Artes Plásticas

La cámara, el hombre, la épica, el maestro

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Para Osvaldo Salas, en quien reconocemos a uno de los grandes fotógrafos cubanos del siglo XX, la cámara, por sí misma, no era lo más importante. Por supuesto que no negaba la tecnología y conocía al dedillo los mecanismos y accesorios de la máquina de captar imágenes fijas, y estaba al tanto de las innovaciones en ese campo.

Pero, de acuerdo con su legado, hay que creerle cuando dijo que una  buena fotografía se lograba a base de un 5% de técnica y un 95% de imaginación.

Imagen: La Jiribilla

Lo que comenzó como un accidente terminó siendo para él una razón de vida. Nació en La Habana el 29 de marzo de 1914 —ciudad en la que falleció el 5 de mayo de 1992—, y en la adolescencia matriculó en la Academia de San Alejandro, pues soñaba ser pintor. Sus estudios fueron inconclusos; la familia emigró a Estados Unidos a fines de la década de los 20 en busca de mejores horizontes económicos dada la cruda realidad del machadato, aunque en el país norteño la Gran Depresión no auguraba nada bueno para los Salas.

El joven Osvaldo desde muy temprano comenzó a ganarse el pan como obrero. Trabajó como mensajero en una tienda de maletas y baúles, se hizo soldador y solo por casualidad, mientras se desempeñaba como electricista en un taller de comunicaciones donde había aficionados a la fotografía, se empató con una cámara, momento definitorio en el que quizás encontró una manera de reconciliarse con su antiguo sueño de pintor.

Residir en Nueva York, donde se enamoró y tuvo a sus hijos Roberto (excelente fotógrafo también) y Joana, le dio la ventaja de estar en un medio donde el oficio (para él todavía no el arte) de la fotografía estaba en permanente ebullición.

Se inscribió en 1947 en el Inwood Camera Club, abrió en 1950 un estudio en la calle 50, de Manhattan, muy cerca del Madison Square Garden y de pronto no fue su prioridad que le solicitaran servicios habituales para registrar acontecimientos familiares, sino captar lo que sucedía en ese centro del deporte y los espectáculos, las personalidades que concurrían al sitio y las escenas próximas a  aquel entorno.

Esa posibilidad le franqueó las puertas de las redacciones de diarios y revistas en los que colaboró como La Prensa, de Nueva York; Clarín, de Argentina; y Alerta y Bohemia, de Cuba.

Ciertos retratos realizados por Salas en esa época nos llegan hasta hoy con una fuerza notable, como los que muestran a Sara Montiel en pose de peinetera, al pelotero Joe Di Maggio en su momento de gloria, a Salvador Dalí con sus bigotes de manubrio y a Rocky Marciano sangrante pero sonriente después de una victoria sobre el cuadrilátero del Madison.

Cierto día de 1955 recibió en su estudio neoyorquino la visita de dos compatriotas suyos, guiados por un periodista amigo, Vicente Cubillas. Uno era el joven abogado Fidel Castro, líder del Movimiento 26 de Julio; el otro, Juan Manuel Márquez, quien un año después secundó a aquel en la epopeya del yate Granma.

Esa noche asistió junto a Cubillas a un acto en el que habló Fidel sobre la necesidad de reiniciar la lucha contra la tiranía, que había comenzado con el asalto al Cuartel Moncada.  Tomó fotos para el reportaje que el periodista remitió a la revista Bohemia, donde ambos colaboraban. Pero a la vez quedó imantado por la personalidad y las ideas del orador al punto que se comprometió con la actividad del Movimiento en Nueva York.

De ahí que cuando supo del triunfo de las fuerzas rebeldes, no lo pensara dos veces para regresar. El hombre que arribó a La Habana el 9 de enero de 1959, se convertiría al paso de los meses y los años en uno de los fotógrafos cubanos más prominentes por su maestría artística y su agudeza para captar la épica revolucionaria y el rostro de sus protagonistas.

Imagen: La Jiribilla

Salas fue el fotorreportero por excelencia. En el diario Revolución, en el Ministerio de Relaciones Exteriores y en Granma, lugares donde ocupó plazas entre 1959 y 1986, se le vio asomarse a los acontecimientos con vocación periodística: en la Plaza de la Revolución y los actos de masa, en las calles tomadas por el pueblo y las recepciones diplomáticas, en recorridos por la isla y misiones en el exterior. Tuvo siempre un pulso privilegiado para captar las aristas más interesantes de la actualidad.

Pero cuando mostraba sus realizaciones en exposiciones personales y colectivas —la primera, Imágenes, en la Galería Habana, de la calle Línea, en 1965—, al espectador llegaban signos y señales que trascendían la urgencia noticiosa para transmitir una muy particular dimensión estética.

De manera que a la huella testimonial de la épica de la Revolución en el poder, visión que compartió con otros artistas del lente como Raúl Corrales, Alberto Korda, Ernesto Fernández, Liborio Noval, Pepe Agraz, Mario Ferrer, Perfecto Romero y su hijo Roberto Salas, se sobrepuso una huella artística de más dilatada connotación, que en el caso del viejo Salas alcanza una vibración especial cuando enfrenta al espectador con la íntima gestualidad de los protagonistas de la Historia.

Ese es el sentido que se observa en imágenes tan sugerentes como la del Che Guevara envuelto en las espirales humeantes de un tabaco, o la de Fidel y Hemingway dialogando al final del torneo de pesca de la aguja, o la de un simple transeúnte frente a la Casa Natal de Martí en la calle Leonor Pérez.

Imagen: La Jiribilla

La lección imperecedera de Osvaldo Salas es esa: la lucidez para que lo aparentemente efímero del instante fotográfico adquiera una categoría simbólica.  Por ahí habría que empezar para fundamentar la actualidad de su arte.

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