Doña Gertrudis, la devota

Leonardo Sarría • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

Un diminuto broche metálico une las tapas del Devocionario nuevo y completísimo en prosa y verso, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, impreso en Sevilla en 1867. La cubierta es de cuero, cuero labrado, y una capa de polvo de oro cubre los bordes de las páginas escritas para recogimiento y ejercicio piadosos. Objeto cuidado e íntimo, como correspondía acaso a un libro de su clase, algo lo distingue sin embargo entre el abundante número de textos y manuales de oración de la época. Su autora es la misma que años atrás suscitara los aplausos, murmuraciones e invectivas de la vida cultural madrileña y no precisamente una religiosa en el sentido estricto del término: entiéndase, no es una monja ni mucho menos una Madre o fundadora espiritual. De sus poemas sacros, que ha reunido y juntado a oraciones diversas, letanías, explicaciones y consideraciones doctrinales, está hecho el volumen, concebido primero para su “uso particular”, según confiesa en “Dos palabras sobre la oración y sobre este libro”, y dado luego al público con la esperanza de servir a aquellos que “carecen del hábito de hablar a Dios” con “libertad cordial” o requieren de “un formulario para expresar sus propios sentimientos”.[1] Jorge Diez, revisor eclesiástico del texto, celebra en él “su mérito literario, siendo bellísimas las muchas composiciones poéticas que contiene, lo que hará que aun buscado bajo este solo concepto produzca el gran beneficio de inspirar la piedad a las personas más indiferentes” y no duda en afirmar, en su dictamen, que “excede este precioso libro a cuantos devocionarios circulan hoy en España entre los fieles”.[2]

Imagen: La Jiribilla

No era la primera vez que la Avellaneda realizaba una obra de esta índole. A raíz de la muerte de su esposo don Pedro Sabater, ocurrida el 1 de agosto de 1846 en Burdeos, suceso que la conmocionaría profundamente y habría de motivar su hermosa “Elegía II”, la escritora pasa unos meses de retiro en el convento de Nuestra Señora de Loreto, de donde regresará a Madrid a fines de noviembre de ese año.

Entonces [relata su biógrafo Emilio Cotarelo] se verificó un cambio en las ideas religiosas de la Avellaneda que, como hemos visto por algunos rasgos, eran poco claras y seguras. Los meses de retiro que pasó en el Convento de Burdeos y la soledad de espíritu en que se halló al volver a Madrid enderezaron sus pensamientos hacia la devoción entregándose con el afán y la vehemencia con que lo hacía todo a lecturas piadosas de vario género. Pronto su buen gusto literario le dio a conocer lo medianos que eran bajo este aspecto los libros usuales para la lectura y ejercicios y se propuso componer uno que los aventajase de modo notorio. A esto dedicó el resto del año 1846 y el siguiente, […] y fruto de este trabajo fue un extenso Devocionario, en prosa y verso, que entregó para su publicación a la empresa editorial La Publicidad que poco después hizo estrepitosa quiebra. La autora no volvió a saber nada de su libro, que supuso haberse extraviado en la ruina de la casa, por lo cual 20 años después se propuso rehacerlo, como lo hizo, y lo dio al público en las prensas sevillanas […].[3]

El texto al que alude Cotarelo es el Manual del cristiano. Nuevo y completo devocionario, en efecto, perdido hasta que la investigadora Carmen Bravo-Villasante encontrara el manuscrito entre los papeles de Manuel Cañete en la Biblioteca de Menéndez Pelayo y lo editara en 1975 bajo el sello de la Fundación Universitaria Española. Dedicado “A S. M la Reina Madre, Da. María Cristina de Borbón”, el autógrafo consta de 171 cuartillas y difiere notablemente del tomo publicado por la Imprenta y Librería de D. A. Izquierdo. Se trata en verdad, como permite comprobar a simple vista el cotejo de ambos, de dos libros distintos en contenido y estructura, por más que se repitan ciertos poemas y preces, cosa perfectamente explicable toda vez que son obras nacidas de idéntica pluma y determinada además por ajustarse a las mismas festividades y celebraciones litúrgicas.

Amén de la mayor extensión del Devocionario de Sevilla (conformado por 503 páginas), que implica desde luego la presencia de motivos, prácticas y plegarias ausentes del Manual…, como la “Visita al Santísimo Sacramento”, la “Devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y María”, el “Trisagio de la Santísima Trinidad”, la “Preparación anual para la muerte” o el “Via-crucis”, hay en este no solo un considerable incremento de la “parte poética”, esa de la cual ya había dicho la Tula “jamás levanto mi débil acento a la Divinidad sin sentir la necesidad de la rima”,[4] sino también un interés didáctico más expedito. Si el Manual… fue compuesto —de acuerdo con sus palabras, y contrariamente al afán competitivo que le supone Cotarelo— en horas de dolor y angustia, como “tributo de gratitud profunda […] consagrado a la Augusta Religión que en medio de mil amarguras había abierto el enexhausto [sic.] manantial de sus divinos consuelos a un alma que largo tiempo árida y atribulada”,[5] el Devocionario… aparecía en otras circunstancias. Con 53 años, viuda de su segundo esposo Domingo Verdugo —cuya pérdida la sumiera en una crisis que le hizo incluso valorar la idea de renunciar a todo y recluirse en un convento—, signada por una prematura vejez, su vida parecía entrar en trance de cierre y repaso. “La residencia de doña Gertrudis en Sevilla [anota asimismo el autor de La Avellaneda y sus obras] […] fue de gran reposo para su corazón y para su espíritu. Consideró terminado su papel en la tierra y ya solo pensó en la gloria póstuma”.[6] Por esa fecha se ocupa igualmente de la redacción de otro libro devoto del que no se tiene más información que la ofrecida por ella a Narciso Campillo en carta del 12 de mayo del 67 —recién salido el Devocionario—, a quien le envía unas páginas en prosa “entresacadas de un librito [le dice] que estoy escribiendo con el título de Nuevo mes de María, el cual, aunque empezado hace ya mucho tiempo, quizá tarde todavía más en concluirse y darse a la luz por efecto de las muchas ocupaciones de prosaicos intereses y domésticos deberes que pesan de continuo sobre mí”.[7]

¿Cómo conciliar la imagen de esta mujer que semeja cada vez más apartarse de ambiciones y ruidos mundanales, con la que apenas meses después dirigiría a Luis Pichardo una encendida misiva para responder a aquellos que en la Isla habían pretendido negarle su pertenencia al Parnaso cubano?[8]¿De qué forma entender sus bruscas e inesperadas variaciones, la compleja naturaleza de la autora de novelas como Sab y Dos mujeres, de poemas como “Soneto imitando una oda de Safo” y “La venganza”, capaz de escribir también un devocionario a la manera de una santa o tratadista de oración? Temperamento romántico el suyo, su espíritu se mueve entre coordenadas extremas —su “gran defecto”, había reconocido en su autobiografía de 1839, era no poder colocarse en el medio—, y su religiosidad no estará exenta de esa dinámica de opuestos, divergencias y altibajos, oscilante entre orgullo y humillación, opulencia e indignidad, pasión física, carnal y amor místico. En su sentimiento de lo divino se combinan, como observa Roberto Méndez, “la actitud arrebatada del poeta romántico, para quien la religión es asunto personal entre él y Dios, sin mediaciones”[9] y “el carácter íntimo y a la vez “popular” y “simple” de la fe adquirida desde su infancia”.[10] “Me voy haciendo devota; no devota vulgar, ya comprenderás que esto no es posible, pero devota a mi modo”[11] le advertiría a su amante Ignacio de Cepeda el 1 de agosto de 1847. De esa devoción personalísima, audaz, con rasgos de vanguardia religiosa que han precisado Florinda Álzaga y el propio Méndez, da fehacientes muestras el Devocionario…, aunque no deje de ser al mismo tiempo expresión del perfil severo, ortodoxo y conservador de su personalidad, acentuado sobre todo después de la muerte de Verdugo, y situado más bien en las antípodas de la Tula liberal y transgresora. Audacia era sin duda que alguien como ella, difuminando las fronteras entre los campos literario y religioso, presentara, mezclados con instrucciones sobre la misa, los sacramentos, los oficios de Semana Santa, etc., poemas y ruegos de su autoría como contribución a la práctica creyente. Pero, al menos en lo que interesaba de cerca a la Iglesia, sin nada “contrario a nuestra santa fe, ni a las buenas costumbres”. Los rasgos de avanzada en materia religiosa que enumeran los críticos citados —el privilegio de la oración como relación directa con la Divinidad, “la concepción de un Dios cercano e íntimo, muy propia de los místicos”, “el papel otorgado a los textos bíblicos” en el rezo cotidiano de los laicos o “la fuerte voluntad didáctica que pone empeño en explicar al pueblo común detalles que habitualmente eran solo del dominio del clero”—[12] lo son dentro de las marcos de la espiritualidad cristiana. Aquel ímpetu, aquel recio temple que le valiera de su amiga Cecilia Böhl (Fernán Caballero) el apodo de Gertrudis la Magna, es aquí la criatura indigna, arrepentida de haber cantado con su lira “alguna vez, pasiones y glorias mundanas” y que, en sus “Indicaciones para el examen”, previo al sacramento de Confesión, no olvida que se falta:

Si ha prestado oído a discursos impíos o leído libros prohibidos.

[…]

Si ha presumido de las propias fuerzas, no reconociendo que nada bueno puede sin el auxilio de Dios.

[…]

Si en sus trabajos y aflicciones se ha quejado o murmurado de la Providencia o se ha creído abandonado de ella.

[…]

Si, volviendo en ofensa de Dios los dones recibidos de su mano, se ha ensoberbecido de sus buenas prendas, de su ingenio, talento, riquezas, posición o hermosura, concibiendo exagerada estimación de sí mismo, y queriendo que la tengan los demás.

[…]

Si, aunque no haya resultado muerte o daño grave, ha tenido o apadrinado duelos en los que pudo correr sangre, o si ha sido causa de ellos.

[…]

Si por intemperancia en el comer y el beber, y por vigilias malamente empleadas, o por cualquier otro género de exceso, ha arruinado su salud o comprometídola.

[…]

Si ha vivido en amancebamiento y qué estado tenía su cómplice.[13]

Justamente uno de los mayores atractivos que puede poseer la lectura del Devocionario… es la aproximación a esta otra arista de la Avellaneda, que amplía y problematiza aún más la contradictoria riqueza de su carácter, en ocasiones juzgado desde uno solo de sus ángulos. Dispersas a través del texto, entre la retórica, formas y disposiciones religiosas que eran las de un siglo —indulgencias, pormenores y observancias del culto—, saltan a ratos las notas singulares de la escritora que, ora entre las súplicas del rosario puede sorprendernos con líneas de un sombrío dramatismo: “Todo fue consumado ¡Reina de los mártires! vuestros ojos vieron enclavar en la cruz al suspirado por los siglos, al esperado por las naciones… vuestros oídos oyeron los golpes del martillo; el crujido de los huesos que se dislocaban… vuestro rostro fue salpicado con la inocente sangre de la víctima!...”,[14] ora necesita aclarar —no sin cierta sutil vanidad— al pie de su cántico “La Cruz” que: “Esta composición poética no fue escrita para el Devocionario, pero le damos cabida en él, tanto por complacer a varios amigos que así nos lo piden, cuanto porque habiendo merecido la honra de ser traducida al francés, al inglés y al italiano, deseamos sean conocidas las correcciones que posteriormente hemos hecho en ella procurando perfeccionarla, para que desmereciera menos de aquellas distinciones”.[15]

Puesto bajo el auspicio de la Serma. Infanta, Duquesa de Montpensier, de quien un año antes de la Revolución del 68 se rumoraba —así lo indica Bravo-Villasante— que podía llegar a ocupar el trono, el Devocionario…se organiza en doce secciones: “Oración de la mañana”, “Oración de la noche”, “Confesión y Comunión”, “Visita al Santísimo Sacramento”, “Devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y María”, “Para días de festividades de la Santísima Virgen”, “Rosario a la Santísima Virgen”, “Noche buena”, “Devoción al Dulce Nombre de Jesús”, “Preces en verso para diferentes circunstancias”, “Preparación anual para la muerte”, y “Oficios de la Semana Santa y Pascua de Resurrección”, bloque este último que abarca casi la mitad del volumen y donde más visiblemente se evidencian los propósitos formativos, didácticos, de la Avellaneda, en un contexto en que las misas se pronunciaban en latín, de espaldas al pueblo, y en que los feligreses apenas tenían acceso a la Escritura.

Claras y prolijas explicaciones de la doctrina o la significación de determinados ritos, misterios, fiestas, apoyadas en los criterios de autoridades y Padres de la Iglesia, así como frecuentes acotaciones de cómo y en qué instante cumplir cada acto, cruzan en general todo el Devocionario…, como si respondiesen a un plan que se ha trazado ahondar madura y reflexivamente en los fundamentos de la fe y evitar a su vez el mecanicismo y las posibles distracciones de la oración.

Todo el Oficio público de la Iglesia [explica, por ejemplo, al frente del “Sábado Santo”] parece consagrado este día a la sepultura de Jesucristo y a su descendimiento a los Infiernos; pero en la Misa se celebra ya la Resurrección.

Se enciende hoy el nuevo fuego, para significar que la ley antigua ha desaparecido y que la nueva comienza a brillar: también representa este fuego a nuestro Señor Jesucristo, luz del mundo, extinguida y reanimada.

Puede decirse a sí mismo que el cirio pascual tiene igual significación; y de allí viene sin duda que se le encienda durante el tiempo pascual y se le retire el día de la Ascensión.

Las oraciones de bendición del cirio pascual son extremadamente patéticas, y prueban también que la Iglesia mira esta ceremonia como simbólica; de otro modo no invitaría a toda la tierra, a que se regocijase de ser alumbrada por rayos tan luminosos.

Los cinco granos de incienso, según dice el Abad Ruperto, representan el embalsamamiento del cuerpo del Salvador.

En este día también se bendicen las fuentes, haciendo la señal de la cruz sobre las aguas y rogando a Dios que derrame en ellas la virtud del Espíritu Santo. El celebrante rocía hacia las cuatro partes del mundo, y al cabo —después de haber alentado tres veces sobre dichas aguas, pidiendo a Jesucristo que se digne bendecirlas con su propia boca— toma el cirio pascual y lo sumerge por tres veces, mostrando de este modo que es por los merecimientos del Salvador, muerto, sepultado y resucitado —del cual es figura el cirio— que la virtud del Espíritu Santo se comunica a esta agua.

Ocupándose la Iglesia este día, como hemos indicado, de la sepultura del Salvador, es preciso aplicar nuestro espíritu a la consideración de los misterios que encierra dicha sepultura. S. Pablo nos enseña que por medio del Bautismo hemos sido sepultados con Jesucristo, como muertos para el pecado. ¿Lo estamos realmente? ¿No vive todavía en nosotros el hombre viejo, resistiéndose a la renovación de la gracia?[16]

Como comentarista, que no solo esclarece elementos puntuales de la liturgia, sino que abre por igual espacios para la meditación —del mismo modo que lo hace en el “Rosario…”, al incluir en este “las consideraciones de los augustos misterios recordados en cada parte de dicho rezo”—,[17] activa también sus dotes de dramaturga. En estos trozos y algunos otros pasajes del texto es perceptible una conciencia de representación, un gusto por las transiciones, los coros, las fórmulas antifonales, y un cuidadoso aparato didascálico, detrás de los cuales se descubre la mirada atenta, entrenada en los ámbitos escénicos, que no desatiende ninguno de los signos del ceremonial. Claro que de lo que se habla es de solemnidades y devociones instituidas e intrínsecamente performáticas, que la Avellaneda glosa e ilustra con el objeto de servir de guía, facilitando la participación comunitaria, pero filtradas a través de su peculiar intuición teatral, como cuando libre y creadoramente incorpora en la conmemoración de “Viernes Santo” su poema “Las siete palabras y la Madre al pie de la cruz”, añadiéndole un coro, en alternancia con “una voz”, con el que no contaba al publicarse en Álbum Cubano de lo Bueno y de lo Bello en 1860.

Coro

¡Reina de los mártires!

Rendímoste honor,

Humildes rogándote

Nos prestes favor.

Una voz

Al cielo ofreciendo del mundo el rescate,

Con clavos sujetas las manos divinas,

Ciñendo sus sienes corona de espinas,

Se ostenta en los brazos del leño Jesús.

A diestra y siniestra dos viles ladrones

Reciben la pena que al crimen se debe;

Mas ¡sólo en el Justo se ensaña la plebe...

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

Coro

¡Reina de los mártires! etc.[18]

Resulta curioso que poemas como este, como “Miserere” (Paráfrasis), “Otro cántico. Imitación de varios salmos”, “Devoción al Dulce Nombre de Jesús” (Soneto), “Canto de alabanza. Grandeza de Dios en sí mismo y en sus obras” (Imitación del salmo 103), “A Dios” (Soneto), “La Cruz” o “Dedicación de la lira a Dios”, cuyo tono, factura y rigor compositivo los señalan dentro del corpus,[19] figuren en el Devocionario…a la par de “A S. José. Cántico”, “Al Ángel Custodio” y muchos de los incluidos en “Preces en verso…” —“Plegaria para cuando se teme o sufre alguna desgracia”, “Plegaria para las calamidades públicas, o de la Iglesia”, “Para cuando se presencia un entierro”, entre otros—, súplicas rimadas de sello más inequívocamente circunstancial. Cabe suponer que la Avellaneda no haya querido sino ofrecer de conjunto, desprendida de razones y jerarquías estéticas, literarias, el muestrario de sus versos de inspiración religiosa, pero también que semejante gesto obedezca a una tácita estrategia con el fin de que el libro tuviese acogida y circulación tanto entre los devotos como en los predios letrados e intelectuales. Su nombre en la portada del Devocionario…tenía, por supuesto, que llamar la atención de sus lectores y críticos, para quienes, antes que la creyente, ella era la escritora, la poeta, y de tal impronta, de ese intenso pathos lírico estaban traspasados varios de sus textos, himnos, sonetos, paráfrasis, imitaciones bíblicas: “Mortíferos vapores / Ya respirando a vista del infierno; / Mi vida fatigada con dolores/ Por torcedor interno […]”;[20] o los fragmentos que traduciría del Salterio, en los nocturnos del “Oficio de Tinieblas”, ganada por la recia desnudez del versículo, con una contención y belleza, “concentrada energía”, al decir de José María Chacón y Calvo, que colocaban sus traducciones de los salmos a la altura de “las principales hechas en lengua castellana”:[21]

Sálvame, oh Dios, porque las aguas de la aflicción han penetrado hasta mi alma.

He llegado a alta mar y la tormenta me ha anegado.

Mi garganta se ha enronquecido a fuerza de clamar, y mis ojos se han cansado de mirar al cielo, esperando el socorro de mi Dios.

Hánse aumentado, más que los cabellos de mi cabeza, los que me aborrecen sin causa.

Sin embargo, oh mi Dios, tú sabes si yo soy culpable, porque ningún pecado puede estar oculto a tu vista.

Óyeme, Señor, porque benigna es tu misericordia: conforme a la multitud de tus piedades vuelve los ojos a mí.[22]

Espejo de la religiosidad de la época, fiel a las concepciones de la vida como “valle de lágrimas”, del ser humano como hijo del pecado —sujeto vil y miserable sin Dios—, la última de sus obras deja, en cambio, aun por encima de valores y aciertos poéticos, la impresión de un largo Mea culpa, el retrato de una existencia declinante que se prepara para la hora en que, acorde con su fe, habría de rendir cuentas. En “Testamento espiritual”, perteneciente a los ejercicios de “Preparación anual para la muerte”, se declara la “irrevocable voluntad” de “morir por amor de mi divino Redentor, como por amor mío se dignó morir él; y que teniendo presente la infinita bondad con que me constituyó heredero de todos sus merecimientos, su cuerpo y su sangre, le suplico a mi vez sea servido aceptar todo lo que hay en mí —aunque indignísimo de serle ofrecido […]”.[23]

La invitación a transitar ese camino de renuncias, votos, ofrendas, recorriendo a su lado las estaciones de la Pasión, las cuentas del rosario, bien podía purificar antiguos yerros, descargar el alma próxima ya al instante del “tremendo juicio”. Superpuesta a la célebre artista, esta doña Gertrudis enlutada y ascética, bien podía su Devocionario… inclinarnos a volverla a leer.

 

Prólogo a la edición de Devocionario nuevo y completísimo en prosa y verso en preparación por Ediciones Boloña.

[1] Gertrudis Gómez de Avellaneda: «Dos palabras sobre la oración y sobre este libro», Devocionario nuevo y completísimo en prosa y verso, Imprenta y Librería de D. A. Izquierdo, Sevilla, 1867, p. 8.
[2] Jorge Diez: «He leído detenidamente el manuscrito titulado...» en Gertrudis Gómez de Avellaneda: Devocionario nuevo y completísimo en prosa y verso, ob. cit., p. 2.
[3] Emilio Cotarelo y Mori: La Avellaneda y sus obras, Tipografía de Archivos, Madrid, 1930, pp. 153-154.
[4] Gertrudis Gómez de Avellaneda: «Prólogo», Manual del cristiano. Nuevo y completo devocionario, Fundación Universitaria Española, Madrid, 1975, p. 22.
[5] Ibídem, p. 23.
[6] Emilio Cotarelo y Mori: Ob. cit., pp. 360-361.
[7] Citado por Emilio Cotarelo y Mori: Ibídem, pp. 365-366.
[8] Cfr. Domingo Figarola-Caneda: Gertrudis Gómez de Avellaneda. Biografía, bibliografía e iconografía, incluyendo muchas cartas, inéditas o publicadas, escritas por la gran poetisa o dirigidas a ella, y sus memorias (notas ordenadas y publicadas por doña Emilia Boxhorn, viuda de Figarola-Caneda), Sociedad General Española de Librería, S. A., Madrid, 1929, pp. 234-238.
[9] Roberto Méndez: Otra mirada a La Peregrina, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007, p. 261.
[10] Ibídem, p. 262.
[11] Gertrudis Gómez de Avellaneda: Autobiografía y cartas de amor (prólogo de Olga García Yero). Editorial Ácana, Camagüey, 2013, p. 101.
[12] Cfr. Roberto Méndez: Ob. cit., p. 322; y Florinda Álzaga: La Avellaneda: intensidad y vanguardia, Ediciones Universal, Miami, 1997, pp. 277-279.
[13] Gertrudis Gómez de Avellaneda: «Indicaciones para el examen», Devocionario…, ob. cit., pp. 32-42.
[14] Gertrudis Gómez de Avellaneda: “Oración”, Devocionario…, ob. cit., p. 136.
[5] Gertrudis Gómez de Avellaneda: “La Cruz”», Devocionario…, ob. cit., p. 431.
[16] Gertrudis Gómez de Avellaneda: “Sábado Santo. Explicación y consideración”, Devocionario…, ob. cit., pp. 436-437.
[17] Gertrudis Gómez de Avellaneda: “Dos palabras sobre la oración y sobre este libro”, Devocionario…, ob. cit., p. 9.
[18] Gertrudis Gómez de Avellaneda: “Las siete palabras y la Madre al pie de la Cruz”, Devocionario…, ob. cit., p. 410.
[19] No es casual que sean precisamente algunos de ellos los más reproducidos en las ediciones y antologías poéticas de la autora.
[20] Gertrudis Gómez de Avellaneda: “Otro cántico. imitación de varios salmos”, Devocionario…, ob. cit., p. 67.
[21] Cfr. José María Chacón y Calvo: Gertrudis Gómez de Avellaneda. Las influencias castellanas: examen negativo (conferencia leída el 19 de abril de 1914, en la Sociedad de Conferencias), Imprenta “El Siglo xx”, La Habana, 1914, p. 25. Al comienzo de su texto Chacón y Calvo aclara que fue su “primer propósito que el sumario examen de las influencias castellanas de la Avellaneda sirviera de introducción al estudio más detenido de los caracteres predominantes de su lírica” y que pensó que fuera “el punto fundamental de su conferencia” “la discusión de su misticismo: el análisis del Devocionario poético, de algunos fragmentos de las Carta Amatorias y de las Memorias inéditas” así como “de composiciones dramáticas como Saúl y Baltasar (donde aparecen largas estrofas, utilizadas después en el Devocionario) […]”. Es una lástima que el crítico no hubiese podido desarrollar esta idea inicial, aplazada para una futura disertación, que tal vez habría arrojado más luz sobre la obra que aquí se presenta (p. 7).
[22] Gertrudis Gómez de Avellaneda: “Salmo 68. Salvum me fac, etc.”, Devocionario…, ob. cit., pp. 321-322.
[23] Gertrudis Gómez de Avellaneda: “Testamento espiritual”, Devocionario…, ob. cit., pp. 239-240.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato