¿Por qué seguir esperando?

El futuro podría ser ya el presente del cine cubano

Fernando Pérez • La Habana, Cuba
Fotos de Internet

El grupo de los veinte (G-20) es resultado de la voluntad participativa de los cineastas cubanos. Creo que el primer encuentro —ocurrido de manera espontánea el 4 de mayo del 2012 en la sala “Fresa y chocolate” (un nombre emblemático)— tiene, independientemente de sus resultados, un significado histórico.

Imagen: La Jiribilla

Por primera vez nos convocamos y reunimos cineastas del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), cineastas de otras instituciones, cineastas independientes, cineastas de todas las generaciones. Y lo que hasta ese momento marchaba encauzado en meandros dispersos o paralelos se ha convertido en un río en el que todos sus afluentes vinieron a encontrarse (como los caminos cantados por Pablo Milanés).

Es por eso que, a partir de ahora, la definición de cine cubano se ha ampliado al concepto más abarcador de audiovisual cubano (concepto que dinamita parcelas o fracciones subjetivas) y podemos decir que el G-20 representa a la mayoría de nuestros cineastas. Y ese pensamiento  se ha venido expresando —y continuará expresándose— a través de asambleas permanentes que recogen el sentir consensuado de la mayoría.

Nos une una idea fundamental: la sustentación de que la producción cinematográfica es un bien cultural y, en su necesario proceso de transformación para hacerla más dinámica y flexible, no puede primar un criterio “economicista” —aunque se trate de una industria— porque sus frutos no son de consumo, sino de enriquecimiento del espíritu y el pensamiento de la nación. Por fortuna, el reciente estreno de Conducta, de Ernesto Daranas (una película mucho más dinamizadora de la conciencia colectiva que cualquier discurso), ha venido a demostrar en la realidad lo que a veces resulta agónico explicar en congresos, reuniones, comisiones de trabajo, etc.

El cine, como otras expresiones de la cultura, debe ser objeto de una excepción cultural que contemple su atipicidad de producción y sus resultados no mercantiles, sino espirituales. Para recoger, hay que sembrar. Y si nuestro terreno cinematográfico no se abona teniendo en cuenta la complejidad de sus procesos, nuestro país correrá el riesgo de ser un país sin imagen y, como aseveró Julio García Espinosa, “un país sin imagen, no existe”.

El surgimiento del G-20 ha sido también el resultado natural de la impaciencia. Porque la atipicidad de la producción cinematográfica, la imprescindible aprobación del Decreto-Ley que reconozca al creador audiovisual y a las productoras no estatales, la necesaria creación de una Ley de Cine que regule, facilitándolo, todo nuestro universo creativo, son demandas que no han tenido respuesta después de años, han quedado en el aire —mientras, la realidad avanza y se transforma por sí misma.

Pronto se cumplirá un año de iniciado este proceso. Vencidos los prejuicios con que fue visto en sus inicios, hoy se nos escucha y nuestro derecho a la participación se ha convertido en un baluarte, porque hemos demostrado que nos mueven las ideas y que tenemos un proyecto que es resultado del estudio y el conocimiento. Estamos en pleno intercambio con las instancias pertinentes y en espera de acciones que se avizoran por acuerdo mutuo, pero aun no se concretan.

Me han preguntado qué perspectivas futuras le veo al cine cubano. No tengo la capacidad de hacer predicciones. Pero soy de los que piensan que la vida determina las leyes y no al revés. Por eso tenemos que acabar de legislar, para que las trabas que obstaculizan la libertad de movimiento de la creación cinematográfica abran camino a un espacio fértil que asegure un futuro próvido de búsquedas artísticas. Ese futuro podría ser ya el presente del cine cubano. ¿Por qué seguir esperando?

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