Lugar para el elogio

Cira Romero • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

“Lo que estorba no es que Avellaneda sea cubana o española, lo que estorba es que sea una mujer de talento”, dijo Dulce María Loynaz. Severo Sarduy escribió:“La Avellaneda [...] perteneció también a ese ámbito [camagüeyano] de aleros frescos para la lectura, alrededor de las viejas fuentes, junto a las arecas, de alardes rurales decimeros, de bibliotecas abiertas a la luz del mediodía a través de la herrería barroca de las ventanas. Puntuaban los versos pasos familiares, pregones atravesando el tiempo denso y lluvioso de la siesta; los vitrales de medio punto proyectaban sus manchones de luz sobre las opulentas bandejas de frutas, y luego, difusos, alargados por la tarde, sobre el ajedrezado de los mosaicos. La Avellaneda nos interesa hoy, suscita nuestra lectura y homenaje, precisamente por lo que siempre se le reprochó: su ausencia de la isla; el privilegio o el exceso, en su poesía, de los valores formales”. Y volviendo a la autora de Jardín,  dolida porque el Teatro Nacional, violando un decreto presidencial, no llevara el nombre de la hoy homenajeada, expresó: “...el elogio de un valor auténtico no alcanza nunca el largo eco de la maledicencia o la calumnia”. Ese eco, que en su caso, y en no pocas ocasiones, se convirtió en silencio, se ha desanudado completamente y a 200 años de su nacimiento hace ya bastante tiempo cesaron los límites que le habían sido impuestos y hoy se perfila su vida y su obra sin sobresaltos de la voz que percibe: un “arte visoria” que es el pensamiento a través de los ojos que va llegando calmo, desde la inquietud misma. 

Imagen: La Jiribilla

Gertrudis Gómez de Avellaneda, entre exegetas, los más, y detractores, los menos, transitó por un arco creativo abarcador y a la vez convincente en todas sus expresiones, proceso casi simultáneo donde concurrieron la lírica, la novela, el teatro, las leyendas y tradiciones, su poco o casi nada conocido ensayismo, así como su labor, al frente o como colaboradora, en revistas literarias y periódicos, tanto cubanos como españoles y de otras áreas del continente europeo.

En medio de realidades sociopolíticas complejas, tanto en Cuba como en España, conquistó un espacio creador donde fijó y consolidó una imagen literaria original y deudora, a la vez, del clasicismo, o, mejor, del neoclasicismo y fue voz del romanticismo, aunque si vamos más allá, auguró en poemas como “Los reales sitios”, para solo citar un ejemplo, una especie de halo perfomático hincado no ya en un balbuceante modernismo, sino con el aliento mismo, intrínseco diría, aunque pudiera parecer exagerado, solo visto y enriquecido años después por el autor de Cantos de vida y esperanza. Solo cuatro versos del poema citado delatan ese anticipo,  percibido por varios estudiosos: 

Es grato el ambiente de aquellas estancias
—que en torno matizan maderas preciosas—,
do en vasos de China despiden fragancias
itálicos lirios, bengálicas rosas. 

Solemne a veces, en exceso para gustos más atiplados, fue voz siempre y  nunca coro, tampoco fue caótica o fragmentada, pero nunca uniforme, porque el duende que casi siempre la acompañó, a pesar de que a veces le jugó malas pasadas íntimas y artísticas, la hizo portadora de una identidad cuyo fundamento no atenuó en modo alguno el valor trascendente y simbólico de sus creaciones.

El corpus de su universo literario, a veces cercano, a veces alejado del férreo canon artístico de entonces, modela imágenes genéricamente dominantes, que pueden ser expresión de castidad y espiritualidad absolutas o del más raigal arrebato lírico cuando siente que acaso el único y gran amor de su vida, ese Ignacio de Cepeda hipócrita y desalmado, la margina de su vida. Si perteneció a una casta hegemónica en clase y raza no fue  remisa a la crítica social, sino, como ha hecho notar Roberto Méndez, “concibe la relación vida-literatura de otro modo: se niega a establecer una relación especular entre ambas [...] acomete una reforma de la realidad basada en la unidad del bien y la belleza, tan incisiva, que le valió más de una vez censuras privadas y públicas y hasta el secuestro de alguna edición, como ocurrió con Sab”.

Situada en el ángulo entonces “extramuros” del género femenino, la Avellaneda enrumbó gran parte de su obra tratando de que fuera reconocida la sexualidad femenina e incluso, como ha expresado Susana Montero, “independizando su ejercicio del marco legal del matrimonio, lo que reforzó en este sentido la intención contestataria de su discurso literario que ya de por sí provocaba malestares entre el distinguido sector social al que pertenecía la autora [...] por ser mujer, soltera y carente de toda representación masculina, audaz, independiente, emigrante, solvente desde el punto de vista económico y, para colmo de males (según el pensamiento de la época), proclive a ocupar espacios públicos tradicionalmente reservados para los hombres”.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, mediante su escritura, trató y logró situarse con solidez en aquel presente, que hoy es pasado, y en tanto sujeto creador intentó, aunque no siempre pudo alcanzar sus objetivos, ser aceptada en sus modos y maneras de conducirse a sí misma y de llevar sus obras por derroteros muy personales. Acaso tuvo una fantasía con el futuro que es hoy, que le dispensaría con creces la fijeza, buscarse en un cesar de huidas, reconocer el tránsito de vida en lo que no se mueve, pero que ella hizo estremecer. Esta percepción que ahora comparto con ustedes ocurrió entonces en un panorama presuntamente calmo, pero donde la lava caliente ardía en los pies y ella era objeto de coronaciones y críticas acerbas, mientras ya en sus días finales, enferma, casi ciega, cuando su cuerpo, antes ataviado con lujo, ahora era cubierto con ropajes sencillos, acaso muy usados —había menos dinero por entonces—, de tonos oscuros, como quizá oscura se sentía ella por dentro y sentía que se perdía en la nada, palabra a la que, sin embargo, le concedo un significado hermoso, como si hubiera podido expresar: “yo estoy fuera”, pero estoy y estaré; y si acaso fue autosuficiente, ella supo, o al menos intuyó, que iba a ser imprescindible por su obra, como lo fue también por su vida, que fue principio y fin de una existencia impulsada por el hecho de quizás sentirse a sí misma invulnerable (tan frágil a veces), complaciendo más que auto complaciéndose, a la espera de justificar siquiera un deseo.

Sus sueños, sus verdades, ¿acaso sus mentiras? incursionaron quizá por el laberinto de lo imaginado y su escritura no atravesó meramente el tiempo, sino que lo encarnó, lo suspendió a veces y parecía recobrarlo en un aliento.  Su obra es elucidación de la vida humana, forma también de autoconocimiento, y con ella mostró que la existencia es esperanza y también tensión temporal y que el tiempo es libertad en la experiencia onírica de la vida que se abisma y se rescata.

La obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda constituye una especie de redención de algo espontáneamente oculto por el sujeto llamado Gertrudis Gómez de Avellaneda y lo que aquella reveló, viéndola como totalidad, podría acaso ser una especie de nocturno donde se accede a la intimidad más profunda del cuerpo y del alma, un lapso visceral atravesado por los latidos del corazón. Por ello aparece, a veces, una extrañeza, que es un entrañarse, y también la sorpresa, vista como inmovilidad del movimiento que no es un mero cesar, al contrario, es duración, donde el cuerpo entra en el universo físico lentamente, al compás de la respiración.

Desde su antológico poema “Al partir”, de 1836, hasta el inicio de la preparación de sus Obras literarias, cinco tomos publicados entre 1869 y1871, la órbita creadora de Gertrudis Gómez de Avellaneda fue un permanente peregrinar —como La Peregrina fue seudónimo utilizado por ella en sus comienzos— por la duración: intimidad sin tiempo, un anhelar que es la esencia misma de esos escritores interminables que algunos críticos, como para salir del paso, llaman maestros del etcétera. Ella transgredió los límites de lo expresable y su ingenio fue derroche y despilfarro, acaso como los artistas del barroco, pero abrió un surco en el tiempo que se extiende y se recibe desde el amor mismo a la escritura, situada siempre en una temporalidad fecunda donde logró superar lo posiblemente efímero de nuestro tiempo hasta afincarse  de sol a sol. Surco, cauce, hendidura, carril, rastro y huella. Esas y otras muchas marcas dejó la obra de la bicentenaria Gertrudis Gómez de Avellaneda, campo abierto más allá de nosotros, vinculación al mundo desde un ejercicio del futuro de la memoria.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato