Jalón de cubanía

Virgilio López Lemus • La Habana, Cuba

Foto cortesía de: Adamelia Feijóo

Hace exactamente cien años estaba naciendo en un pueblecito lejano del centro capitalino, en las faldas del Macizo de Guamuhaya, un niño que habría de ofrecer mucho de sí a la nación cubana. Era 1914 y nadie se iba a preocupar por tal nacimiento en medio de los albores de una guerra mundial. La familia Feijóo Rodríguez era muy humilde, el padre del recién nacido Samuel trabajaba en una farmacia y era predicador bautista, pero como el mismo Samuel decía, tenía la jiribilla de las mudanzas, de manera que el niño Feijóo, nacido exactamente en La Jorobada, vivió en San Juan de los Yeras, Cienfuegos, Santa Clara y en muchos sitios de La Habana, donde alcanzó la adolescencia en un colegio presbiteriano.

Samuel Feijóo comenzó a escribir desde los catorce años, eso haría al 1928 como el del inicio de su obra, que en verdad maduró y comenzó a ver la luz en forma de folletos al final de la década de 1930. A partir de esos años, su vida fue de entrega total a la escritura y luego a la pintura, ambas a la vez. No cabe duda de que el fuego creativo que lo asistía era el de un poeta. Su enorme sensibilidad provocó en él varias enfermedades nerviosas en su juventud, y luego su pasión creativa se le convirtió en obsesión, que no le dejaba espacio para depresiones u otros asuntos de salud, porque era ya un hombre muy saludable. Se había convertido en un creador febril.

Evocarlo en el sitio donde yace desde hace veintidós años, ofrece una particular emoción: su cuerpo sucumbió al tiempo, “A nadie espera el tiempo”, dice en Beth-el, pero Feijóo dejó una catedral de letras y de pinturas y dibujos que le sobrevivirán seguramente por siglos. Si parodiamos la letra de un viejo tango, cien años no son nada para su obra. De modo que los aquí presentes nos enfrentamos a la nada vital post mortem de un hombre particular, frente al vencimiento de esa nada por medio de su obra.

Samuel Feijóo, convertido hoy ya en obras parcialmente exploradas, es un jalón de cubanía, se ligó a la identidad del pueblo cubano, resultó uno de los mayores polígrafos que la historia de Cuba haya dado, es un hijo preclaro de la nación, sigue vivo cada vez que abrimos las páginas de sus libros, o de las revistas que fundó y dirigió, o admiramos el fuego que brota de la profunda humanidad de sus pinturas. Él fue un hombre que sumó en sí mismo muchos creadores, de habérselo propuesto, hubiese llegado a poseer una envidiable fama continental, pero no tenía tiempo para promocionarse, para montarse en un pedestal, estaba trabajando.

Imagen: La Jiribilla

Tengo la constancia de haberlo visto amando profundamente a su hija Adamelia, queriendo como hermana a Cleva Solís, que yace también en este panteón, poeta admirable, llena ella de gracia. Fui testigo de muchas de lo que todos llamaban “las locuras de Feijóo”, que para mí eran simpáticas conductas de un hombre excepcional, que no estaba cortado por tijeras comunes ni delimitado por cartabones de conveniencia. Escuché opiniones muy diversas sobre su persona, desde las que no lo apreciaban hasta las que lo exaltaban como un genio. Escuché incluso mezquindades relacionadas con juicios sobre su cualidad vital. Y, en efecto, sabía yo muy bien que Samuel no era un santo, él mismo había dejado escrito “Soy hombre, no quiero retoños de alas sobre mis hombros de hombre”. Y también: “No quiero ser distinto de lo que amo”.

¿A quiénes amó Samuel? A los humildes siempre, a las gentes del campo llenas de pobreza y de dolor en los tiempos de su juventud y madurez, andador buscando expresiones del folclore y del saber popular; amaba a su hermosa familia sencilla, y sobre todos ellos y para ellos escribió. No se reunía mucho con lo que él llamaba “la roña literata”, prefería sentarse en los parques de pueblo, en el de Cienfuegos sobre todo, donde los chuscos jugaban quitándole aquel sobrero negro que lo caracterizaba. Me decía que usaba una jaba de yute para mostrar que él no era un sabio, a diferencia de los doctores que llevan maletines negros cargados de papeles y silencio.

Samuel es también aquel que exclamó en versos: “¡No regresar / jamás! ¡Una / sola vez / bastó para helarme!”. Rara frase de un hombre que amaba .al cristianismo, sobre todo al que vivió en su infancia bajo la pureza hogareña, dicha la frase como si no quisiera ni siquiera resucitar. La resurrección como concepto es hoy parte de la literatura cubana, llevada por José Lezama Lima a su poética. Feijóo era mucho más irreverente, y sentía a un Dios escondido tras el paisaje, un dios suyo que se expresaba por la naturaleza, quizá parecido al de José Martí.

Resulta un privilegio haberle podido celebrar los 70 años, y luego sus 75, y estar aquí hoy recordando al hombre que era un “rayo montado en una yegua”, en el día exacto de su cumpleaños. Ahora mismo se celebran en Santa Clara y en Los Yeras actos en su memoria, luego habrá un amplio coloquio en Cienfuegos, toda Cuba se entera del centenario de este hombre que con su existencia llenó páginas de la cultura cubana. Aquí, sobre su tumba, se devela una lápida en su memoria y dentro de un rato estaremos hablando de él y de su obra en un coloquio en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), de la que fue vicepresidente. En su casa de Cienfuegos y en la Biblioteca Provincial de Santa Clara se develan tarjas que lo recuerdan. Documentales cinematográficos, programas de televisión, nuevas ediciones de sus libros, artículos de prensa escrita y radial, decenas de homenajes en diferentes sitios a lo largo del año, saludan los cien años de un hombre a todas luces de excepción.

No hay mejor cierre de mis palabras que una frase lapidaria del poeta: “Todo perecerá, pero el acto mantuvo la existencia”.

 

Palabras pronunciadas en el cementerio Cristóbal Colón, ante el panteón de Samuel Feijóo y Cleva Solís, La Habana, 31 de marzo de 2014.

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