Maestro y amigo

Rolando López del Amo • La Habana, Cuba

Foto cortesía de: Adamelia Feijóo

Cien años después de que naciera ese extraordinario y versátil talento literario cubano que fue Gertrudis Gómez de Avellaneda, vino a este mundo, en la misma Isla, Samuel Feijóo. Curiosamente, sus estudios primarios los realizó en una escuela que llevaba el nombre de la insigne camagüeyana. Este 2014 la patria agradecida les rinde tributo a ambos.

Lo triste del paso del tiempo, me decía Samuel ya en sus últimos años, es que te va dejando sin amigos. Y pasaba entonces a nombrar a algunos de los más queridos que ya no estaban físicamente entre nosotros.

Imagen: La Jiribilla

Ahora soy yo el que ha llegado a la altura de los años en que Samuel me hacía ese comentario y puedo comprenderlo mejor. Como apuntaba el filósofo de la China antigua, Laozi, vivir es estar en relación. Y a eso se refería Samuel, un hombre de una sensibilidad en extremo amorosa y fraternal, a quien la vida le enseñó que tenía también que dotarse de un fuerte escudo para proteger a la inocencia de los depredadores. Pero su arma más poderosa fue el amor. Él creía, como el autor de La Eneida, que el amor todo lo vence. Para Samuel esta era la fuerza mayor a la disposición del ser humano para vencer a los malignos. Porque la creación es obra de amor y la idea del bien sostiene el existir. La misma fe es nada sin amor. La falsa fe, egoísta, es cómplice del mal.

Muchas reflexiones nos dejó Samuel sobre la vida, sobre la naturaleza, sobre la sociedad. No fue un hombre aislado. Como dice el muy citado verso de Terencio, nada humano le fue ajeno. De modo igual se maravillaba del misterio de la semilla o la alquimia de la raíz, que abogaba abiertamente contra el colonialismo y el imperialismo, a favor del desarme general y completo y la paz que permitiera la existencia de un mundo de belleza y de justicia.

Siempre se puso del lado de los pobres, inspirado en aquel que, nacido en un pesebre, trajo a la humanidad el más intenso mensaje de amor. Fue un peregrino en busca de la eterna pureza, de la armonía prístina.

Samuel Feijóo es un bien de la cultura cubana, un verdadero patrimonio. Poeta, novelista, cuentista, investigador folclórico, crítico, editor, promotor cultural, maestro, dibujante y pintor de singular vanguardia.

Trabajador infatigable, cubano de pura cepa, su vocación universal lo impulsaba a acercarse a otras culturas y ponerlas en contacto con la nuestra. Hasta Mongolia y la India viajó en busca de las raíces de esos pueblos distantes para ofrecer su testimonio a los lectores de la revista Signos. Su mente libre y expansiva trataba también de escrutar el universo macro, deseoso de lograr una comunicación inteligente más allá de nuestro limitado hábitat.

Samuel sabía que lo real es lo maravilloso y lo maravilloso es lo real. Era un hombre de pie frente al misterio insondable de la vida que en todo lo que escribía, aun en lo que pudiera parecer más pequeño o menos importante, siempre estaba presente la idea del bien. El perteneció al bando martiano de los que aman y fundan.

Samuel fue un exponente de lo cubano en la poesía, como advirtió Cintio Vitier, y en el resto de su obra, especialmente en la expresión de nuestros ambientes provincianos y rurales. ¡Qué personaje su Juan Quin Quin! Y qué sentido del humor guajiro con el elefante Tumbaga y sus improvisados nuevos dueños. ¡Cuánta tradición y cuánto talento popular descubrió y rescató! ¡Que delicadeza en su taller de poesía! Porque su poesía, con frecuencia olvidada, es de una riqueza de registros, de contenidos y variedad de formas, que van del torrente a la gota de rocío. Desde las audaces y abundantes metáforas de Beth-el, hasta la sencillez, concentración y brevedad de Aves tardías, en que la maestría del poeta puede prescindir del tropo sorprendente para dejar en su lugar el peso exacto del sentimiento en cada palabra.

Pero más que su obra, quiero recordar al amigo generoso con el que mi esposa y yo solíamos cenar en La Habana en la casa siempre acogedora de Cleva Solís, disfrutando de un arroz al estilo cienfueguero, según Samuel, acompañado de un vino blanco Misket que a Samuel se le antojaba que era un vino de la Tracia, de la Grecia Antigua.

Una vez fuimos a visitarlo a Cienfuegos y recorrimos, con su guía, el jardín botánico de la ciudad, en forma parecida a la que su hija describe en reciente artículo publicado por la revista Unión. También, después de andar la Habana Vieja, cruzábamos en lancha la bahía, aspirando los energizantes iones marinos, como recomendaba nuestro amigo, para llegar a Casa Blanca y recorrerla con Samuel rememorando cosas pasadas, contando anécdotas, hasta culminar en la base del Cristo de mármol que esculpió Gilda Madera y tener así otra mirada de nuestra ciudad.

Mis hijos también disfrutaron de algún paseo nuestro con Samuel, cosa que le alegraba. Él siempre nos habló con mucha ternura de su hija Adamelia. Quería protegerla de todo mal. Cuando cumplió sus 70 años le escribí la siguiente décima que lo hizo reír:

A Samuel Feijóo en sus 70 años
 

Me puse a sacar la cuenta

y la cuenta se hizo un lío:

era que a un amigo mío

lo acorralaban setenta.

Pero él, que no se amedrenta

frente a contingencia alguna,

piensa que es cosa oportuna

que lo acosen de tal suerte: 

mientras más sean, más fuerte,

mejor la buena fortuna.

Después de su muerte le escribí esta alegoría que aparece en mi libro De silencios y lunas:

Anciano del camino

A Samuel Feijóo

De chaquetón humilde y recogido,

pausado andar, sonrisa desafiante,

va el anciano de barbas descuidadas

a paso igual como de lenta marcha.

Los ojillos asiáticos le brillan

debajo de la boina montañesa.

¿Quién es que tantas varias formas tiene?

¿Por qué se van los otros, hechizados,

tras el encantador que no los llama

por sus nombres ni pide que le sigan?

¿Es su presencia extraña quien convoca

a imitar el andar con desenfado,

como si ya supiera que el camino

lo lleva a donde va, que es donde quiere?

Algo hay de confianza en la solapa

levantada hasta donde azota el viento.

Firme se mueve la silueta sola

por el sendero, rumbo al horizonte.

Atardece, las nubes vuelan rojas

hacia el negro confín donde se pierden.

Siempre le agradezco que se ocupara, por iniciativa suya, de un grupo de poemas que no fueron incluidos en mi libro Los nombres y los días y preparara con ellos una edición con el título de El amor y el tiempo, sugerido por él, en época en que mi trabajo como diplomático me había alejado hasta Beijing por más de cuatro años.

Aunque nunca en el recuerdo ni en la vasta obra legada, como lo demuestra la evocación que aquí hacemos, ahora es él quien está ausente; pero siempre abrigo la esperanza de que Eliseo Diego haya tenido razón y exista ese lugar de "donde nunca jamás se lo imaginan", en el que podamos reencontrarnos todos los amigos, como Samuel quería, según le escribió a su hija Adamelia.

Entretanto, seguiremos honrándolo y acudiendo a su obra, manantial de vida para la sed infinita de búsquedas del espíritu humano.

 

Texto leído durante el coloquio Centenario de Samuel Feijóo, celebrado el 31 de marzo en la Sala Villena de la UNEAC, La Habana, 2014.

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