuera de la institución escolar. Entre ellas podemos citar la animación sociocultural, la extensión comunitaria, la educación popular, la educación comunitaria, el trabajo social, la intervención comunitaria, el desarrollo local, la acción social, la acción comunitaria, entre otras.[4]

En nuestro caso, si bien desde el triunfo mismo de la revolución han existido en nuestras comunidades prácticas sistemáticas de trabajo comunitario conducidas por diferentes organizaciones sociales y de masas (CDR, FMC) e instituciones (escolares, de salud, de gobierno, entre otras), en las mismas la participación se ha expresado sobre todo en la ejecución de actividades, en la movilización popular, más que en la toma de decisiones sobre sus propias problemáticas.

No obstante, en la recién finalizada década de los '90 del siglo XX hubo, en mi opinión, una vuelta a lo comunitario no solo como escenario de acciones comprometidas con nuestro proyecto social y con el mejoramiento de las condiciones de vida de la población, sino que asumía a los pobladores y pobladoras como protagonistas más plenos de sus propias transformaciones, más sujetos de su propio desarrollo.[5]

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No es casual entonces que diferentes sectores de la sociedad en los últimos años se interesen por lo que acontece en el ámbito comunitario. El hecho de que transcurra allí una buena parte de la vida cotidiana de las personas hace a la comunidad un terreno privilegiado para el estudio, investigación e incidencia sobre diversos problemas sociales, y también para la puesta en práctica de acciones educativas que promuevan el mejoramiento de ella misma y de la sociedad en su conjunto.

Confirman lo anterior los siguientes elementos: la incorporación de contenidos relacionados con el trabajo comunitario en los programas de pre y posgrado de especialidades del campo de las ciencias sociales, el incremento de la producción teórica y práctica sobre el tema en eventos científicos y en publicaciones diversas, la reciente apertura de las escuelas formadoras de trabajadores sociales, la tendencia cada vez más ostensible al diálogo interdisciplinario en su abordaje.

Aunque la complejidad de los procesos comunitarios los define como muy particulares y cambiantes, una reflexión sobre estas prácticas en los últimos años me permite señalar algunas regularidades:

a) La implementación de programas y acciones diversos según los objetivos de la institución u organización que los promueva. El trabajo comunitario se organiza según intereses centralizados, la comunidad funciona como depositaria de las acciones implementadas por los centros y personas responsables.

b) El trabajo social comunitario ha tenido un fuerte énfasis asistencial, lo que es comprensible si tenemos en cuenta que un conjunto de necesidades urgentes —epidemias, desastres naturales, imperiosas necesidades de la defensa y vigilancia de los intereses revolucionarios, etc.— o diversos problemas sociales —bajo per cápita familiar, enfermedades de transmisión sexual, desvinculación laboral o estudiantil, etc.— pudieran haber afectado a las comunidades si no se tomaban las medidas exigidas en cada caso, lo que no excluye la impronta de la cultura paternalista. Sus objetivos fundamentales han estado encaminados a asistir y ayudar a resolver estos problemas. La responsabilidad de este trabajo ha recaído y recae sobre las instituciones y organizaciones correspondientes, y no sobre la propia comunidad, aunque en muchos casos sus miembros colaboran voluntariamente.

c) El predominio de modelos educativos bancarios[6], verticales en los que la razón es central en los procesos educativos. Las diversas acciones educativas, independientemente de sus objetivos —a prevención, la promoción, la orientación—, tienen la particularidad de ser protagonizadas por los trabajadores comunitarios, los cuales, desde su posición de poder y saber, transmiten los temas que consideran necesarios a las personas de la comunidad. Los recursos fundamentales a los que se apela para la apropiación del conocimiento son de carácter racional —charlas, folletos, conferencias—. En muchas ocasiones se trata de programas diseñados por personas que trabajan en otras instancias y que son las que determinan las necesidades educativas de las comunidades. Los trabajadores comunitarios en este caso, son los sujetos del proceso de enseñanza-aprendizaje.

d) La universalización o generalización de las acciones. Tanto las acciones educativas como asistenciales están planificadas para ser aplicadas a cualquier comunidad, independientemente de las particularidades y especificidades de cada una de ellas.

e) La presencia de agentes externos. Es frecuente encontrar personas externas a la comunidad conduciendo trabajos comunitarios, que privilegian los intereses de sus instituciones u organizaciones.

f) La parcelación del trabajo comunitario. En una misma comunidad coinciden distintas instituciones u organizaciones, y también diversos especialistas que intervienen según los objetivos previstos por su institución y según su perfil profesional. En ocasiones sucede que un mismo tema es trabajado por diferentes instituciones en el mismo lugar y con las mismas personas. Esto explica la existencia de una larga cadena de interventores, que se caracteriza además por la ausencia de la necesaria articulación, integración e interdisciplinariedad en el trabajo comunitario. Las relaciones horizontales apenas se desarrollan.

g) La deficiente preparación teórico-metodológica de las personas que realizan ese tipo de actividad. No siempre los trabajadores comunitarios son conscientes de la concepción teórico-metodológica que sustenta su práctica lo que, en mi opinión, se revierte en la falta de claridad en el paradigma de trabajo, la ausencia de metodologías que incorporen la dimensión educativa y, en el peor de los casos, la aplicación mecánica de técnicas que, más allá de promover que la comunidad sea sujeto de su propio desarrollo, se limitan a transmitir conocimientos o informaciones desde modelos educativos bancarios, al tiempo que, en otros oportunidades se reduce a usar dinámicas llamadas participativas con la intención de hacer más "amena y entretenida" la actividad de que se trate, pero sin profundizar en la filosofía y el sentido político en que las mismas se sustentan.

h) La ausencia de una perspectiva de género y racial en el planeamiento de los proyectos de trabajo comunitario. Si bien nuestro sistema social ha promovido y puesto práctica desde sus inicios la equidad entre hombres y mujeres entre blancos y negros, los cambios culturales[7] al ser más lentos, requieren de un trabajo más profundo y sostenido sobre la subjetividad de las personas. Los procesos de trabajo comunitario diseñados para la comunidad han padecido la ausencia de un enfoque de género y de raza, no obstante que estas discriminaciones constituyen realidades que aún afectan al conjunto de las relaciones sociales.

Imagen: La Jiribilla

Finalmente, y ya en la década mencionada, se aprecia como cierta regularidad el creciente aumento de experiencias que promueven la participación comunitaria. Alimentadas por referentes diversos —educación popular, animación sociocultural, investigación acción, investigación acción participativa-, son estas puestas en práctica a partir de proyectos de colaboración nacionales e internacionales conducidos por instituciones de gobierno y también por organizaciones no gubernamentales. No obstante cualquiera de las deficiencias que puedan portar, estas experiencias han contribuido al mejoramiento de las condiciones de vida material y espiritual de las comunidades. Sin embargo, vale aclarar que no siempre esos proyectos apuestan al empoderamiento de las comunidades o promueven formas de participación colectiva, organizada y consciente, que impulsen a las claras el mejor desarrollo de la conciencia crítica.

Nuestro Centro[8] desarrolla desde 1995 un programa de formación de multiplicadores y multiplicadoras de la concepción y metodología de la educación popular a través del cual se ha capacitado un público diverso[9], interesado en perfeccionar sus prácticas de trabajo social comunitario.

Los aprendizajes acumulados en el terreno de la formación, la asesoría metodológica a procesos comunitarios, la consulta permanente de las contribuciones de referentes afines a la educación popular sobre el tema, me llevan a afirmar lo imprescindible del énfasis educativo al acometer cualquier proceso de desarrollo comunitario que pretenda, no solo el mejoramiento de las condiciones materiales de vida, sino, más allá de ello, "dinamizar la capacidad de la comunidad para que asuma de manera colectiva, autónoma, consciente y critica el curso de su propio destino"[10].

En este sentido, la educación para la participación es uno de los caminos posibles en el intento de que las comunidades pasen, de ser objetos de las acciones del trabajo comunitario, a sujetos de las mismas, que se conviertan en protagonistas de su historia colectiva, que descubran sus fortalezas y desplieguen su potencial creativo.

Desde esta perspectiva, el trabajo comunitario apuesta a la transformación de las subjetividades, en tanto supone que no bastan las modificaciones físicas para que se produzcan cambios en las percepciones y actitudes de las personas respecto a sus maneras de vivir y relacionarse en los grupos y comunidades de los que forman parte. Ese es el enfoque por el que hemos optado en nuestro programa de formación.

El camino para lograrlo pasa por la necesaria redistribución del poder y el saber entre los trabajadores comunitarios y los residentes.

Un primer paso ha de ser la concientización de actitudes autoritarias, paternalistas, asistencialistas, que hemos heredado de modelos pedagógicos tradicionales y que lejos de estimular el pensamiento y la creatividad en las personas, generan pasividad, apatía, tendencia a reproducir roles y esquemas propios de formas verticales de relación, así como sumisión y dependencia respecto a quienes les brindan los conocimientos.

La capacitación es una de las vías fundamentales para lograr cambios de esta naturaleza, incluye el trabajo con grupos e intenciona su fortalecimiento y organización, con el fin de que se construyan referentes y metodologías de trabajo comunitario compartidas, coherentes con un paradigma que privilegia el trabajo con la subjetividad.

El proceso educativo ha de ser vivencial, para lo cual sugerimos la utilización de diferentes recursos -literarios, teatrales, musicales, lúdicos- que no solo apelen a la razón como única manera de apropiación de los conocimientos sino a los afectos y la corporalidad como partes del todo que conforma a los seres humanos. Así intencionado el proceso, permitirá vivir relaciones grupales caracterizadas por la participación, el diálogo fraterno, la horizontalidad en la comunicación, la creatividad y autonomía grupal.

Desde el punto de vista teórico metodológico un conjunto de contenidos son en mi opinión indispensables para el quehacer comunitario —concepción y metodología de la educación popular, trabajo comunitario, comunicación popular, trabajo grupal y coordinación de grupos, género, raza, evaluación cualitativa, metodología de la investigación social y dentro de ella la investigación acción participativa— si aspiramos a que la comunidad participe activamente en el estudio e investigación de sus problemáticas, la reflexión sobre ellas, la formulación de propuestas, la ejecución y la evaluación del proceso vivido.

Un buen punto de partida en la planeación de los procesos de trabajo comunitario, es el respeto a las particularidades contextuales de cada comunidad. Son ellas las que determinan las necesidades percibidas por las personas y por tanto la orientación del trabajo a realizar.

Resulta conveniente aprovechar las prácticas organizativas y comunicativas —redes formales e informales de comunicación— existentes y crear equipos de trabajo comunitario integrados por personas[11] que radican en ella y estén sensibilizadas con sus problemáticas aunque también puedan incorporarse otras, que siendo externas, representan a instituciones u organizaciones que se interesan por su desarrollo.

Estos equipos —en algunos casos conocidos como grupos gestores o grupos comunitarios— tendrán la misión de planificar los diferentes momentos que tendrá el proceso —diagnóstico, propuestas de acciones, ejecución, evaluación- y considerará los tiempos, los recursos que se necesitarán, las diversas actividades que han de desarrollar.

Clarificar los roles al emprender las acciones comunitarias es un paso imprescindible para el éxito de esta labor. Los agentes externos han de insertarse como promotores y facilitadores del proceso comunitario y deberán asumir una actitud de compromiso y respeto ante la comunidad y su proceso.

La presencia de grupos de trabajo —aunque representen a instituciones diversas— en una comunidad, puede convertirse en una fortaleza si se enfoca integral y estratégicamente el trabajo comunitario, es decir, si se articulan en aras de objetivos comunes construidos de conjunto con la propia comunidad, si se conforman multisectorial o multidisciplinariamente, si involucran en su quehacer a las personas que allí residen, si proponen acciones educativas que les permitan aportar y crear en aras de su bienestar.

Hasta aquí lo que quería compartir. Fue mi intención, mostrar qué entiendo por trabajo comunitario, en qué referentes podemos apoyamos, qué cambios hemos de introducir si aspiramos a que sean prácticas realmente participativas.

Trabajar lo comunitario, requiere entrega, compromiso, continua preparación teórico metodológica, lecturas constantes de la práctica, asumir retos, y sobre todo reconocer, que existe en las personas un gran potencial creativo que jamás hemos de subestimar, si pretendemos seguir avanzando en el mejoramiento de nuestra sociedad.
 

Tomado del Boletín Caminos 38 y 39, octubre y noviembre de 2003.

[1] Me refiero a gustos, tradiciones, costumbres, entre otras cosas.
[2] María A. Tovar. "Psicología Social Comunitaria: Una alternativa teórico metodológica desde la subjetividad". Tesis de Doctorado, La Habana, 1994.
[3] Ver "Nuevas estrategias educativas", en http://personal2.redestb.es/rammaxtasoc.html
[4] Joao Viegas Fernández, "La relevancia de Paulo Freire para la educación popular a nivel mundial", en La Intervención Comunitaria. Editorial Espacio, Argentina, 2000.
[5] La crisis económica, conocida como Periodo especial, es responsable en parte de ese proceso. Las soluciones diversas que las personas "inventaban" para la solución de sus problemas, algunos de los cuales eran locales, del barrio, fue parte de ese desarrollo. De otra parte, una relativa incidencia en este auge del protagonismo popular puede vincularse con la inserción más amplia del país, y de las instituciones, en la cooperación internacional, muchas de cuyas agencias de alguna manera exigían más participación de los llamados "beneficiarios" en la toma de decisiones.
[6] Me refiero aquí a los modelos pedagógicos caracterizados por la trasmisión de conocimientos del educador o educadora hacia los educandos, concibiéndolos como depósitos vacíos que deben ser llenados.
[7] Nos referimos a la cultura como matriz generadora de valores, comportamientos sociales, formas de comunicación, actitudes, hábitos, costumbres.
[8] Centro Memorial Or. Martin Luther King, Jr.
[9] Hasta la fecha se han capacitado a través de nuestro programa: docentes, investigadores, psicólogos, psicólogas, sociólogos, arquitectos y arquitectas de la comunidad, médicos y médicas de la familia, delegados del poder popular, lideres eclesiales, instructores en instructoras del partido, miembros de los talleres de transformación integral del barrio, extensionistas agrarios, promotores y promotoras culturales, entre otros que realizan trabajos educativos que redundan en beneficio colectivo.
[10] María Clemencia Castro: La psicología, los procesos comunitarios y la interdisciplinariedad, Universidad de Guadalajara, México OF, 1993, p.38.
[11] Pueden ser líderes formales, informales, miembros fundadores de los barrios, y en el caso de proyectos de colaboración extranjera, miembros de la contraparte.

 

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