Entrevista con Eduardo Heras León

“Creo haber cumplido con mis alumnos de todas las aulas donde enseñé”

Liz Oliva Fernández • La Habana, Cuba

Eduardo Heras León no necesita una larga presentación. Por eso ahorramos las palabras que en esta ocasión solo servirían para llover sobre mojado y quizá brindar un dibujo desvaído de su personalidad y de todas las fuerzas que han marcado a fuego su camino como maestro, (siempre maestro), escritor y editor.

Aunque lo conminamos a hablar sobre su labor al frente del Centro Onelio Jorge Cardoso, que llegó a los 15 años de apostar por los jóvenes escritores cubanos, por el camino Heras León utilizará el extenso cuestionario al que le obligamos a enfrentarse como pretexto para dejar constancia de los ardores que lo han impulsado siempre, entre los que la enseñanza y la literatura han cohabitado sin que él mismo pueda determinar donde empieza una y termina la otra. 

Imagen: La Jiribilla

¿Qué es el Centro Onelio Jorge Cardoso? ¿Cuál es su principal misión?

El Centro Onelio es una institución cultural creada con el objetivo de coadyuvar a la formación teórica-técnica de los jóvenes narradores de todo el país. He dicho en varias ocasiones que fue la realización de un sueño que se remonta a la década de los años 60, y tuvo su origen en una experiencia mexicana: el Centro Mexicano de Escritores que a partir de la década de los 50 llevó a cabo un proyecto de otorgamiento de becas y la organización de un taller literario, en el que participaron los que serían los grandes escritores mexicanos contemporáneos: desde Juan Rulfo hasta Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Fernando del Paso, José Agustín, Sergio Galindo, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Jaime Sabines, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, entre otros. Por otro lado, la experiencia que yo había acumulado asesorando talleres literarios en todo el país, me hizo comprender que los talleres, llamémosles “tradicionales”, resultaban insuficientes para los jóvenes escritores que ya habían alcanzado un nivel superior al que éstos podían  brindarles. Por eso me pareció imprescindible crear un taller de nuevo tipo, cuya base sería el conocimiento de las técnicas narrativas, que en los talleres tradicionales no se  impartían, y que combinara creativamente la teoría con la práctica. Así surgió en 1998, con el estímulo y el apoyo de Abel Prieto, el Taller de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.

¿Cómo y cuándo se pasó del Taller de Formación Literaria al Centro?

Los notables resultados que obtuvo el Taller Onelio Jorge Cardoso en sus primeros tres años, nos permitieron completar el proyecto que habíamos concebido desde el inicio: ese taller debía complementarse con una biblioteca, una pequeña editorial que pudiera publicar libros de los más jóvenes narradores, cuyo acceso a las grandes editoriales es, como se sabe, bastante difícil, una revista especializada en narrativa, particularmente dedicada al cuento, una videoteca con filmes de adaptaciones de obras literarias, la organización de algún concurso, una sala de computación para los alumnos, en fin,  prácticamente una institución que sobrepasaba ampliamente las dimensiones y los objetivos de un taller literario. Por estos motivos, es que en 2002 propusimos al Ministerio de Cultura, y se nos aprobó, convertir el Taller en Centro de Formación Literaria.

Desde la fundación del Centro por usted, Ivonne Galeano y Francisco López Sacha en 1998, ¿es posible afirmar que ha habido un aumento en el nivel y mejoramiento de la calidad de la narrativa cubana?

No podría afirmarlo categóricamente, so pena de que nos califiquen de vanidosos o de autosuficientes. Lo que sí puedo afirmarte es que de los más de 800 jóvenes narradores que han pasado por nuestras aulas, han surgido notables escritores que ya dejan su huella en la narrativa cubana, obtienen numerosos premios en los concursos literarios (ya es casi un lugar común que los graduados del Centro obtengan premios en todos los certámenes literarios del país (y muchas veces en el extranjero). Creo que hemos ayudado a rehacer el mapa literario del país. Recuerda que los cursos del Centro tienen un alcance nacional; es decir, lo reciben no sólo los jóvenes narradores de la capital, sino de todo el país, y es muy sintomático que a partir de la creación del Centro, ha ido en aumento la participación de jóvenes narradores del resto de las provincias en los concursos nacionales, que también ganan con mucha frecuencia, fenómeno este que ha resultado novedoso. Estimo, además, que ya no puede decirse solamente que Cuba es “un país de poetas”, sino de “narradores y poetas”. Y creo que el Centro ha influido bastante en esta transformación.

¿Nota la influencia del paso del Centro Onelio en la obra de los graduados?

Por supuesto que sí. Hay que leer los primeros textos de estos alumnos cuando comenzaron el curso del Centro y a lo que han llegado después: el dominio técnico (además del talento, por supuesto) los ha convertido en notables narradores. Ahí tienes por ejemplo, a Osdany Morales, Mariela Varona, Raúl Flores, Ariel Cantero, Dazra Novak, Rubén Rodríguez, Yunier Riquenes, Elaine Vilar, y muchos otros, que ya eran escritores en mayor o menor medida cuando pasaron por el Onelio, pero —son sus propias palabras— le deben mucho al Centro. Ahí están Alberto Garrido, Yoss, Jesús David Curbelo, Angel Santiesteban, Amir Valle, Ana Lydia Vega, Jorge E. Lage, Ahmel Echevarría, Raúl Aguiar, Michel Encinosa, entre otros.

¿Cuáles son las herramientas que les aportan los cursos a los jóvenes narradores?

Las herramientas son fundamentalmente técnicas: ellos recorren y practican todo el arsenal de las técnicas narrativas contemporáneas, y en el aspecto práctico del Curso (la actividad de taller propiamente dicha) adquieren una buena base crítica que se va enriqueciendo a medida que avanza el curso y que les permite ayudarse mutuamente en la discusión de textos. Además, y esto me parece fundamental, el curso les revela y enseña una nueva dimensión de la lectura: la lectura desde dentro, desde el laboratorio creativo de los escritores, que les posibilita aprender de los grandes autores que estudiamos cómo manejan los recursos técnicos que tienen a su disposición. En pocas palabras, les enseñamos el importante papel de las técnicas narrativas en la literatura de todos los tiempos y cómo manejarlas.

¿Por qué limitar el taller a una edad específica? ¿Tienen contemplado erradicar ese requisito en el futuro?

Esa pregunta ha sido una constante en estos 15 años de existencia. Independientemente de que el Centro siempre estuvo pensado para los jóvenes narradores  —o dicho de otra forma,  desde su génesis,  se concibió no como una institución de promoción cultural, sino de formación literaria, razón por la cual se prioriza a los jóvenes, a los que pretendemos ayudar a formar como escritores—, si convocamos a narradores de todas las edades, tendríamos un aula de 200 alumnos, lo que haría imposible impartirlo. Cada año, con las limitaciones de edad hasta los 35 años, se presentan como promedio entre 120 y 140 aspirantes (para este 16to curso se presentaron ¡165!).  Una vez nos ocurrió algo memorable: salíamos de un día de clases (era sábado y el aula en aquellos días era la Sala Nicolás Guillén de la UNEAC). Pues bien, al salir ese día, me esperaban afuera más de 20 personas que me entregaron una carta en nombre de todos, y que comenzaba de esta manera: “Nosotros, los abajo firmantes, jóvenes mayores de 35 años…” y la carta continuaba solicitando (casi exigiendo) se organizara un curso para mayores de 35 años. En ese sentido, Raúl Aguiar y Sergio Cevedo, profesores del Centro Onelio, han organizado en varias ocasiones cursos condensados de nuestros materiales del curso regular, en el Centro Hispano-Cubano y en el Centro Loynaz, para mitigar en parte la justa aspiración de muchos compañeros que quisieran pasar nuestro curso.

Cuando se inauguró el Centro, usted expresó que en “esta casa se iba a enseñar a aprender a escribir y amar, a alimentar y fortalecer los sueños que la Revolución ha hecho posible y nos ayudan sencillamente a vivir”. ¿Cómo se ha concretado esta frase en los últimos años?

Tal vez te pueda responder esa pregunta con una frase que los alumnos graduados repiten cada año: “El Centro me cambió la vida”. Creo que algo hacemos, algo creamos en esos cursos, que tal vez no podamos explicar muy racionalmente, pero que ocurre cada año: no sé si es la pasión con que asumimos la diaria tarea de coadyuvar a su formación; nuestra  modestia que se traduce en las relaciones con los alumnos, a quienes consideramos —y esto lo aclaramos siempre desde la primera clase— como nuestros iguales, escritores como nosotros, cuya única diferencia consiste en que quienes imparten las clases tenemos solamente un poco más de experiencia en el oficio; quizá el clima fraterno que se establece desde el primer día; la solidaridad que alimentamos en ellos a la hora de hacer la crítica de sus textos, y la importancia que les otorgamos a sus incipientes obras: todo ello combinado con la pasión que alimenta nuestro amor por la literatura y que nos brota en cada poro del cuerpo. Cuando el alumno termina nuestro curso ya lo hemos ganado para siempre para la literatura, ya hemos alimentado esos sueños de convertirse en escritores que la Revolución ha hecho posible en lugares como el Centro: ya les cambió la vida.

El Centro ha recibido numerosas condecoraciones por su labor dentro de la literatura. En su opinión, ¿cuál es el honor más grande  que ha recibido?

El honor más grande que hemos recibido fue la confianza que Fidel depositó en nosotros cuando nos designó para inaugurar el proyecto Universidad para Todos con aquel Seminario de técnicas narrativas que impartimos en la televisión en octubre del 2000 y que tuvo una repercusión extraordinaria. Y no haber defraudado esa confianza.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuáles son los principales obstáculos que ha tenido que enfrentar el Onelio durante estos 15 años?

Los principales obstáculos siempre han estado relacionados con los problemas materiales: primero, el aula para impartir el curso inicial fue un salón en la Casa de Cultura de Plaza que poseía un aparato de aire acondicionado muy parecido a un animal prehistórico, cuyo ruido hacía imposible su empleo. La falta de un local para el Centro fue una enfermedad crónica: durante cinco años mi casa se convirtió en la oficina  y almacén del Centro. Ahí preparábamos todos los materiales de cada curso que al principio teníamos que mecanografiar, corregir y editar, así como imprimir con una vieja computadora y una no menos vieja fotocopiadora. Ese trabajo lo hacía mi esposa, Ivonne Galeano, que era y es la coordinadora del Centro. Todo ello hasta que pudimos editar el libro Los desafíos de la ficción. Después, esos problemas materiales mejoraron cuando obtuvimos el local de 5ta. y 20 y la Fundación Hivos de Holanda nos prestó una ayuda económica considerable, y recibimos un equipamiento técnico que nos envió el propio Fidel. En esa etapa, el  compañero Abel, desde el Ministerio de Cultura nos dedicó una atención invalorable. Eso nos permitió desarrollar el proyecto del Centro como lo habíamos concebido inicialmente; aunque cumplidos los 15 años, las dificultades materiales vuelven a agobiarnos y ponen en peligro su futuro funcionamiento.

Es cierto también que en los primeros cursos del Centro  algunos escritores no creían en la viabilidad de una institución como ésta, considerándola como “una escuelita de escritores”, donde impartiríamos conocimientos anquilosados, académicos y retóricos y que obligaríamos a los jóvenes a escribir siguiendo el modelo de sus profesores. Afortunadamente nosotros pudimos sortear esos peligros, sencillamente porque no eran esos los criterios que alimentaban nuestro proyecto, donde cada alumno escribe con el estilo y la forma que privilegian o desean, y cada cual tiene la libertad de escoger sus modelos o no escoger ninguno.

¿Por qué El Dinosaurio?

Atentos siempre a la problemática de la literatura, desde hace varios años observábamos con creciente interés el nacimiento de un nuevo género literario: el minicuento, que en América Latina (México, Argentina, Venezuela, Guatemala y otros países) ya tenía un desarrollo considerable. Nos dimos a la tarea de investigar dentro de nuestro propio ámbito y descubrimos que ya desde 1917, José Manuel Poveda escribía minicuentos en los Poemetos de Alma Rubens, y existían otros grandes escritores como Virgilio Piñera y Eliseo Diego que habían cultivado el minicuento o cuento ultracorto como también se le llama. Y entonces para estimular la escritura de minicuentos en Cuba, y ponernos a la par con otros países del continente, convocamos un nuevo concurso, que bautizamos El Dinosaurio, como homenaje al gran escritor guatemalteco Augusto Monterroso que, como se sabe, es el autor de esa obra maestra que es “El dinosaurio”, considerado el cuento más breve del mundo. Debo aclarar, sin embargo, que la decisión puntual de organizar el primer concurso, había surgido un poco antes,  en Sancti Spíritus, durante una Feria del Libro, en una conversación que sosteníamos Ivonne Galeano y yo con Antonio Rodríguez Salvador (Chichito), que era en aquel momento director del Centro Provincial del Libro y la Literatura  y que quería de alguna forma colaborar con el Centro Onelio. Analizamos varias opciones como antologías de escritores habaneros o espirituanos, hasta que se nos ocurrió organizar un concurso y decidimos hacerlo de minicuento pues ya habíamos tenido una buena experiencia con un pequeño certamen de ese género con el grupo habanero del Centro de ese año. Así surgió El Dinosaurio. Debo además, reconocer,  para otorgarle el valor que tuvo, que en la provincia Granma ya se convocaba un concurso de minicuentos llamado Vórtice (si la memoria no me falla). 

¿Qué otros concursos convoca el Centro Onelio?

Durante estos 15 años en el Centro se ha convocado el Concurso César Galeano, en homenaje al Dr. César Galeano, padre de nuestra coordinadora, un médico investigador de notable formación científica y artística, un verdadero hombre de la cultura, que falleció en 1990. Su viuda quiso perpetuar su memoria aquí en Cuba, país que él visitó varias veces, y al cual donó, a través del Instituto de Ciencias Médicas, su biblioteca particular. Ella ha donado también la dotación del Premio, que se convoca internamente para los alumnos de cada curso.

Además, cada año se convoca un concurso de proyectos de libros (cuento, novela, testimonio) que otorga cinco becas de creación y por otra parte, el Centro otorga anualmente la Beca de Creación Onelio Jorge Cardoso del Concurso de cuentos La Gaceta de Cuba.

¿Dónde se ven publicados los trabajos de los egresados del Onelio?

Los trabajos de los egresados tienen en la revista El Cuentero que editamos, un espacio ideal para publicarlos, pero por supuesto, el hecho de que el Centro los introduce e inserta de alguna forma en el amplio torrente de la cultura nacional, los ayuda a encontrar otros espacios literarios donde mostrar su talento. En la actualidad numerosos egresados del Centro ya han publicado varios libros tanto en editoriales territoriales como nacionales, o en nuestra pequeña editorial Cajachina, y habitualmente acceden a las páginas de revistas y otras publicaciones en todo el país: ya son parte de la literatura nacional.

¿El Onelio tiene alguna fecha de caducidad?

¿Quién puede saberlo? Después de estos 15 años en los que convertimos en realidad el sueño inicial y posiblemente lo hayamos sobrepasado  —por ejemplo organizando el Primer Festival Internacional de Jóvenes Narradores, en 2008, donde logramos reunir jóvenes de 17 países de América Latina—,y en los que el proyecto ha cumplido con los objetivos para los que fue creado, tal vez el Centro deba dejar paso a nuevos proyectos, a una institución nueva que se plantee otros objetivos, tal vez más ambiciosos, o en todo caso, diferentes, que signifique un paso adelante, y que sin violar el sagrado principio del amor y la pasión por la literatura, supere nuestros logros de estos quince años.

¿Escritor, maestro,  hombre de su tiempo?

Lo he dicho en otras ocasiones: soy maestro, escritor y editor, tal vez mis tres vocaciones formadoras. Pero si me obligas a escoger, creo que mi vocación primaria es la de maestro. Enseñar para mí es una necesidad vital: es lo que hice siempre en la escuelita que inventé en mi casa cuando tenía cinco años, en la secundaria, cuando repasaba a mis compañeros de aula, en la Escuela Normal de La Habana donde estudié magisterio y me hice maestro primario, en las Fuerzas Armadas donde organicé e impartí cursos de artillería en escuelas y unidades militares, en la Universidad de La Habana, donde impartí varias asignaturas como Técnica Periodística, Literatura Hispanoamericana, Historia de América y Gramática en los Cursos Básicos universitarios y en la Escuela de Periodismo; en la fábrica Vanguardia Socialista, donde trabajé como obrero y maestro en aquellos años siniestros del Quinquenio Gris, y finalmente, en el Centro Onelio y esporádicamente en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio y en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Y súmale a ello la inolvidable experiencia de impartir por televisión las clases del curso inaugural de Universidad para Todos.

Y sí, creo haber sido un hombre de mi tiempo, tratando de esta manera de ser un hombre de todos los tiempos, como afirmaba Martí: creo haber cumplido con mis alumnos de todas las aulas, talleres, escuelas, instituciones culturales, donde enseñé, compartiendo con ellos todos los conocimientos que poseo, creo haber cumplido con mi país y mi Revolución defendiéndola con las armas en la mano, cuando me lo pidió, en Playa Girón y en el Escambray; creo haber cumplido como escritor con la literatura que escribí y que en muchos sentidos es el testimonio de mi vida como creador y como ser humano,  y sobre todo, creo haber sido fiel a los principios y a los ideales que alimentaron mi vida, y pertenecer con orgullo a la generación de la lealtad a esos principios.

¿Cómo se siente cuando un egresado del Centro Onelio gana un premio o se le reconoce su labor como escritor?

Creo que no tengo que subrayar que cada vez que un egresado del Centro gana un premio o se le reconoce su labor como escritor, es como si esos honores los recibiera yo. Alguien me reprochó una vez que mi labor en el Centro Onelio me robaba mucho tiempo, el tiempo que debía dedicar a mi obra personal. Y aunque esa opinión tiene,  por supuesto, un fondo de verdad, siempre me he adaptado a la idea de que los libros que he dejado de publicar son los libros que mis alumnos publican. Y eso me compensa espiritualmente.

Según su criterio, ¿cuál sería la mejor forma de celebrar estos 15 años de ardua labor?

La mejor manera de celebrar estos 15 años, que coincidieron con la idea de mi posible jubilación, fue haber organizado el 16 curso con más de 50 nuevos alumnos, esta vez sorprendentemente jóvenes y con mucho talento: el curso es una verdadera fiesta por nuestro 15 aniversario.

Muchos de los testimonios de egresados del Onelio afirman que en sus cursos no solo se forman mejores narradores, sino también mejores seres humanos, que sin dudas contribuyen al crecimiento espiritual de la nación. ¿Qué opina usted al respecto?

Me parece que una parte de esto lo respondí en otra pregunta, pero podría agregar que coincido plenamente con esos testimonios de nuestros egresados. ¿Qué otra cosa puede decir alguien que ha vivido la enriquecedora experiencia de enseñar a más de 800 jóvenes narradores, que han formado un tejido de creatividad que ha penetrado en todos los rincones del país y ha alimentado y fortalecido la cultura que es el escudo espiritual de la nación?

Si tuviera que describir al Centro Onelio con una sola palabra, ¿cuál sería?

Permíteme convertir esa palabra en una frase: El Centro Onelio es la casa de los jóvenes narradores cubanos.

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