Antes de la EGREM

Cristóbal Díaz Ayala • La Habana, Cuba

Desde finales del siglo XIX un nuevo descubrimiento se iba industrializando con una rapidez increíble: el gramófono o reproductor del sonido por medios mecánicos, que lo fue primero del cilindro y después del disco, y entablaron una competencia feroz para lograr el favor del público. Los EE.UU. eran el foco principal de esa lucha comercial y su carácter expansionista lo llevó a concebir la conquista de otros mercados donde hubiera una clase rica y media a la que venderle sus productos. El experimento comenzó con los nacionales de esos países asentados en territorio norteamericano y pronto se constató que para venderle a un cliente no sajón el entonces costoso equipo reproductor del sonido, no bastaba con la música clásica,  ni con la ópera, sino que se imponía ofrecerles algo de la música y los artistas de su propio país. Así, los magnates disqueros de la época —Edison, Víctor, Columbia…—comenzaron una carrera frenética para lograr grabaciones genuinas de todos los países, principalmente de Centro y Sudamérica.

Comenzaron por grabar a los nacionales de esas regiones que vivían en Nueva York. La cubana Rosalía (Chalía) Herrera —1864-1948— fue casi con seguridad la primera cantante de origen latino en grabar cilindros comerciales. Hizo entre 1898 y 1900 cuarenta selecciones para el sello Bettini. 

Cuando no había en Nueva York talento comercial, lo había en los lugares de origen. La Habana fue de las primeras regiones visitadas. Entre 1904 y 1905 tres grandes compañías enviaron sus equipos portátiles para hacer cientos de grabaciones: danzones, guarachas, canciones y otros géneros cubanos y también zarzuelas cantadas posiblemente por artistas españoles de paso por Cuba. Como la vida y los bienes de los españoles se respetaron tras la guerra, la mayoría de ellos se quedaron a vivir en Cuba y se dio el increíble fenómeno del aumento de la población de esta nacionalidad. Más de 300 mil españoles emigraron a Cuba entre 1902 y 1914. Es decir, había una buena clientela para comprar discos zarzueleros y, con ellos, la victrola o gramófola.

El sello Zonophone grabó aproximadamente 234 selecciones en 1904, la Edison 205 cilindros en La Habana en 1905, y en la misma fecha, la Víctor por su parte hizo unas 105 selecciones.

En años sucesivos continuaron los viajes de los técnicos de la Columbia,  Brunswick y la Víctor, para hacer grabaciones en La Habana. En 1911, esta última grabó, entre otros artistas, selecciones del barítono  Emilio Sagi-Barba y de su esposa, la soprano Luisa Vela, figuras que ocupaban un lugar importante en el firmamento operático internacional. En 1918 también grabó con esa casa la conocida cupletista Consuelo Mayendía. 

Algo aprenderían muy pronto las disqueras. Había una diferencia esencial entre la música cubana y otras músicas nacionales. Si estas generalmente solo interesaban a los oriundos de esos países, la cubana interesaba a un círculo mayor de clientes, principalmente en el Caribe, por encima de barreras idiomáticas.

Además de sus viajes a Cuba, esas disqueras llevaban cubanos a Nueva York, algunos de ellos fueron Adolfo Colombo, Regino López, María Teresa Vera y el Trío Matamoros.

La viuda de Humara

En 1904 la casa Humara y Lastra, una locería de la calle Muralla firma un contrato con la Víctor Talking Machina Co. Fundada en 1854,  esa ferretería tiene agentes y clientes en toda la Isla y goza de un prestigio sólido. Todo lo que la Víctor necesita para introducir en Cuba algo tan novedoso como las victrolas de cuerda y los discos.

Dos años después empiezan las ventas, pero son bajas; unos cinco mil pesos mensuales. En 1907 artistas cubanos comienzan a grabar con esa empresa, que busca con esas grabaciones darle un poco de variedad a su catálogo, donde predominan hasta ese momento las óperas, con Caruso al frente, las marchas y los valses. Los cubanos graban en Nueva York o en New Jersey hasta que, con el tiempo, la Víctor envía, dos veces al año, sus grabadores a Cuba. 

Tiene una competidora en la agencia Brunswick, pero gracias a la viuda de Humara, la Víctor está mejor organizada que su rival. El agente general del comerciante cubano recorre el país y sus representantes promocionan discos y victrolas a lo largo del territorio nacional. Hay propuestas en las que no es necesario insistir: un fonograma de Matamoros vende 60 mil copias en pocos días. Esas giras por el interior de la Isla permiten conocer mejor el talento local.

En 1929, la Víctor pasa a formar parte de la Radio Corporation of América (RCA). Comienza la decadencia del disco y el auge de la radio. No hay problemas con el negocio. Los aparatos de radio también son fabricados por la Víctor, y Humara los distribuye. En 1935 Miguel Gabriel compra a la Víctor un equipo de grabación y lo instala en su  radioemisora CMQ. Ya no se hará obligatorio salir de Cuba para grabar.

Lentamente el disco vuelve a abrirse paso y, sobre todo en música latina, la Víctor tiene el monopolio y sus discos de 78 RPM y sus victrolas, ya eléctricas, recogen a los artistas de moda. Se agregan a su catálogo los nombres de orquestas típicas como las de Belisario López, Cheo Belén Puig y Antonio María Romeo y, después, las de Arcaño, Arsenio Rodríguez, Chapotín, los hermanos Palau, la orquesta Gris y la Casino de la Playa.

Las cosas cambian desde 1944 cuando se funda el sello Panart. Ya en los años 50, la Víctor y la viuda de Humara pierden su hegemonía. Surgen los competidores, algunos de los cuales son desprendimientos de la propia Humara. Pero todavía en los años de plena competencia, aun cuando la Víctor tenía en contra la demora que sufrían sus discos, que se imprimían en el exterior; la calidad de sus artistas —Benny Moré, la Orquesta Aragón…— le daba importancia en el mercado. La tirada de un disco del Benny, en los años 50,  no bajaba de las 50 mil copias.

Panart

Ramón Sabat nació en San Fernando de Camarones a comienzos del siglo XX. Estudia música, llega a dominar varios instrumentos y se va a EE.UU. En 1919 entra a formar parte de la banda de música del EM del ejército norteamericano. Se gradúa como Ingeniero en 1928 y empieza su carrera en la industria discográfica, primero en la Víctor, luego en la Columbia y la Brunswick. No olvida, sin embargo, sus orígenes y en los años 30 abre en Nueva York el primer cabaret latino con que contó esa ciudad, decorado por el caricaturista cubano Arroyito y en 1938 funda el sello discográfico Musicraft.

La Segunda Guerra Mundial dio al traste con los sueños y las aspiraciones de Sabat. La carencia de materiales lo obligó a cerrar la disquera y quedaron en suspenso sus pretensiones cuando la Orquesta Sinfónica de Boston abandonó su propósito de poner en marcha una fábrica de discos, que él dirigiría. Pero no se amilana. Sin pensarlo dos veces compra la maquinaria rechazada por la sinfónica y contra viento y marea la trae y la monta en Cuba, en la calle San Miguel, 410. A partir de ahí, entrena el personal que laborará en el estudio y en la planta.

Surgía así en Cuba el sello Panart (Arte Panamericano, invertido). Su primera grabación es “Hoja seca”, cantada por Carlos Alas del Casino en un disco de 78 RPM.  Corría el año 1944.

Había músicos y cantantes. Había fábrica. Faltaba el público. El mercado era mínimo, sobre todo para la música popular y lo seguía cubriendo en casi su totalidad la RCA Víctor. Más que disputarse los pocos clientes que ya existían, Sabat pensó que lo mejor era crear una nueva clientela, lo que resultaba más difícil que crear el estudio y la fábrica. Para logar este objetivo, Sabat tuvo que fabricar y vender casi al costo pequeños tocadiscos que se acoplaban a los radios existentes y la industria victrolera importó máquinas para colocarlas en cantinas, bodegas y cafés, con el recelo consabido de los propietarios de esos establecimientos hasta que empezaron a ver su productividad. Otro paso fue crear áreas dedicadas en exclusiva a la venta de discos en las tiendas por departamentos, que tuvo que costear Sabat hasta que empezaron a verse las ganancias.

Entonces, ya no hay que esperar meses para adquirir el disco del cantante que empieza a sonar en la radio. A las grabaciones de Carlos Alas del Casino siguen las de la Sonora Matancera, la orquesta Ideal y las de dos muchachas de voces muy líricas que se disputan el favor del público: Olga Guillot y Dinorah Nápoles. No demoraría la Guillot en convertirse en un ídolo. La otra se quedó en el camino y fue olvidada.

Fueron muy duros los cuatro primeros años de la Panart. Su propietario perdía dinero pero no la fe ni el impulso.

Al comienzo, el público ve los discos de Panart con recelo, como “algo hecho en Cuba”. Sabat comprende que no puede descuidar ninguna de las aristas de su industria. Un día decide realizar un pequeño cambio publicitario. Cambia las etiquetas anaranjadas de sus discos por otras azules, con un diseño más moderno. Las nuevas etiquetas tienen un efecto mágico sobre la gente, que empieza a decir “ahora los discos están mejor grabados que antes”, aunque la pasta sigue siendo la misma.

En 1952 Panart inaugura una moderna fábrica en la calzada de Rancho Boyeros. Es a partir de ese momento que empieza a grabar el LP’s de 33 RPM y el disco pequeño de 45 revoluciones. Eso traerá importantes cambios. Habrá dos mercados. Un mercado para los discos de 78 revoluciones, que serán sustituidos paulatinamente por los de 33, con números populares de fama efímera; discos en fin para victrolas. Los que resisten la prueba del tiempo y se mantienen en el índice de preferencia o son de artistas que tienen ya nombre, serían la base del catálogo de LP’s.

Otro aporte de Panart. Comienza a producir los jacket (estuches) de los LP’s., que no es el sencillo sobre donde se expende el disco de 78. Como no hay en la Isla medios para producir la separación de color, Sabat recurre al silk-screen, más lento y más vulnerable al uso, pero un procedimiento con el que se logran bellas portadas, casi todas fruto del talento del argentino Milláns, un magnífico dibujante. Piensa por otra parte que, prensando en Cuba discos extranjeros aumentará la productividad y la eficacia de su fábrica; se podrían vender más baratos en la Isla. Su proceso industrial, de calidad, da confianza a disqueras extranjeras y es así que en la habanera Panart empiezan a prensarse discos Odeón, Capitol y EMI, para entonces, la disquera más grande del mundo. De esa forma tuvimos a Nat King Cole, Sinatra, Gardel, Lucho Gatica, Edith Piaff, Frank Poursell, y Conchita Piquer, entre otros, en discos grabados en Cuba. Cole graba en La Habana un fonograma que es un éxito rotundo. Dicha operación propició un toma y daca porque algunas disqueras del exterior empezaron a prensar las placas de Panart.

Primeros y a veces únicos de Panart

Un pianista desconocido pide que le graben dos números, tan desconocidos como él mismo; se titulan “Panamá” y “Cocoa”. No pega ninguno de los dos, y es lástima porque son los primeros mambos que graba Pérez Prado. A partir de ese momento Panart se anotará muchos “primeros”: graba el primer chachachá con la orquesta América, “La engañadora”, y los primeros discos de canciones infantiles en español los graba también Panart.

Es el único sello cubano que graba música de compositores nacionales serios. Conforman su catálogo piezas de Edgardo Martín, Aurelio de la Vega, Ardévol, Cervantes… Es también el primer sello en grabar música afrocubana genuina, con los tambores batá de los cabildos de Regla y Guanabacoa y las mejores voces que defendieron ese género: Celia Cruz, Merceditas Valdés, Bienvenido León, Eugenio de la Rosa, Facundo Rivero… Otra primicia de Panart fue producir el primer disco de música realmente navideña hecho en Cuba, que combinó a Fernando Albuerne con Carmelina Rosell y el grupo de madrigalistas cubanos, cantando netamente villancicos cubanos.

Las primeras cuban jam sessions que luego pasaran a llamarse descargas de jazz, las hace Panart, también propicia el nacimiento de dos nuevos ritmos, el chachachá, con la orquesta América, y la pachanga, con Davidson. Igualmente se le debe el primer LP de música campesina, con el Indio Naborí y Evelio Orta.

En 1954 Panart producía medio millón de discos al año y el 20% de ellos se exportaba. Entre las placas que se quedaban en Cuba y las que se importaban, el mercado nacional era capaz de producir unos dos millones de pesos anuales. De 1953 a 1954, “La engañadora” vendió 13 mil copias, “La vida en rosa”, de Los Chavales de España, diez mil, en 1950 y en el 48, Daniel Santos con “Bigote de Gato”, tuvo ocho mil grabaciones.

La Habana representaba el 50% del mercado del disco. Oriente, el 25%, mientras que el otro 25 % se lo repartían las cuatro provincias restantes. Con el tiempo, Panart llegó a exportar la mitad de su producción y en los años finales de la década del 50 dominaba el mercado de la música popular desde el Caribe hasta Ecuador y además, vendía en el África Occidental.

Su catálogo es impresionante. Los cuatro álbumes de la serie Así cantaba Cuba, junto con los de Sindo Garay y Eusebio Delfín, constituyen una buena selección de lo mejor que se hizo en la trova y en la canción tradicional. Esa misma vertiente incluye a Barbarito Diez y a la orquesta Aragón. Completan su listado charangas como la de Fajardo, Sublime y América; jazz bands como la de los Hermanos Castro, Riverside, y la de Bebo Valdés…, tríos como los de Servando Díaz y Taicuba; voces como la de Fernando Albuerne, Orlando Vallejo, Ñico Membiela, Daniel Santos, Miguel Matamoros, los Compadres, Celio González… la lista es inmensa.

Una marca internacional que nació en Cuba

Fernando Montilla nació en Puerto Rico, de padres andaluces. Se traslada a los EE.UU. y a finales de los 40 es ya un experimentado ingeniero de sonido al servicio de la RCA Víctor. Goar Mestre lo contrata como asesor técnico de Radio Centro, que estaba a punto de inaugurarse. Montilla viene a La Habana y empieza a entrenar al personal en la vieja planta de CMQ en Monte y Prado.

Un día, mientras supervisa un programa, escucha a Martha Pérez cantando algo que lo cautiva: Cecilia Valdés me llaman…. Decidió grabarla y para ello Roig acopló una orquesta de 45 profesores. En los protagónicos Martha Pérez y Panchito Nava. Comienza la grabación pero hay que detenerla minutos más tarde. En el podio, a Roig las lágrimas le corren por las mejillas. De pronto baja la batuta para pasarse el pañuelo por la cara. Llora de emoción. “Es la primera vez que la oigo como la concebí…”, explica.

La grabación de “Cecilia Valdés” sale al mercado en 1949 bajo el sello Cafamo. Eran cuatro discos de 12 pulgadas y 78 RPM. Costaban poco más de 12 pesos. Se vende poco; el disco de 78 revoluciones está pereciendo y aun no toman auge los LP.

A la sazón, en Nueva York, Darío Soria, con su sello Centra Soria, está logrando un mercado limitado con sus grabaciones de óperas europeas, generalmente italianas, poco conocidas. Montilla le da los derechos de su Cecilia que, bajo el nuevo sello, se vende discretamente en LP. Es Soria quien lo empuja a grabar “una hermanita” para Cecilia. Montilla viaja a España y tras penalidades sin cuento (falta de equipo y de fluido eléctrico) logra grabar “Los gavilanes”. Es entonces que acomete el ambicioso proyecto de grabar en Madrid canciones cubanas. Así reúne en la capital española a Esther Borja y al pianista, compositor y arreglista Fernando Mulens para que graben con el respaldo de la Orquesta de Cámara de Madrid, y un coro de cuatro veces masculinas.

De pronto todo empieza a salir mal. Esther tiene gripe y debe grabar con un vaso de agua con limón en la mano. Mulens tiene prisa porque debe cumplir compromisos en Buenos Aires y a Montilla se le enferma de gravedad un hijo y solo concurre a las grabaciones después de las 12 de la noche. Para remate, hay racionamiento eléctrico en Madrid…

Cuando aparece el disco, Montilla que tiene el compromiso con la casa Humara de remitirle 300 unidades de cada nuevo LP, solo remite 100. No está convencido del efecto que causará este disco de música cubana interpretada por españoles. La respuesta no se hace esperar. Humara le cablegrafía de inmediato. Le pide cinco mil copias. Con “Rapsodia cubana”, Montilla hizo el mejor disco de música cubana existente hasta la fecha.

¿Cuál es la razón de su éxito?

El programa escogido por Esther, Mulens y Luis Carbonell es un paradigma casi perfecto de géneros cubanos. Carbonell se esmeró en las notas, muy buenas, algo poco frecuente. Los arreglos de Mulens eran, sencillamente, cosa del otro mundo. Esther, que no podía dar toda su voz a causa de la gripe, dio todo su arte. Y la orquesta, conducida por Mulens, y con el apoyo de un puñado de percusionistas cubanos hizo una labor impecable.

Puchito

Jesús Gorís vendía discos en la ferretería La Estrella, en Galiano entre la peletería La Moda, que estaba en la esquina, y la joyería Le Trianon. Eran concesionarios de Humara y Lastra y por tanto expendía álbumes de la Víctor. Pero a escondidas, casi por maldad, vendía las piezas de otras disqueras que con insistencia le pedían los clientes.

Un día decide quemar sus naves y abrió su propia tienda en San Rafael esquina a Escobar. Los entendidos concedieron tres meses de vida al negocio,  ubicado fuera del tráfico disquero. Para complicar las cosas, inicia con dos socios la producción de discos. Fue el sello Puchito, llamado así porque la intención de la nueva empresa era la de producir fonogramas para niños. Pero salieron al mercado con una placa que recoge una extraña combinación de Joseíto Fernández con una canción lacrimosa titulada “Copas y amigos” que a la mitad tenía un mini drama hablado por los actores Martha Casañas, Juan Carlos Romero y Adolfo Beltrán. A nivel victrolero fue un éxito enorme. Gorís que llevaba años lidiando con el público detrás un mostrador sabía lo que quería y gustaba a  la gente. Él y sus asociados pensaron en cambiarle el nombre al sello, pero el éxito de “Copas y amigos” los sorprendió y no tuvieron tiempo de hacerlo.

El mejor mercado para un disco eran las victrolas. La producción que lograra pegar en ellas se convertía en un éxito. Era una etapa en que en las victrolas primaban los cantantes masculinos. Las mujeres vendían mal, salvo, acaso, Toña la Negra y María Luisa Landín, ambas mexicanas, ninguna cubana.

A Gorís le gustaba el estilo de Olga Guillot, que por entonces era un exitazo en el cabaret Montmartre. El empresario, aparentemente, lo hizo todo al revés y todo le salió bien. Grabó en los recién estrenados estudios de Radio Progreso, nadie había tenido la experiencia y no en los de la CMQ, donde grababa todo el mundo. Hizo acompañar a Olga no con un pequeño conjunto sino con una gran orquesta. No utilizó una canción nueva sino una difundida, ya con bastante acogida, por otros artistas. Tampoco la canción escogida  “Miénteme” era una canción cubana sino mexicana.

Olga por otra parte había grabado ya con Panart y con Columbia y el resultado no fue nada del otro mundo. Pero Gorís no se había equivocado. La cancionera había desarrollado su estilo y se había soltado. Por eso el empresario pidió al director de la orquesta que la dejara cantar en su estilo, sin imposiciones. Olga grabó “Miénteme”, “Vivir de los recuerdos”, “Palabras calladas” y “Estamos en paz”.

Un sencillo incluyó “Miénteme” en su cara A y “Estamos en paz” en la B. Gorís pidió a la Panart que le prensara mil copias y Sabat aceptó la orden con escepticismo porque si aquella mujer no vendía en su catálogo, tampoco lo haría con Puchito. Equivocación enorme. “Miénteme” pegó en las victrolas y en la radio de tal manera que la Guillot tuvo que mantenerla en sus recitales hasta el fin de su vida.

Otro acierto de Puchito fue la de invitar a grabar a Abelardo Barroso cuando era ya un cadáver musical y se ganaba la vida como tumbador de la orquesta del cabaret Sans Souci, así como la grabación de discos cómico-musicales con Leopoldo Fernández (Pototo) y Aníbal de Mar (Filomeno) y el respaldo de la orquesta Melodías del 40 en “Carta de Mamita”, “Ahorita va a llover”, etc. Aunque lo que resultaba cómico en la radio, el teatro o la televisión no siempre funcionaba en el disco, a partir de ese momento, los victroleros esperaron mensualmente los nuevos discos de Olga Guillot y los de Pototo y Filomeno.

Durante los años 56 y 57, Puchito logra acaparar la mayoría de los diez primeros lugares del hit parade nacional. Que alcanzara dichas posiciones puede considerarse lógico si se tiene en cuenta que aparte de la Guillot tiene en catálogo a René Cabel, Chapotín y su conjunto de estrellas con Miguelito Cuní, el conjunto de Roberto Faz, la orquesta Riverside y su cantante Tito Gómez… Es Gorís quien convence a Freddy de que grabe con el respaldo de una gran orquesta.

Cuando la Panart pega con el guaguancó “La sopita en botella”, Gorís se va a Matanzas y contrata a los Muñequitos… y graban “Los muñequitos” y “Los beodos” en la voz de Virulilla… dos clásicos.

Kubaney, Gema, Discuba

En 1955, Mateo San Martín, empleado de una filial de Humara y Lastra, decide independizarse y abre su propio establecimiento para la venta de discos y equipos eléctricos. Hace de intermediario entre Esther Borja y Luis Carbonell, de una parte, y de Montilla, por otra, para hacer el disco en que Esther cantaría a varias voces, grabando y regrabando su propia voz, cosa fácil de hacer hoy pero una hazaña para la época. Mateo terminó de productor del disco, que acometió con 500 pesos prestados, se grabó en los estudios de Radio Progreso debido a la gentileza de los hermanos Fernández.

En 1956 parecía que no había en Cuba espacio para una nueva disquera. Panart, Puchito y Víctor cubrían el sector más popular, tanto en la radio como en las victrolas, mientras que Montilla y Kubaney cubrían una música de carácter más permanente.

Sin embargo, a comienzos de 1957, el compositor Ernesto Duarte (“Cómo fue, no sé decirte cómo fue, no sé explicarme qué pasó, pero de ti me enamoré…”) y los hermanos Emilio y Guillermo Álvarez Guedes deciden crear  un nuevo sello, Gema.

Pensaron con razón que en Cuba, en aquella década fabulosa de los 50,  había mucho talento y su primer empeño fue grabarle a un joven timbalero a quien le estaban dando las primeras oportunidades como cantante. Rolando La Serie cantó “Mentiras tuyas” con estilo propio, como para demostrar que sabía hacerse de un tiempo dentro del tiempo. A ese modo de interpretar se le llamó “guapear la canción” y La Serie pasó a ser, en aquella época de ditirambos, “El guapachoso”.

Álvarez Guedes y Duarte, y luego Álvarez Guedes solo descubrieron talentos como Fernando Álvarez, a quien nadie daba la oportunidad de presentarse como solista pese a su tránsito por varias orquestas. Gema le dio la posibilidad, como Panart, en su momento, a Orlando Vallejo. Otras veces Gema fue al pasado para resucitar a figuras como el trovador Codina. De Frank Domínguez obtienen bajo este sello lo que nadie hasta entonces. Graban a Elena Burke, al Jilguero de Cienfuegos, a Chanito Isidrón, el mejor improvisador que ha dado Cuba.

Sentía la Víctor el impacto de la competencia y la realidad aconsejó a sus ejecutivos que empezaran a trabajar con un sello local. Nació así Discuba en los finales de la década del 50, aún así aprovechan muy bien el tiempo y graban  cuatro  LP´s  de Benny Moré y siete de la Orquesta Aragón.

No solo eso. Se grabaron dos LP´s de la Lupe. Revivieron los órganos orientales con los Hermanos Ajo. También tuvieron su oportunidad Pacho Alonso, el quinteto Los Dulzaides, El Piano Sabor de Juan Bruno Tarraza, Armando Manzanero, que entonces empezaba. Fueron reeditados los discos del catálogo de la Víctor: Cuarteto de Aída, Xiomara Alfaro y las obras de piano ejecutadas por Ernesto Lecuona y Gonzalo Roig.

Otros sellos

Arturo Machado empezó en 1959 pero con mucho impulso. Era presidente de los victroleros de Cuba y dueño de una gran cantidad de victrolas. Era, por tanto, un gran comprador de discos. ¿Por qué no producirlos si conocía bien el mercado y el gusto del público? Además, como victrolero y disquero, podía correr riesgos en los que no incurrían sus colegas, como lanzar 15 mil discos de 45 RPM cuando lo normal era empezar por mil y aguardar para ver qué pasaba. Así nació el sello Maype.

En aquellos días las disqueras atravesaban por una etapa de indecisión. Maype en cambio grababa a diario y dio oportunidades a muchos artistas que empezaban, como Orlando Contreras y Lino Borges. Pero también grabaron Chapotín y Cuní, Barroso con la orquesta Sensación, Cachao, Neno González, Blanca Rosa Gil…

El compositor Ernesto Duarte separado de Álvarez Guedes crea su propio sello y consigue el éxito con su primera grabación: Rolo Martínez canta “Échame a mí la culpa”, una ranchera mexicana en ritmo cubano.

También en las postrimerías de los 50, Nilo Gómez de la discoteca La Moda lanza su propio sello Modiner e incluye a Ñico Membiela en su catálogo.

En 1960 aparece el sello Velvet, donde graban Omara Portuondo y María Teresa Vera. Otros sellos cubanos fueron Meca, Decca-Suaritos, Sonotone, Neptuno…
 

Versión condensada, autorizada por su autor Ciro Bianchi Ross.

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