Después del VIII Congreso de la UNEAC

Se buscan columnistas

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Luego de la intensa experiencia de asistir días atrás al rico debate que se suscitó en el seno de la comisión Cultura y Medios del VIII Congreso de la UNEAC, entre las misiones que se presentan por delante hay una que quisiera compartir con los lectores de este sitio digital. En no pocas de las plenarias previas al Congreso, y en el propio foro, se expresaron críticas severas hacia la prensa cubana —la mayoría muy justas y bien fundamentadas; otras, las menos, dichas desde la cómoda atalaya de los francotiradores— que confirmaron algo que habíamos observado desde muchísimo tiempo antes; el desencuentro de los intelectuales y los medios masivos de comunicación.

Salvo raras excepciones —ahí están el ejercicio de Graziella Pogolotti y las contribuciones de Miguel Barnet, por citar dos ejemplos—, nuestros escritores no ocupan las columnas de las publicaciones periódicas, mientras los críticos hallan despliegue en las revistas especializadas y no en los medios de mayor alcance.

La ausencia es todavía más notoria cuando sabemos que hubo una tradición.  Se trata de una tradición intelectual que requiere ser renovada. Del periodismo a la literatura, de la literatura al periodismo, los caminos se entrecruzan a lo largo de más de dos siglos de historia insular. Grandes pintores han sido también excelentes ilustradores, diseñadores y caricaturistas en nuestros medios. Al servicio de la radio y la televisión han estado prominentes creadores. El periodismo audiovisual contemporáneo nació junto con la más fecunda vertiente de la documentalística nacional. Esto no puede ni debe ser olvidado. Por lo contrario puede y debe ser potenciado, más ahora cuando los mensajes se multiplican en los medios digitales y los canales abiertos por las  nuevas tecnologías de la información.

Guillén, Carpentier, Mañach, Fernández de Castro, Marinello fueron hombres de letras y prensa, y en la primera década posterior al triunfo de enero era habitual que se asomaran a los periódicos Roberto Fernández Retamar, Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez, José Ardévol, Edgardo Martín y tantos otros.

No puedo obviar el escenario actual de la prensa de carácter general: dos periódicos, un semanario y un quincenario de circulación nacional y periódicos que salen una vez a la semana en las provincias; publicaciones todas de escaso paginado. Irrisorias retribuciones que obedecen al reglamento de una Ley de Derecho de Autor rebasada por el tiempo y la realidad, cuya enmienda no aguanta más dilación.

La radio y la televisión, convertidos en ventanas informativas imprescindibles, pero a la que acceden las voces intelectuales casi siempre cuando son entrevistadas, o, por fortuna, comparecen en los cursos de Universidad para Todos, uno de los cuales en fecha reciente abordó de manera ejemplar y amena la contribución de los negros a la cultura cubana, coordinado por la Fundación Nicolás Guillén.

Otra, debe reconocerse, es la situación de la prensa digital. Llama la atención cómo en estas publicaciones ocupa un lugar destacado el periodismo de opinión, en un espectro que abarca desde la teoría hasta el análisis de procesos y producciones artísticas y literarias.

A primera vista pareciera una transgresión de ciertos mitos tempranamente prestablecidos en la concepción del periodismo digital, que apuntan a la prioridad de contenidos informativos, sobre todo capsulares, a partir de las supuestas características de las personas que acceden a estos medios que exigen brevedad y ligereza en los mensajes.

Suele describirse al internauta como un individuo impaciente, ávido por recibir en la menor cantidad de tiempo posible información concentrada, discriminador de toda opción que demande un profundo ejercicio intelectual.

Pero hay otros, y no pocos, internautas que buscan en la red alternativas para el verdadero enriquecimiento espiritual y la útil confrontación de ideas. Son los que saben hallar lo que necesitan, y cuando lo encuentran, marcan esos sitios entre sus favoritos, y llegado el caso, aunque dispongan de poco tiempo ante la máquina, guardan archivos y los hacen circular entre personas afines.

También pareciera que por coyunturas y factores que inciden en el acceso y los usos del ciberespacio en nuestro país —a lo cual se añaden las conocidas limitaciones materiales de la prensa cultural en soportes convencionales que hemos padecido desde inicios de los años 90 del pasado siglo— se trata de una singularidad circunscrita al ámbito doméstico. Pero lo real es que los espacios de reflexión y análisis de nuestros medios digitales han devenido pautas de interés y seguimiento para comunidades de internautas fuera de nuestras fronteras.

En varias de las publicaciones digitales se observa una participación consciente de eminentes figuras de nuestro movimiento artístico e intelectual, ya sea como columnistas fijos (válida la experiencia de Cubaliteraria) o como colaboradores sistemáticos (los casos de La Jiribilla y Cubarte).

Esa es una evidente muestra de confianza de la vanguardia artística e intelectual en las posibilidades de los medios digitales para la socialización de sus producciones teóricas, críticas y analíticas.

Pero se echa de menos, como ya he dicho, el ejercicio de la opinión en los medios de carácter general, ya sean escritos, radiales, televisivos y digitales.

Pienso que debe haber no solo una toma de conciencia acerca de la necesidad de que la opinión de los intelectuales se haga pública por esos medios, sino de que lo hagamos posible mediante un trabajo coordinado con los directivos de dichos medios, la UNEAC y la Unión de Periodistas de Cuba y el apoyo de los compañeros que dirigen la aplicación de la política informativa.

De manera que haya una contribución mucho más efectiva al debate y esclarecimiento de temas y problemas que afectan a nuestra sociedad.

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