Samuel era un relámpago

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Foto cortesía de: Adamelia Feijóo

Lo veo ahora mismo con su sombrero de fieltro calado hasta las cejas, con el semblante enfebrecido y sus movimientos ágiles de trotamundo empedernido,

Escaleras arriba, en su casa cienfueguera de la calle La Mar, que subía en tres o cuatro zancadas y el discurso altisonante con el que trataba de convencer a sus semejantes para que no consumieran carnes rojas ni aves, solo pescado, para no asesinar a la fauna terrestre.

Imagen: La Jiribilla

En el parque Villuendas, también de Cienfuegos, rodeado de viejos y nuevos decimistas, mientras apuntaba a lápiz en una libreta las improvisaciones de Luis Gómez, Rogelio Porres, Frankestein y Wilfredo Sacerio.

Entre jabas repletas de papeles, etiquetadas temáticamente, a la espera de su procesamiento editorial.

O en la redacción del diario 5 de Septiembre, donde solía burlar a la secretaria del director Enrique Román para infiltrarse en una reunión diciendo que no era él, sino un fantasma.

Haciéndome cargar un saco de boniato en un viaje a La Habana para desembarcarlo en la oficina de Antonio Núñez Jiménez —el cuevólogo Tonini Nuñini, según la jerga de la novela Wampampiro Timbereta, su entrañable amigo—, con el pretexto de que los habaneros no sabían alimentarse bien.

Furioso ante la crítica feroz aparecida en El Caimán Barbudo sobre su libro de cuentos que ganara el Premio Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC —el día de la premiación, molesto por la avalancha intelectual que arrebataba las bandejas de las manos de los camareros había dado una voz de alerta: “¡Croqueteros!”—, y no porque fuera remiso a una valoración que pusiera patas arriba los relatos del libro sino por la falta de argumentos en el ejercicio del criterio.

Tierno al encontrarse con los niños de una escuela primaria en los caminos de Juan Quin Quin, que recorrimos juntos desde Loma Abreu hasta Arimao, al entender que ya más nunca habría miseria en esos campos.

En una esquina del parque Vidal, de Santa Clara, explicándole a uno de sus mejores discípulos, el poeta y folclorista camajuanense René Bastita Moreno, alias La Pantera, alias el Doctor Manigua, cómo viajaría a la India con una trampa para cazar tigres.

Lanzando jabs y uppercuts al aire, persuadido de que en otra vida fue boxeador y en una futura alcanzaría méritos superiores a los de Teófilo.

Son incontables las anécdotas de Samuel Feijóo. A finales de los años 70 del siglo pasado, Samuel parecía dominar a sus anchas el don de la ubicuidad. Iba y venía entre Santa  Clara y Cienfuegos, se daba un salto a La Habana para discutir el plazo de impresión de la revista Signos con la poligrafía y entretanto recorría los caminos de la región central de la Isla, con los ojos abiertos y los oídos atentos para ver y escuchar a la gente más humilde en plena creación.

Así lo recuerdo ahora que conmemoramos el centenario del nacimiento de quien ha sido uno de los más originales e intensos poetas, novelistas, pintores, fabuladores y folcloristas que haya dado nuestro país.

Pero también lo recuerdo desde la memoria de otros que lo habían conocido mucho antes, en el ámbito de la antigua provincia de Las Villas, donde Samuel se convirtió en uno de los promotores más dinámicos de la vida cultural de ese territorio desde la medianía de la centuria.

Fueron las voces de Aldo Menéndez y Alcides Iznaga, poetas cienfuegueros —Aldo era de Caibarién pero radicaba en la ciudad sureña—, quienes me llamaron la atención acerca del fino lirismo cultivado por Samuel, certeza valorada con hondura por Cintio Vitier en su medular ensayo Lo cubano en la poesía y en tiempos recientes sabiamente estudiada por Virgilio López Lemus.

Luego ese otro Samuel que pintaba y dibujaba con vocación enfebrecida apareció por intermedio de Albertico Anido, a quien el maestro sacó a la luz en el movimiento de pintores populares de Las Villas. Anido solía destacar la impronta surrealista de la obra feijoosiana  y subrayaba el hecho de que a los que promovió mediante las publicaciones de sus dibujos en la revista Islas, que por largos años dirigió desde la Universidad Central de Las Villas, nunca les impuso un estilo y se negaba a clasificarlos como primitivos.

Pero en realidad el Feijóo de mi adolescencia fue el de sus novelas; la más conocida, Juan Quin  Quin en Pueblo Mocho y una joya todavía no suficientemente revelada, Tumbaga.

Juan Quin Quin… no se parece a ninguna otra novela de la época —los años 60— como tampoco a las que en la primera mitad del siglo abordaron la temática rural, quizás porque ni en los tópicos del realismo crítico ni de las llamadas novelas de la tierra existió un personaje tan cercano a la picaresca y a la vez batallador. Si hubo una influencia en su escritura, fue la de las narraciones orales que acostumbraba a recoger en sus andanzas de sensible zarapico por valles y serranías, algo que de otro modo también se hizo notar en la narrativa del indiscutible maestro del cuento cubano, Onelio Jorge Cardoso, también centenario por estos días.

Tumbaga todavía es más sorprendente. Mucho antes de que en la geografía literaria se presentara Macondo con su historia de levitaciones y la saga juglaresca de Francisco el Hombre, Samuel soltó a un elefante de circo a convivir con los campesinos repentistas de La Sierrita en medio de un cañaveral, como si fuera la cosa más natural de este mundo.

Su última novela, ya en los 80, escapa a las clasificaciones. La trama de Vida, pasión y muerte del poeta Wampampiro Timbereta es absolutamente delirante, como lo fueron también sus memorias El Sensible Zarapico. Entre la realidad y la ficción, la mente del escritor, durante los últimos años de su existencia, se refugió en la ficción.

Si se me pidiera resumir en una palabra la impronta de Samuel en la cultura cubana, diría que fue un relámpago. Todavía ilumina y quema.

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