Selección de poemas

A UN COCUYO

Dime, luz misteriosa,
que ante mis ojos vagas,
y mi interés despiertas,
y mi vigilia encantas,

¿Eres quizás del cielo
lumbrera destronada,
que por la tierra mísera
peregrinando pasas?

¿Eres un genio o silfo
de nuestra virgen patria,
que de su joven vida
contienes la ígnea savia?

¿Eres de un ser querido
quizás errante ánima,
que a demandarme vienes
recuerdos y plegarias;

o bien fulgente chispa
de las brillantes alas
con que sostiene al triste
la célica esperanza?

No sé; mas cuando luces
hermosa a mis miradas,
de tropicales noches
en la solemne calma

—ya exhalación perdida
cruces la esfera diáfana,
ya cual la brisa juegues
meciéndote en las cañas;

ya cual diamante puro
te engastes en las palmas,
cuyo susurro imitas,
cuyo verdor esmaltas—;

paréceme que siento
revelación extraña
de místicos amores
entre tu brillo y mi alma.

Peréceme que existen
secretas concordancias
entre el afán que oculto
y entre el fulgor que exhalas.

Oh, pues, lucero o silfo,
ánima o genio, lanza
más vívidos destellos
mientras mi voz te canta!

Los sones de mi lira,
las chispas de tu llama,
confúndanse y circulen
por montes y sabanas,

y suban hasta el cielo
del campo en la fragancia,
allá do las estrellas
simpáticas los llaman...

Allá do el trono asienta
el que comprende y tasa
de toda luz la esencia,
de todo afán la causa!

1861

 

SONETO IMITANDO UNA ODA DE SAFO

¡Feliz quien junto a ti por ti suspira!
¡Quien oye el eco de tu voz sonora!
¡Quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!
Ventura tanta —que envidioso admira
el querubín que en el empíreo mora—
el alma turba, al corazón, devora,
y el torpe acento, al expresarla, expira.
Ante mis ojos desaparece el mundo,
y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.
Trémula, en vano resistirte quiero...
De ardiente llanto mi mejilla inundo,
¡deliro, gozo, te bendigo y muero!

 

MI MAL

En vano ansiosa tu amistad procura
adivinar el mal que me atormenta;
en vano, amigo, conmovida intenta
revelarlo mi voz a tu ternura.
Puede explicarse el ansia, la locura
con que el amor sus fuegos alimenta...
puede el dolor, la saña más violenta,
exhalar por el labio su amargura...
Mas de decir mi malestar profundo,
no halla mi voz, mi pensamiento medio,
y al indagar su origen me confundo:
Pero es un mal terrible, sin remedio,
que hace odiosa la vida, odioso el mundo,
que seca el corazón... ¡En fin, es tedio!

1840

 

DESEO DE VENGANZA

¡Del huracán espíritu potente,
rudo como la pena que me agita!
¡Ven, con el tuyo mi furor excita!
¡Ven con tu aliento a enardecer mi mente!
¡Que zumbe el rayo y con fragor reviente,
mientras —cual a hoja seca o flor marchita—
tu fuerte soplo al roble precipita
roto y deshecho al bramador torrente!
Del alma que te invoca y acompaña,
envidiando tu fuerza destructora,
lanza a la par la confusión extraña.
¡Ven..., al dolor que insano la devora
haz suceder tu poderosa saña,
y el llanto seca que cobarde llora!

1841

 

A ÉL

No existe lazo ya: todo está roto:
plúgole al cielo así: ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:
¡Nunca, si fuere error, la verdad mire!
Que tantos años de amarguras llenos
trague el olvido; el corazón respire.

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano...
Mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.

De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!
todo se terminó: recobro aliento:
¡Ángel de las venganzas!, ya eres hombre...
Ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada...
Mas ¡ay!, ¡cuán triste libertad respiro!
hice un mundo de ti, que hoy se anonada,
y en honda y vasta soledad me miro.

¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno,
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.

1845

 

EL ÚLTIMO ACENTO DE MI ARPA

Lo siento, ¡oh, amiga!, mi mente
ya pliega sus alas,
marchitas sus galas,
pasado su abril.
El tiempo, en su rápido giro,
se lleva veloces
mis plácidos goces
de edad juvenil.

No hay ya para mi poesía
de vagos dolores,
de ardientes amores,
de inmenso anhelar.
La luz de mi genio se vela,
se apaga mi acento,
no admiro, no invento,
no puedo cantar.

Ya mustia la flor de mi vida,
no vierte fragancia;
su antigua arrogancia
perdió el corazón...
Mas antes que rompa las cuerdas
de mi arpa sonora,
por ti tiene ahora
fugaz vibración.

A ti, mi Leocadia, dedico
su canto postrero,
cual leve y sincero
tributo de amor.
¡Tal vez —como el cisne— mi genio
dará, en su agonía,
más dulce armonía,
sonido mejor!

¡Tal vez —como el sol, que en ocaso
más bello parece—
la voz que enmudece
más grata será!
Yo al viento de otoño la entrego,
cual la hoja caída,
que en su ala mecida,
volando se va.

1850
 
 
Gertrudis Gómez de Avellaneda: Escritora, periodista y poetisa cubana. Nació en Santa María de Puerto Príncipe (actual Camagüey), el 23 de marzo de 1814. Su obra está marcada por los sentimientos amorosos, nacionalistas y de libertad. Pasó su niñez en su ciudad natal y residió en Cuba hasta 1836 en que parte con su familia hacia España. En España escribió una serie de novelas, entre ellas destaca Sab (1841), que fue la primera novela abolicionista. En 1858 estrenó su drama Baltasar cuyo triunfo superó todos los éxitos tenidos anteriormente. Durante el tiempo de residencia en Cuba  contribuyó al movimiento de renovación poética, fundó y dirigió una revista: Álbum cubano de lo bueno y de lo bello, y colaboró junto a los mejores escritores del país en la labor reformadora iniciada por la Revista de La Habana. En 1865 fija su residencia en Madrid, donde murió el 1 de febrero de 1873 a los 59 años de edad.

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