Añoranza por el disco

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba

La EGREM llega a su primera media rueda. Por entonces, más o menos cuando empezó a sonar la rueda, después de una época donde hubo plurales sellos cubanos y foráneos, prácticamente quedó sólo una disquera en Cuba. Esa misma Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales, con sus sellos Areito y luego Siboney. Pero, incluso con una sola disquera, usted entraba a una tienda y las hileras de discos, en long plays y en singles, de acetato por supuesto, lo tenían parado por un buen rato hasta escoger su preferido. Por entonces, un álbum doble como el Oh, Melancolía de Silvio Rodríguez, por poner un ejemplo real, costaba catorce pesos. Cubanos, pues no había otros. Incluso, en unas ediciones bajo un misterioso sello Audi, a veces se tropezaba uno hasta con alguna buena grabación del misterioso más allá foráneo. Y había discos sobre aniversarios, sobre jornadas y saludos, sobre eventos y congresos, sobre muñequitos, programas y series de televisión. Muy buenos, regulares, malos y terribles incluso. Unos, son hoy clásicos incunables. Otros siguen durmiendo aún el sueño de los justos. Algunos, por suerte, están olvidados.

Pero no sólo nosotros, los de entonces, ya no somos, sino que como dice el inefable trovador Tony Ávila en uno de sus temas, los que no son los mismos, son los tiempos. Y ahora la EGREM celebra su primer medio “cumplesiglos”. Y a pesar de ya no ser la única, ni de que ninguna vende ahora los compactos en los precios de antaño, hay todavía mucho que puede hacer una casa disquera por la cultura de nuestro país. Sin descuidar, claro está y tal lo imponen las épocas, los indispensables renglones económicos que hoy dictan la sobrevida.

Una empresa discográfica es, en términos muy elementales, un negocio. La grabación, producción y posterior venta de un bien espiritual, contenido en un soporte físico, en este caso la música y el disco, es su fin último y primero. Pero en un país socialista como Cuba, impulsador de un proyecto social donde la conservación y difusión de lo mejor de la cultura, en especial la nacional, es uno de los rubros imprescindibles para llevar a feliz avance dicho proyecto, ese negocio debe, al menos en teoría, cumplir también ciertas normas.

Además de lograr ser rentable a partir de dichas producciones y ventas, debe intentar también que esas mismas producciones sirvan también, como decía el son, “para el alma divertir”. Pero entendida esa diversión, más allá del simple y animal desconectarse las neuronas, como la llegada al espíritu de un producto culturalmente válido, sano, diverso y de calidad legítima. Todo lo que quepa en cuestión de géneros musicales, por decir mal y rápido un ejemplo, entre una rumba de los Muñequitos de Matanzas y un tema sinfónico de Leo Brouwer.

Podemos sumar además que, aparte de su predisposición natural y hasta histórica, hay una enseñanza, que a pesar de sus problemas, conduce de modo gratuito la instrucción musical desde los niveles elementales hasta los superiores, con altísima calidad. Lo cual, y este debe ser un buen dolor de cabeza, hace que nuestros músicos se reproduzcan más rápido que cualquier cultivo para ensalada. Y entonces las disqueras no alcanzan para encauzar adecuadamente todo ese enorme caudal. Así pues, se sigue enredando el ovillo.

Y si al fin agregamos que, incluso en nuestro país socialista, de economía planificada y donde el estado centraliza la mayor parte de los medios de producción, hacer un disco cuesta dinero, y ya no es posible para ese mismo estado costear todas las producciones, el ovillo se torna casi infranqueable. Años hace ya, en aquel pasado feliz y subvencionado, que no importaba mucho si el disco desaparecía veloz de los estantes o envejecía de tristeza. Ahora el asunto es más complicado. Porque además, en un mercado tan enrarecido como el nuestro, donde un disco se produce en una moneda que no es la misma con la que lo pueden compran sus clientes naturales, la rentabilidad se dificulta sobremanera. Lo que se gasta en producir, habrá que hacer malabares para recuperarlo.

Me pongo en el lado de los productores, y supongo que sí, que cueste muchos recursos y mucho esfuerzo. Me imagino tratando de llevar adelante una promoción adecuada. De planear giras, anuncios, videos clips, pulóveres, gorras, entrevistas, para apoyar un fonograma, como la venta manda. De que además, en medio de ese mercadeo, ya casi imprescindible en nuestros días pero también costoso, el público reciba una opción cultural diferente, alta, bien lograda. Debe ser difícil.

Sin embargo, del lado de la audiencia, también el panorama se torna dificultoso. Porque es muy contradictorio, y esto sí no me lo tengo que imaginar, el no encontrar en disco alguno a muchos de los muy notables y valederos nombres que nuestra música acumula en tantos años. O encontrarlos, pero a precios estratosféricos para los que aún vivimos de un salario, en la moneda en que no se comercializa este producto. O peor, verlos languidecer y deteriorarse, por causa de esas mismas razones económicas, sobre todo cuando se trata de figuras de mucha calidad, que pierden así el camino más directo y natural para llegar al público. O ver los mismos estantes llenos con dos o tres discos grabados de repetidos nombres, diz que artistas, que ni debieron llegar al primero. Verdaderas irrentabilidades monetarias, y hasta culturales.

Los retos, de la EGREM y de todos los involucrados en el mundo del disco cubano, son enormes. La actualización del modelo económico cubano, la paridad de la moneda, son cauces que deben también desembocar en mejoras, como en otros vitales terrenos, en estos no menos importantes predios. Tanto para productores como para las audiencias. Y esas mejoras, de seguro traerán aires más frescos, pero es obvio que no llegarán mañana. Incluso, cuando lleguen, lo harán al modo de sus contextos, no como en épocas de antaño. En estos temas, son terribles los triunfalismos.

La EGREM llega a su media rueda. Hay en su catálogo, de ayer y de ahora, joyas para todos los gustos. En la celebración por lo ya logrado, mientras soplen las velas del festejo, pueden pedir se les cumplan varios deseos, que los harán todavía mejores. Que tengan la posibilidad de escoger mejor lo que se graba. Que cada día se impriman mejores diseños. Que las grabaciones se hagan lo mejor posible, dentro de nuestras posibilidades tecnológicas. Que la promoción suene tanto como los discos. Que su público natural pueda comprarlos.

Entonces vamos también a desearles, con buenas energías y unas felicidades sinceras, los mejores parabienes en este aniversario. Y que gracias a la EGREM, y a las otras que en esta Isla resuenan, ojalá no haya que esperar otra media rueda, para saciar del todo la cubana añoranza por el disco.

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