El tercer ojo del loco

Saco mis cigarros y enciendo uno para el Prisma.

—La voy a rajar en cuanto la vea —asegura él, con una chupada de puros nervios.

Los pies me están matando. Esta mierda como siempre con tres horas de retraso, no sé ni para qué me bañé y vine corriendo. Menos mal que los huecos en las rodillas del jean me refrescan. Ahora, el pulóver negro lleno de calaveras no hace mucho a favor de mi equilibrio térmico. Y este pelo. Ya lo tengo por la cintura. Ahorita me lo corto para el carajo. De todos modos, el pelo largo hace rato que pasó de moda en esta moña. Vacilo a los demás. Por ahí anda un t-shirt de Metallica como para venirse de a viaje. Voy a decirle al puro que me traiga un par cuando salga, pero en blanco. Estos agostos son lo que son. Y que la pura los lave. Ya los anillos me están aburriendo, mejor se los regalo a mi primo, los diez, y me consigo otros. Y de paso hablo con el Indio para que me acabe de pinchar los brazos. Una onda bien locota. Dragones y mujeres templando, no sé. Total, ya Maya no está para decirme que no le gustan los hombres tatuados, que si el ego reprimido, que si la marginalidad autodidacta, que si el panfleto individual, que si ni me mires si te haces esa payasada.

El Fuckyou anda por la esquina, sateándoles a dos inglesas en onda jungle. No sé qué carajo le verán las extranjeras al Fuckyou, salamandra en uniforme tribal post-hippie pringoso, creo que nació con él. Lo miro tanto que ni tengo que llamarlo, viene con la cajetilla cariada abierta de argolla a argolla.

— ¿Qué volá, Prisma? —le da la mano—. ¿Qué volá E-mail? —me mira la frente—. ¿Quieren?

El Prisma me mira de reojo, y pongo el billete:

—Sirve doble, Fuckyou. Hoy es mi cumpleaños.

—Te dije como veinte veces —se eriza—, que no me llames así.

—Fuckyou —el Prisma ladea su testa lisa y reluciente—, ¿la Cabra anda por ahí?

—Anda con el Panga —declara la salamandra, hinchada de placer—. Ya están dentro, el Panga fue compromiso del sonidista.

El Prisma asiente, pensativo, y comenta con la mitad de la boca:

—¿Tú eres yunta del Panga, no? Cuando lo del toque de Joker, entre tú y el Joroba aguantaron al Piolín, en lo que el Panga rompía la botella.

—Bueno, el Panga era socio tuyo también.

—Era. El Piolín coge calle conmigo desde el pre, y te anda buscando.

—Coño, tú sabes cómo es eso. Con una jeva como la Sátira en el potaje, a cualquiera se le calientan el tronco y la motherboard —el Fuckyou se pone intranquilo; sus inglesas le están sateando a un rasta de gorrito tejido.

—Cualquiera termina con el coco tieso y el tronco más congelado que una Bucanero en pueblo de pobres —opina el Prisma, tan solemne que ni Moisés en el Sinaí—. A cada yerba le toca su machete.

—Okey, mira, déjalo ahí, neutral —el Fuckyou se ríe y enseña las palmas de las manos—. Si quieren más, me lo dicen —y se larga.

Lo veo llegar a la esquina y dislocarse el cuello buscando a las inglesas, hasta que las ve montarse en un turistaxi con el rasta. Me da gracia y se lo digo al Prisma, que no me responde. Se ve que anda cruzado. Ni averigües. Lo del Prisma con la Cabra viene de atrás, desde los ochenta. Ahí sí hay historia. Shakespeare es mierda. Pero como el que mete las manos en la mierda se embarra, ni caso. Me recuerdan los líos de los puros míos. Con la diferencia de que el Prisma es mi socio del alma, mi hermano, mi mentor, y si cualquier cosa meto la mano en la candela por él.

—Dame de eso —dice.

Le doy.

—Prende uno.

Lo prendo.

Él echa a andar. Lo sigo.

—¿Qué vuelta, Prisma?

—Ahí, Monster.

—¡El Prisma, cará, qué tiempo!

—Hey, Baqueta.

—¿Cómo te lleva?

—Cruzado.

—¿Con la esa misma?

—Completo.

—Ñó.

—Oye, ¿tienes algo por ahí?

—Aquí —reparto para todos—. Del bueno.

—E-mail, coño, ni te había visto. La verdad que el Prisma siempre tiene algo para los socios. ¿Se lo sacaron al Fuckyou? El Piolín lo anda cazando.

—Esto va a estar bueno hoy —profetiza el Monster.

El Baqueta, que conoce, toca al Prisma por la espalda, a la altura del cinto.

—Pinga, el socio anda cargado.

—Prisma, no te mandes —recomienda el Monster—. Mira que la fiana anda revuelta con la moña nuestra. Ya tumbaron la Palma, el Pabellón está desactivado desde lo del chamaquito ese, y cualquiera de estos días nos trancan La Madriguera.

—Yo me cuido solo y no arrastro a nadie —asegura el Prisma, contem­plando la noche por encima de nuestras cabezas.

Yo palpo en secreto orgullo la navaja en mi bolsillo. Nueva, de estreno, se la compré a mi primo el sobrecargo. No impresiona tanto como la bayoneta de AK del Prisma, pero corta igual.

El Monster saca un litro. Tomamos. Adentro siguen ecualizando.

—Prisma, ¿de verdad verdad que la vas a picar?

—Déjalo, él sabe lo que se busca.

Ya la gente anda inquieta. Cuándo cojones va a empezar esto. Nada más falta que se vaya la luz, como el sábado pasado. El obstine vigueta. Ahorita empiezo a acordarme de Maya. Y no me da la gana, porque yo vine a des­cargar, a sentirme bien, a cumplir mis veinte bien sonados, y a compartir lo que sea con el Prisma, que es mi hermano. Le enciendo un cigarro.

—¿Alguien ha visto al Fuckyou?

—Oye, Piolín, deja la monería esa de aparecerte como un fantasma detrás de uno, que va y uno se dispara y te cuela una bota por la cabeza.

—Sí, compadre, que uno tiene corazón. Y mira, no te fundas, que si hay talla fula, la fiana capaz que suspenda el toque.

—Yo lo que quiero es tenerlo ubicado. Con lo otro yo me sé, y ni malanga se va a enterar.

—Allá tú. El tipo anda por aquella esquina.

—Thank you. Denme un buche. Prisma, la Cabra ya está dentro.

—Eso me dijeron.

—Okey, abur.

—Despierten, que ya están vendiendo las entradas.

—E-mail, saca algo ahora, no sea que metan fianas y haya que descargar sigilia´o.

Arriba, abajo, al centro y adentro. Me da tres pitos si me paso. Hoy cumplo veinte.

En fila india, culebra de ceñudos eslabones, llegamos alante. Aquí es donde es, al lado de los bafles, para sentirlo bien. Esto está prendío de jevas hoy, así que mejor me mato el gorrión de Maya de una pedrada y trato de no irme solo.

Están poniendo música grabada, en lo que se deciden a romper. Alice in Chains: “I´m the man in a box...” La onda de Maya, justamente. Descarga de seudointelectuales que se creen que porque se han leído a Joyce y a Castañeda te pueden coger el culo con pinzas. La Generación X. ¿Existe, realmente? “Oh, oh, oh, Jesuschrist...” La liturgia preciberdélica. ¿Existen, realmente? Qué clase de mierda. Y yo dónde me quedo, ¿en la Generación Z? ¿O la XXX? ¿Existo, realmente? Ya me está dando, ya me está dando. Menos mal. La verdad que este concierto de hoy no es mi chucho. Lo mío es lo fuerte. Black metal por el cable, caña por un tubito, vampirismo sadomasoquista y satanismo genocida. Muérete, maricón.

El Prisma es periscopio estirado, enseñando los dientes a los cinco ho­rizontes. Ahora se pone tenso, gruñe, se congela.

—No seas obvio, yunta —el Baqueta le mete un codazo—. Se va a llevar el pase y no la vas a poder trabar. Disimula.

El toque rompe al fin. Abren Porno para Ricardo. No sé quién coño será Ricardo.

“Ay, Manuel, yo sé que tú das el culo por un bisté... Ay, Manuel...”

Bendita la censura. O la ignorancia.

Alguien me mete un cocotazo y giro con el puño cargado:

—¡¿Qué pinga...?! ¡Rusa, linda, qué es de tu vida!

Me suena un beso en la boca:

—Ven.

Se deja arrinconar contra el muro y meter las manos por todas partes. Zorra. Zorrísima. Debe estar fajada con los puros otra vez y buscando una cama para pasar la noche. Yo, contento. Ella me conoce bien, y sabe de las patas que cojeo y de mis manías, así que no hay embarque. Es mi cumplea­ños y no estoy como para pasar trabajo adoctrinando a una desconocida. Me llevo los dedos a la nariz:

—Sigues oliendo como siempre. Y te afeitaste.

—¿Quieres que te la mame ahora?

Carece de cualquier sentido de la medida, hay que saber manejarla:

—Aguanta ahí, baby, estáte quieta.

—¿Qué te pasa? —me empuja por el pecho—. ¿Ya no te gusto?

—¿Siempre tienes que estar haciendo papelazos?

—Mira quién habla, el que se vomita después de dos tragos.

—Y tú, que te pasaste una noche en calabozo cuando te cogieron botán­dote una paja en La Rampa.

—Entrevista con el Vampiro, con Brad Pitt y Tom Cruise, ¿y no me la iba a botar?

—Comemierda —le cañoneo un par de besos, y al final se deja. No la voy a conocer bien.

De repente se pone tiesa. Yo miro, y es el Prisma que está parado detrás de mí.

Le enciendo un cigarro, y se va. La Rusa respira:

—Ay, por tu madre, qué impresión.

Sí, claro. Ella estuvo un tiempo con el Prisma y ahí supo lo que era la ley. El Prisma es muy estricto con sus mujeres, aunque sean para un día, y nunca da con el puño abierto. Me río:

—Eso es amor. Lo extrañas, ¿verdad?

—Muérete —trata de colarme una rodilla en los huevos—. Con eso no juegues, maricón, tú eres el que me cuadra de verdad.

Claro, el Prisma, en su cuartico deslucido de la Habana Vieja, con una sábana gris y dos mudas de ropa. Y yo, con VHS Panasonic, aire acondi­cionado y perrísimo equipazo Aiwa en el cuarto. No digo yo si soy el que le cuadra de verdad. La vida es dura. Todavía usa los aretes que le regalé en diciembre pasado, la primera vez que me peleé con Maya.

—Me hice un tatuaje nuevo con el Indio —confiesa ella—. Lo tengo por aquí...

Sigue, bobita, sigue, que ya tengo la cabilla a millón y me la vas a bajar a pulso. En la casa, en la gaveta, están los cincuenta dólares que me regaló el puro para que me comprase lo que me diera la gana. A la Rusa le encanta la cerveza. Y seguro que ni ha comido. Vamos a ser elegantes. Gastar por lo menos veinte. Ella no los vale, pero yo sí. Estoy a punto de decirle “vamos echando”; y ahí mismo rompe un hardcore al ladito nuestro, y me cuelan un codo por la oreja. Me vuelvo con ganas de replicar, pero ella me agarra del brazo:

—E-mail, por favor, deja eso y vámonos para allá.

Me muerdo la honra y la sigo un par de pasos.

—Además —agrega ella—, ni que fueras tan fiera ni un cojón divino. Con lo chiquitico y mierda que eres, capaz que...

—Oye, ¿cuál es el cuero?

—Ay, mi niño, si hasta la Maya extraña esa te trajinaba cuando le sa­lía.

Le meto una patada por el culo y otra por la rodilla. Se cae, rueda. Me le encimo, manotazo contra manotazo. El tacón de su bota se hunde en mi barriga. Maricona, hija de puta. Desisto, no vale la pena. Sin mirarla, me alejo hacia el hardcore. Qué se habrá creído. Mira que decirle “la extraña esa” a Maya. A mi Maya. A mi maricona, mi hija de puta, mi cabrona Maya. Qué ganas tengo de verla, coño. Pero no. Si te botan, sube la frente y respira hondo. No seas perro. No te dejes poner triste. Hoy es mi cum­pleaños. No me quiero acordar de Maya. No me da la gana. No quiero. Otro cruce como este y se me baja el vuele, y eso sí que no. Déjame reactivar. Pá dentro, sabroso.

El hardcore está en su punto. Legión de samuráis urbanos en suicidio co­lectivo. Saltan, gritan, tiran patadas y piñazos a la buena de dios. Y ahí metido veo al Fuckyou, salamandra en frenesí, mareado, sudando a chorros.

Alguien se sube al escenario. Es el Piolín. Va a meter diving. De cabeza. Adivina. Le cae arriba al mismísimo Fuckyou. Tremendo revolico. El Piolín se levanta y se pierde a gatas entre las piernas de los demás. El Fuckyou se toca la espalda, se la toca otra vez, hace una mueca. Estiro la cabeza, buscando al Prisma y a los otros. El Piolín se me atraviesa:

—¡Viste, E-mail, viste cómo lo trabé!

—Brother, para mí que el que se dio el tanganazo de verdad fuiste tú.

—Bienaventurados los que no vieron, y se jodieron —se ríe él, y me enseña un alfiler de criandera—. Me lo dio un socio del sanatorio. ¿Qué rico, eh? Asere, qué rico, qué rico..., ¡AY!

Jugando con el alfiler, se ha pinchado él mismo el dedo.

—Ay, coño, coño, coño... —el alfiler se le cae, se mira el dedo, me pone cara de loco, recoge el alfiler, me mira, viene hacia mí...

Oye, ni timbales, tú. Le meto la mano en la cara, lo empujo y salgo pi­tando que ni un peo envuelto en gasolina. Con esa mierda ni juego ni jodo. Ay, mamá. El vuele se me ha quitado de a viaje. Debo tener los huevos así de chiquiticos. Qué ganas de cagar, qué flojera. Te imaginas si le da el bestia y... A esa hora no hay socios, a esa hora lo que quieres es arrastrar a Mahoma contigo. Menos mal que no me siguió. Dónde están los socios. Ojalá que al quemado ese no se le ocurra caerme detrás.

Por entre la masa, a lo lejos, veo pasar al Panga con la Cabra. Con un vahído de inspiración, los sigo, y a los dos segundos me tropiezo con el Prisma.

—Oye, Prisma...

Ni me ve. Él abre camino, y yo detrás, por la estela de vacío que va dejando. Se detiene al fin, y me le planto delante:

—¡Prisma, viejo!

—¿Qué tú quieres? —sigue sin mirarme.

Enciendo un cigarro. No llego a darle ni una patada, porque él me lo quita de la boca. Le chasqueo los dedos ante los ojos:

—Prisma, mi hermano, mira, si ves al Piolín, un consejo de socio...

—Socio y mierda es lo mismo —pone los ojos en blanco—. Aquí nadie es socio de nadie —y allá va de nuevo. Por poco me tumba.

Al carajo. Allá él y sus líos. El que se ahoga en un charco de agua con una mujer, es porque quiere. Y yo lo que tengo es ganas de irme, colarme por la ventana del cuarto de Maya, como hacía antes, y ponerme a hablar con ella. No sé, de cualquier cosa. De lo que sea. Y si le da por botarme, y llamar a los padres, me agarro de la pata de la cama y ni a mandarriazos me sacan de ahí.

—¡¡Oye, oye, qué volá!!

Levanto las orejas. Revuelo junto a los bafles. Una cabeza lisa y reluciente se sumerge en un mar de brazos. Cojones, que ese es mi hermano. Permiso, coño. Que voy, carajo. Échate para allá, tú. Son como diez fajados a la vez. El Panga, el Piolín, el Monster, el Fuckyou, el Baqueta, el Prisma, y no sé quiénes más. La Cabra está en el piso, debajo de ellos, cogiendo todas las patadas. Al Prisma se le cae la bayoneta. El Panga trata de recogerla. Voy adentro. El Fuckyou es el primero que me suena por el cuello. No jodas. Saco la navaja. Alguien me cae arriba. Me están mordiendo la pierna. No entiendo nada. Estoy de cara al piso y hay tres tipos arriba de mí. Cómo pesan. Ni caso me hacen. La Cabra me mira, suelta un pitazo y empieza a arañarme la cara. Lo único que puedo hacer es escupirle los ojos, a ver si no me saca los míos. Logro darme la vuelta, tiro piñazo para aquí y rodillazo para allá. La navaja se me traba en algo. Me siento la mano caliente. Meto un tirón, pero no la puedo zafar. Los cuerpos giran, todo el mundo grita, yo suelto la navaja, me levanto y salgo corriendo, empujando todo lo que me encuentro por delante. No paro hasta llegar a la cerca de alambre, le meto los dedos, trepo, brinco al otro lado, corro y corro, voy a millón por la avenida, y mientras más duro corro, más lloro.

No me paro ni aunque me falta el aire. Rebajo al trote. Sincronizo la respiración con las piernas. Mañana estoy detrás de los barrotes, tú vas a ver. Debí haberme ido con la Rusa. Sería capaz de correr y correr y correr cien años, con tal de que mañana no se apareciera por mi casa un patrullero. Lo que tengo en la cabeza es un terabyte de vacío. Las alas de la serpiente, las escamas del tigre, el tercer ojo del loco. Y de repente descubro que me siento bien corriendo. Mira, a lo mejor no pasa nada. Averigua quién fue. Nadie me había visto antes esa navaja, y nadie se debe haber fijado en el revolcón. Era nueva, qué lástima. De estreno. Y qué clase de estreno. La sangre en mi mano ya está seca, me la restriego. Ojalá que no haya matado a nadie. Me pareció un muslo. Daba la impresión de que era un muslo. Seguro que no pasa nada. ¿Por qué iba a pasar algo? Tantas cosas iguales pasan, y no pasa nada. Trato de prender un cigarro a la carrera. No puedo. Y no quiero parar. Boto el cigarro sin encender. Sigo corriendo.

Voy por el lado de una cafetería. La gente me mira como ya tú sabes. Me hago el indiferente, pero lo que quiero es explotar. ¿Por qué coño tienen siempre que mirarme así? Para colmo, en el semáforo, oigo a un niño pregun­tar el viejo cliché: “Mamá, ¿eso es un hombre o una mujer?” Ahora viene la loma abajo. Me dejo llevar por la gravedad. Debo tener ya las medias rotas en los talones, estas botas son de tranca. Las uñas de los pies se me entierran en los dedos, tengo que cortármelas. Oye, ya no puedo más. Banco roto y destartalado, banco despintado, banco bendito, a mí. AY, coño.

—Ismael.

Levanto la cabeza. Abro los ojos. Los cierro. Los abro de nuevo.

—¿Qué hay, Maya?

El tipo que la acompaña, vestido con toda la boutique de Carlos III, me mira receloso y la abraza por la cintura:

—Ven, vamos allí a la esquina a comprar cigarros.

—Ve tú —dice ella—. Ahora te alcanzo.

El tipo me mira una vez más, y se aleja.

—Lindo el hombre —le digo a Maya—. No sé qué tiene él que no tenga yo.

—Por lo menos, no me escribe poemas con faltas de ortografía —se sienta a mi lado y me mira directa a los ojos.

Es obvio que él no le escribe poemas. Saco mis cigarros. Encendemos.

—Entonces, te casas mañana.

—Sí, a las cinco en El Vedado. Puedes ir, si quieres.

—A lo mejor. ¿Dónde es el brindis?

—En casa de él. Cincuenta mil botellas. Un cake así de grande. Debieras ver mi traje.

—¿Largo?

—Blanco, lindísimo.

—Si fuera conmigo, te casabas de minifalda y cuero negro.

—Sí, pero ya no es contigo.

El tipo regresa, sacando un Monterrey. La ve fumando, estruja el cigarro y lo tira.

—Me voy —ella se levanta y se acomoda un pie dentro del zapato de tacón—. Ven mañana. ¿Vas a venir?

—Muérete —me miro las rodillas para no verle la cara—. Muéranse. Los dos.

Se van. Yo también me voy. Tras veinte vueltas por calles que ni conozco, llego a mi casa. El Prisma, el Panga y la Rusa me esperan en el portal:

—El Panga te vio la navaja. Dicen que por poco le sacas el hígado a la Cabra.

—¿Dice quién?

—Hasta ahora, acá el Prisma y yo. Pero para qué están los socios. No te preocupes, que no se va a partir. La cierran, la cosen y ya. Menos mal que te fuiste. Nos hicieron una cantidad de preguntas, tú sabes.

—Y oye, no es por nada, pero mañana nos vamos para Peñas Blancas, y estamos arrancados.

Entro en la casa, voy a mi cuarto, regreso y les doy los cincuenta dólares. El Prisma se saca mi navaja del bolsillo.

—Ni me des las gracias —aclara, y apunta a la Rusa con el mentón—. Pregúntale a ella dónde se la escondió cuando nos cachearon a todos.

—Me lo imagino.

Se van. La Rusa se queda:

—¿No te molesto?

—Siempre y cuando no molestes.

La dejo entrar primero al cuarto. Ya son las dos de la madrugada. Ayer cumplí veinte años. Ella se acuesta bocarriba, se quita la saya y el blúmer.

—Tienes que echar un vistazo, a ver si me lastimé con esa navajita tuya.

Me inclino sobre ella. Le meto los dedos. Mojada, muy mojada, pero no tiene nada.

—No tienes nada —le digo, saco los dedos, me quito la ropa y me meto en el baño.

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