Todo Feijóo cien años después

Ricardo Riverón Rojas • La Habana, Cuba

Foto cortesía de: Adamelia Feijóo

Quien desee conocer, en su dimensión más integral, a ese casi inabarcable creador que fue Samuel Feijóo, que se acerque a las páginas del número 67 de la revista Signos, y hallará en ellas una carta de navegación de aguda proa. De la personalidad de Feijóo, se ha sobredimensionado con injusta miopía lo que tiene que ver con su espíritu iconoclasta, su actitud antipose intelectualoide; también con lo chocarrero, discordante, y a veces hasta procaz y disparatado. Hacia una especie de limbo neblinoso ha ido desplazándose la imagen del  hombre que amó y cantó, como pocos en el siglo XX, al paisaje cubano, a las nobles y sabias bestias, a las grandezas y miserias del ser humano.

En este número, eficazmente organizado por facetas, encontramos: "Prosas", "Poemas y pensamientos", "Aforismos", "Correspondencia", "Dibujos", "Periodismo", "Cuentos", "Etnología y folclor", "Poesía", "Crítica", "Humor", hasta sus páginas finales, donde se cierra el volumen con una detallada "Cronología". Desde todos esos ángulos, si hemos leído con atención hasta la última página, podremos reinterpretar con lucidez la poética total de Feijóo.

Imagen: La Jiribilla

En este inteligente agrupamiento podremos degustar, entre muchas otras virtudes, el  regocijo del artista y pensador al entrar en contacto con la vida elemental; además: el espanto por las miserias que acechan la existencia. El Feijóo de las primeras prosas aquí compiladas nos recuerda, en cierta medida, al Albert Camus de Bodas, por la comunión plena con una naturaleza donde descubre sus más recónditos ecos espirituales.

Algo de existencialismo, y de panteísmo hay también en estos apuntes, pues con fina y proteica prosa mueve el autor los ojos como lentes cinematográficos sobre cada paraje, y en ellos deposita su ser, a veces hastiado, pero siempre resurrecto por la luz circundante, que muchas veces son las entreluces del ocaso o del amanecer. También apreciamos el singular método creativo de Feijóo, frecuentemente basado en la escritura automática y el fluir del subconsciente deudor del cerrero surrealismo criollo que lo caracterizó.  Y no erraríamos, supongo, al advertir una pupila impresionista que —no solo a través del trazo sino también de la letra— nos pone en contacto con los objetos "retratados", frecuentemente fragmentados por la luz.  

Hay pasajes de hondo lirismo, a todo lo largo de la primera sección, como cuando en el texto que tituló: "Florit en Jagua", el autor de Faz describe el paseo que hace con el poeta Eugenio Florit por la bahía de Cienfuegos. Cuenta: "lo llevo al puerto a ver barcos y rincones raros, bajo la llovizna, de noche casi, aunque todavía olas cobrizas lamen los muelles. El crepúsculo mete su vago amarillo entre los lloviznados árboles del parque marino (...) Después, caminamos dos  calles mojadas. En eso un sol rubio nos ilumina, y, mirando los reflejos del húmedo piso, le digo, por figurear para el poeta, que andamos sobre plumas de canario. Él va contento [y suplica]: «Por favor, calla, ¡que no puedo resistir pensar esas imágenes!»”.

No duda Feijóo, desde esos vaciados del alma, reseñar la apoteosis de la sana vida del campesino, por eso al describir la "comelata" al estilo guajiro, declara: "Gústame mucho la gran cena bajo las palmas nocturnas, las mesas de palo de cedro, al aire libre, con sus modestos manteles blancos y su vajilla de pobre, los quinqués iluminando el asado fastuoso y con el vocerío campesino surgiendo por todas las partes de la alegría del festín".

Igual sobrecogimiento nos produce el relato de su gira amorosa con la novia de estreno, donde queda clara su visión del amor como estancia ideal del hombre: "Llegaré siempre a tu verde con el mío para reír y brillar ambos; pero, Isabel, asómate una vez honda, que yo guardaré como oro sin par en mis memorias, a su revés sombroso, una sola vez, para que sienta que existo allí, que ciertamente puedo estar allí contigo, un instante, con luz, de carne, que viene a verme ... ".

A toda la imaginería y los enunciados éticos que constituyeron obsesiones de Feijóo estuvieron atentos los editores de Signos, pues entre poemas, aforismos, cartas, críticas, cuentos y refranes extraídos de sus textos construidos entre los años 30 y 70, nos visitarán: el güije, la ciguapa, el circo con toda su parafernalia colorida y deslumbrante, los juegos de pelota de manigua, el andarín implacable cuya única felicidad es caminar y andar siempre descubriendo caminos (al respecto ver el cuento "Sinesio en el mundo"), los seres humildísimos, como el guagüero "de labia fina" Nene Cachón, de quien transcribo parte de lo que le dijo en una entrevista para el semanario Bohemia, en 1953. Dice Feijóo que Nene Cachón le dijo:”El que me oye hablar queda convencido, porque lo que me sale por la boca es un chorro de miel de campanillas de la mejor clase, pues, para eso viajo por el campo, para conocer las flores donde me puedo aposar y recoger la mielecita más chévere". Ganancia general —y no solo en esta entrevista— la oralidad perseguida a toda costa lo que le confiere coherencia al idiolecto feijosiano, pues se destila dicha oralidad desde la honda escucha y el tratamiento lingüístico siempre en pugna con las sacralizadas reglas de la gramática, aunque nunca con manejo incorrecto del idioma.

Es de destacar —insisto— como los editores tuvieron el cuidado de potenciar la imagen de ese otro Feijóo humanista, perdido tras el holograma del hombre abrupto que algunos han hiperbolizado; a ese que afirmó en uno de los textos aquí recogidos: "Nunca odies a una persona porque su espíritu es pobre y sin luz. Quizá sean sus cargas, las herencias y la educación que recibió. Si esa persona lucha contra sus instintos oscuros, ¡ayúdale!". O al que, contraponiendo la vida en los campos con la de las contaminadas ciudades, nos recuerda: "Los hombres antiguos, que no imaginaron jamás la vida en las ciudades actuales, existieron en los espesos bosques primeros, aprendiendo en ellos sus profundas enseñanzas”.

No pudo ser este un hombre marcado por la amargura debido a esos "golpes como del odio de Dios" de que hablara Vallejo. Fue —eso sí— un ser melancólico, que halló en la utopía de lo eterno su consuelo mayor. En el texto “Mis amados muertos", lo dejó claro: "La familia, la presencia devastadora de la muerte: mi padre, humilde ser. Lo llevaré en mí hasta mi tumba. Mi madre, mi amor mayor, reposará en mi pecho muerto en una mutua eternidad de olvido. (…) Pero mi amor no sueña con una eternidad de olvido sino de alegrías, las que me formaron. Falso o real sueño, pero puro. Así me ocurre con mi maravillosa esposa Isabel, asesinada por la fiebre".

En cada uno de los epígrafes de este número el lector podrá acceder a numerosas facetas del quehacer feijosiano, donde en ósmosis perpetua están presentes las tradiciones y su frutal filosofía, que él supo recoger y trasladar a la letra impresa, como en esos deliciosos aforismos: “El sol no sabe nada, pero alumbra”, “Si sueñas soles tu sombra aprende”, "Échate una montaña en la mente y su azul brillará en tu sangre" y "La poesía tiene una asombrosa capacidad para el espanto. Ni todo gajo lleva fruto ni toda rama flor. Ni toda flor esencia ni todo fruto dulzura".

Sobresalen dos cartas: la que le escribiera a Cintio Vitier en J 945, donde le dejó saber sus angustias del momento: "Yo vivo en una soledad casi desesperada. Nada me basta. He perdido mucho, y sigo perdiendo. La naturaleza: esa montaña donde paso semanas enteras; esos campesinos, me ayudan, pero no me han curado: no puedo vivir sin ellos, pero no me bastan. Ahora tengo un tiempo deprimido, sin entusiasmo, oscuro, violento". Y la que le escribiera a su hija Adamelia, entonces de seis años, en 1970: "Nosotros nos amaremos siglos y siglos, y tú y los que tú amas, que tienen que ser buenos, y los que yo amo y he amado, y tu mamá maravillosa, nos amaremos eternidades, pues el amor verdadero es invencible, es más que sol y aire, es lo eterno y resurrecto". En otro pasaje de esa misma carta —no perdamos de vista que la escribió en 1970— deja constancia de su certeza de la existencia de Dios: "Dios es amor; si amas, si tienes gran amor en ti, tienes a Dios. ¿Tú crees que esas galaxias, esos millones de estrellas inmensas que recorren los cielos infinitos no tienen significación? La tienen. El universo no puede estar hecho sin propósito y sin significación. Su grandeza y hermosura no cabe en nuestras pequeñas mentes". Se destacan también la carta dirigida a los padres, donde les da noticia de que recibió "el guano" (refiriéndose al dinero que estos le enviaron) y el cruce con Robert Altmann cuando ambos trabajaban en la publicación de El Cucalambé.

Incluye el número también un cuidado reportaje donde Feijóo narra los sucesos que llevaron al cierre de la Universidad Central de Las Villas a principios del J 953. Como el buen periodista que fue, entrevista a todos los actores del hecho y al final da sus conclusiones, sin tomar partido de una parte u otra, porque toma partido a favor de la educación, objetivo supremo que sufrió las consecuencias del desaguisado. Este reportaje, junto a otros materiales como el ya citado "El guagüero", dan fe del agudo oficio periodístico de Samuel Feijóo.

Por supuesto, no quedaron fuera sus opiniones y las muestras de su quehacer como etnólogo y recopilador folclórico, y a la pregunta: "¿Cuál es, en su opinión, la condición principal y el rango de la Etnología?", enviada por una investigadora polaca, responde: "Por supuesto, mis mejores  investigaciones se realizaron en los campos: valles, montañas, costas, buscando el arte, la filosofía llena de amor, paz, justicia, en la mente y en el corazón de cada persona pura". Y en la misma entrevista confiesa: "Mi felicidad: descubrir refranes filosóficos, la maravillosa música folclórica, los poemas, la medicina vegetal y la clara fantasía de las mitologías, fuera de las criminales raíces del fanatismo dogmático. El descubrimiento del humor en los cuentos populares".

Su poesía, desde las grandezas de Beth-el hasta la escueta expresión de El pan del bobo, está representada —cómo no iba a estarlo— en esta cuidada antología. Veamos sino la finura del texto "Ser": “No puedo dormir. / Entra, por la ventana, / al cuarto oscuro / un vaho de lámparas blancas, / ahonda. / Salgo al patio / y la nube del perfume / brilla en la madrugada / de las estrellas. / ¡Ah, es la horade la misericordia!”. Y como era de suponer, tampoco faltó la décima, que tanto apreció Samuel, pues se incluye el texto "El poso", concebido como espinelas.

También, extraído de su enjundioso Azar de lecturas, se tuvo en cuenta la crítica que produjo el sensible zarapico. Y de todas ellas, donde están estudiados a la manera feijosiana, Casal, Guillén, Ballagas y otros, me llama la atención el levantamiento metafórico que de la prosa poética de Martí hace Feijóo, cuando entresaca y comenta estas joyas metafóricas: "Copas de palma, pobladas de colibríes, son las estrofas indias". Y esta: “Empuñaría sin miedo el cetro de la sombra”. Y esta otra: “la tierra se ve iluminada a veces… por ráfagas inquietas, como filo de espadas vuelto al viento, de luz insana y roja”.

En lo tocante al humor Feijóo también teorizó y recopiló, y de ello queda registro en Signos 67. Adelantemos cómo pensaba al respecto: "Es muy bien conocido que el humor interior beneficia no solamente al organismo de cada ser humano que lo posee, sino a la humanidad en general, que, al alegrarse bondadosamente, se mejora. Por supuesto que existe el maldito humor del canalla: el guerrerista, el asesino, el ladrón, el hipócrita". En relación con los chistes recopilados, donde siempre es protagonista, recomiendo leer el del hombre que le critica los versos y el del director que quería filmarlo.

Para concluir solo me queda agregar que la feliz idea de dedicarle un número monográfico de Signos —su revista— a Samuel Feijóo en el año de su centenario debe constituir una fiesta literaria en Cuba, porque además de que la figura tratada posee incontables ángulos para que captemos su inmensurable dimensión, los compiladores y editores del número hicieron un magnífico trabajo de búsqueda y selección de las temáticas y textos. Merecido homenaje entonces para este hombre de cien años que quiso ver, en cada uno de nosotros, a un posible portador de eternidad y ternura.
 

Santa Clara, 25 de febrero de 2014
 
Texto leído durante el coloquio Centenario de Samuel Feijóo, celebrado el 31 de marzo en la Sala Villena de la UNEAC, La Habana, 2014.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato