Estudios afrocubanos, para el examen
de la síntesis entre lo cubano y lo español

Cira Romero • La Habana, Cuba

El primero de junio de 1936, a iniciativas de Don Fernando Ortiz, a quien con justeza se le ha llamado “el tercer descubridor de Cuba”, surgió en La Habana la Sociedad de Estudios Afrocubanos, cuyos objetivos fueron, según se establece en sus estatutos,

estudiar con criterio objetivo los fenómenos (demográficos, económicos, jurídicos, religiosos, literarios, artísticos, lingüísticos y sociales en general) producidos en Cuba por la convivencia de razas distintas, particularmente de la llamada negra de origen africano, y la llamada blanca o caucásica, con el fin de lograr la inteligencia de los hechos reales, sus causas y consecuencias, y la mayor compenetración igualitaria de los diversos elementos integrantes de la nación cubana hacia la realización de sus comunes destinos históricos.

Además, la sociedad se proponía “realizar investigaciones culturales, hacer publicaciones de todo género, organizar y patrocinar conferencias, congresos, cursos de enseñanza y demás procedimientos de estudio y divulgación”. Entre los miembros más destacados de esta asociación estuvieron Nicolás Guillén, Juan Marinello, Emilio Ballagas, José Antonio Ramos, Rómulo Lachatagnerais y Regino E. Boti, intelectuales de ya reconocida valía en los espacios culturales cubanos. Al poco tiempo de surgida esta institución, sus miembros decidieron fundar una revista semestral bajo el título de Estudios Afrocubanos, dirigida por una figura clave de la vida sociocultural cubana de aquellos años, Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), quien en 1935 había sido designado Historiador de la Ciudad de La Habana y a cuya iniciativa se fundó la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, heredada posteriormente por uno de sus mejores discípulos, el doctor Eusebio Leal Spengler, fiel cumplidor, hasta el presente, de los nobles deseos de su antecesor. La administración de la publicación, cargo que generalmente recaía en personas nada o escasamente conocidas y, por lo general, con poca o ninguna trascendencia en el ámbito cultural, fue asumida por José Luciano Franco (1891-1989) que había dado a conocer algunos textos, si bien para esos años su obra como historiador no había alcanzado la valía más tarde lograda, al consagrarlo como una de las principales figuras de la historiografía nacional.

Los redactores de la publicación fueron los mismos miembros de la sociedad. La publicación cesó en 1940, con la edición del volumen cuatro, pues, según hicieron constar,

Fueron motivos primordiales e invencibles la insuficiencia de recursos económicos y las dificultades creadas a la prensa cubana por la guerra [estallido de la Segunda Guerra Mundial] que ocasionaron restricciones inesperadas en el mercado del papel y en las posibilidades de transporte.

Reiniciada en 1945, dirigida ahora por Fernando Ortiz, contó con una comisión redactora integrada por Emilio Roig de Leuchsenring, Enrique Andreu y, también, de nuevo, el maestro Franco.

Estudios Afrocubanos fue una revista de calidad excelente en su  esfera de acción, y desarrolló una labor ardua en medio del páramo  en que se desenvolvía la cultura, sin ningún tipo de apoyo oficial. Pero la publicación no restringió su campo a las antes expresadas relaciones entre lo africano y lo español y su integración, sino que se extendió a lo americano, al estudiar las influencias y la presencia del arte, la literatura, la música y otras manifestaciones culturales africanas en nuestro continente.

Sus páginas se abrieron también a cuestiones históricas y sociales, pero referentes siempre a la presencia africana en América. Su sección Publicaciones recibidas estuvo dedicada a notas crítico-bibliográficas sobre las más recientes obras aparecidas en América relacionadas con las materias propias de la revista. Otras secciones que mantuvo fueron Actividades, que reflejaba la vida de la Sociedad de Estudios Afrocubanos, y Notas y noticias, donde se reflejaban las actividades desarrolladas por otras instituciones y personalidades ajenas a ella.

Repasar las páginas de Estudios Afrocubanos  nos conduce a un conjunto de firmas y trabajos que atestiguan el valor de esta publicación. Además de Ortiz, Roig y Franco, figuran firmas tan relevantes como las de Lydia Cabrera, José Antonio Fernández de Castro, la musicóloga María Muñoz de Quevedo,  de origen gallego, quien en 1931 había fundado la   Sociedad Coral de La Habana y tuvo el mérito de participar, con dicho coro, en el estreno en Cuba de la Novena Sinfonía de Beethoven, junto con la Orquesta Sinfónica de La Habana dirigida por Amadeo Roldán. En sus trabajos para esta revista  escribió sobre Alejandro García Caturla, que llevó al género sinfónico la música de raíces afrocubanas, y de quien la Muñoz divulgó su  obra para coros. También colaboró la soprano Zoila Gálvez, que en 1940 publicó su trabajo “Una melodía negra”. También fue frecuente colaborador Gerardo Castellanos, destacado historiador de amplia bibliografía, entre la que se destaca su Relicario histórico, frutos coloniales de Guanabacoa (1948), obra inapreciable para profundizar en los orígenes y desenvolvimiento de la villa donde se radicó desde niño, pues había nacido en Cayo Hueso, lugar de emigración de sus padres, que allí residieron por razones políticas.

Otros destacados colaboradores fueron el ya citado Rómulo Lachatagnerais, que ya para entonces había “cubanizado” en cierto modo su apellido: Lachatañeré. En Estudios Afrocubanos dio a conocer “El sistema religioso de los lucumíes y otras influencias africanas en Cuba”, en números de 1939 y 1940, en tanto que el también historiador Herminio Portell Vilá daba a estas páginas trabajos acerca de las etapas de conquista y colonización de Cuba por los españoles. Importante colaborador fue también Salvador García Agüero, activo combatiente de la dictadura machadista, y figura importante del Partido Socialista Popular y de Unión Revolucionaria Comunista. Estudioso de la figura de Antonio Maceo, dio a Estudios Afrocubanos páginas sobre la vida del destacado militar.

Estudios Afrocubanos puede considerarse como una de las publicaciones periódicas mejor centradas en discutir y analizar el problema de las confluencias raciales en Cuba, tema todavía sometido a intenso debate en la sociedad cubana actual desde diversas aristas. Fue, en cierto modo, una revista ecuménica, que supo aunar criterios de figuras cimeras de nuestro patrimonio cultural visualizado en figuras magnas de la trascendencia de Fernando Ortiz y Emilio Roig de Leuchsenring. Acaso pudiera decirse que en aquellos años, tras su desaparición en 1945, no tuvo continuadoras, y acaso solo la revista Etnología y Folclore (1966-1969), editada por el Instituto de etnología y Folclore de la Academia de Ciencias de Cuba, y en fecha más reciente Catauro, órgano de la Fundación “Fernando Ortiz”, pueden considerarse espiritualmente unidas a aquella inicial, verdadero arranque entre nosotros de estudios, como parte de su  propio título lo indica, de análisis verdaderamente serios y responsables acerca del complejo fenómeno de la racialidad.

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