Las lágrimas de Monse

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

En septiembre del pasado año, el director Miguel Abreu, su equipo artístico y la actriz Monse Duany estrenaron Las lágrimas no hacen ruido al caer, de Alberto Pedro Torrente (1954-2005). La pieza del dramaturgo cubano es su última e inconclusa creación, según nos confirma la crítico e investigadora Bárbara Domínguez en las notas al programa.

Imagen: La Jiribilla

Fechada en 2003, Las lágrimas….acude a uno de los registros recurrentes en una línea de la escritura dramática cubana: la mujer en el centro del dilema.  Ese peculiar catálogo se ha enriquecido con obras de Virgilio Piñera, Pepe Triana, Abelardo Estorino, José R. Brene, Eugenio Hernández Espinosa, Reinaldo Montero y muchos más.

Aquí el deseo persistente de La Lupe, reiterado personaje en el repertorio de la Isla(1), de reencarnarse en Osiris, sugiere sin duda una lectura simbólica en varias direcciones. Por un lado, el supuesto interés de la cantante de  posesionarse del  cuerpo de una cubana con nombre de deidad egipcia; y, por otro lado, la elección del país en el que quiere realizar ese ritual: Lituania. El pretexto para esta reencarnación es la ceremonia en la que Osiris se hará “santo” aun sin creérselo del todo. Resulta, a todas luces, una posible solución para la infelicidad en la que vive con su esposo y una manera de exorcizar el espíritu de ese “animal musical”, como denominó Jean-Paul Sartre a La Lupe.

Saltarse el lugar común del atractivo de una figura como ella, con una existencia convulsa y  dramática, para buscar nuevas aristas de su personalidad, sus anhelos y su relación con la vida, deviene una manera novedosa de presentarnos un mito de la cultura y la idiosincrasia cubanas.

Imagen: La Jiribilla

De este modo, Abreu consigue una puesta en escena inteligente, minimalista que pone a la actriz Monse Duany en el ojo de mira. Es ella, en una magistral, contenida y excelentemente bordada actuación,  quien concentra nuestra atención y asombro.

Monse, quien ha estado en la escena por más de dos décadas y ha trabajado con importantes directores cubanos, ha encontrado aquí una fibra que le permite construir una nueva voz.

En esa línea exhibe un magistral dominio técnico de los registros vocales, de los matices por los que transitan los personajes en este unipersonal a su medida. El forcejeo al que está sometida la protagonista contra la “invasión” de la cantante cubana, de un lado, y las contradicciones con su esposo, por otro;  es quizá el mismo que tiene Monse consigo misma en una productiva tensión en escena. No la vemos a ella, prevalecen las máscaras superpuestas, suplantadas en una lucha campal por su propia identidad.

Es sumamente interesante cómo esa dualidad consigue producir un sentido metateatral referido a la trayectoria artística de la actriz. Lo anterior es visible en los momentos musicales. No es La Lupe, ni Osiris la que canta. No se esfuerza por “doblar” la voz de la intérprete, ni por imitar la vorágine de gestos que La Lupe armaba en el escenario y que han ayudado a construir una iconografía de la artista. No es ni una ni la otra. Lo que vemos es el resultado de un viaje profundo por la “vida” de ambos personajes, es el misterio de la actuación encarnada y aprehendida en su más hondo sentido.

El locus es esencial para entender algunas claves del espectáculo. La reiterada referencia a Lituania y a San Pedrito, en Santiago de Cuba, —destino y lugar de origen— de Osiris, traza un arco vivencial casi absurdo, pero no imposible. La historia reciente de Cuba tiene sobrados ejemplos de esos viajes del interior al exterior, de la periferia al centro en los que el locus  de embarque se cosifica y asume significaciones simbólicas y concretas.

Imagen: La Jiribilla

Mientras La Lupe compone la punta del triángulo en una geografía complicada e inevitable, también completa la triada por ser santiaguera, al igual que la protagonista. Este dato en su biografía le ofrece fuertes credenciales para apoderarse del cuerpo sensual  de Osiris, para exigirle una especie de apareamiento espiritual.

Y entre el copioso tejido de sentidos y resonancias que tanto el texto como el espectáculo proponen, se instala el debate de género, un territorio en el que el sujeto se desplaza de dominador a sumiso y viceversa, tal como opera la relación entre Osiris-La Lupe.

La “bronca” de  Osiris en Lituania es con Alexander Petrovich, un nombre cargadamente eslavo, blanquísimo en contraposición con la negritud de su esposa cubana. De todas maneras, como ella, Alexander ostenta un Pedro en su hoja de vida. Su autor, con otro Pedro a cuestas, nos invita a un juego de palabras, casi ridículo,  que garantiza una simpatía inmediata con Osiris. Petrovich es un personaje referenciado y suponemos, por lo que relata ella, que la ha  engañado, ilusionándola con una realidad inexistente, con expectativas difíciles de cumplir. Ella, quien salió “huyendo del calor”,  se ve sometida a otro infierno peor, el del hielo real y figurado.

Las lágrimas no hacen ruido al caer es fruto maduro de una carrera joven, aun en ascenso de su director, y una carta de presentación definitiva para una actriz que ha conseguido, como La Lupe, confirmarse en el escenario.  



1- Remolino en las aguas, de Gerardo Fulleda, a cargo de la Compañía Rita Montaner e interpretada por Trinidad Rolando; La Gran Tirana, montaje de Verónica Lynn con la actuación de María Teresa Pina por el grupo Trotamundos, a partir de un texto de Carlos Padrón y un guion cinematográfico de Humberto Arenal.

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato