Péndulos de la risa*

Omar Valiño • La Habana, Cuba
Para La Gaceta de Cuba, por su medio siglo de existencia y batalla

Hay una dolorosa escena en ese clásico que es El séptimo sello, en que el bufón es amedrentado y ridiculizado por un indeseable personaje. Entre amenazas, cuchillo en mano, lo obliga a bailar sobre una mesa hasta el desmayo delante de los asistentes a la taberna que ríen y se divierten con el rostro aterrado de un hombre que antes los había hecho reír, de otra manera, con su arte.

Estamos en el medioevo y, gracias a Bergman, en todos los tiempos. A mí, que me encanta interpretar el mundo desde las oscilaciones del movimiento pendular, el pasaje me hizo pensar nuevamente en la complicada relación de la sociedad con sus artistas; atizado mi pensamiento, con seguridad, por una serie de acusaciones, conflictos y discusiones que, a lo largo de 2012, tuvieron lugar en torno a nuestra intelectualidad. Ahora creo útil, en vísperas del VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, retomar estos hilos de pensamiento.

Justo en el año del centenario de Virgilio Piñera, quien tanto padeció “los horrores del mundo moral”, aparecen por centésima vez los amargos sabores de malentendidos y denuncias, cuando menos equívocas, sobre el campo intelectual cubano, brotes que arrastran siglos de prejuicios anti intelectuales y cerradas oposiciones a las críticas provenientes de este sector; en realidad diseminadas, con distintos niveles de elaboración, por todos los segmentos sociales.

¿Y por qué, si damos lo antes dicho por cierto, se generan tantas controversias cuando aflora en la superficie pública un criterio que antes compartimos en todo o en parte? Será que tememos a la imagen reflejada en el espejo, como cuando un seno o un pubis aparecen en nuestra televisión.

La aseveración de Cintio Vitier de que “fundar algo entre nosotros, desde lo más humilde a lo más ambicioso, ha sido siempre una faena incierta”, por igual puede aplicarse a cualquier pueblo y cualquier época. A pesar de nuestra costumbrede mirarnos demasiado el ombligo, es innegable quetranscurrido más de medio siglo de las profundas, intensas, y también desgarradoras, transformaciones operadas en Cuba por su Revolución, podemos decir que hemos fundado.

En el acto de celebración por los 50 años de Palabras a los Intelectuales, el 30 de junio de 2011, en la Biblioteca Nacional José Martí, leí lo siguiente:

Fidel propone la Revolución como un proceso, en última instancia, de construcción cultural que permitiría, por un lado, mejorar las condiciones de vida y de trabajo de escritores y artistas, y por otro, ensanchar los escuálidos segmentos poblacionales que disfrutaban del arte y la literatura. Hoy podemos reconocer con facilidad que tanto la producción cuantitativa y cualitativa de la cultura cubana actual es el resultado de una acumulación histórica potenciada por la Revolución, al tiempo que se desarrolla su creciente demanda por la sociedad como un derecho conquistado. El prestigio de la creación artística en el seno de la nación alcanza cotas altísimas. El movimiento cultural es centro de la vida social y política”.

Pero frente a esa verdad, se alza por igual la burla, el desprecio cubano a la condición intelectual, expresado con tanta precisión y dolor por Virgilio Piñera en Aire frío, esa obra cenital devuelta con lozanía por la puesta en escena de Carlos Celdrán y Argos Teatro. Enrique se ríe de los versos de su hermano Oscar que, más allá de la discusión de si son buenos o pésimos, demuestran el cínico tratamiento a otra sensibilidad, al diferente, al otro. Mientras, Ángel, el padre, se pregunta por qué un vecino lograba todas las gallinas y él ninguna, y en lo que quiere ser una pregunta casi filosófica asoma la oreja del resentimiento.

Extirpar cualquier doblez, ese oportunismo de la sonrisa por delante con su respectiva palmadita en el hombro y la obcecada “preocupación” por detrás, es tarea urgente. El reconocimiento y el aplauso deben seguir siendo el gran acompañamiento del artista, sí, por un arte de altos valores humanos y estéticos que incluye los de la reflexión y el cuestionamiento. Otros pagos también son merecidos, recuérdese la obviedad —en ocasiones pasada por alto— de que el arte es el resultado de un trabajo.

Por suerte, un ejemplo como el de Carlos Acosta se erige como algo extraordinario. Construir, a la manera interesada de la publicidad capitalista de hoy o mediante la propaganda ideológica socialista mal encaminada, un símbolo como Carlos Acosta hubiera sido imposible. Y sin embargo, tenemos a un Carlos Acosta real que es todo un símbolo. Negro, pobre, azuzado cuando niño por su padre que comprendió, con humilde inteligencia, que el camino del ballet, para el cual demostraba insólitas dotes, lo haría persona plena antes que artista de bulto. Y ahora ese mismo Carlos, rutilante estrella del ballet mundial, quiere devolver a la tierra que lo cultivó su poder simbólico y, cual malos jardineros, pareciera que algunos no quieren que siembre en su jardín, hasta entonces yermo.

Yo veo en Carlos, a quien no conozco personalmente, una prueba de otra idea que expuse en mi texto antes citado:

“…el destino del socialismo depende de la cultura. De un humano diferente al de la nueva alienación capitalista —cuyo sello, precisamente, se produce no solo, ni tanto, a través de las relaciones de producción, sino de la hegemonía de una avasalladora superestructura pseudocultural—; un ser pensante cuyo discernimiento integre, incluso, la condición estética para la más honda y compleja explicación del mundo. Debemos hacer indivisibles ética y estética. Solo podremos ganar en ese terreno como parte de una calidad de vida que sea “calidad de emociones”.

No tenemos miedo alguno. Contrario a lo que tanto se repite, la Revolución no es la instigadora del miedo; yo no tengo miedo gracias a la Revolución. Vale la pena advertir, sin embargo, que afloran preocupaciones y temores, en medio de las justas y atrevidas transformaciones que vive el país, en torno a la cultura como un segmento perdedor de esta agenda de cambios. Tal vez ese contexto haya sido la causa más honda de las discusiones que han tenido lugar:

“Sobre la cultura debe regir, como de hecho se manifiesta en varias direcciones, una excepción desde el punto de vista económico. Sin dejar de renunciar a los dividendos probables en el plano práctico (con muchos nichos por explorar todavía), la cultura es, y debe ser, una esfera protegida por el estado. Solo ello garantiza el nivel cualitativo de la tradición y de su renovación hacia nuevas identidades.Nada debe enfrentarnos a falsas dicotomías. Ninguna veleidad tecnocrática o economicista que nos haga perder la brújula. Porque la brújula tiene que ser siempre esa plenitud del ser humano, el culto sagrado a la dignidad plena del hombre”.

La cultura y la participación cultural e intelectual, individual y colectiva, tienen que ser siempre beneplácito, gozo, jolgorio del pensamiento y del cuerpo, disfrute:

“Para conseguirlo el arte juega un papel fundamental. No podemos ver economía y cultura sino como complementarios en función de una economía más productiva y organizada, pero hecha, a su vez, por mujeres y hombres de decoro y de conocimiento… El arte puede no producir “nada” porque despliega algo —como el arte mismo—, inmensurable, y que no se produce en finca, tienda o fábrica alguna de este podrido planeta: produce y realiza felicidad. Lo hace aun cuando no vislumbre la alegría o la ternura. Constatar a lo largo de la Isla la necesidad que el ser humano tiene del arte, es un lujo, un privilegio nuestro, no una desgracia de la que haya que ocuparse como un mal, sino una gran conquista cubana a la que no podemos renunciar. Porque esto dice mucho de nuestro desarrollo humano. Es parte de una complejidad y de una plenitud a la que hemos arribado, justamente, por ese ininterrumpido proceso cultural revolucionario y cuyo más delgado filamento puede solo tocarse en el alma con el arte”.

Como el también huevo de la serpiente bergmaniano, el prejuicio anti intelectual se renueva y nos visita. No retrocedamos nunca ante lo conquistado. No dejemos jamás que la risa, privilegio del humano y del arte —como tan bien supo y postuló Piñera—, se nos convierta en mueca.

 

*Amén de un par de frases agregadas, esta nota fue publicada en la sección “El Punto”, de La Gaceta de Cuba, no. 6 de 2012.

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