Adigio Benítez y Antonio Vidal

Maestría a pequeña gran escala

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Antes o después del museo o la galería, la obra de arte puede y debe estar al alcance de la vista. Ese es el valor de la reproducción: acercar al público a piezas generalmente reservadas a ser vistas en colecciones públicas o privadas y permitir una sensible aproximación a sus contenidos, que no debe limitarse al ámbito de los supuestamente entendidos sino a un universo mayor de personas.

Esta acción reviste mucha más relevancia cuando se trata de promover creaciones significativas y contribuir a establecer necesarias jerarquías. De ahí que saludemos la existencia de la colección Espiral, del sello editorial Artecubano. Libros de bolsillo, rigurosamente presentados, dan la medida de aportes trascendentes y maestrías indiscutibles que nos permiten adentrarnos en la producción y el sedimento de personalidades que han dejado una huella perdurable en la creación visual contemporánea entre nosotros.

Tales son los casos de Adigio Benítez y Antonio Vidal. La selección del sello editorial responde obviamente a un criterio institucional: ambos fueron merecedores del Premio Nacional de las Artes Plásticas. Es de esperar que le colección socialice ese reconocimiento, que más allá de inconformidades y discrepancias, sean coyunturales o de fondo, constituye una brújula. Creo, sin embargo, que si Adigio y Vidal no hubieran ostentado en vida esa investidura, también tuvieran más que ganado un lugar en la serie editorial y se harían acreedores del cuidado con que sus perfiles han sido reflejados en las páginas de estos cuadernos.

La foto de Adigio en la portada de su monografía nos revela la juventud de un creador que supo renovarse a sí mismo. Permítaseme la evocación personal. Cuando conocí a Adigio, este ya era una leyenda en el medio donde trabajo. Su fama de excelente ilustrador y caricaturista hallaba correspondencia en una modestia sin poses, su camaradería y su conversación tenue. En tiempos como estos, donde la falta de compromiso y vocación social suele ser una medalla, quiero recordar al ser humano que abrazó utopías y encarnó una conducta ejemplar. Como  profesor en la Escuela Nacional de Arte cultivó el respeto y la admiración de sus alumnos.

Nadie mejor que Surnai Benítez, su hija, historiadora, profesora y crítica de arte, para introducirnos en la obra de Adigio, desarrollada al margen de modas y corrientes, pareciéndose más a sí mismo que a lo que podía seducir. Fue así como evolucionó desde las márgenes de la figuración hasta la alegoría, en un entorno donde lo explícitamente social y un fino lirismo no exento de amable ironía se entrecruzaron como facetas de un ejercicio pictórico complementario.

Quien repase las páginas del pequeño volumen podrá apreciar obras que dan cuenta de esa trayectoria, como “Obrero lesionado” (1957), “Jesús Menéndez” (1958) —ambas realizadas en tiempos de persecución y clandestinidad—, “Soldador” (1963), “Textileras” (1975), “Un día de verano” (1986), “Caballo trebejo” (1990), “Modiglianesca” (1996), “Romería” (2000) y “Novavenus” (2009).

Suscribo plenamente las palabras de Surnai al final del texto introductorio cuando nos dice: “Pintar para este artista es una necesidad vital, es la manera de contribuir al objetivo supremo de la libertad humana. Sabe que eso se logra si el arte lo es auténticamente, por ello ha estado buscando siempre formas expresivas más imaginativas y alejadas de lo convencional. Esta es también la lección que nos deja el magisterio de Adigio”.

Cuando Vidal fue proclamado en 1999 Premio Nacional de las Artes Plásticas, jalonado, según supimos, por una contundente argumentación de Antonio Eligio Fernández, Tonel, regresaba al foco de atención uno de los creadores que, al igual que Adigio, fue consecuente con una voluntad de estilo y jamás hizo concesiones para agradar.

Más allá de su obra, lo recuerdo como un ser humano ávido de información y conocimiento. Un ejemplo de lo que representa la avidez cultural y la inquietud intelectual para hacerse una visión del mundo. Digo esto, porque lamentablemente observo en no pocos artistas de las generaciones emergentes —y no solo en las artes plásticas— cierta disociación de los procesos históricos y socioculturales que a veces se pretende disimular con el manejo superficial de teorías de última hora.

Vidal fue un hombre de la cultura en la acepción más profunda. Como lo fueron la mayoría de sus compañeros de ruta en el grupo Los Once. Aquella revolución estética que marcó la irrupción del abstraccionismo en un medio desolador, solo podía haber sido emprendida por criaturas no solo portadoras de una nueva sensibilidad sino también intelectualmente lúcidas.

Al respecto vale la pena citar una confesión de Vidal recogida en la entrevista que el escritor y pintor José Cid, un personaje demasiado modesto que alguna vez tendríamos  que rescatar, publicó en La Gaceta de Cuba, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC): “No importa la forma que escojas para expresarte, ninguna es mejor ni peor. Las tendencias no implican jerarquías. Solo que en algunas, uno se siente más cómodo, se mueve con más libertad, está más de acuerdo con su personalidad y sensibilidad; se expresa mejor, dice más. A mí los límites inflexibles me hacen sentir incómodo, por eso no los he podido tragar. Me gusta ser yo, pero sin forzar las cosas”.

Además de la entrevista de Cid, el volumen monográfico incluye textos críticos de Orlando Hernández, Rufo Caballero y Tonel; además un espléndido poema de Fayad Jamís, en una edición a cargo de Virginia Alberdi. Las imágenes recorren una apretada muestra de la obra de Vidal en la pintura, la gráfica, el dibujo y la escultura.

Tanto  el cuaderno de Adigio como el de Vidal cierran con una cronología bioartística sumaria, en las que el lector advertirá seguramente cómo fueron redactadas antes de que tuviéramos que lamentar en fecha reciente la desaparición física de ambos creadores.

Con estas entregas, la colección Espiral, fiel a su nombre, se dispara de manera ascendente al honrar a estos artistas y contar con ellos y su obra en la obra mayor de enriquecimiento espiritual a la que nunca renunciaremos.

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