Literatura

Acerca de Leche Derramada

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

El Premio de narrativa José María Arguedas que otorga la Casa de las Américas cada año, le fue otorgado en 2013 al brasileño Chico Buarque, por su novela Leche derramada. Traducida del portugués por Rita da Costa, la novela tuvo una primera edición castellana en España, en 2011, y fue lanzada al público cubano en enero del presente año, gracias al Fondo Editorial de la institución que la premió.  

Imagen: La Jiribilla

Eulálio, un individuo centenario, narra su vida a interlocutoras femeninas reales o imaginarias (su madre ya fallecida, su hija octogenaria, una enfermera atractiva), y en dicha narración se basa la estructura del libro. Siempre en primera persona, sin diálogos, con el humor agriado y la pusilanimidad de alguien que sabe próxima la muerte, Eulálio recapitula los orígenes remotos de su aristocrática familia, desde los tiempos de la primera guerra de conquista y exterminio hasta el presente, que describe como decadente e incomprensible para alguien de su linaje. Utilizando el recurso de la confesión de un anciano, que también empleara el escritor gallego Manuel Rivas en su novela El lápiz del carpintero, Buarque recrea la historia de Brasil, vista a través de la mirada irónica de un burgués venido a menos. Una suerte de comprensión y de legitimación hacia la ancianidad se reclama en las 140 páginas de la novela: “Con la edad nos da por repetir ciertas historias porque no paran de ocurrir en nosotros hasta el final de la vida (p.131)… Es para sí mismo que el anciano repite la misma historia, como si así sacara copias de la misma por si se extraviara (p.69)… La gente no se toma la molestia de escuchar a los viejos, por eso hay tantos ancianos turulatos por ahí, con la mirada perdida, en una especie de país extranjero (p.58)”.

Una vez animado con la empatía que despierta el protagonista, cuyo parlamento está colmado de fina ironía, el público lector no puede desprenderse de la lectura de Leche derramada. La narración nos conduce al conocimiento de  la opulencia brasileña de antaño, de las riquezas expropiadas, y de la burda caída de una familia que se consideraba a sí misma fundadora de la nación. Los personajes femeninos de la novela, dibujados  por quien está a punto de morir, dan cuerpo vívido a la historia. La madre de Eulálio, una señora recia que enloqueció en la vejez y solo se comunicaba con los demás a través de frases entrecortadas y afrancesadas, es evocada por el hijo, aun a sabiendas de que ya no existe. La hija, mediocre y gibosa además de octogenaria, es descrita como de conducta reprobable, cuyos actos transitan desde apareamientos irresponsables hasta  falta de juicio en cuanto al manejo de las riquezas de la familia. El espectro de  Matilde, el gran amor perdido del protagonista en la juventud, recorre, planea, sobrevuela toda la narración. No solo nos cautiva el apasionamiento que despertó esta dama en el autor de la confesión que leemos, sino su misteriosa forma de desaparecer. Nunca llegamos a descubrir cuál fue el destino de esta mujer, descrita como hermosa y frívola. Precisamente es la ausencia misteriosa de Matilde lo que desencadena la capa de mentiras con la cual Eulálio intentó cubrir la crianza de la hija de ambos. Según fue pasando el tiempo luego de la fuga de esta mujer, tanto su esposo como su hija crearon historias para explicar ante los demás lo que debía ser obvio, dado su carácter disipado. Así, aparecen como posibles causas ahogamiento en el mar, accidente automovilístico, tuberculosis pulmonar, ahorcamiento, lepra, naufragio, un sinfín de mentiras.

Como si nos asomáramos a un palacio abandonado, cuyas figuras majestuosas hace tiempo dejaron de existir dejando tras ellas los restos de un festín pantagruélico, Leche derramada nos permite fisgonear en un pasado espléndido, lleno de deslumbrantes riquezas, a la vez que nos sitúa en un presente estropeado por la droga y la violencia. Sin caer en reiteraciones injustificadas, Buarque versifica la vida de Eulálio de manera que cada historia es más hermosa que la anterior, cada evocación más conmovedora que la que la precedió, hasta llegar a la muerte del tatarabuelo, un célebre General. La delicada descripción de ese momento final actúa como el anhelo de quien ya cumplió todas las tareas que la vida le impuso: “solo veía extraños a su alrededor, unos individuos de aspecto tosco que se reían del viejo. Abrió mucho los ojos, se puso morado y perdió la voz, quería hablar y nada salía. Entonces se abrió paso una enfermera joven, que se inclinó sobre mi tatarabuelo, tomó sus manos, le susurró algo al oído y logró apaciguarlo. Luego pasó los dedos levemente sobre sus párpados y cubrió con una sábana su otrora hermoso rostro (p.140)”.

Invitamos a los lectores a participar en el recorrido histórico de Brasil que nos propone Leche derramada, a disfrutar del juego memorístico al cual nos conduce la confesión de un centenario, quien tiene lucidez suficiente para advertirnos que a los viejos les da por repetir anécdotas antiguas pero nunca con la misma precisión, porque cada recuerdo es ya un remedo del recuerdo anterior. 

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