En el centenario de Samuel Feijóo

Roberto Fernández Retamar • La Habana, Cuba

Debo el privilegio de leer estas palabras finales a que soy, junto con  mi admirada y querida Fina, uno de los más viejos escritores sobrevivientes amigos de Samuel Feijóo. Recuerdo el surgimiento de nuestra amistad. Estábamos en casa de Cintio y Fina tanto ellos como Samuel y yo en vísperas de mi matrimonio, es decir, en el verano de 1952. Alguien me preguntó si me iba a casar por la Iglesia, y yo respondí que no, pero si Adelaida lo hubiera querido, me casaría, además de por lo civil, por cualquier iglesia. Al oír esto, Samuel me abrazó. Así surgió nuestra amistad. En el nuevo tomo de El sensible zarapico que acaba de aparecer se citan muchas muestras de esa larga amistad, desde un comentario de Samuel cuando le llegó mi libro Patrias, en aquel año 1952, hasta estas palabras al nacer su bella hija Adamelia: “Mil felicidades y fuegos artificiales por la nueva dama villareña. Besos a la mamá”. En 1962 Samuel me dedicó su libro Caminante montés (no un ejemplar, sino la obra), que lleva al frente unos versos míos y luego estas palabras: “Al nervioso poeta, Roberto Fernández Retamar, mi amigo, dedico este libro de errancias interiores, por los campos y aguas de la Isla bienamada”.

Imagen: La Jiribilla

Invitado por Feijoo, colaboré en todas sus revistas, desde la efímera Ateje hasta Islas y Signos. Al asomar esta última, sin duda la más sensacional y suya de las tres, la saludé desde las páginas de Casa de las Américas con una nota que nombré “Extraños Signos”. Y en varias ocasiones comenté su poesía. La primera vez, en mi libro La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), escrito entre 1952 y 1953.  No cito aquí las páginas que le dediqué porque el libro en cuestión fue reeditado no hace mucho; y,  además, Samuel transcribió lo referente a él en El sensible zarapico. En el año 1954 Feijóo hizo publicar su primera compilación de versos: Libro de apuntes (1937-1948), y la reseñé en la Revista Hispánica Moderna (abril de 1955). Desgraciadamente, no me aparece dicha revista. Por cierto que al mandarle a Samuel copia de la reseña la hice acompañar por una carta dolida. Parece que él me había dicho algo que no me gustó y afortunadamente he olvidado. En todo caso, en El sensible zarapico Feijóo recogió la noble carta que me mandara en la ocasión, disipando todo malentendido.

Cuando publicó en 1956 su gran libro Faz, le envié una carta de admiración y gratitud que también se recoge en El sensible zarapico. Y en 1961 Feijóo me pidió que prologara su libro Dibujos. Llamé a ese prólogo “Samuel Feijóo: entrada a su pinturería”, y lo leo a continuación:

¿De dónde ha salido este andariego Samuel Feijóo, que si alguna vez está unos días en La Habana, es para recordarnos que hay en la isla yerbas, bejucos, lomas, árboles y matorrales intrincados —como ayer para recordarnos, también, la miseria y sin embargo la esperanza y las canciones de los guajiros entre los cuales vivía, como un extraño rey, profetizando ese tiempo de justicia que ha llegado con la Revolución? ¿De dónde ha salido, que cuando se le quiere trazar la familia, para creer que se tiene cómodamente agarrada su poesía o su pintura, no se sabe por dónde empezar, como si le debiera más al aire que a los libros, más a las nubes que a las exposiciones? Sabemos que eso es aceptable con muchas reservas, que Feijóo, a través del destartalamiento de su vida, es también lo que, mal que bien, se llama un hombre culto; que se sabe su Baudelaire y su Blake, su Hölderlin y su Eliot. Pero vive sin establecer distingos mayores entre un verso de Shelley y lo que ayer oyó en una canturía en lo más espeso del monte; entre la tela refinadamente bruta de París y el garabato risueño y socarrón que pintó para él su amigo el zapatero. A fin de cuentas (nos dice), la diferencia no es tan, tan grande. Dentro de unos cuantos años a lo mejor se han confundido todas las páginas, Mallarmé con Martínez, Rimbaud con Ramírez. Y, además, así está bien. No es cierto, no, que el pueblo (Samuel puede decirnos bien qué es el pueblo: ha vivido toda su vida dentro de él, no ha necesitado esperar a que nuestra profunda Revolución les recuerde a los intelectuales y artistas que nada son lejos de él); no es cierto que el pueblo no entienda esta o aquella forma de la escritura o la pintura llamada difícil. ¡Cómo no va a entenderla si el pueblo se pasa la vida haciéndola! Lo que ocurre es que después no tiene el prurito de firmarlo, coleccionarlo, exponerlo, trabarse en polémicas sangrientas sobre prioridades, influencias, trascendencias, etc. Eso sí no lo entiende. Hace su flor de palabras o música, o su mancha valiente, los deja en el aire o en el papel sencillo. ¿Mallarmé, Martínez? No sé: ahí está la poesía tremenda, con imágenes como las alas de un gran pájaro sombrío o como las primeras cosas de los niños. Se hizo en la guardarraya, camino de la casa; como la frase grave, en la que el sabichoso huele a Pascal, saltó en la discusión de la guagua, y el dibujo enlaberintado y asombroso, que nunca oyó hablar de Michaux ni de Dubuffet, se pintó de vuelta del trabajo, en la sala donde un radio atronaba con la novela de la tarde.

Y, en efecto, acertamos al pensar que para Feijóo (quien declara paladinamente que en sus dibujos “cada línea viene de natura”), las obras de los hombres se parecen a las de la naturaleza en que, en unas como en otras, es forzado establecer esos distingos jerárquicos que tan insoportables son en las sociedades explotadoras: el rey vale más que el marqués, el duque más que el conde. Sí: pero ¿la rosa vale más que la estrella de mar, el águila más que el caracol? Todo amante de la naturaleza responderá enseguida que no. Y como Feijóo ve libros y cuadros como en un gran bosque hojoso, ¿por qué va a prestar al nombre rimbombante la atención que se le niega a la aguda línea anónima? Donde menos se espera salta la liebre, dice el refrán. Buena parte de la pintura cubana del siglo xix, por ejemplo, era de escasísimo valor. La pintura reconocida como tal, digo. Pero, paralelamente, otra pintura en Cuba estaba obteniendo hallazgos de gracia y pureza. Sólo que en lugar de exhibirla en salones y museos, la estaban pegando en las cajas de tabaco. ¡A cuánto escritor o pintor pomposo no se lo traga el tiempo, con zapatos y todo, mientras a aquel oscuro, cuyo nombre quizá se perdió en el trasiego, lo señala y lo perpetúa, amoroso!

Digo que acertamos al pensar que para Samuel las obras de los hombres se parecen en esto a las de la naturaleza, porque mucho de su trabajo de insaciable contemplativo consiste en una reunión —con ese método aparentemente ametódico— de numerosos fragmentos que relaciona entre sí y entrega en la forma de azares de lectura. Estos azares tienen algo de apuntes de paseante por un bosque o una selva, que va señalando la fortuna en el gran árbol o en el yerbajo. Y, últimamente, ha recogido también en tomos admirables los cuentos y las décimas del pueblo, sus refranes y salidas, y su “fantasía del dibujo popular”.

¿Qué significa entonces, para un artista así, hablar de influencias, por ejemplo? Yo diría, pongamos por caso, que en su poesía han influido, en forma que no es fácil separar, la Biblia, los románticos ingleses, Juan Ramón Jiménez, los atardeceres villareños y las conversaciones en la barbería de su barrio. ¿Y su pintura, de la que esta colección de dibujos es una introducción? Nombres he mencionado ya, al pasar, y otros podrían quizá caer, como en una suave lluvia que no hay que ponerse a escuchar. Ninguno, por cierto, de la pintura cubana. Este artista que es cubano por los cuatro costados, no viene de la pintura cubana, sino directamente del paisaje cubano, a través, si se quiere, de la flora de la imaginación popular. La cual, en su caso, ha sido despertada, avivada por pintores sencillos hasta la tiniebla. El ideal de Samuel es una especie de cuerpo a cuerpo con el paisaje, en que vaya descubriéndole la trabazón de yerbas, hojas y flores, y las caras extrañas hechas y deshechas por la luz y la sombra, y los diosecillos del campo cubano que alguna vez llamé, a propósito de su poesía, los elfos criollos, vistos por los ojos de este panteísta del patio, heterodoxo y blasfemo como buen amoroso. Son los suyos apuntes, esencialmente, de solitario, de gran solitario. Aquí apenas hay figuras humanas, y las pocas están como disputadas por el yerberío. Hasta las viviendas del hombre, los mansos bohíos, las escasas veces que aparezcan serán casi enteramente vegetales, comidos por hojas, tallos y frutos. La misma fauna no es compañía, sino fauna floral: estrellas de mar o cielo, caracoles, como el poeta, errantes, demorados y con la casa a cuestas.

Pero en mitad de este paisaje de solitario, de este mundo ganado por los vegetales, irrumpen como cometas las letras. Un letrerío de mil demonios cae de repente sobre las carotas asustadas o tontas, sobre la giba de los caracoles, y se pone a rechinar. Palabrotas y letreros, en una fantasmagórica manifestación, vienen a excusar al pintor por ese idilio con el aire y las hojas. Burlón, socarrón como nuestros guajiros, Feijoo nos reservaba este otro rostro. No es raro —los románticos y los surrealistas nos lo han recordado— que el lírico guste del humor más o menos negro, de la burla, del sarcasmo. Estos “grafitos” son buena prueba.

Y con estos elementos —paisaje idílico, caras hechas por los juegos de las luces y las líneas, elfos criollos, grafitos, bejucos, sollozos, trompetillas, suspiros—, ¿qué se va haciendo ante nuestros ojos? Es evidente, y Feijóo lo dice una y otra vez, que debemos considerar que estamos frente a una serie más o menos alucinada de dibujos realistas, pero cuya realidad ha sido vista a través de ojos de guajiro delirante. “También la verdad se inventa”, decía Antonio Machado. Aquí estamos frente a una verdad cubana de la que no hubiéramos sabido nada, o muy poco, de no ser por la invención, por la imaginación, por la enfebrecida fidelidad de Samuel Feijóo. Ha recibido de su pueblo estas visiones, y a él las hace volver. No se olvide, antes de juzgar precipitadamente si estas figuras van a ser comprendidas por el pueblo, que Feijóo las ha ido haciendo a su lado (al lado del pueblo verídico, no tal como algunos teóricos de biblioteca suponen que es), mientras iba recibiendo de él, aprendiendo, palabras y adivinaciones, versos y líneas, hallazgos y borrones. Y es ahora, en que el pueblo de Cuba es también gobierno, cuando Feijóo ha querido —él, tan profesionalmente hostil a todo lo oficial— entregar este cuaderno de dibujos a ser conocido a través de esta edición nada oficial, porque ello ha desaparecido en nuestro país. En su lugar, no ocupándolo, sino desbaratándolo, está la libérrima expresión del pueblo, en sus hallazgos valientes, en sus aventuras y en sus realizaciones. Por eso aparecen estos dibujos sueltos, chirriantes, libres, raros, aventureros, para testimoniar lo que es la libertad, la fidelidad y la riqueza del pueblo, de los artistas del pueblo.

                                                         ***

También voy a leer “Samuel Feijoo, pintor a la intemperie”, que escribí en 1963:

Dicen que le preguntaron una vez a Alfonso Reyes, ya en su madurez, cómo era posible que él hubiese podido escribir un libro tan pleno, tan seguro como Cuestiones estéticas, cuando solo tenía veinte años, y que Reyes había respondido: “Porque en realidad no tenía más que diecinueve”. De manera parecida, ante el trabajo gigantesco de este monstruo criollo de la naturaleza que es Samuel Feijóo, viéndole escribir más poesía que una ciudad, recoger sin cansancio cuentos, décimas y salidas populares, acopiar durante años gruesas antologías de la poesía llamada culta, que se trae bamboleantes en la cabeza desde Las Villas, editar revistas, dar a luz a cada rato un libro de estética antillana, de azares saltapericos de lecturas o de crónicas, enseñar arte libre en una escuela, mantener una columna en un periódico; si fuéramos a preguntarle cómo puede hacer todo eso él solo, nos respondería: “Porque también soy dibujante y pintor”. Y entonces, claro, lo entenderíamos mejor.

De veras que hay en la pintura al aire libre de Feijóo una impensada aclaración de su trabajo. Está en ella la respiración del poeta, su salida constante a recoger más y más alimento en el paisaje sanguíneo de su tierra, como aquel héroe griego que necesitaba no apartar los pies del suelo, por donde le llegaba la fuerza.

Imagen: La Jiribilla

Foto cortesía de: Adamelia Feijóo

Solo hay una cosa mejor que ser uno: ser todos, ser todo. Algunos hombres sienten esto de manera especial, y son los grandes creadores. Este es el caso de Feijóo. Escribir no es solo un modo de afirmarse uno, sino también —y acaso sobre todo— de llegar a los otros, de dar voz a los otros. Pero los demás también le dan voz a uno. Por eso Samuel anda de un lado para otro reuniendo y conservando cuanto de logrado encuentra en los demás. Y unos y otros, los que andan guitarra al pecho bajo las estrellas y los que se ensimisman doblados sobre libros severos, ¿qué son sino palabras, sílabas de una gran voz mayor, de una fuerza mayor que nos arrastra y dice a todos?

Nada nos recuerda esto más que el paisaje, donde cada cosa vive para otra, y todas para la figura completa, en que la belleza no se separa de la utilidad, ni la violencia de la piedad. Allí, en el paisaje, en el nuestro, ha aprendido esta lección Samuel Feijóo. Y mirándolo con palabra incansable, decidió un buen día (fue de veras un día bueno) que también necesitaba pintarlo. Eso fue hace más de veinte años, y desde entonces, por detrás o por arriba de su poesía grande, llena de brillos, suspiros y cacharros, laúdes y crepúsculos, se ha ido levantando el cuerpo tarareado o garabatoso de esta pintura que hoy empieza a conocer mucha gente, y que Feijóo mantenía hasta ayer en su casa, en el sitio de respirar.

Ya conocía la pintura cubana, después de aquella valiente eclosión de Víctor Manuel, nombres grandes como Carlos Enríquez, Abela, Lam, Amelia, Portocarrero o Mariano; y también, desde mucho antes, la poesía nuestra. Pero era inusitada esta aparición meteórica del guajiro Feijóo, poeta, pintor y ni se sabe cuántas cosas más, que no cabía bien, y sigue igual, en ningún esquema, en ninguna escuela, en ningún arreglo previo. Llega y los rompe todos, con un pie en las palabras y otro en los colores, y el corazón y la cabeza dando vueltas por las nubes y los montes. Después nos aparecieron poetas-pintores (Fayad, Oraá, Vidal, Adigio, por ejemplo), algunos de los cuales no son ajenos a la fascinación de este cienfueguero medio tostado y centelleante y medio. Pero de todos es distinto, llegando a dar la impresión de que, tan cubano como es, anda por la libre, entrándole al secreto y a las glorias, a las tristezas y a las esperanzas del país, por su cuenta, de cabeza, o, más probablemente, de corazón. Suyo es el dicharacherío, suya su poesía que lo mismo suspira como una flor blanca que se va a cantar décimas zumbonas o a juntarse, paternal, a los grandes dolores y los grandes humildes.

Y su pintura, ¿a quién se parece y de dónde viene? Se parece a Feijóo, y viene del campo, del paisaje, de su verdad que es siempre deslumbrante y nueva. Y del pueblo, en cuya entraña creadora ha sabido vivir Feijóo. Como nadie nace, felizmente, académico; como lo académico es una deformación impuesta por la rutina y la tontería, el pueblo da de sí poesía límpida y pintura amorosa como esta que, aprendida en él, nos ofrece el artista. El campesino que vive bajo los árboles, en el monte, los quiere y requiebra con la lucidez tierna del ojo infantil. Una mala tentación citadina está acechando este candor real para embridarlo, para sofocarlo, para engañarlo con una pintura ya vista, aunque en realidad nadie haya visto nunca. Afortunadamente, Feijóo es un hombre culto que se ha servido de su cultura para defender, para proteger esa mirada sabia e infantil del pueblo. Por eso no nos extraña que el francés Dubuffet le mande un abrazo fraterno. Y no es una frase eso de que Feijóo utiliza el arsenal de la cultura para proteger lo suyo, que es lo nuestro. ¿No nos había pedido Martí injertar en nuestros países el mundo, pero que el tronco fuera nuestro? Sin olvidar la malicia surrealista y el arte bruto, en su obra vemos salir aquí y allá el mundo cubano que Feijoo ha ido descubriendo, conquistando, ganando. Ha sabido aprovechar lo extraño para exaltar lo que vinieron a decirle el Cucalambé, Zenea y Martí, Lam y Portocarrero, los poderosos decimistas del pueblo (cuya obra compara Martínez Estrada con el Martín Fierro) y Florit, los paseantes, los durmientes y los delirantes de toda la Isla. Y para trasmutarlo y acrecerlo en lo de él. Pues lo verdadero de un hombre no se hace de la suma, sino de la incandescencia de sus gustos. Pero en medio de la llama suya, genuina, lo que canta es siempre la voz de su pueblo.

¿De dónde, sino de su pueblo, puede ser ese paisaje de Feijóo, ese paisaje que ha enamorado pincelada a pincelada? Él ha visto en el Guamuhaya, junto a la cruda luz del país que deslumbra al extranjero; junto a esa luz que a veces no deja ver bien las cosas, porque solo se muestra a sí misma, una luz tamizada, delicada, que salva el rosa, el azul suave, el verde claro, el lejano violeta. Los colores de su poesía aparecen así testificados en el paisaje, en la pintura del paisaje. Y el país se conoce a sí mismo, se encuentra a sí mismo con este ojo conmovido.

Pocos de nuestros pintores han visto como Feijóo la naturaleza criolla, a la vez suave y fuerte: tendida, femenina, y afanosa y enlaberintada como un hombre. El homenaje constante y agradecido que una y otra vez le rinde Feijóo en su pintura, hace que el paisaje reclame para sí cuanto hace su mano. Lo que no es monte o cielo; lo que no es árbol o flor, se vuelve también parte del paisaje, sea la vivienda sencilla o la figura derramada como una música en metamorfosis hacia la planta. Hasta dentro de la casa llega el paisaje a exigir lo suyo, y allí paredes y techos, figuras y mesas se ven invadidos por lianas, cortejados por hojas.

Hay un hombre que vive en diálogo cercano con esa naturaleza que no es el jardín domesticado del europeo, pero tampoco la selva arisca y salvaje que muchos extraños imaginan para nosotros. Ese hombre que vive a la medida de la naturaleza nuestra, la cual ni lo aburre por monótona ni lo desbarata por feroz, es nuestro mejor guajiro. Feijóo lo ha visto, sencillo y recio. Lo ha pintado en el candor de los novios. Pero también lo ha escuchado imaginando, haciendo saltar las ingeniosas leyendas cubanas que Feijóo conoce como pocos. Toda una línea de su pintura vive atenta a ellas, para ofrecerles el comentario plástico, la figura soñada o empesadillada. Alguna vez, el pintor debe ayudar con lo suyo a la leyenda, pero ¿por qué no? Y también aparecen las palabras pintadas, que se suman al cuadro, y van diciendo en él lo que el campesino cuenta bajo la luna, entre las hojas lustrosas y el chirrido del grillo. Más que en su pintura, es en sus dibujos donde esta línea se abre, como un abanico lleno de nervios y sorpresas.

Porque de la misma manera que la pintura de Feijóo nos enseña a ver, en nuestra naturaleza, los colores que creíamos sumergidos por el empellón tremendo de la luz tropical, así nos enseña a ver, en el hombre de campo, su ternura y su complejidad, su entrega y su imaginación desbocada. El arte, claro que enseña a ver, que enseña a secas. En el de Feijóo, la enseñanza es particularmente ilustrativa, porque él ha sido de los artistas cubanos que más sincera y profundamente han defendido y exaltado al pueblo, en su vertiente campesina. (No digo que más cerca han estado de él, porque todo artista verdadero es pueblo.) Lo ha defendido en sus crónicas valientes, esas crónicas que durante años expusieron las miserias del campesinado cubano, y clamaron por la Reforma Agraria que la Revolución ha realizado con mano gigante. Lo ha exaltado en su poesía, incluso en la más íntima, porque la intimidad de un hombre bueno es casa de todos; y especialmente en momentos como los de Faz, que cuentan entre los más altos de la lírica actual de la lengua:

solo esto es lo ciertamente
verdadero: la pobreza profunda que sonríe recia,
y el desamor y su roto rostro.
Él lo ha ganado.

Y lo ha exaltado también en su pintura, en esta pintura hecha con cariño tanto como en colores, donde está la fusión con su pueblo de un hombre fieramente amoroso; no de un irritado más o menos a sueldo, que lamenta la estrechez de los otros porque sueña con el momento de imponer su propia estrechez, sino de un rabioso frente al mal, y, por lo mismo, de un generoso para la belleza y el bien de todos; de un hombre que nos dijo, al presentarnos un libro grande de poesía: “Por sobre toda esterilidad y bajeza, me os aproximo para encender bajo un gran árbol sonoro, una hoguera de amistad perenne, horadando la fría oscuridad del miedo, la languidez de los desiertos y la tosca faz de la soberbia muerte que nos encadena. Os amo, que unánime violencia luminosa nos anime, que la canción nos una, rota o tersa, voz ella donde el hombre puede hallar un destino desnudo, un signo hermoso: el de un amor que no retrocede y que se abre y puede donarse”. En medio de este amor que no retrocede, canta esta poesía, canta esta pintura libre, a la noble y fiera intemperie de la Isla, del poeta Samuel Feijóo.

                                                          ***

Es difícil, en la enorme y variada faena de Samuel Feijoo, señalar un centro. Pero es bastante probable que tal centro sea su poesía. Ella encontró un admirable crítico en el mejor conocedor de nuestra poesía, y gran poeta él mismo: Cintio Vitier; y fue estudiada en dos libros de Virgilio López Lemus: el primero, Samuel o la abeja, centrado en su poética, y el segundo, Samuel o la colmena, que aspira a abarcar la obra completa de Feijóo. Sin embargo, no puede menos que lamentarse lo poco presente que se haya esa obra. Tiene razón López Lemus cuando en el primer libro suyo mentado escribe: “La obra de Samuel Feijóo ha sido subvalorada por años, debido al propio sistema de publicación de casi cuanto papel escribía, además de una agresiva actitud vital y de una compilación folclórica que publicó extensamente, sin muchos esmeros de selectividad.»

La más feliz consecuencia de esta Jornada de Recordación por el Centenario de Samuel Feijóo es hacer regresar su obra al conocimiento de los lectores. Podría comenzarse por reeditar las extraordinarias antologías que con los sencillos nombres de Poesía y Prosa compiló y prologó Cintio Vitier. Allí se revela uno de los mayores poetas cubanos de todos los tiempos. Él nombró no pocos de sus poemas, y una hermosa compilación, Ser fiel. Ser fieles a su impresionante obra es el único homenaje digno de su memoria de fuego, el fuego en que vivió y se consumió.

 

Texto leído el 31 de marzo de 2014 en la clausura de la Jornada de Recordación por el Centenario de Samuel Feijóo, en la Sala Villena de la UNEAC, La Habana.

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