El amor y desamor de la mitad del mundo también pasa por el corazón de una Isla

Emmanuel Tornés • La Habana, Cuba

Amor y desamor en la mitad del mundo (Ed. Arte y Literatura, 2013) es una valiosa muestra del cuento ecuatoriano contemporáneo, hecha con buen gusto y verdadero afán de utilidad. La selección y el prólogo de esta hermosa obra (hermosa no solo por su contenido y composición, sino también por el diseño y perfil de Lisvette Monnar y Rafael Lugo) los debemos a Raúl Vallejo (Manta, 1959), prestigioso narrador, poeta, ensayista y profesor universitario de la hermana nación a quien la 23 edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana 2014 tuvo como su anfitriona de honor.

Imagen: La Jiribilla

Como sabemos quienes estamos al tanto de los múltiples cursos de su prolífica labor literaria, Vallejo es un experimentado impulsor de esta clase de empeño colectivo. Más de una vez se ha aventurado en la difícil tarea (aunque sospecho que la ha realizado con entusiasmo por su condición de pez que nada en océano) de urdir un muestrario de ficciones breves de sus compatriotas, muestrario destinado no solo al disfrute estético y conocimiento emotivo de las disímiles experiencias humanas en él relatadas, sino buscando también que los lectores más insomnes descubran en ese jardín de senderos policromos, ya de modo explícito, ya sutil, los refinados matices existenciales y filosóficos de sus criaturas —seres casi siempre vapuleados por las incertidumbres y zigzagueos de la vida—; y, complementariamente, la sustanciosa reflexión metaficcional y compleja composición técnica donde los personajes se mueven, densidad casi siempre oculta bajo una historia de aparente transparencia, cualidades todas legitimantes de la modernización —o mejor posmodernización y algo más— de las narraciones agrupadas por el compilador, creaciones propias de lo que Carlos Rincón calificó como el cambio de noción de la literatura en Latinoamérica y Antonio Skármeta, en alusión a la forja del género en nuestras fraguas posboomistas, “la difícil sencillez del arte de narrar”. Buena prueba de lo realizado por Vallejo en la dirección apuntada son los libros Una gota de inspiración, toneladas de transpiración (antología del nuevo cuento ecuatoriano) (1990) y Cuento ecuatoriano de finales del siglo XX (1999). Lo cual ahora complementa la colección comentada.

Amor y desamor en la mitad del mundo es un título afortunado, no solo por su alcance poético sino igualmente por su capacidad para sintetizar las ideas asuntivas que con frecuencia dan la temperatura semántica y contextual de sus páginas. Así, sus veintisiete cuentos se circunscriben a los núcleos temáticos del amor y el desamor, narran las peripecias de parejas cuyos encuentros más tarde o más temprano se frustran; pueden alcanzar la “llama doble” o estar a punto de lograrla, pero a menudo un golpe, a veces absurdo, la volatiza.

Esos hipertemas sirven de pretexto para develar otros problemas de los personajes, conflictos asociados a circunstancias vitales y sociales como la soledad, la drogadicción, la violencia (la venganza), la prostitución, la infidelidad —a veces recíproca—, el machismo, las falsas convenciones, los tabúes, las enfermedades de fin de siglo, el impacto en ellos de la música y el cine, las obsesiones mentales, el abuso del poder (des varios ángulos), la crisis de la edad, la sensibilidad amorosa y los efectos del paso del tiempo, la fuerza del erotismo y el sexo, la enajenación y la vida rutinaria, la pérdida de las ilusiones, la invalidez, la literatura, Internet y la pornografía, la xenofobia y muchos otros contenidos.

Las historias que tratan estos temas son bien fascinantes, capaces de atraparnos desde sus primeras líneas a tenor de sus contradicciones y la forma de desarrollarlos, la mayoría de ellas narradas desde la perspectiva o focalización interna de los propios protagonistas, lo cual los acerca más a los lectores. Incluso cuando apelan al narrador en tercera persona, de apariencia más lejana, no disminuye el hechizo textual pues la perspectiva se aproxima a menudo con espíritu lúdico a la mente de los personajes o se desplaza con suma rapidez.

El amor y el desamor son temas tan universales y caros al ser humano que, como en los buenos boleros, resultan autosuficientes; por sí mismos garantizan la empatía del receptor pues, como dice uno de los personajes de la novela Boquitas pintadas (1969) de Manuel Puig, “los boleros dicen muchas verdades”; y en “Una chica como tú en un lugar como este…”, uno de los cuentos de la presente muestra, escrito por la guayaquileña Solange Rodríguez (1976), se valora la existencia o no de estos sentimientos en la era sideral. Sin embargo, ninguna de las narraciones confía solo en esa carta de triunfo (sería torpe hacerlo), siempre la entreveran con ciertas cuestiones personales o sociales más dilemáticas. Tales problemas son resueltos finamente, por medio de una trama orquestada con pulcritud, el cuidadoso diseño de los protagonistas, la riqueza de los registros lingüísticos, la mirada filosófica y cultural de lo narrado y los juegos con los puntos de vista espacial, temporal y del nivel de realidad, siempre buscando el tempo imprescindible para alcanzar el efecto que en un momento inesperado lanza a los lectores de los poros hacia las estrellas. Es esta, sin lugar a dudas, una cuentística muy vital y en sintonía con la dinámica narrativa contemporánea de Hispanoamérica. Constituyen la imagen vívida de hacia donde se han ido desplazando las inquietudes ideoestéticas de los escritores ecuatorianos en los últimos decenios.

Precisamente cuando apuntaba que en Amor y desamor… hay una pulsión metaficcional indirecta, me refería a la aspiración subliminal del antólogo de que los lectores ecuatorianos, cubanos y latinoamericanos en general disfruten  a través de los cuentos tanto las seductoras anécdotas sobre el amor, la sensualidad, el erotismo y lo sexual —o la frustración ligada a estos paradigmas—, como el también importante develamiento de la renovación estética experimentada por el género, lo cual es un meritorio esfuerzo crítico-literario destinado a romper las barreras fronterizas y mostrar cómo Ecuador, desde sus tonos distintivos, se inscribe con energía en la avanzada de la cuentística continental.

En primer lugar, lo indica el hecho de tomar como punto de partida ficciones publicadas a partir de los años 70 hasta las aparecidas en el año 2012, o las que, estando aún inéditas, ven la luz en este libro de 2013. Lo cual no es fortuito. Durante buen tiempo Ecuador estuvo inmerso —salvo excepciones— en un realismo social ordinario, mimético, y luego en un realismo psicologista, expresiones que correspondían a otras etapas de la literatura en Hispanoamérica.

Fue a partir de los años 70 (antes hubo ilustres excepciones) cuando la cuentística de este país empezó a transitar hacia un estadio de desarrollo superior para ingresar decisivamente en las corrientes literarias más renovadoras, es decir, las de la última modernización —acaecida en la década del 60 en otras partes—, y, de manera continua, en las de la posmodernidad y tendencias más actuales.

Dichos progresos pueden seguirse en la presente muestra, pues en ella convergen distintas promociones de narradores en cuatro secciones, tramadas según orbes semánticos afines. No es casual, por tanto, ver figuras de renombre continental como Rafael Díaz Ycaza (Guayaquil, 1925), Miguel Donoso Pareja (Guayaquil, 1931), Raúl Pérez Torres (Quito, 1941), Francisco Proaño (Cuenca, 1944), Abdón Ubidia (Quito, 1944) y Eliécer Cárdenas (Cañar, 1950), junto a otros más cercanos que ya sobrepasan también los límites nacionales como Lucrecia Maldonado (Quito, 1952), Raúl Serrano (Arenillas, 1962), Carolina Andrade (Guayaquil, 1963), María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), Luis Felipe Aguilar (Cuenca, 1977), Jorge Izquierdo Salvador (Londres, 1980) y Sharvett Katán Hervas (Ambato, 1991), entre otros.

La mayoría ponen de relieve en sus relatos la riqueza de su imaginación y la consistencia del oficio escriturario; unos pocos demuestran cómo su quehacer va en franco crecimiento. Desde luego, resulta patente el elevado vuelo creativo de los autores de data más lejana, y en especial de los nacidos en los 40 —“los últimos hijos del bolero”, como Raúl Pérez Torres los bautizara en un hermoso libro suyo al cual pertenece el cuento de apertura de la muestra—, 50 y 60 y 70, décadas estas últimas que tributan a las letras ecuatorianas de modo superior la presencia de la mujer. Pero los más nuevos, los que vinieron al mundo en los 80 y los 90, no quedan a la zaga. A través de las geografías imaginarias de sus escrituras, podemos desplazarnos desde los últimos signos del realismo psicologista hasta las invitaciones más resueltas del antisentimentalismo neovanguardista y las semiosis nutridas por las tecnologías globalizadoras, típicas de las corrientes neourbanas de nuestros días.

Tales cambios fructificaron a partir de que la ficción ecuatoriana se despojó del lastre sociologista y pavloviano a fin de establecer un reino propio, hecho a imagen y semejanza del arte, para ofrecer desde él lecturas o luces alejadas del mimetismo de la experiencia ordinaria. Esta autonomía, propiciatoria de la irrupción de orbes imaginativos, encontró sus referentes en otro orden, en la complicada madeja de imaginarios cifrados en tiempos y ámbitos de todas las épocas, incluyendo los de la propia literatura y la cultura. De ahí el carácter historicista —en el sentido intertextual— y palimpséstico de muchas de las narraciones de los años 80 y 90. Su autoconciencia de lo ficcional les permite circular sin credenciales aduanales ni barreras arquitectónicas desde lo que Roa Bastos llamó “el realismo profundo” hasta los alucinantes territorios del sueño, lo maravilloso y lo fantástico, o viceversa, como podemos ver en los cuentos de Jorge Dávila Vázquez, Abdón Ubidia o Solange Rodríguez.

Como en toda lúcida selección, en Amor y desamor… encontramos cuentos que prestigiarían cualquier antología del género en nuestro idioma. Resulta difícil seleccionar, pero, tomados al azar, sería dable referir: “Solo cenizas hallarás” de Pérez Torres, “El cristal en el agua” de Francisco Proaño, “Después de ti, una manzana” de Carlos Carrión, “Novia de una noche de luna” de Eliécer Cárdenas, “Amores de perros” de Marcelo Báez Meza, “Ese maldito gusto por la música” de Lucrecia Maldonado”, “Una garza en la esquina del cielo” de Raúl Serrano, “Propagación del mal” de Abdón Ubidia, “Sobre una tumba una rumba” de Edwin Ulloa Arellano, “La bella Mireya” de Rafael Díaz Ycaza y “Las tortas de la señora Griselda” de María Fernanda Ampuero.

Mucho se podría hablar acerca de este bien pensado libro. Quisiera, por último, referirme a dos detalles más. Uno: la importancia que tiene la música en varios relatos para vehicular las temáticas centrales y acentuar ciertas notas identitarias y autorreflexivas. La música, y quiero agradecerle este gesto al autor (quizá sin proponérselo), le sirve de referente simbólico a Raúl para entregarle a la cultura y pueblo cubanos —que son también los suyos desde hace tiempo— una muestra sincera de hermandad. Lo segundo corresponde a un acto intelectual arcano, que ejecuta todo el que prepara con amor una selección o una antología de cuentos: su relato es subliminal, está presente en la disposición de los textos, en la organización temática, en el buen gusto de lo escogido y en otras señas que he tratado de mostrar, sin decirlo de modo explícito, a ustedes. Como algunos en Cuba llevamos a cabo empeños literarios semejantes al realizado por Vallejo en este libro, y como desde hace mucho tiempo compartimos los mejores sueños del pueblo ecuatoriano, es por lo que me he atrevido a decir que el amor y el desamor de la mitad del mundo pasan también por el corazón de una Isla.

 
Palabras pronunciadas en la Sala Pablo Palacio de la 23 Feria Internacional del Libro de La Habana, 2014.

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donde puedo encontrar este libro lo nesecito seria tan amable de ayudarme

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