Cantores...

Yo tengo tantos hermanos que no los puedo contar

Fidel Díaz Castro • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

Si yo le pregunto al mundo
el mundo me ha de engañar,
cada cual cree que no cambia
y que cambian los demás,
y paso las madrugadas
buscando un rayo de luz
porque la noche es tan larga
guitarra, dímelo tú.

Los años 60 trajeron a la música un movimiento universal que ha tenido especial resonancia en América Latina, conocido como Nueva Canción; con variantes en la denominación en diversas regiones y momentos como: Canción Protesta, Canción de autor, o el caso de Cuba que ha quedado acuñado como Nueva Trova. Se trata en todo caso de una manera distinta de asumir el rol del cantor. Si bien la canción ha sido expresión de los pueblos desde sus orígenes —y es el mercado quien le va despojando de sentidos—, estos tiempos de mediados del siglo XX dan protagonismo a un cantautor que se asume como expresión de su pueblo, como factor movilizador de conciencias, con un carácter rebelde, poético, que se siente parte de la lucha por un mundo mejor.     

Imagen: La Jiribilla

Se vuelve cruda mentira
lo que fue tierna verdad
y hasta la tierra fecunda
se convierte en arenal,
y paso las madrugadas
buscando un rayo de luz
porque la noche es tan larga
guitarra, dímelo tú.

Por naturaleza el canto es expresión del sentir del ser humano, de sus dolores y sueños; sin embargo, el auge de los medios masivos, acorde a sus intereses mercantiles, comienza a filtrar ese canto desechando primero lo que contiene de inconformidad social, y luego, en la medida en que se ha agudizado ese proceso de selección (censura más o menos visible), queda fuera de circulación masiva todo lo que traiga la agudeza poética. Así llegamos a un presente donde, casi sin excepción, lo grandes circuitos de reproducción, promoción y divulgación, solo dejan que escuchemos una música hecha bajo los patrones comerciales, una canción construida a partir  de fórmulas, de lugares comunes, despojada totalmente de ideas, de referentes sociales, de la poesía que han ido tejiendo nuestras culturas auténticas.   

Los hombres son dioses muertos
de un templo ya derrumbao,
ni sus sueños se salvaron
sólo una sombra ha quedao,
y paso las madrugadas
buscando un rayo de luz
porque la noche es tan larga
guitarra, dímelo tú.

La década del 60 cristaliza las luchas sociales por libertades diversas; en los EE.UU. se desatan movimientos contra el racismo, contra la guerra en Viet Nam, la revolución cubana trae una efervescencia de los movimientos de liberación en América Latina, en África contra el apartheid; se viven tiempos en que los pueblos se revelan contra todo tipo de injusticia asociadas con el desarrollo del capitalismo cada vez más consumista y enajenante. Toda esta convulsión propicia que el cantor, como parte de su pueblo, sienta que debe tener mayor protagonismo, y asuma su lugar en esa movilización, no sólo por las luchas concretas contra los grandes males, también como elemento raigal de las culturas auténticas que ese poder mercantil quiere extinguir, suplantándolas con otra seudocultura desmovilizadora, des-socializante.  

Yo sé que muchos dirán
que peco de atrevimiento
si largo mi pensamiento
pal rumbo que ya elegí,
pero siempre hei sido ansi;
galopiador contra el viento.

Eso lo llevo en la sangre
dende mi tatarabuelo.
Gente de pata en el suelo
fueron mis antepasaos;
criollos de cuatro provincias
y con indios misturaos.

Desde inicios de los 60 resaltan nombres como Bob Dylan, Joan Baez y Pete Seeguer en los EE.UU.; Pi de la Serra, Luis Llach, Paco Ibañez y Joan Manuel Serrat en España; Chico Buarque, Caetano Veloso y Milton Nacimento en Brasil; Los Parra, Patricio Mans y Víctor Jara,  en Chile; Charly García, León Gieco en Argentina; Carlos Puebla, Silvio RodríguezVicente Feliú, Noel Nicola y Pablo Milanés en Cuba; por mencionar solo algunos muy notables; realmente se trata de un gran movimiento de cantautores en gran parte del mundo. Sin embargo, hay dos casos que creo son los antecedentes de este movimiento, ambos, son profundos estudiosos del folclore de sus pueblos, seres cultos que asumen el canto como expresión de sus pueblos, como un acto ético, solidario, de amor, en el que les va la vida: la chilena Violeta Parra y el argentino Atahualpa Yupanqui.  

Imagen: La Jiribilla

Héctor Roberto Chavero adoptó el nombre de Atahualpa Yupanqui, en memoria de los últimos gobernantes incaicos. Nació en Pergamino, Buenos Aires, Argentina, el 31 de enero de 1908. Falleció en Nimes, Francia, el 23 de mayo de 1992. Guitarrista muy peculiar, escritor, filósofo de nuestra cultura. Por Atahualpa Yupanqui comenzó el nuevo canto. Sus composiciones han sido cantadas en todo el mundo, con versiones inolvidables de Mercedes Sosa. Desde 1931 hasta 1934, sufrió el exilio en Uruguay.

Vuelo porque no me arrastro,
que el arrastrarse es la ruina;
anido en árbol de espina
lo mesmo que en cordilleras
sin escuchar las zonceras
del que vuela a lo gallina.

No me arrimo así nomás
a los jardines floridos.
Sin querer vivo alvertido
pa' no pisar el palito.
Hay pájaros que solitos
se entrampan por presumidos.

Aunque mucho he padecido
no me engrilla la prudencia.
Es una falsa experiencia
vivir temblándole a todo.
Cada cual tiene su modo;
la rebelión es mi ciencia.

Entre 1946 y 1949, luego de que viera la luz su primer libro, Piedra sola (1940), sufrió la cárcel y la censura. Sus canciones revelan un claro compromiso con la realidad sociopolítica, y entre ellas podemos citar:  “El arriero”, “Zamba del grillo”, “La añera”, “La pobrecita”, “Camino del indio”, “Chacarera de las piedras”, “Recuerdos del Portezuelo”, “El alazán”, “Indiecito dormido”, “Le tengo rabia al silencio”, “Piedra y camino”, “Luna tucumana” y “Los ejes de mi carreta”, por mencionar algunas.

En asuntos del cantar,
la vida nos va enseñando
que sólo se va volando
la copla que es livianita.
Siempre caza palomitas
cualquiera que anda cazando...

Pero si el canto es protesta
contra la ley del patrón,
se arrastra de peón a peón
en un profundo murmuyo,
y marcha al ras de los yuyos
como chasque en un malón.

Filósofo que hurga en su tierra, humilde, sencillo, culto, es Atahualpa voz que encuentra la armonía del ser humano con la naturaleza; expresión de su pueblo, que es el de los de abajo, los necesitados de aquí y de allá.

Cantor que cante a los pobres
ni muerto se ha de callar.
Pues ande vaya a parar
el canto de ese cristiano,
no ha de faltar el paisano
que lo haga resucitar.

Entre los libros de Atahualpa también se encuentran: Aires indios (1943), Cerro Bayo (1953), Guitarra (1960), El canto del viento (1965), La Capataza (1992) y muy especialmente subrayo un texto que es como una biblia para cantores: El payador perseguido (1972).

Imagen: La Jiribilla

Por la fuerza de mi canto
conozco celda y penal.
Con fiereza sin igual
más de una vez fui golpiao,
y al calabozo tirao
como tarro al basural.

Se puede matar a un hombre.
Pueden su rostro manchar,
su guitarra chamuscar.
¡Pero el ideal de la vida,
esa es leñita prendida
que naide ha de apagar!

Atahualpa Yupanqui estuvo exiliado en París, Francia. Murió en ese mismo país en una habitación de hotel de la ciudad de Nimes, después de haber pedido un vaso de leche como último gesto antes de ir a dormir.

Hoy sus cenizas descansan en los jardines de su casa museo en la localidad de Cerro Colorado, a la sombra de un roble junto a las de Santiago Ayala "El Chúcaro", un gran bailarín de danzas folclóricas.

Con Romildo Risso compuso “Los ejes de mi carreta” todo un himno de la cultura latinoamericana, cantado por varias generaciones de intérpretes y trovadores en diversas regiones del mundo.

Porque no engraso los ejes
me llaman abandonao,
porque no engraso los ejes
me llaman abandonao,
si a mí me gustan que suenen
pa' que los quiero engrasaos,
si a mí me gustan que suenen
pa' que los quiero engrasaos.

En “Los ejes de mi carreta” el campesino pobre, conversa en su soledad absoluta con los animales, con la naturaleza. Un ser que carga su cuerpo semivivo, diluido en el abandono de dios. Expresión mínima de la existencia, sin un cariño, sin un aliado, sin un aliento. Un olvidado emite su lamento al paso apesadumbrado y zigzagueante de sus bueyes, con el chirrido de las ruedas que, a esas alturas del malvivir, resulta el más entrañable compañero. 

Atahualpa es voz de la Pacha Mama, de lo más hondo y poético de la cultura continental, esencia enamorada, crítica, del ser humano solidario, justiciero, hereje que ilumina los caminos que se pierden desde el más remoto pasado y van hacia el futuro; caminos trazados por los mejores fantasmas de la América nuestra. Con él podemos rezar este canto de abrazarnos hermanados por un reino justo, para el bien de todos.

Los hermanos (Yo tengo tantos hermanos)

Yo tengo tantos hermanos,
que no los puedo contar,
en el valle, la montaña,
en la pampa y en el mar.

Cada cual con sus trabajos,
con sus sueños cada cual,
con la esperanza delante,
con los recuerdos, detrás.

Yo tengo tantos hermanos,
que no los puedo contar.

Gente de mano caliente
por eso de la amistad,
con un rezo pa’ rezarlo,
con un llanto pa’ llorar.

Con un horizonte abierto,
que siempre está más allá,
y esa fuerza pa’ buscarlo
con tesón y voluntad.

Cuando parece más cerca
es cuando se aleja más.
Yo tengo tantos hermanos,
que no los puedo contar.

Y así seguimos andando
curtidos de soledad,
nos perdemos por el mundo,
nos volvemos a encontrar.

Y así nos reconocemos
por el lejano mirar,
por las coplas que mordemos,
semillas de inmensidad.

Y así seguimos andando
curtidos de soledad,
y en nosotros nuestros muertos
pa’ que naide quede atrás.

Yo tengo tantos hermanos,
que no los puedo contar,
y una novia muy hermosa
que se llama libertad.

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