Los diablos se reúnen los jueves

El jueves es un día en que acontecen hechos extraños. Si se buscan las razones de ello no será fácil descubrirlas, sencillamente porque, al parecer, es como el lunes o  el viernes. Por eso, dados a reflexionar, parece que la causa radica en que el jueves ocupa el número 5 de la semana. Se sabe que los números tuvieron, desde la antigüedad, un significado mágico que ha perdurado en el tiempo, pero usted puede atribuirle cualquiera, según su provecho. A mí, por ejemplo, me conviene ahora repetir que en mi país el 5 simboliza: monja, mar, candado y periódico, mientras que para los chinos es solamente monja y venado; por tanto, yo tomaré los sentidos que mejor se ajusten a mi historia. El de “monja” lo descarto, porque a pesar de que mis personajes irán a la Iglesia, no existe relación entre las monjitas y los demonios. Del mar tampoco se hablará, pero sí del periódico; del venado… bueno, según como se miren los hechos, ¿y el candado? Durante muchos años cerró mis labios para que no contara lo que sabía. De todos modos, si usted piensa que este argumento está “tirado por los pelos” ayúdeme entonces a explicar por qué el jueves es un día misterioso.

A veces, mientras duermo, preferentemente de madrugada, recibo mensajes de algunos espíritus que andan inventando enredos acerca de personas que viven o han vivido en mi pueblo. Esta madrugada vino uno de ellos, tal vez con interés vengativo, a sugerirme la pesadilla de ese título donde aparece el quinto día vinculado a una reunión de diablos. Acto seguido, el espíritu me sacudió para que despertara y la primera idea que me inspira el dichoso titulito es un acontecimiento ocurrido en Arroyo Viejo, el último pueblo donde yo viví. Han pasado 13 años, pero todavía recuerdo los hechos que, contrariamente a como pueda inferirse, no ocurrieron en un solo jueves, sino en varios.

Cuando vi, en un atardecer del ya mencionado día de la semana, aquellas tres personas en el restaurante del hotel, tuve la seguridad de que en la composición faltaba algo. Dos comensales, con quienes compartía mi mesa, comentaron maliciosamente que esa mujercita, Manuela García, estuvo algunas horas encerrada en la habitación de Lucrecio Buonasera. Pero yo tenía la impresión de que allí ocurría algo más que un simple romance entre la secretaria del notario y aquel muchacho de ojos azules recién llegado a la comarca; y no es que yo sea adivino, sino que con ellos se encontraba un individuo cuya figura e indumentaria indicaban una filiación de sexo diferente.

Lucrecio Buonasera era un muchacho muy atractivo a pesar de su pequeña estatura. Tenía los cabellos negros y ensortijados, la tez blanca, rasgos finos y, sobre todo, unos ojos cuya intensidad de azul, en pugna con el negro de las pestañas, sumía en el éxtasis a todas las muchachas del conservatorio. Era violinista y llegó un día cualquiera a aquel pueblo para dar clases de música y dirigir la banda municipal. Todavía la gente se pregunta por qué el maestro Buonasera escogió ese rincón, si era descendiente de importantes músicos italianos y ya gozaba de fama en la capital.

Manuela García no era una persona importante. Más alta que Buonasera, tampoco alcanzaba la categoría de mujer esbelta. Su rostro, ni feo ni bonito, tenía labios voluminosos, ojos diminutos y cabellera revuelta, y en la totalidad de su figura había tanta dureza como en los músculos de un corredor. Trabajaba, como ya se dijo, de secretaria en la notaría, pero se le veía más en las tiendas que en la oficina, o corriendo detrás de los vendedores de bolsa negra para comprar cuanta gangarria, cosmético, perfume o trapo le ofertaran. Manuela era popular en los círculos culturales, simplemente por ser la mujer de Dan Ojitos, uno de los escritores más afamados de la provincia, aunque nada tenían que ver la una con el otro, ya que la incultura de Manuela le jugaba muy malas pasadas al pobre Dan.

El jueves aquel en que la vi con Lucrecio Buonasera me di cuenta de que algo no encajaba en un posible, pero en apariencia evidente, amor entre ambos, además de que estaba con ellos ese personaje a quien nadie conocía. Sin embargo, mi mente siguió el juego de los hechos visibles y comencé a sentir una pena muy grande por la cabeza de Dan Ojitos, quien —según verifiqué al día siguiente— estaba escribiendo una crónica para el periódico. Y es que el pobre padecía de cefaleas migrañosas, que lo dejaban encerrado en su casa durante varios días y le impedían estar al tanto de los sucesos pueblerinos, por lo que muchas de las crónicas con que se ganaba la vida en el diario local, El Mirón Vespertino, eran inventos de su mollera doliente. Más tarde, mientras me encaminaba a mi casa, recordé que en la noche del jueves anterior había visto a Manuela bailando con Buonasera al fondo del club Las Ruinas, mientras Dan Ojitos, en el salón de los invitados, debatía temas de alta literatura con otros intelectuales del municipio. De todas formas, seguía sobrándome un personaje y no adivinaba qué sucedía con él.

Pasaron varias semanas y ya casi había olvidado aquellas evidencias. Andaba yo deambulando por el pueblo en una de esas aburridas tardes de jueves, fastidiado por el calor y ningún lugar donde pasar el tiempo. De pronto, se me ocurrió llegarme al Salón de Té “Del General”, llamado así porque en esa casa vivió un general famoso en tiempos de la Colonia. En el salón había una sola mesa ocupada. Me indicaron dónde sentarme  y, antes de servirme el pedido, pusieron ante mí una azucarera plateada. Para entretenerme comencé a utilizar la azucarera como espejo retrovisor, pero, vaya sorpresa, a mis espaldas estaba nada menos que Manuela, acompañada por una lesbiana gorda a quien había visto otras veces en ese mismo lugar. Me llamó la atención aquella amistad de Manuela con dicha mujer y quise indagar un poco más a través de mi improvisado espejo, pero en eso la capitana, sin que yo hubiera terminado de beber mi té y sin una razón que la justificara, retiró la azucarera. Ese episodio insignificante me ha intrigado durante 13 años, y ahora, cuando el espíritu me ha dictado al oído el consabido titulito, empiezo a comprenderlo un poco mejor. Así, atando cabos sueltos, he ido completando la historia en todo este tiempo.

Es difícil empatar las subtramas porque, como dije antes, han pasado varios años y yo no podría, aunque es lo que más quisiera, ser un narrador omnisciente debido a que cuando trato de escribir estos sucesos tengo la impresión de que algo se me escapa, tal vez por querer andar metiéndome en asuntos relacionados con El Maligno. De todos modos, creo que ya va siendo hora de introducir dos nuevos personajes, nada menos que El Diablo y su esposa. Parece que ésta andaba perdidamente enamorada del escritor Dan Ojitos, aunque él no le hacía el menor caso, porque el amor de su vida era Manuela, tanto, que le perdonaba todos sus defectos, después de todo ella le perdonaba los suyos y resolvía problemas que él —tan dedicado a sus crónicas y libros— no podía solucionar. Así pues, la esposa del Diablo se conformaba con vivir recordando sus años juveniles, durante los cuales hizo diabluras por el pueblo, aunque, en apariencia, se dedicara únicamente a participar en las tertulias de los jueves. En aquellos años era muy hermosa, a pesar de cierto tufillo azufroso que delataba su afición por la poesía, y tuvo un romance bastante turbulento con Dan Ojitos, quien era igualmente joven y estaba, al parecer, derritiéndose por ella. Para la época de esta historia, en cambio, la señora del Diablo ya había envejecido bastante, no se paseaba por las instituciones culturales ni le interesaba mirar los ojos azules del violinista; era una mujer seria y casada de la que, por tanto reprimir sus diabluras románticas, emanaba un ligero perfume a extracto de azufre con vinagre.

La tarde en que Manuela, Buonasera y su amigo estaban en el restaurante del hotel vi, en una mesa pequeña junto a la ventana, aparentando absoluta indiferencia, pero siguiendo con el rabillo del ojo todo lo que ocurría en ese grupo, nada menos que a la esposa del Diablo. Ellos no podían verla porque conversaban animadamente y la mesa de aquella estaba en un rincón apartado y un tanto oscuro. De manera que, estoy seguro, esa señora conoce la historia mejor que yo, aunque no pueda preguntarle porque no quiero problemas con personas diabólicas, además, ya no vivo en su pueblo y hace tiempo que no la veo.

A la misma hora, Dan Ojitos estaba frente a su máquina de escribir, tratando de comenzar una nueva crónica, pero con una cefalea tan fuerte que ya no eran suficientes las aspirinas, ni las duralginas, ni todas las “–inas” que había en su botiquín. Si al menos estuviera Manuela con esas caricias que le apaciguan todos los dolores, pero ella lo había llamado diciendo que andaba, desde las tres, en busca de un hombre que quedó en resolverle pinturas de uñas, más baratas y de mejor calidad, y que si no las compraba ese día, él iba a vendérselas a María, quien también estaba persiguiéndolo. Así que fue al refrigerador por un trozo de hielo y, después de colocarlo dentro de una bolsa, se lo puso en la cabeza, pero ni con ese remedio logró calmar su dolor. Ese día, con la dichosa migraña y el sofoco veraniego, el cronista no había logrado escribir una sola palabra y parecía como si en la hoja de papel hubiera muchos diablitos sacando la lengua y haciendo contorsiones para burlarse de su incapacidad creadora.

Con el paso de los años he podido averiguar, sin que nadie se diera cuenta de mis intenciones literarias, todos los fragmentos que necesito para completar mi relato. Así, supe que Manuela llegó corriendo a su casa ya avanzada la noche, y le dijo a Dan Ojitos que tenía un cansancio enorme, que no quería comer, solamente bañarse para dormir, que había caminado mucho y los zapatos que le compró a la vecina de enfrente le hicieron ampollas. Entonces el esposo, es decir Dan, la miró tiernamente y le dijo que no se preocupara, que él comió algo ligero porque le dolía mucho la cabeza. Ella, desde la puerta del baño, le lanzó un beso y le dijo que se acostara también, pero él le respondió que tenía que terminar una crónica para el día siguiente y que no había adelantado por causa del calor y la migraña.

Lucrecio Buonasera, después de la comida, regresó a su habitación en el hotel y, luego de quitarse la camisa, se echó de bruces en la cama y rompió a llorar. Después se incorporó y abrió la gaveta de la mesita, de donde extrajo una estampa de la virgen y un rosario para decir sus oraciones, que recitó presurosamente y con un poco de arrebato. Finalmente, con la señal de la cruz, terminó de quitarse la ropa frente al espejo, en el cual vio la imagen de un cuerpo menudo, pero bien proporcionado, y dos puntos azules que lo miraban desde el vidrio con miedo y, a la vez, con odio. Sintió que su pecado era inmenso y volvió a rezar, se persignó varias veces seguidas y se fue a la cama. Apagó la luz. Quedó rendido.

Lo que sigue ahora en la historia me fue informado por el espíritu de que hablé al principio. Los hechos fueron así:

En casa del Diablo había un silencio raro. Después de apagarse la luz, únicamente se escuchaba el croar de las ranas en el jardín.

El violinista Lucrecio Buonasera recibió la visita del Diablo, quien se reía a carcajadas por las travesuras del muchacho, pero éste no estaba para risas y le contó, llorando, los pormenores de todo lo que hizo con Manuela y el amigo esa tarde. Luego pedía perdón y el Diablo se reía más y más. Lucrecio estaba aterrado, sabía cuántos castigos podía infligir el Demonio, pero éste, tal vez por ser jueves o por causa del calor, había decidido divertirse, así que, mientras echaba chispas por sus ojos y amenazaba con el dedo, decía para sus adentros que a ese tonto había que darle un buen susto y nada más.

Cuando el Diablo andaba por el hotel, la esposa aprovechó para volar, en su escoba con diseño de bicicleta, al otro lado del pueblo y pasar por la casa de su amor oculto. Éste, ante la evidencia de no poder escribir, al fin se acostó, pero no conciliaba el sueño porque su esposa Manuela estaba muy inquieta y, entre ronquidos, risas y pucheros, emitía unos gemidos alarmantes. De pronto, él sintió que le llegaba la inspiración como si viniera de afuera, de los ruidos de bicicletas que transitaban a esa hora por la calle. Decidió levantarse a terminar su crónica. La esposa del Diablo, que pasaba una y otra vez frente a la casa de Dan Ojitos, al ver ya la luz encendida supo que su amor había comenzado a escribir, así que le envió un beso por el aire y regresó a su casa.

Mientras tanto, el Diablo seguía mortificando a Buonasera, quien, entre lágrimas y suspiros, se persignaba. El violín, sobre la butaca, era solo un bulto negro con la respiración contenida.

Manuela soñaba esa noche de jueves con unos cabellos rizados que le cosquilleaban el vientre, al tiempo que las manos de su amigo acariciaban sus pezones con demasiada suavidad. El espíritu no me contó, quizás por pudor, el resto del sueño, solamente me dijo que Manuela se contorsionaba de placer mientras hundía con fuerza la almohada entre los muslos.

El cronista Dan Ojitos tecleaba palabras y palabras, un fuerte olor le cosquilleaba en la nariz y lo hacía estornudar, pero él seguía escribiendo y nada lo detenía, estaba absorto en su obra, con una inspiración inusual. Sobre la mesa crecían las cuartillas.

Un rato antes, la esposa del Diablo había entrado a su casa sin que éste se diera cuenta. Cuando se tendió, satisfecha, en la cama y cerró los ojos sintió que unos brazos velludos y vigorosos la aprisionaban. Esa noche la esposa del Diablo tuvo el orgasmo más perfecto de su vida.

Con el avance de la noche, todos, o casi todos, porque Dan Ojitos aún no había dejado de escribir, soñaban con alguien o con algo. El violinista soñaba con la Virgen, con el Diablo, con Manuela y con su amigo. La esposa del Diablo soñaba con Dan Ojitos y le dictaba una crónica diferente. Manuela soñaba con Lucrecio Buonasera, con el amigo de éste y con su amiga, la lesbiana gorda. El Diablo soñó que todos estaban soñando con él.

Algunos jueves más tarde, el violinista de ojos azules, es decir, el maestro Buonasera, acababa de entrar a la Iglesia con todo el ritual que los creyentes ejecutan siempre que penetran en esos centros de culto. Luego se arrodilló frente a la virgen y rezó en silencio, mientras miraba con piadosa familiaridad a los ojos del icono. Por la noche daría un concierto en esa sala para todos los feligreses, y lo acompañaría el coro de alumnas del conservatorio, pero necesitaba prepararse espiritualmente y pedirle a su virgencita que lo librara de pensamientos pecaminosos. Salió muy reconfortado y se fue ensayar con las muchachas.

Apenas oscureció, prendieron las luces artificiales y los cirios del altar. Las imágenes estaban resplandecientes. Cuando Buonasera entró al recinto se arrodilló por un instante, se persignó y clavó sus pupilas en la Virgen que, serena, con la cabeza ligeramente ladeada, sostenía al Niño en sus brazos. Buonasera sintió sobre sí una mirada adusta, pero poco a poco ella iba transmitiéndole confianza, así que preparó su instrumento y esperó con calma el inicio de la ceremonia.

Me contó el espíritu, quien andaba curioseando, que esa noche el violinista ejecutó su instrumento como nunca antes y que la interpretación del “Avemaría” de Schubert estremeció a todos. Con el mentón apoyado en el violín, las manos y el arco en movimiento angelical, los ojos elevados al cielo, Buonasera no pudo darse cuenta de lo que sucedía alrededor. Todos sus amigos y amigas, incluidos Manuela y Dan Ojitos, asistieron al concierto y elevaron plegarias para que aquella sensibilidad exquisita nunca más dejara ese pueblo.

Al día siguiente, en El Mirón Vespertino apareció una crónica de encumbrados valores literarios, donde Dan Ojitos encomiaba el virtuosismo de Lucrecio Buonasera. La frase inicial era como la potencia del viento y, a la vez, el suspiro de un ángel: “Un violinista de ojos azules ha llegado al pueblo…”. Cuando leí la crónica disfruté hasta el silencio de las pausas; sin embargo, pienso que debió cerrarla con más audacia y exactitud en la descripción, para expresar lo que nadie pudo ver, arrobados como estaban en la dulzura de la música. Yo no pude asistir, pero dice mi informante, el espíritu, que vio claramente cómo, mientras flotaba en el templo la última nota del “Avemaría”, se deslizaron  por las mejillas de la Virgen dos  lágrimas azules.

 

Especial para La Jiribilla
 
Mariana Enriqueta Pérez Pérez: Poeta, narradora, investigadora y promotora cultural cubana. Nació en Santa Clara, el 15 de julio de 1951. Licenciada en Letras por la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas.  Pertenece a la Uneac. Poemarios  publicados: La  nostalgia  domina los  rincones (1992);  Cierta  llama (2001);  La  desnudez oculta (2005); La flecha inesperada (2012), todos por la Editorial Capiro. Compiladora de la antología Búscame en el horizonte, de Leoncio Yanes (Sed de Belleza, 2008). Colaboradora del  Diccionario de la música villaclareña (Editorial Capiro, 2004). Textos suyos aparecen en antologías y publicaciones seriadas, tanto impresas como digitales. Ha obtenido premios y menciones, entre ellos: Mención en el Premio Anual de  Investigaciones  (Centro «Juan Marinello», 2003); Premio Internacional «Poesía de Amor Varadero» (2009), Mención de Honor de Poesía Hiperbreve para Niñas y Niños (España, 2009),  Mención Particular —modalidad  Canción de  autor—  en  el XXVII  Premio Mundial de Poesía Nósside (Italia, 2011) y Mención (2012 y 2013).

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato