Conversación con Orlando Concepción, director de D´Morón Teatro

Fuera de cartelera

Katia Siberia • Ciego de Avila, Cuba
Fotos: Zuzel Santana

Aun sentado en la sala de su casa Orlando sigue siendo un hombre extraño o, al menos, poco común. Uno cree que después de Medea de Barro o de Troya, dos clásicos de la compañía que él dirige, descenderá hasta lo habitual porque un director “de municipio” podría confundirse con la publicidad nacional y terminar siendo otra cosa. Pero Orlando Concepción González nunca ha dejado de ser lo que es por más que el barro de sus personajes camufle otras pieles. Él  sigue pareciendo consecuentemente soñador, demasiado utópico, quizá, en medio de tanta escaramuza. 

Y uno sueña a veces, no siempre, como él. He ahí la diferencia, la gran diferencia que lo extrapola a ajena dimensión, inalcanzable, a pesar de estar frente a él en la butaca de su sala. Comienza nombrando comunidades en las que ha dejado su huella y, la verdad, tiene que explicar sus geografías porque son sitios innombrables, rara vez publicitados o visitados por quienes defienden, incluso, la masividad de la cultura.

Sin embargo, Crecidos por la cultura, ha hecho famosos esos caseríos y la gente se jacta con fatua altanería (tal vez solo por eso) de vivir en ellos o de haber vivido cuando por allí pasaron los artistas. Tal “mérito” desdeña Orlando, sabe que lo trascendente es el cambio, la transformación de esa gente que sigue viviendo donde mismo de manera diferente.

“Al principio nos miran con recelo porque somos extraños que invadimos de alguna forma sus casas, y las autoridades que apoyan el proyecto nos han sugerido, en ocasiones, poner literas en una escuela o quedarnos cuatro integrantes del grupo por casa y hemos dicho que no, preferimos que cada uno comparta un hogar. El mejor diagnóstico que podemos hacer de las personas es conviviendo con ellas y de ahí partimos, de conocer qué piensan, cómo son, para intentar, desde la cultura, transformar su entorno y su conducta”.

“Hemos permanecido en comunidades donde por un caballo de raza pagan 100 mil pesos y sus habitantes, sin embargo, carecen de espiritualidad, de plenitud, donde las mujeres son más machistas que los hombres y se creen culpables, únicas culpables de la frigidez, donde creen, incluso, que el SIDA se contagia por compartir un vaso de agua y donde la gente no hace otra cosa que tomar ron en las noches”.

“Convivimos durante diez días en esos consejos populares  y experimentamos  el cambio a medida que los insertamos en nuestra dinámica. Desde charlas, porque tomos somos promotores de salud, hasta música, teatro, danza, pintura… tratamos desde cualquier manifestación del arte, despertar el intelecto, la creación, motivar. Claro está, no buscamos rigor, que desarrollen una obra de calidad, pero ha sucedido. Dentro de los 48 integrantes del grupo, hay artistas que salieron de esas comunidades”.

¿Cómo conciben el proyecto?

La idea es hacerlo dos veces al año. Vivir diez días en esos sitios, llevar nuestro arte, pero, sobre todo, desarrollar el de ellos. Al final del décimo día se hace una gala donde los pobladores son los protagonistas y se suman también a nuestra propuesta. Establecemos monitores, promotores que se encargan, una vez que abandonamos el lugar, de perpetuar el trabajo. No obstante, el grupo tiene concebido tres meses después su regreso para, en  cinco días, regalar nuevamente el arte y evaluar el impacto de lo que allí se hizo y quedó.

Y es importante la permanencia de la cultura en esos rincones con condiciones difíciles y problemáticas muy complejas, donde introducimos la cultura a través de los buenos días, el perdón, la autoestima, la desinhibición, en el cuidado de su entorno… y también el disfrute.

¿Qué han encontrado al regreso?

En estos diez años hemos ido a diez comunidades y hemos podido regresar solo a una, Miraflores, en el municipio de Bolivia, y notamos que el entusiasmo había cedido. Ese es un lugar muy complejo, de mucha diáspora hacia el exterior del país, de gente que tiene la marcada intención de no querer hacer nada. También sucede que las diferentes organizaciones del municipio no brindan el respaldo necesario y dejan caer el movimiento. Y la cultura en esos lugares es interés nuestro, pero no debe ser solo nuestro.

En realidad ha faltado apoyo. Es una pena porque lo más importante está, que es la voluntad, y esa disposición ha estado por encima de las presentaciones diarias en el polo turístico y las remuneraciones que implica ese tipo de trabajo con las cuales mantenemos el teatro Reguero, construido con nuestros esfuerzos, y sede de la compañía. Nos inclinamos por el proyecto comunitario y lo conjugamos con nuestras presentaciones, giras… pero sin una coordinación, sin que las autoridades aúnen esfuerzos se hace muy difícil sostenerlo.

Como mínimo necesitamos una guagua y dos camiones para todo el andamiaje, y si llevamos Troya, por ejemplo, se suma un contenedor. Ahora apreciamos un cambio de mentalidad, creo que hemos ido demostrando la importancia del proyecto, concientizando al punto que entre el gobierno, el partido, las artes escénicas y la Dirección de Cultura hay peticiones y disposición para intensificar el programa. Este año serán tres las presentaciones. Una ya se hizo en Grúa Nueva, poblado de Primero de Enero, y tenemos programadas dos más, una de ellas en Camagüey.

¿Abandonarán los escenarios avileños?

No, aquí todas las comunidades lo necesitan, sin excepción, y apenas hemos recorrido diez. Sucede que nos han pedido cruzar la frontera, tal vez en un intento por multiplicar el proyecto. Solo que para que esta semilla germine en otras tierras tiene que haber alguien que quiera hacerlo, un líder, que surja desde la propia concepción, con amor, y no desde la copia o la imposición. Puede también que la intención sea mostrar lo que puede hacerse desde la cultura, y la visión nuestra rinda frutos e incentive proyectos genuinamente camagüeyanos

¿Perciben cambios sustanciales en esos lugares?

Para nosotros que alguien, que incluso no comparte las mismas ideas políticas, participe, por ejemplo, en la pintura de un mural de historia, como ha sucedido, es ya una satisfacción. O la de un joven que encuentra en el arte un noble modo de encauzar sus días.

No obstante, nuestro proyecto de algún modo es oportunista, pues creamos todo un clima de transformación y cuando definitivamente estamos en el lugar, o previo a nuestra llegada, el sitio experimenta un viraje, a partir de los recursos que aporta el estado. Se ha asfaltado la carretera que va a la comunidad, se han pintado escuelas, se han instalado tanques de agua, han aparecido, incluso, sillas de rueda y bastones para discapacitados. Planteamientos legendarios de esos pobladores han sido resueltos por todo el movimiento que creamos alrededor de nuestro proyecto.

De alguna manera es también un proyecto político

Desde la cultura siempre se transmite un mensaje y nosotros de algún modo hacemos política sin ser un proyecto marcadamente político. Dotar a la gente de pensamiento, de capacidad de análisis, de valores, cultivar un gusto, una forma de vestir, es cultura y política a la vez.

La mejor manera —coincidimos—. Desde la sutileza, el sinquererlo, la empatía u otras veces de frente y directo, con su barba trincada y sus ojos enormes, Orlando desliza la política cultural. Lo ha demostrado Korimakao en Matanzas o Andante, en Granma. Aquí lo hace D´Morón Teatro a través de Crecidos por la cultura, un proyecto comunitario que llega adonde las carteleras no alcanzan.

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