El sensible Zarapico

Adamelia Feijóo • La Habana, Cuba

Se conoce que Samuel Feijóo fue y es todo eso que se ha explicado aquí*: poeta, escritor, pintor, dibujante, grabador, escultor, folklorista, fotógrafo, etnólogo, investigador, editor, director de revistas, promotor cultural, ensayista, etc. Labores que cultivó de manera autodidacta. Pero eso sólo abarca a un Feijóo mínimo en verdad. Pues como se ha dicho tantas veces resulta difícil calificar o cuantificar la obra que dejó. Lo que yo añadiría a todo esto; para ir descubriéndolo “lentamente” tal cual él mismo escribió: “A cada signo me sentiré levantar despacioso”[1], es en mi modesta opinión, despojada y libre de todo nepotismo, que Feijóo “es lo inefable”, o sea, aquello que no podemos explicar con palabras… “¡Qué inefable serranía balanceaban mis pupilas…!” escribió alegremente en Décimas del Añorante. Esta cualidad que se percibe en Samuel Feijóo no es sólo opinión mía, sino la compartió también el poeta Ernesto García Alzola y cito:

 “No creo, a pesar de mantenerte tan en la línea cubana, que haya otro poeta de más originales travesuras (…) ni de más grácil conquista de lo inefable como tú entre nosotros.”[2]

 Es el hombre “que lleva el arte en la piel”.  Así lo expresó la poetisa Fina García Marruz en una charla sobre el poeta. Una vida dedicada al arte en todo género y variedad hace muy ilustrativa esta expresión.

Imagen: La Jiribilla

Es también, por su propia voluntad “el sensible Zarapico”, como se autonombró. Ave que yo tuve el privilegio de conocer cuando era niña y salía a caminar con él, en alegres tardes cienfuegueras, y que para suerte mía, también la incluyó dibujada junto a mí dentro del retrato que me pintó llamándome “mielecita”. Quisiera añadir que mi retrato, después que posé para él muy quietecita delante de la mesa del comedor en donde lo estaba pintando aquí en La Habana en 1977, se lo regaló a un señor muy apreciado por él que vino de visita a nuestra casa. Esas cosas las hacía mi papá cuando estimaba mucho a un amigo. Él me dijo que no me preocupara porque me iba a pintar otro retrato, pero nunca más tuvo tiempo, porque ese cuadro lo pintó para la última exposición que realizó en 1978. Tuvieron que transcurrir treinta y siete años, para poder recuperar mi retrato. O sea, hace pocos días logré tenerlo en casa finalmente.

Acerca del Zarapico, quisiera decir que es un ave inquieta, que habita en los lugares pantanosos, cerca del agua. Él escribió respecto a esto: “Yo soy el Zarapico, que es un ave que vive posada en el fango, (…) He estado posado en el fango una parte de mi vida, que me sirvió de aprendizaje. He sabido vivir en el fango sin enfangarme, ese es mi orgullo el no haberme enfangado jamás”.

Pero quiero saber más sobre él y me repito la pregunta: ¿Quién fue y es Samuel Feijóo? Es mi padre, regalo del destino mío. Por eso busco, curiosa, toda su naturaleza.

Me lo cuestioné siendo una adolescente cuando lo vi trabajando en mil cosas, extremadamente afanado, las cuales constituían su multifacético universo cultural. En mis azarosas búsquedas descubrí que fue él, el que un día en su temprana juventud escribió: “No agradezcas mi amor si a ti te ha tocado. A quien él tocó fue a mí, en tu dicha”[3] pensamiento que me impactó, y me llenó de muchas interrogantes… poco a poco fui intentando responder a este llamado raigal, escuchándolo, observándolo con atención, leyendo sus libros y pinturas, lentamente, así actué fiel a este verso: “Más lento tu ojo de hilos de oro se abre para el sonoro amado…[4]”.

Este hacer mío es hoy más profundo que antes, y aunque entiendo que sigue siendo pequeña mi renovada mirada hacia él, lo comprendo cada vez con mayor claridad.

En nuestra casa de Cienfuegos colmada de repletos estantes, de cuadros atesorados durante décadas, guardados en el penúltimo cuarto, había jabas de cartón o de yute por doquier, las cuales contenían libros en preparación o ya publicados, con títulos que sonaban intrigantes para mí temprana edad y anunciaban nombres tales como: Faz, Beth-el, La hoja del poeta, Libro de Apuntes, Las aventuras de Juan Quinquín en pueblo Mocho, Pancho Ruta y Jil Jocuma, La gira descomunal, Tumbaga, Camarada celeste, Cuentos populares cubanos, La alcancía del artesano, Diario de viajes montañeses y llaneros, las mitologías: la cubana y la americana, Fantasía del dibujo popular, El saber y el cantar de Juan Sin Nada y muchos más.

Estos títulos, los cuales aparecían escritos con grandes letras trazadas en tinta azul en el anverso y el reveso de los singulares empaques, que se podían leer a gran distancia, deslumbraban mi juvenil imaginación acerca de mi padre. Fue en este mágico universo en el que él andaba, y yo curiosa deambulaba entre sus cosas. Privilegio que la vida me dio: “Estas son maravillas y rarezas de la naturaleza”, era su repetida respuesta a mis inquisitivas preguntas.

Imagen: La Jiribilla

Pintura de Samuel Feijóo. Sin título.

Para comprender un poco esta gran pasión cultural de Feijóo, adentrémonos un pequeño instante en la historia de su vida, brevemente descrita por él mismo así:

 “Nací en San Juan de los Yeras, en la antigua provincia de Las Villas…Yo era entonces un jovencito y recuerdo que aquel lugar era bonito, de calles sin piedras ni asfalto, lleno de relinchos de caballos que fueron para mí como curativas voces de psiquiatras. Sí, porque cuando me siento triste voy donde la naturaleza a oír relinchar a los caballos: en la naturaleza está mi paraíso… y vagar por ella, sobre todo en sus soledades, los ríos, montañas y neblinas. El vagabundaje es la fuente de mi cultura… He trabajado en las montañas porque esos lugares producen hombres maravillosos. Es el hombre que está en contacto con la naturaleza, que hace poesía, música, ornamentos, y que tiene una sensibilidad tal que te abraza, y cuando te vas… ¡se crea una situación desconcertante! Y es porque tiene necesidad de amar, de ser amistoso. Además posee una diafanidad que no sé si ese fenómeno se produce por la luz o la belleza que los rodea. Hay un gran equilibrio entre esos hombres y mujeres que habitan esos parajes…”[5]. En otra entrevista hace referencia a su trabajo artístico y dice: “A veces dibujo, porque es mi signo; a veces escribo porque es mi signo también. A veces tallo a machetazos un madero. A veces en la tipografía está mi signo. Hago mil cosas, bien o mal o las deshago, pero tras de ellas, pariéndolas, está una necesidad que espero que sea natural  y sana creadora.” [6]

Así es el universo feijosiano. El cual nos pinta su cuadro más exquisito, a mi modo de ver, en es este esclarecedor poema:

          Sobre una piedra

“HOY me pregunté, sentado en una piedra, ante el paisaje del campo,
en la tranquila tarde invernal,
si mi figura se perdía ajena a  todos los ojos, allí, en aquel paraje,
y comprendí que sí, que yo era mi propio espejo, mi condenado sencillo al narciso”.[7]

Mi padre necesitaba de los habitantes del paisaje, los guajiros, y todo lo creado por estos seres dadivosos que mueven la vida rural cubana, entre los cuales vivió y gozó nombrándolos: “sus superiores”[8]. Junto a ellos aprendió de todo lo que de ahí brotaba. La cultura del campesino. Ellos eran sus amadísimos amigos, en los que confiaba y contaba su más reservada intimidad.

También en La Habana tenía fraternos amigos, cuya amistad duró toda la vida y más.  Amistades que en primer lugar se fomentaban a través del Amor. Pues siempre fue fiel a tal sentimiento. Así lo corrobora este breve fragmento de una carta que él me escribió una vez: “El Amor verdadero es invencible, es más que sol y aire, es lo eterno y resurrecto… tuve amigos y amigos, y, a pesar de mis flaquezas, corazón grande para amar sin cesar y sufrir y gozar, a mi modo…” [9]. Estas letras ya por sí solas develan lo dicho.

Entonces por qué Feijóo, el que tanto amaba la campiña cubana y sus habitantes todos, escribió una vez en carta a su fraternal Cintio Vitier: “Yo vivo en una soledad casi desesperada. Nada me basta. He perdido mucho, y sigo perdiendo. La naturaleza: esa montaña donde paso semanas enteras, esos campesinos, me ayudan, pero no me han curado: no puedo vivir sin ellos, pero no me bastan. Ahora tengo un tiempo deprimido, sin entusiasmo, oscuro, violento.”[10] Tal vez la respuesta la encontramos en esa necesidad de “algo más”, la cual fue la causa de sus múltiples facetas, y de tan vasta obra creada: 146 libros publicados, incluyendo a las revistas que dirigió: Islas (1958–1968) y Signos (1969–1985) y no estoy mencionando los dos únicos números de su primera revista: Ateje (1947 y 1953) en donde la describe así: “Árbol sencillo, sin el mimbo admirativo del flamboyán, emperador fastuoso de los campos…”[11]. Y las miles de pinturas y dibujos, collages, grabados, esculturas y todo tipo de experimentación pictórica, que conforman una buena parte de su creación, salieron entonces por este motivo claro: “Tenía que sacarse los jardines que le crecían adentro”.

Refiriéndose a su obra pictórica él escribió: “Comencé a pintar porque la alegría de las formas camperas no eran dominadas totalmente por la poesía que escribía. La poesía solamente atrapaba lo que el verbo puede coger, pero aquello no satisfacía la avidez del paisaje variador y constante que estaba en mí, que había crecido en mi vagabundaje extasiado por la firmeza  de colores y de formas de nuestros campos.”[12] Sus primeros óleos datan de 1937, pero sus primeros dibujos e incursiones en la plástica poseen fecha anterior.

De su labor como pintor guardo en mi memoria varias anécdotas, pero quisiera compartir con ustedes esta, la cual da valía para historiadores e investigadores, la titulé Revelación de  un cuadro:

“…desde aquella memorable tarde en nuestra casa de Cienfuegos, en que mi padre se encontraba ya decidido, y tomó la profética decisión de signar de su propia mano todas sus pinturas, las cuales había creado en lejanas décadas, tales como los años treinta, el cuarenta y el cincuenta, y nunca antes se había interesado por firmarlas. La respuesta a esto, es posible se encuentre  en algo que él expresó en cierta ocasión: “La pintura es un tipo de poesía que no me ofrece la literatura; quizás sea mi más bella expresión. Es una forma de sacarme los jardines que me crecen adentro…”[13] Ya con esto a toda luz se evidencia que fue ese el motivo por el que pintaba sin reconocerse como “el autor”. Recuerdo que solicitó en ese momento mi presencia allí, me llamó y dijo algo más o menos así: “mi hijita, ven, estoy haciendo esto porque quizás algún día… nadie sabe, mis pinturas te puedan servir para tu sustento…”. (Fragmento)

Atenta yo permanecí, mientras transcurría ese tiempo, admirando todos esos fantásticos cuadros ante mí. Pero sucedió algo insólito, que es lo siguiente: entre ellos descubrí uno que me llamó poderosamente la atención, porque no estaba aún concluido, eso pensé al verlo. Un óleo sobre lienzo que él firmó y fecho con pasmosa tranquilidad: “Samuel Feijóo, 1944”, sin tomar en cuenta este importantísimo detalle que yo observaba. Era un paisaje marino con botes de velas coloridas, rojas y azules, hallábanse cerca de las riberas de un solitario islote arbolado. Bello paisaje costero. Recuerdo que el mar de agua azul cristalina, (casi blanca) por la escasa presencia de color, bañaba dos costas allí perfiladas. Pero yo notaba claramente que no lo había terminado, hasta veía los trazos del lápiz enmarcando algunas embarcaciones y a la propia vegetación costera sin concluir. Curiosa, le pregunté al respecto y mi padre fanfarruñó algo inentendible. Comprendí  entonces que, a pesar de mis sinceros reclamos al respecto de esta obra para mí inconclusa, a él parecía gustarle mucho este extraño final pictórico. Eso fue un misterio que duró por  muchos años. ¿Por qué habría querido Feijóo dejar este óleo así para siempre, pudiendo haberlo completado?

Él continuó pintando durante los siguientes años, pero nunca volvió a tocar ese cuadro. Hasta que un día, como suele ocurrir casi siempre, pues son más las veces que la respuesta la trae el tiempo, descubrí el sentido de esa pintura inconclusa para mí, pero no para él, y es el siguiente: Leyendo un día una prosa de un entrañable libro suyo, La hoja del poeta (1957), encontré la respuesta, y ¡hasta el título del cuadro! En verdad creo que él sabía que eso acontecería cuando yo fuera mayor, y prefirió dejar al tiempo la respuesta a mi pregunta aquel día en Cienfuegos; aquí está, para ustedes también, este esclarecedor hallazgo; se titula:                                                                 

Pintura  devuelta

“Durante gran parte del día trabajé afanoso. Mezclaba los colores en la paleta, los veía surgir para mis ojos, pegarse luego al lienzo y revolverse allí. Pintaba un paisaje de mar y de islas. Me sacaba el paisaje de los dedos, de los pelos de la brocha, de la fácil memoria. Pintaba la luz de las aguas y poco a poco el mar llenó el cuarto. Me mojó el pantalón corto que usaba y después la barriga desnuda, cuando ya un barco de vela se impulsaba por las paredes con el ritmo cobalto de mi respiración. Isletas soleadas surgían de las grisuras del rojo y del verde. Cuando tracé el dibujo de una choza de pescadores junto a un mangle de raíz coral un recio viento sacudió la habitación. No pude luchar contra él. Me echó, rendido, sobre mi cama navegante.

“Al alba, desperté. Las aguas se habían retirado. El gran lienzo brillaba tenuemente. Los haces blancos daban en él. El paisaje, a dos metros míos, lleno de una luz nueva, me saludaba, más delicado y más diáfano que nunca. Músicas marineras sonaron, nacidas de mí mismo, al remirar. Volaban desde los libros hasta la bicicleta recostada en un librero, a las botellas y a los cacharros en las mesas. Me mostraban un paisaje que se me devolvía, porque sólo así lo quise construir, para que diera las notas del mar, suspendido en una pared, y la borrara.”

Amorosamente atesoro esta obra: Pintura devuelta, evocando al verla el hermoso momento en que la descubrí aquel memorable día junto a él. Porque pura como está, me recuerda algo que mi padre escribió una vez: “Pero si en mi vida, mi pintura no recibe ese aliento precioso del amor popular, sé que vendrá, porque ella sale de la naturaleza donde vivimos y es fiel a la más honda cubana” [14].

 A él le debemos el haber fijado para Cuba en un libro nuestra rica Mitología Cubana, fruto de una exhaustiva investigación que realizó durante varios años. La mitología de nuestro país se encontraba entonces como en tinieblas por todo nuestro país, transmitiéndose de generación en generación y Feijóo se dio a la tarea de rescatarla y llevarla de la oralidad hacia la letra. Hoy nuestro país luce nuestra original mitología gracias al cuidadoso trabajo de investigación de raíz folklórica que realizó Samuel Feijóo, la cual según mi padre se encuentra entre las más originales de América.

Como se sabe el anecdotario de mi padre es muy rico y variado, y hay hasta quien lo conoce más por sus “maldades”, como él solía llamarlas, que por su legado cultural, eso es verdad; para estas personas y para todos les voy a contar brevemente una de las mil anécdotas que viví con mi padre:

Cuando era muy jovencita, ya viviendo aquí en La Habana, tenía una amiguita que me tenía loca porque la llevara a conocer a mi papá, no sé hasta el día de hoy quién le contó algo de que mi padre era escritor y esas cosas. Mi amiguita era muy fina y de muy buena familia, ambas teníamos la misma edad. Con frecuencia yo le preguntaba a mi padre cuándo podía llevar a mi amiguita a la casa a conocerlo porque ella me tenía loca con eso. Mi padre, siempre ocupado, no me acababa de dar una respuesta. Así que me aparecí con mi amiguita una tarde sólo para realizar finalmente este encuentro tan solicitado. Yo siempre tuve el temor de que mi padre hiciera alguna de sus travesuras, porque por más que le explicaba a ella que a mi padre le gustaban mucho las bromas, ella sólo se reía y creo que no lo tomaba muy en serio, o no me entendía bien. Pero esto a mí verdaderamente me preocupaba.

Llegamos al apartamento de Cleva Solís en donde vivíamos, por la tardecita; hora en que yo sabía que él estaría allí escribiendo todavía.

Cuando entramos voy y busco a mi padre al cuarto y en verdad estaba escribiendo como suponía. Le pedí, por favor, que no le fuera a decir nada extraño a la muchacha, que era muy educada. Mi padre calmosamente dejó lo que estaba haciendo y salió a la sala, donde le presento a mi amiga por su nombre. Él inmediatamente dijo: “Sí,  pero a ti te dicen Juana bemba de trueno”. Ella dijo: no, que su nombre era fulana, y mi padre siguió insistiendo, no tú te llamas “Juana bemba de trueno, y mira, debes comer bistec de nalga de pulga, que es muy bueno y alimenta mucho”, y por ahí siguió diciendo un montón de ocurrencias. Yo estaba colorada de la vergüenza. Pero por suerte mi amiguita sólo se reía mucho. Al fin dije que ya se hacía muy tarde y nos teníamos que ir, mi amiguita pidió permiso para hablar por teléfono y pedir que la vinieran a recoger, y mi papá le dijo: “Sí,  puedes usar el teléfano, el teléfano está muy bueno”.  En verdad yo no veía la hora de quedarme sola con mi padre y tratar de pasar la vergüenza de aquel día.

Y como esa, existen muchas anécdotas de todo tipo. Él era un gran humorista también y gozaba con ello.

Cuando comencé este diálogo con ustedes dije que trataría de hacer una breve aproximación a Feijóo desde mi mirada llena de cuestionamientos, fue por eso que expresé que para mí él era y es “lo inefable”. Me quedé corta. Porque es tarea de investigadores y estudiosos, el mostrar sus saberes con respecto a su legado. Ellos honran a mi padre con su presencia hoy. Me encuentro muy feliz porque estas personalidades se hayan interesado en su obra y repito por ello este pensamiento de él: “Aquel que habite lo mío hace mi dicha, nada debe agradecerme, llegue a él lo suyo, esperándonos.” [15].

Y para terminar deseo leerles este poema. Con el cual creo poder cerrar este intento de  aproximación a Samuel Feijóo:

 

Tierra natal [16]

ESTA es mi tierra.
Por esta palmera bajé a conocer el río,
la oscura alfombra de su fondo.
Aquí me dio el fruto en el rostro
y mis manos se hundieron en la yerba
buscando un ala azulada.
Aquí grité gozoso.
Aquí vi el sol alumbrando mi cabeza

                               
F i n a l

«Por la música,
el apretado abrazo del retorno.»
 

Muchas gracias,

Adamelia Feijóo
La hija del Zarapico


* (Texto leído en el Coloquio por el Centenario de Samuel Feijóo, el 31 de marzo de 2014, en la sala Villena de la UNEAC.)        
                          
[1] De: Libro de Apuntes, 1954
[2] De: El sensible zarapico, parte final, 2014
[3] De: La pequeña abeja. Revista Signos 31, p.197.
[4] De: Libro de Apuntes, 1954
[5] De: Quienes escriben en Cuba, Jorge L. Bernard y Juan A. Pola 1985
[6] De: El champán en jícara de Samuel Feijóo de Ciro Bianchi Ross. Pág.114, 2010
[7] De: Coloquio (1945) P. 216. Aparece en Libro de Apuntes, 1954.
[8] De: Charla de Samuel Feijóo en la Casa de la Cultura de Plaza, 1979.
[9] De: Carta necesaria, escrita a su hija Adamelia, Agosto 4 / 1970
[10] De: Carta a Cintio Vitier. Cienfuegos Feb / 45
[11] De: El verde aviso. Samuel Feijóo. Revista ATEJE No. 1, año 1947
[12] De: Quiénes escriben en Cuba, de Jorge L. Bernard y Juan A. Pola. 1985
[13] De: Quiénes escriben en Cuba, de Jorge L. Bernard y Juan A. Pola. 1985
[14] De: Charla en torno a la pintura de Samuel Feijóo, Bohemia, 1963
[15] De: Diario abierto, Samuel Feijóo, 1960
[16] De: Renacer (1938–39) aparece en Libro de apuntes p. 107, 1954

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