El cristal de la vida

Al principio pensé: dos pobres charlatanes en busca de diálogo. Sin embargo, en la medida que los escuchaba mis sospechas se fueron desmoronando. Tal vez porque me impresionó el frenesí con que defendían su proyecto y argumentaban cada detalle. Quizás fue la gradual bondad de sus caras la que me hizo cambiar de opinión. Después de un extenso discurso, nos develaron finalmente su plan de revolucionar la situación negativa de Rusia. ¡Qué tarea!, exclamé y nos miraron complacidos, entusiasmados por la atención que les estábamos prestando. Pero primero debemos transformar el aura de las personas, dijo Alexéi, el más joven, cuyo lenguaje era culto y pulido, con citas de escritores rusos y de la Biblia. En diez años todo cambiará, añadió Radik con una fuerza que me recordó a mis profesores de filosofía, cuando este país era una caldera a punto de estallar, pero nadie lo sabía y pocos en definitivas llegaron a adivinarlo.

Oyéndolos, fui reavivando el idioma en mi memoria. Se lo dije a Anna Lidia que escuchaba sonriente la conversación, surgida por el hecho de identificarnos como un par de escritores cubanos en viaje a San Petersburgo, invitados a participar en el Salón Internacional del Libro que cada año se celebra en esa hermosa y enorme ciudad, batida por las olas y el viento frío del Báltico. El casi perfecto acento de Anna Lidia los inquietó, y ella les dijo que era rusa de nacimiento, pero cubana ya de alma e idioma.

—Miren esto —dijo Radik y se abrió la camisa para mostrarnos un objeto que colgaba de su cuello.

Supuse que era un talismán. Los rusos siempre han sido supersticiosos, a pesar del ateísmo científico que se impartió durante años en las escuelas y las conocidas campañas estalinistas del pasado contra la iglesia y los popes. Pensé en Rasputin. Pensé en todos los médium que pulularon en Rusia durante siglos, y en los curanderos con la energía de las manos, y en Stalker, la memorable película de Andréi Tarkosvki, y en no sé cuántos personajes.

—Es un cristal— dijo Alexéi.

A mi me pareció un caracol con forma de cono, o pirámide, con varios orificios en círculo. A Anna Lidia, una cabaña de techo cuneiforme y ventanitas en cada punto cardinal. También se me antojó un silbato o una flauta, por el huequito en la punta. Y Anna que a lo mejor era el Alehp de Borges. Esto último nos arrancó carcajadas. Aclaro que estas conjeturas las hicimos en ruso, mirando a las caras ora radiantes, ora muy serias de nuestros interlocutores.

—Nada de eso —intercedió Radik—. Es un cristal para recoger la energía cósmica.

Miré a Anna Lidia como diciéndole: Estos tipos están locos.

—Es un cristal —repitió Alexéi—, capaz de cambiar las propiedades del agua que se filtre a través de él.

—El agua se vigoriza, recibe tal cantidad de energía que puede curar no solo enfermedades como el cáncer o la diabetes, sino cambiar el aura de la gente, encender el amor, la ternura y despejar la negatividad que nos meten a diario en el alma —añadió Radik.

—Este es pequeño —continuó Alexéi—, tenemos más grandes y potentes, hasta hemos diseñado casas con una estructura similar para que la energía penetre en las personas ¿entienden?

De nuevo miré a Anna Lidia, pero ya sin la suspicacia anterior.

— A las autoridades no les interesa nuestro invento —dijo Alexéi.

—Por eso viajamos de una ciudad a otra para difundir los beneficios de nuestro descubrimiento, sin cobrarle un centavo a nadie —dijo Radik.

Estábamos en el área entre vagones que se destina a los fumadores, o mejor, en el espacio que los fumadores decidieron tomar para ellos en los trenes, por lo menos en los de Rusia. No había calefacción y el frío se colaba por las rendijas. Miré a través del vidrio de la puerta y desde algún edificio cercano una pantalla lumínica me indicó que la temperatura era de cero grado. Anna Lidia se fue a dormir. Yo decidí quedarme un rato más con los rusos, dispuesto a alargar la conversación por dos razones: la primera, y más importante, era mi imposibilidad de dormir durante el trayecto (soy claustrofóbico) en una litera del pasillo, pegada al techo y al lado de la puerta que da al baño y que los pasajeros no paran de abrir y cerrar, con tirones estremecedores; la segunda, el interés que como escritor me había despertado el misterioso cristal. En mi mente comenzaba a formarse el embrión del cuento que a lo mejor escribiría a mi regreso a La Habana. Un cuento que podría parecer un testimonio de viaje, o un relato, y que algún teórico de la literatura calificaría de híbrido entre la realidad y la ficción. En fin, me quedé una hora más o menos, con un frío que me pelaba las canillas y el fluido de mocos que ya asomaba en mi nariz.

— ¿Y cómo se utiliza el agua una vez energizada? —pregunté.

—Se inyectan cuatro o cinco gotas diarias —respondió Alexéi.

— ¿Y eso es suficiente?

—Sí, pero el efecto no es inmediato, puede tardar meses, hasta años en algunos casos —dijo Radik.

—Como también puede no funcionar—intercedió Alexéi —. Todo depende de la colaboración del sujeto.

— ¿Qué tipo de colaboración? —pregunté.

—Creer, amigo, tener fe —sentenció Radik.

Quizás porque mi cara casi siempre refleja lo que siento, Alexéi dijo que podía o no recelar de ellos, eso lo dejaba a mi elección, pero de lo que sí podía estar convencido era de su sinceridad.

—Te vamos a regalar un cristal cuando arribemos a Piter —dijo Radik.

Regresé al coche sabiendo que faltaban dos horas para llegar a San Petersburgo. Dos horas bajo el suplicio del insomnio, en una litera pegada al techo, con rusos que se levantaban a mear constantemente, con tirones de la puerta, con ronquidos lejanos y cercanos (los míos son terribles). Anna Lidia dormía, o aparentaba dormir, en una litera más cómoda, porque estaba abajo y no había que hacer acrobacias para subir. Entreabrió sus ojos verdes de rusa y me brindó la esquina de la litera, a sus pies. Agradecido, me acomodé como pude, sosteniéndome la cabeza con una mano en el mentón. Sentí pena por ella, porque es alta y tuvo que recoger las piernas. Se lo dije y me respondió con un no jodas que me provocó una risa silenciosa. Buena persona, me dije cerrando los ojos.

Lo que viene a continuación no sabría definirlo como sueño o un pensamiento desatinado, en estado de duermevela. Eso es típico en los que sufrimos trastornos, como califican los médicos al mal dormir, al moverse de un lado a otro de la cama cambiando de posición, a la incapacidad de desconectarse de las cuentas y los avatares del día. Apenas cerré los ojos, me vi frente a una pirámide, parecida a la que construyeron los franceses en la entrada del Louvre, pero más rústica, artesanal, sucia, hecha con retazos de vidrio encontrados tal vez en basureros. Con un puño limpié la mugre y miré al interior. Di un salto hacia atrás: adentro estaba mi hijo Víctor Manuel sentado en una silla, mirándome como si no me identificara. Desde algún sitio fluía un agua oscura que poco a poco inundaba la pirámide. Radik y Alexéi aparecieron de pronto y empezaron a consolarme diciéndome que al muchacho no le pasaría nada, al contrario, a partir de ese momento su aura iba a ser distinta. Respondí que no me interesaba cambiarle el aura a mi hijo, que si irradiaba una carga negativa ésta se iría con el tiempo, sin necesidad de que se ahogara en esa agua de mierda. Así dije, porque su nivel trepaba y de un momento a otro le llegaría a la boca, a la nariz, y para entonces no ya conseguiría salvarlo. Tomé una piedra y golpeé con fuerza contra el vidrio. Nada. Volví a golpear. La piedra se me deshizo en la mano. Enloquecido me viré hacia los rusos, pero estos ya habían desaparecido. Grité con toda la potencia de mis pulmones y comprobé que mi grito podía estremecer los cristales. Un grito desesperado puede romper los cristales del mundo. En eso pensaba cuando escuché la voz de Anna Lidia, seguida de un movimiento nervioso de gente que ya circulaba con maletas por el pasillo del tren.

Corrí al baño a lavarme. Cuando volví a recoger mi equipaje, Radik y Alexéi me esperaban. Me pidieron que los acompañara. En su compartimiento Radik me entregó una bolsa de nylon muy pesada. Es un cristal, como recuerdo de estos locos que hablan como papagayos, bromeó Alexéi, y era la primera frase con sentido del humor que le escuchaba. Se lo dije y me contestó que antes fue un hombre alegre, pero que de un tiempo para acá se le perdió la risa.

— ¿Y por qué no te inyectas el agua? —dije—. A lo mejor te devuelve la alegría.

— El agua está dentro de mí, como un río —dijo y por primera vez vi toda su dentadura.

Los abracé prometiéndoles que hablaría del cristal en Cuba.

—A tu hijo no le sucederá nada —me susurró en el oído Alexéi.

¿Cómo supo que había delirado o pensado en mi hijo durante mi breve descanso? Intrigado por las últimas palabras de Alexéi, le mostré a Anna Lidia el cristal. Era más grande que el que colgaba del cuello de Radik y había sido fabricado con yeso, evidentemente en un taller.

Por suerte, los organizadores del evento nos enviaron un taxi. Felices por el gesto, nos dedicamos a observar la ciudad a esa hora, anegada por una luz grisácea, con sus puentes majestuosos sobre el río Nieva y las cúpulas de sus palacios contrastando con los nuevos edificios recubiertos de espejos y anuncios lumínicos. En un santiamén, nos vimos en la puerta del hotel.  En cuanto entré a mi habitación, saqué el cristal de la maleta y lo coloqué en el alfeizar de la ventana, luego busqué una botella de agua en el refrigerador. Con cuidado le eché el líquido hasta que comenzó a derramarse por los orificios. Durante varios minutos lo observé tratando de imaginar la historia que escribiría. No se me ocurrió nada significativo. Me adormecí sin quitarle la vista.

La conferencia que dictó Anna Lidia sobre la narrativa cubana fue un éxito. Alguien del público le preguntó si todavía seguíamos afiliados al llamado realismo socialista. No contaré lo que ella respondió porque eso sería una digresión en un cuento. Lo que no puedo dejar de acotar es que mi colega respondió con sabiduría y franqueza. Mientras ella discursaba, la imagen del cristal daba vueltas en mi mente, incluso llegué a pensar que me lo podían robar, la moza de limpieza tal vez, una bellísima rusa que me encontré esa mañana en el pasillo arrastrando un carrito con sábanas y toallas limpias. Veintidós años atrás las mozas de limpieza por lo general eran gordas de piernas sin rasurar, varios dientes con casquillos de oro y un olor repugnante a ajo, mezclado con perfumes de flores todavía más repugnantes. Bien las recuerdo. En cuanto Anna Lidia terminó su intervención, le susurré que necesitaba ir con urgencia al hotel. Me miró con esos ojos de gata rusa que tanto me impresionan como preguntando para qué, qué vas a hacer a esta hora en el hotel.

—Solo media hora — le dije sin más explicaciones y corrí entre los estantes y curiosos que hojeaban libros.

A pesar de que era un lujo que no debía permitirme, tomé un taxi.  Encontré a la moza limpiando el baño de mi habitación. Miré detrás de las cortinas y comprobé con alivio que el cristal seguía en su lugar, pero sin agua. Me di la vuelta y tropecé con la cara bellísima de la muchacha.

— ¿Dónde está el agua que había dentro de este objeto? —le pregunté.

—No sé de qué agua me está hablando — respondió sin mirarme a la cara.

—Me quejaré al gerente.

—Le aconsejo que no lo haga.

— ¿Acaso me está amenazando?

—Es mejor que no lo haga —repitió mirándome esta vez desde un azul inquietante, desde las grandes estepas rusas con abedules y silencio.

—Te regalo el cristal si te acuestas conmigo.

Hizo como si no hubiese escuchado y abandonó la habitación sin pronunciar una palabra, pero antes noté una sonrisa aleteando en sus labios.  Volví a llenar el cristal. Luego caminé hasta la instalación donde se había organizado la feria. Llegué ahogado a la sala de conferencias. Anna Lidia estaba a punto de improvisar una conferencia sobre la más reciente poesía de la isla. Había inventado un pretexto para justificar mi ausencia (un dolor de cabeza repentino). Los rusos no han perdido el sentido de la puntualidad. Pero llegué en el último minuto y, sin quitarme el frío del camino ni preguntar dónde se podía beber un vaso de agua, comencé a leer mi texto en un ruso cada vez más atrevido, cada vez más suelto, como veintidós años atrás.

Esa noche nos invitaron a una recepción. Los invitados (la mayoría rusos) se abalanzaron sobre las mesas atestadas de platos. Brindis van, brindis vienen. En eso tampoco han cambiado. Le dije a Anna Lidia que en cualquier instante rompían a cantar las canciones de siempre, las canciones que hablaban de pérdidas irreparables, de la espera y la nostalgia. Sin embargo, nadie cantó, tal vez porque los organizadores previeron cortar a tiempo el surtido de vino y vodka. Mi compañera y yo no nos cohibimos para empujar y alcanzar manjares y bebidas. Luego conversamos con algunos escritores rusos interesados por el destino de Cuba. Respondimos con sobriedad, sin alardes de patriotismo. Por mi parte, ardía en deseos de contarle a Anna lo ocurrido en el hotel, pero temía que me dijera que estaba deslumbrado con un objeto inofensivo que de pronto cobró vida en mi cabeza.

En cuanto regresamos al hotel, bebí un sorbo del cristal. Si esta cosa sirve para algo, es hora de que me lo demuestre, pensé suponiendo que el efecto no demoraría, porque lo necesitaba, porque mi escepticismo era aparente, porque en mi repuñetera vida los sentimientos eran y seguían siendo aparentes. El cristal debía renovar mi aura (la más dañada y jodida) y no la de mi hijo. Me acosté con la vista fija en un punto del techo. Tocaron a la puerta. Era Anna Lidia con una botella de vodka. Me la llevé del banquete, dijo. Bebimos sin hielo ni jugo de naranja, como los rusos, con vasos repletos hasta el borde, de un solo golpe y depositando el recipiente boca abajo. Cantamos dos o tres canciones, tristes canciones rusas que aprendimos en el pasado. Pronto nos enredamos en una conversación literaria. Por extraño que parezca, no habíamos hablado hasta entonces de literatura. Tal vez porque era nuestro tema habitual y ya nos aburría. Tal vez porque el aburrimiento literario es el peor de los aburrimientos (puede llevar al suicidio). Le dije que intentaría escribir un cuento sobre el cristal, aunque después alguien calificara el texto de simple crónica periodística o relato testimonial. ¿Y a ti que te importa cómo lo califiquen mientras sea literatura?, me espetó bostezando y se despidió. Saliendo Anna Lidia de mi habitación, fui a buscar a la moza de limpieza. La encontré en el pasillo, ya vestida para irse a su casa. Su belleza era todavía más deslumbrante. Le ofrecí dinero, dólares, mira dólares, dije mostrándole la billetera. Ella caminó en dirección al elevador y de pronto se viró y me dijo que se quejaría al gerente.

—No te lo aconsejo —le dije y solté una risa extraña que me sacudió.

 ¿Qué coño me estaba pasando? Jamás había abordado a una mujer de esa manera. ¿Sería que mi aura estaba en crisis, mutando tal vez hacia una negatividad crónica? Para no pensar más en el asunto, me puse a hacer las maletas. Al día siguiente tenía que volver a Moscú y de allí volaría a La Habana. Anna Lidia se iba a Bielorrusia para ver a su madre. Antes de cerrar la última maleta, bebí lo que quedaba de agua en el cristal.

Un tren muy rápido me puso en Moscú en cuatro horas, a diferencia del anterior que tardó el doble. A las dos de la tarde ya volaba confortablemente hacia mi país. En el avión vi varias películas, una de ellas titulada El cisne negro, donde una joven bailarina, frágil y obcecada, busca la perfección técnica y a la vez sufre alucinaciones que la llevan poco a poco a la locura y a la muerte. Sin que pudiera explicármelo, la actriz era la moza de limpieza del hotel. El final de la película coincidió con el aviso del capitán de que en breves minutos aterrizaríamos en la isla, donde la temperatura era de treinta y seis grados centígrados.

El calor de mi ciudad contrastaba con el cero grado que dejé en Moscú. También la demora de los trámites aduanales y la abulia de los funcionarios. El inspector de aduana me hizo sacar el cristal de la maleta y se lo dio a oler a un perrito muy gracioso. En lugar de ladrar como si hubiese detectado drogas, se puso alegre y movió el rabo, y luego se paró en sus patas traseras. Al inspector no le gustaron las muestras de cariño del animal y se lo llevó a olfatear otras maletas.

Cuando llegué a casa, recibí tres noticias desagradables: mi padre se había fracturado la cadera y estaba en el hospital, mi hijo fue acusado por el delito de lesiones graves en una riña callejera y mi mujer (no es la madre del muchacho) también estaba en cama por una hernia discal que le detectaron.

Encontré a mi padre delirando todavía por el efecto de la anestesia general. Me indicaba una y otra vez que debía comprar el pan antes de que se acabara. Pobre viejo, pensando en el pan en medio de su situación. Después fui a ver a mi hijo retenido en la estación de policías Lo encontré en un calabozo rodeado de tipos de ojos malvados. Me dijeron que ya lo iban a liberar y que se fuera buscando un abogado para el juicio. Rezongando, volví a mi casa. A mi mujer los dolores no la dejaban dormir y tal vez habría que operarla. ¡Qué desgracia la mía!, grité. Pero de súbito se me ocurrió un plan que, de funcionar, pondría fin a mi tragedia, a todas las tragedias. Con el dinero que tenía y que gracias a Dios no me gasté con la rusa, salí a comprar jeringuillas desechables y un botellón del llamado suero fisiológico. Tuve que hacer varias gestiones, pero al final conseguí los materiales en el policlínico más cercano. Rellené el cristal y lo escondí en un estante de la cocina. Me bañé y luego me tumbé en el sofá de la sala para no molestar a mi mujer.

Apenas amaneció, busqué el cristal y trasvasé el agua para un frasco esterilizado. Desperté a mi mujer y le dije que le inyectaría algo que la iba a aliviar de inmediato, o al cabo de unos días. Me miró sorprendida.

— ¡Pero si tú nunca has inyectado a nadie!

—Tú serás mi conejillo de India, querida.

La Inyecté en el brazo. Luego le dije que iría al hospital a inyectar a mi padre. Volvió a mirarme al borde del espanto. ¿Te has vuelto loco?, chilló. Pero ya yo salía con el frasco y varias jeringuillas en el bolsillo.

En el hospital soborné a una enfermera para que me dejara visitar al viejo a esa hora. Entré a la habitación y lo inyecté. Abrió los ojos y me recordó que debía apurarme en comprar el pan. Salí con la sospecha de que mi padre moriría en cualquier momento. Eso me entristeció. El viejo era mi paradigma. El paradigma que nunca alcanzaría y que tampoco me interesaba alcanzar.

Encontré a mi hijo durmiendo. Nada extraño. Trasnochador y farandulero hasta los huesos, excelente poeta ocasional, experto jugador de cartas, vestido y pelado siempre a la moda, explosivo, dispuesto a meterse en cualquier bronca, aunque no fuera con él, en fin, mi hijo. Le expliqué que debía inyectarlo.

—Eh, eh, papá ¿qué es eso?

—Agua, agua cuántica, energizada, ionizada, mágica, ¿comprendes?

— ¿Y para qué necesito esa porquería?

— Para que te cambie el aura.

— ¡Ay, viejo, se te fundió el cerebro!

Le agarré el brazo y lo inyecté a la fuerza. Le di diez dólares y enseguida se calmó. Salí para casa de mi madre y la inyecté. También inyecté a mis hermanos y a varios amigos de la infancia, entre ellos un gordo cantante, súbitamente enloquecido porque, según él, alguien le había robado la voz. A todos los convencí de que era una medicina de última generación. Me creyeron o aparentaron creerme. De regreso a mi casa me inyecté diez o doce gotas. Si me iba a dedicar al negocio, debía ser la prueba viviente de los resultados benéficos del cristal. Pinté un letrero en un pedazo de cartón y lo colgué en el lugar más visible del portal. Decía:

SE REPARAN AURAS Y OTROS TRASTORNOS A DOMICILIO

Mi duda era si debía o no cobrar por el servicio. Todavía en el momento de cerrar este cuento, o testimonio, o relato de viaje, o como quieran llamarlo los críticos, sigo dudando. Los tiempos que corren son muy difíciles y la literatura no da para comer.

 

Especial para La Jiribilla

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