Ciudad, arquitectura y patrimonio

¿Testigos del tiempo o víctimas de los hombres?

Vieja con colorete” es una expresión muy socorrida en el argot popular para designar aquellos rostros —urbanos o rurales—, siempre arquitectónicos, que reciben una cosmética superficial en cuanto a su “conservación” se refiere. En palabras de un delegado de la Comisión Ciudad, Arquitectura y Patrimonio del VIII Congreso de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), se trata de relaciones prácticamente escenográficas o cinematográficas las que establecen arquitectos con sus obras, si tomamos en cuenta lo perecedero de su interacción. Secuela lamentable de un proceso más emparentado con un arte efímero que con la huella imborrable de la arquitectura en el tiempo.

Imagen: La Jiribilla

Restituirle a la arquitectura su rostro joven es también devolverle su valor cultural y a la nación, su fisonomía. Idea que cobró fuerza en cada uno de los planteamientos que enriquecieron los debates en el primer de la magna cita de los escritores y artistas cubanos. El trabajo de esta comisión clasifica como holístico con solo analizar la disección que hace de “ciudad”, no por dimensionarla en calidad privativa de objeto de estudio de centros de enseñanza afines, sino por pronunciarla en su carácter identitario, crisol de la nacionalidad y patrimonio cubanos.

Una de las demandas más defendidas en la impartición motivacional de la Arquitectura, correspondió a la voluntad mancomunada de vincular —físicamente— a las Facultades que estudian este saber con la ciudad. Al parecer, resultado de detectar el divorcio que existe entre el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (ISPJAE) y la urbanidad capitalina, una realidad de repetido estatuto en todo el país. Esta relación entre la condición periférica del campus universitario y un estudio estimulado a partir de plantear la cercanía, también encontró traducción en la posibilidad de crear unidades docentes —interdisciplinarias/interfacultades— en los centros urbanos, ante la imposibilidad de permutar los domicilios académicos de la carrera de Arquitectura a las ciudades.

La inserción de estudiantes de esta especialidad en prácticas preprofesionales conectó además con el deseo ex profeso de multiplicar las competencias profesionales de los egresados, al tiempo que funciona como replicador del posicionamiento del campo académico en el cambiante mercado laboral cubano. Las nuevas nociones de: ¿qué arquitecto? ¿para qué sociedad? obligan con más fuerza a las hornadas a pisar desde la formación la zona que genera el cuentapropismo, por solo citar un ejemplo de las últimas aperturas. Si a un arquitecto de la comunidad y a una empresa de proyectos no corresponde proyectarle al sector privado determinada ejecución como parte de su emprendimiento (restaurante, cafetería, salón de belleza), entonces a quién y violando qué responsabilidad ética, en alusión de qué intrusismo. ¿A dónde van a parar los sistemas de desagüe de los nuevos negocios y diseñados están por quién? ¿Cómo la despampanante portada de mi cafetería (des)armoniza con el entorno urbano impunemente? Fueron algunas de las interrogantes lanzadas al ruedo de los presentes.

En lo tocante a las temáticas formativas, se insistió sobremanera que se deben crear los marcos legales que sustenten los cotos de realización profesional de arquitectos y otros artistas con los que estos pueden articular su trabajo, como paliativo al acartonamiento que atraviesa su representación social. En muchas ocasiones asociado es este profesional a oficinistas y, en el peor de los casos a burócratas que, dictamen mediante, no ofrecen otro servicio comunitario que el de medidas, linderos y habitabilidad de un inmueble. Desempeños útiles pero castrantes del monto creativo de una respetable profesión. Miguel Coyula, arquitecto, asimismo reconoció que no basta con perfeccionar los planes de estudio —lo que seguramente mejorará la calidad del graduado de esta especialidad— si no se podan de los caminos de la arquitectura, los decisores que obstruyen los altos desempeños profesionales de la especialidad en Cuba.

Se trataron con el mismo rigor las prácticas deseducadoras que han sistematizado la “cultura de la incultura”. A modo de eslogan, la frase encierra todas aquellas manifestaciones de la indisciplina urbanística que integran la “marginalidad ambiental”. Una lesiva categoría que naturaliza la presencia del bache en nuestros entornos urbanos y por ende, la descomposición de los mínimos hábitos de higiene y  civilidad. Esta tendencia se señaló asociativa al escalonamiento y verticalidad que atraviesan los sistemas de asignación de recursos a las ciudades en el país. Amén de existir una reaparición del pensamiento sistémico, como aquel capaz de hacer que la gente infiera y sepa sin necesidad de decir las cosas, debe obrarse en la generalización de esta otra y positiva cultura, en aras de erradicar comportamientos inciviles que raen el ornato y la salud de los cubanos y, con igual impulso, horizontalizar el acceso de las ciudades a los recursos que las revigorizan.

La situación de los cines fue otra de las realidades que activó la alerta que se hace desde esta Comisión a espacios obligados en la coreografía inmobiliaria de la capital. Solo a título de ejemplo, se demostr