Conversaciones con Frank Fernández

“Lo que más disfruto son los silencios”

Foto:
Domingo, 16 de Marzo y 2014 (12:10 pm)

Esa fue una tarde especial... Una señora muy amable nos invitó a pasar. Dentro de pocos minutos, él nos daría esta entrevista.

El ambiente era acogedor. Se respiraba música. Un pequeño pasillo conducía a una puerta. Tras ella, entre alfombras y luces, los instrumentos parecían dormidos. Guitarra… tumbadora… y allí estaba el piano… imponente. Partitura abierta, un lápiz.

Fue entonces cuando él apareció. Su voz gruesa irrumpió en el silencio de la habitación: “¡Buenas tardes! Mucho gusto, soy Frank Fernández”.

¿Cómo llega al piano?

Yo no llego al piano, él llegó a mí. Porque antes de tener uso de razón, según me contaron, empecé a tocar, entre los 3 o 4 años, de oído y sin recibir ninguna información teórica. A los 5 años mi madre, que tenía una academia en casa, empezó a darme clases.

Imagen: La Jiribilla

Entre las composiciones musicales más reconocidas del maestro se encuentra "Zapateo Cubano", síntesis de la cultura tradicional y la música cubana.
 

¿Qué significa para usted su madre?

Lamentablemente muere cuando yo cumplo 6 años. Cada  vez que pienso en ella tengo una especie de nebulosa en qué definirle. Muchos años estuve pensando que era la mayor soledad de mi vida, al no tener la comprensión, la cercanía, el contacto físico del amor de una madre. Pero de alguna manera ha sido mi luz, mi faro, mi guía.

Cuando ella va a morir en el Central Preston entonces, Guatemala después, en el hospital, me llevan a su lecho y ella dice: hijo no abandones nunca el piano, tú tienes talento.

Para Frank Fernández, ¿qué es la música? 

Creo que es algo sin lo cual no podría vivir. Un día imaginé un país, un mundo sin música y me fui trasladando, llegué al llamado silencio absoluto del cosmos, sentí como un vértigo. Me parece, y por lo menos para los seres como yo, que no soy de unos pocos, que la música es como el agua, como el oxígeno, como la sangre, como la vista, como el olfato; es un sentido, es mucho más que un hecho físico material. La música es un lenguaje con leyes propias, capaz de transmitir lo que ningún idioma puede hacer.

¿Lo que más disfruta usted de la música…?

Los silencios… La mayoría de las veces cuando alguien piensa en música va al sonido y, realmente, es una organización, un desplazamiento de los sonidos y los silencios en el transcurso del tiempo.

Mayarí siempre sale a colación en toda conversación sobre los orígenes de Frank ¿Cómo recuerda aquella infancia en Mayarí?

En mi casa primaba el conocimiento de los grandes clásicos universales y en la de Martín Meléndez, director de la banda Municipal y gran amigo de la familia, eran los hitos nacionales. Para mí, tan joven en ese entonces, la única diferencia era que los nombres en casa eran un poco más difíciles. Donde vivía Martín eran María Teresa, Sindo, Manuel, Miguel, Benny; en mi casa eran Wolfang, Ludwing, Robert, Wagner, Brahms, Beethoven. Para aquel niño, ningún tipo de música era mejor que el otro. Y eso llegó a mí de una manera natural, espontánea, sin imposición. Precisamente esa espontaneidad sin edulcorantes intelectuales, unida al ambiente cultural de Mayarí, constituyen en mi formación musical los pilares fundamentales.

¿Cómo recuerda Frank su entrada al Amadeo Roldán?

Evidentemente yo había nacido músico o, por lo menos, con gran predilección por la música, y en esa búsqueda de la felicidad voy al Amadeo Roldán. En ese momento, era el Conservatorio Municipal de La Habana y la máxima escuela de música del país. Cuando llegué, me dijeron que no tenía el suficiente desarrollo técnico-profesional para entrar. Aquella negativa fue un jarro de agua fría. No podía estudiar comercio, como quería mi padre, porque no me gustaba, no podía estudiar para ser concertista, porque no me admitían. Me fui a trabajar en lo que me aceptaron: pianista de centros nocturnos, así estuve un año y medio.

Luego fui a La Corte Suprema del Arte, un programa de aficionados dirigido por José Antonio Alonso. Solina Carrillo, la compositora de Dos Gardenias, decidía si pasabas o no con un toque de campana y yo pasé, no me tocaron la campana. A partir de ese momento conseguí mejores empleos y logré hacer un último trabajo en el restaurante Monseigneur que realmente se convirtió en otro pilar. Más que un medio de vida, fue una escuela, no solamente por permitirme conocer a Sindo, a Corona, a Miguel Matamoros o a Mozart, a Beethoven, a Liszt. Era acompañar sin el recurso de una partitura y que el cantante, a veces, te dijera que estaba ronco o que le subieras el tono ―así le dicen los músicos al sistema de notación que le queda cómodo a una voz―. Si cambias el tono, varían también todos los accidentes del teclado y las notas negras te tocan en blancas. Tales situaciones eran muy frecuentes y eso no se estudia en ninguna escuela, eso es la escuela de la calle.

No sé con qué instinto reaccioné, pero desistí de todo aquello y me fui a Mayarí para dirigir un coro de aficionados. Todos dijeron que estaba loco. Estuve moviéndome mucho en el ambiente cultural de Santiago de Cuba y supe que había un curso de dirección coral. Como ya  había formado un coro de aficionados, decidí arriesgarme. No me admitieron como alumno regular porque eran los grandes directores de coro los que venían. Fui aceptado como alumno auxiliar, no era de los principales alumnos por supuesto, pero yo me esforcé tanto… Cada vez que la clase abandonaba el aula, me sentaba al piano y me ponía a tocar las obras que dirigían los alumnos de dirección. Al finalizar el curso, el profesor alemán Henri Mosser, anotó en sus referencias acerca de mí: “Frank Fernández puede ser un gran director de coro, pero mejor pianista”. Le agradezco mucho lo que dijo. Inmediatamente se me abrieron las puertas del Conservatorio, fui nombrado profesor alumno y me convertí en el ayudante de dirección coral de Manuel Ochoa, que era director de la escuela coral del Conservatorio y de varios coros importantes del país.

¿Cómo llega a Moscú y se conviertes en el primer pianista cubano que estudia  y culmina con summa cum laude en el Conservatorio de Tchaikovsky?

Después del triunfo de la Revolución, fui el primer cubano que llegó al Conservatorio por concurso de oposición. Y esa llegada la conseguí gracias a Margot Rojas, una gran y eminente pedagoga. Estudié 6 años con ella en el Conservatorio y me preparó para el Concurso UNEAC, el primero que se hizo aquí. Pero había una dificultad enorme: yo no tenía piano.

Durante esos 6 años viví en una casa de huéspedes. Tres meses antes del concurso pude alquilar un piano, pero ahí fue peor porque en esos lugares casi siempre los inquilinos tienen distintos horarios de trabajo. No obstante, con gran tolerancia y algunas broncas, esos tres meses me ayudaron mucho en la recta final. Eso fue lo que me permitió ganar el primer premio, además de un poco de talento y mucho sacrificio. También influyó la ayuda de Margot Rojas y el que Isaac Nicola no me ponía sanciones si irrumpía en las aulas a estudiar, porque en aquel tiempo eso estaba prohibido. Esperaba que las maestras fueran al baño y me colaba, faltaba un alumno y ahí iba yo. Así llegué a Moscú.

¿Qué representó para usted reinaugurar la Bolshoi Zal del Conservatorio Chaikovski?

La Bolshoi Zal  del Conservatorio o Gran Sala del Conservatorio de Moscú, es la plaza musical más importante de Rusia y una de las 6 con mejor acústica del mundo. No fui el único invitado, pero fui de los seleccionados para tocar allí en el año de su reinauguración… y fue maravilloso.

¿El hecho de que un cubano haya sido elegido para tocar nada menos que el piano de Mozart, cuánto lo marcó?

Primero yo no esperaba que pudiera, aunque secretamente me dije: “Si voy a Salzburgo tengo que ver la casa de Mozart…y a lo mejor puedo tocar el piano”. Desde que entré por la puerta sentí una energía enorme, una especie de emoción que nunca olvidaré. Es como si se te apagara la luz. Se me desapareció el mundo, no sé explicarlo muy bien. A cada rato me siento al piano y sé que está convirtiéndose en energía la emoción de ese día… y eso va a durar mucho. Haber estado allí, en la sala de esa casa y haber visto los manuscritos en aquellas vidrieras, es increíble. Y sí, es un homenaje a Latinoamérica el que me hayan permitido tocar, es respetar la llamada cultura clásica del piano en ese continente, y creo que Latinoamérica se lo merece.

Muchos especialistas aseguran que Frank Fernández creó en Cuba la escuela contemporánea de piano, con lo mejor de los clásicos nacionales y, a su vez, la enriqueció con experiencias de culturas como la rusa y la europea. ¿Cuáles han sido los retos para la creación de la propia identidad cubana en este ámbito?

La escuela pianística comienza en Cuba con Ignacio Cervantes en el siglo XIX. Se habían logrado excelentes pianistas y muchos reconocimientos, pero los que existíamos como laureados internacionales en ese momento, todos habíamos estudiado en Estados Unidos o en Europa. Muchos aseguraban que no éramos capaces de ganar un concurso internacional porque nuestro ambiente cultural estaba muy alejado del de aquellos países que los convocaban: Moscú, París, Bélgica. En medio de ese mundo de dudas, de falta de autoestima ante el coloniaje cultural, me empeñé. Comencé a transmitirles mis conocimientos a los alumnos; de ellos salió Jorge Luis Prats después de trabajar 6 años conmigo; Víctor Rodríguez, el primer cubano laureado en Moscú; Leonel Morales, que acabo de verlo con más de 14 premios internacionales; sale en el piano acompañante Elisa Pedroso, y otros casos que no son laureados internacionales, pero tienen un gran desempeño artístico. Después de eso, muchos maestros y personas que no creían suficientemente en la posibilidad de trabajar desde Cuba, lograron éxitos internacionales. Es ahí donde, en primer lugar, los rusos usan el calificativo como un reconocimiento que yo agradezco muchísimo; sin embargo, la escuela de piano cubana no pertenece a Frank Fernández en absoluto, es de mucha gente.

¿Cómo avizora el futuro de la escuela de piano en Cuba?

Creo que va a seguir fortaleciéndose, independientemente de que estamos pasando por momento difíciles y de que nuestra economía perjudica mucho las entradas de talentos. Tenemos que ir dosificando eso porque mucha gente emigra por necesidades económicas. Aun así, el piano en Cuba va a seguir hacia adelante, porque hay una escuela joven, pero floreciente. Y cuando oyes un pianista cubano en cualquier lugar del mundo tiene unas características tan particulares que, aunque es muy difícil de explicar, sabes que es Cuba quien toca.

¿Qué representa para usted tener una familia de músicos y, en especial, que sus hijos hayan seguido su tradición?

Bueno, eso es una alegría y un problema. Mi hija es una excelente pianista; mi hijo, el primer oboe de la Sinfónica Nacional y un músico extraordinario y mi esposa, primer violonchelo de la orquesta de cámara Brindis de Salas. Y como dice ella, “cuando hay concierto nadie quiere comprar la ensalada o lavar los platos”. Recuerdo que en una ocasión alguien estuvo en casa y les preguntó a mis hijos qué serían de grandes. Mi hija, que es la mayor, dijo: “Voy a estudiar piano”. Entonces, el varón, que es cinco años menor, respondió: “Yo no. Mi papá nada más que toca piano, mi mamá el chelo y a mi hermanita ahora le ha dado por eso de la música también. Voy a ser mecánico”. Pero el día que se terminaba la prueba en el Conservatorio Alejandro García Caturla, cambió de opinión. Eso es una alegría, porque compartimos las inquietudes, las críticas constructivas que siempre hay que tenerlas en cuenta sin importar el tipo de preparación. Pero, sinceramente, a veces se hace difícil porque nadie quiere que se le echen a perder las manos.

Este 16 de marzo Frank Fernández cumple setenta años, un tiempo para nada despreciable ¿De qué se siente más orgulloso y que le falta por hacer?

Mientras hablaba de mis hijos y de la familia, por mi cerebro jamás pasó la idea de que tenía setenta años. Cuando era más joven quería llegar a La Habana y conquistarla. Luego me propuse ir al Tchaikovsky de Moscú o al Julliard de Nueva York, que eran dos de los colegios más famosos por los años 50 y 60. Ahora no estoy buscando tocar aquí o allá. De lo que sí estoy seguro es que, cada vez que me siento al piano, tengo la ilusión de descubrir un sonido, una manera de tocar que pueda comunicar un estado anímico del ser humano.

Su vida artística arriba al 55 aniversario en este 2014, ¿de qué se siente más orgulloso Frank Fernández en el plano profesional?

Lo que más orgulloso me hace sentir es que todavía me sonrojo ante una nueva obra. Aún me emociono como el primer día al trabajar en conjunto o compartir con los jóvenes las experiencias musicales que creo, puedo enseñarles. Y una de las cosas más lindas que está pasando es que he decidido hacer un concierto en la apertura del Festival de Música de Cámara, el día 25 de marzo, evento que, además me han dedicado este año.

Ahora estoy trabajando en La Trucha, el quinteto más hermoso que escribió Schubert y uno de los más lindos de toda la producción musical. Me acompañan 4 jóvenes músicos: una camagüeyana, un guantanamero y dos holguineros. Cada vez que viene un ensayo, para mí es como si fuera una fiesta. De eso es lo que más orgulloso me siento: de no haber perdido la posibilidad de sorprenderme. Que no ha desaparecido el niño que buscaba el río para sentirse libre, que aún tengo la ilusión de que el mundo puede ser mejor y sobre todo yo. Que puedo ayudar con mi trabajo, con mi humilde, pero profundo trabajo como hacedor de sonidos y silencios, a hacer de la música algo mejor.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato