Defensa de mi trinchera

Omar Valiño • La Habana, Cuba

A lo largo del tiempo, la participación intelectual me ha colocado varias veces en esta sala.

Siempre que hablo en ella, no dejo de recordar, en primer lugar, aquella memorable reunión de Fidel con la Asociación Hermanos Saíz, sostenida aquí el 13 de marzo de 1988.

Fidel nos explicó, seguramente por primera vez en un ámbito público, la batalla de Cuito Cuanavale, que en dichos instantes sostenían las tropas cubanas y angolanas contra el ejército sudafricano del apartheid.

Quiero rememorar, por un minuto, ese privilegio de mi vida, en recuerdo de Fidel y su prístino magisterio, permanente guía para mí.

Ahora, a lo que voy. Expliqué ante el compañero Marino Murillo, en encuentro previo preparatorio de este cónclave, cierto equívoco en torno a la visión, a veces generalizada, sobre el estado material de las instituciones culturales, como si este fuera bueno. Encontré comprensión de parte del vicepresidente del Gobierno, pero me parece útil compartirlo en este foro para poder pelear, también, de manera concreta.

Manifiesto mi preocupación por la disminución sostenida de los presupuestos estatales en los últimos años, en función de la actividad cultural. Las agudas carencias logísticas. La reducción de energía que pone en peligro el avance de la programación de los teatros en los más recientes tres lustros, un servicio público cuyos beneficios huelga enumerar a ustedes.

A ello se suma, la desaparición de los centros de promoción de las artes escénicas en territorios desfavorecidos del país, como Manzanillo y Pinar del Río, más el de La Habana, que garantizaba la presencia sistemática de espectáculos de toda Cuba en la capital. Además de la reducción de las giras artísticas.

Por último, el lento desempeño de las imprentas que, como pago más “actualizado”, exigen parte (en no poca cantidad) en CL. Es decir, en real moneda libremente convertible que no poseemos ni podemos destinar a esos fines para circular revistas y libros.

Las pequeñas instituciones, como la Casa Editorial Tablas-Alarcos, del Consejo Nacional de las Artes Escénicas –que fundé y he dirigido por 14 años–, no están vencidas de ninguna manera. Su gestión en favor de la cultura cubana no cejará en modo alguno, pero observo el peligro de ceder lo conquistado con mucho esfuerzo –del país y de mínimos colectivos de trabajadores–, cuando la sociedad tanto necesita de decenas de acciones culturales para saberse plena como gran tejido nacional.

No se trata la mía de una mirada ajena al devenir de hoy y, por tanto, no solicitamos “peces de colores”, pero cuidado no afectemos los dispositivos de las útiles maquinarias que, con dedicación y conciencia, constituyen vehículos de la vida cultural de Cuba. Lo afirmo con pasión, en defensa de mi pequeña trinchera, desde donde laboro por la grande.

 

Leído en el Palacio de las Convenciones, de La Habana, el 12 de abril de 2014, en la sesión plenaria del VIII Congreso de la UNEAC.

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