Los “nuevos jóvenes rebeldes” o  poética
de la(s) ruptura(s)

Frank Padrón • La Habana, Cuba

Durante muchos años hablar de cine cubano en la Revolución era hacerlo siempre del organismo que rige tales derroteros: el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), uno de los primeros surgidos tras el proceso iniciado en 1959.

Sobre todo con la depresión económica a raíz del llamado Período Especial comienzan a tomar fuerza alternativas de producción no sólo emergentes sino urgentes: el modesto soporte del video llegó para salvar y salvaguardar un patrimonio, como el resto del país, amenazado por la asfixia.
Claro que desde siempre hubo estos meandros del gran río que significa el ICAIC: los festivales cine Plaza, y ciertos eventos del interior (Festival de Invierno en Villa Clara, el matancero Yumurí, etc.) potenciaban ese audiovisual underground donde era posible rastrear audacia, variedad y sobre todo talento, lamentablemente reducido, en la mayoría de los casos, a los límites de tales encuentros.

Mas, desde principios de los 90, la alternativa se vuelve casi opción única, el afluente se torna fuente: el propio ICAIC se ve irremediablemente envuelto en las penurias de los nuevos tiempos y resiente extraordinariamente su equilibrada producción, de modo que, lo hasta entonces colateral y "clandestino", toma a partir de entonces las riendas.

Una iniciativa como la Muestra de Nuevos Realizadores —desde hace poco llamada simplemente Muestra Joven ICAIC— surgida en 2002, abre una senda al audiovisual cubano, desde una política totalmente inclusiva: el ICAIC, que también exhibe sellos diversos (Audiovisuales, Oficina de Santiago Álvarez, Estudios Fílmicos de Animación) participa, mostrando por demás los modestos pero perceptibles síntomas de recuperación que desde finales de los 90 comienza a experimentar, sólo que junto a él aparecen "los otros": el Instituto Superior de Arte (ISA) y sus filiales, sobre todo de Holguín, el Instituto de Radio y Televisión (ICRT) y los telecentros provinciales, la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (EICTV), la Asociación Hermanos Saíz (AHS), RTV Comercial y otros centros productores, así como algunas personas que actúan de modo totalmente independiente, garantizan la continuidad, la diversidad, la multiplicidad: se desestabiliza el sentido de lo único con todas las limitaciones que ello implica para abrirse a la alteridad del punto de vista, la polisemia y el multi-enfoque.
Ganando cada vez nuevos terrenos, la Muestra de Nuevos Realizadores adquiere visos de festival: secciones informativas, homenajes, encuentros teóricos y un panorama internacional, así como jurados de varias instituciones (junto a los dos que evalúan respectivamente, filmes y carteles concursantes) la ensanchan y diversifican, en un esfuerzo que se ve premiado con un respaldo de público (sobre todo del destinatario principal de la misma: el joven) realmente considerable.

Conquistas

¿Qué nos deja la Muestra tras 13 fructíferas ediciones?

Primeramente, un fehaciente poder de convocatoria entre los propios jóvenes que se hace notar en la participación cuasi masiva y entusiasta no sólo en las proyecciones sino en otras actividades no menos importantes (charlas, conversatorios, encuentros, talleres…), con lo cual se crea una eficaz y saludable retroalimentación de temas y problemas que les conciernen generacionalmente. Valga apuntar que no se trata de un evento endógeno: no sólo los propios realizadores que concursan participan sino muchos más, incluso ajenos al cine en tanto profesión u opción (por lo pronto) amateur: muchachos de  otros muchos quehaceres y oficios van a ver y a apreciar lo que coetáneos y coterráneos (o de otros lares, como ya decíamos) les proponen desde la pantalla, mientras no sólo pasivamente asisten a las otras actividades colaterales que tiene a bien programar cada año la Muestra. 

En otro orden, va apreciándose un encomiable ascenso de calidades en todos los géneros , si bien son el documental y el animado los que llevan la delantera , quizá por tener mayores posibilidades de concreción, sin que por ello dejen de encontrarse interesantes ficciones —en la más reciente fueron las reinantes— o mezclas intergenéricas como ocurre incluso dentro del cine mainstream.  

Es lógico que la precariedad y la falta de recursos signe muchas de estas obras, pero justamente la condición de cine (o mejor, audiovisual) alternativo que la inserción fuera de la industria supone, queda casi como una condición sine qua non que no impide valorar —al contrario— lo esencial y realmente valiosos de estas propuestas, incluso muchas de las que no se alzan finalmente con premio alguno. Por supuesto que está también lo fallido: ese tipo de obra no conseguida, que en no pocos casos, sin embargo, exhibe logros parciales y más de un aspecto técnico y/o artístico que invita a seguir la trayectoria de sus realizadores; hasta por ellas vale la pena la Muestra.

Paneo(s)

Un acercamiento a títulos, autores, poéticas que han sobresalido de alguna manera en estas 13 ediciones que ya han acontecido, nos ilustrarán de algunos rumbos que hoy día lleva el audiovisual cubano.

La  TV Serrana ha logrado visualidad en buena medida gracias a su presencia en este evento de principios de año en La Habana. Freddy o el sueño de Noel es otra Utopía, mas esta vez desde las difusas márgenes de lo onírico; sueño incorporado, sublimado desde el sueño mayor que es el cine, el destacado Waldo Ramírez (La chivichana), entonces director de TV Serrana, logra tocar la poesía con su mágica conciliación de música, hermosas imágenes y una fotografía fuertemente sensorial, para una breve, pero intensa indagación en los difusos límites entre realidad(es) y ficción, metáfora entonces del arte, el séptimo y todos...

Es ese un colectivo que sigue pegando fuerte en la Muestra; del propio Ramírez partió la idea que alimentó La cuchufleta, de Luis Ángel Guevara Polanco, que también triunfara en otros certámenes (por ejemplo, el de documentales Santiago Álvarez in memoriam), acerca de una de esas iniciativas típicas de tantos “inventores y racionalizadores” que, sobre todo en contextos difíciles y apartados como los que cubre esa productora (la Sierra Maestra) logran ayudar extraordinariamente a toda la comunidad, esta vez convirtiendo un humilde molinillo de agua en un generador eléctrico. Con una exposición tan sencilla como su historia, el realizador logra captar admirablemente personalidades, hechos, entorno, auxiliado por una encomiable labor de fotografía, edición y música.

Los documentales de Alejandro Ramírez, cualesquiera que sea el locus que los enmarque, privilegian el “paisaje humano”, así, Monteros (reconocido por la crítica cubana) focalizando seres peculiares en la Ciénaga de Zapata, aunque vinculando su cotidiano y su manera de entender y proyectar el mundo a sus modus vivendi, su integración al colectivo y a la vez, aquello que los singulariza dentro de este. Dueño de una cámara escrutadora y apasionada por el detalle (tanto geográfico como, según decíamos, sobre todo humano), no ahorra detalles el joven cineasta egresado del ISA, por lo cual acaso su nueva obra se resienta un tanto, a nivel de cristalización final (por culpa de algunas reiteraciones, de ciertas zonas donde se “empantana” un poco, de otras sin la misma fuerza) y quede unos puntos por debajo de la anterior, y tan elogiada, con toda justicia, DeMoler: el impacto que han dejado en antiguos trabajadores y moradores los hoy desmantelados centrales azucareros, las nuevas condiciones sociales que generaron tal situación: la agudeza en el tratamiento del tema, la manera inteligente con que el director analiza e investiga, con esa cámara que alterna, en perfecto engarce, imágenes que revelan la compleja mutación social con los testimonios de sus principales afectados, suman un filme que enaltece los rumbos del documental cubano, que representa un punto de saludable giro dentro de una continuidad, como se sabe, prestigiosa.                                                                        

Así lo hacen también, sin lugar a duda, Las camas solas, de Sandra Gómez Jiménez y la laureada Buscándote Havana, de Alina Rodríguez Abreu, quienes representan por otra parte, la presencia femenina dentro de esa vanguardia en el nuevo documental cubano. Ambos cortos se acercan a sendas tragedias de diferente signo pero semejante resultado; la primera, el paso de los ciclones en edificios deteriorados de la Habana Vieja, la segunda,  la indefinida y penosa situación de varias familias, moradores ilegales, procedentes del oriente del país, en un famoso barrio marginal en “la capital de todos los cubanos”. En ambos, también, se percibe la sensibilidad y delicadeza de miradas capaces de introducirse en costados inéditos de los problemas (Sandra, desde una perspectiva acaso más lírica; Alina, más “realista” pero no menos poética) para revelarnos la magnitud de los mismos, y ofrecer ese voto modesto mas significativo que da el cine para su urgente solución.

Uvero (Arian Enrique Pernas) significa la reinvención —literalmente desde el cine— de una comunidad desaparecida: el tratamiento de la imagen es lo más revelador de un texto donde a la animación se une la foto fija a partir de un imaginativo y cuidadoso trabajo cromático, una mezcla de texturas y gamas, una dinámica de movimientos que remedan los zooms y travellings de la ficción canónica, todo aderezado por una banda sonora (del propio director, en realidad “multioficio”) pletórica de efectos altamente sugestivos, que emiten la conceptualización desde los propios códigos morfológicos: solo el arte —en este caso el número 7, o el que sea—salva de la ruina, el olvido, la nada.

De agua dulce (Damián Saínz) se inserta dentro de una línea que cada vez cobra más fuerza en el mundo en cuanto encauzar el género tenido, como se sabe, por paradigma colectivista y épico, en “piezas de cámara”, focalizando individuos, acercándose a subjetividades, como mostró ampliamente esta edición.

Mientras prepara los peces que pesca de noche en el río que atraviesa su pueblo, el ex recluso Kinkin rememora una vida turbia y conflictiva; el monólogo se complementa tanto con sus movimientos ante el “objeto de trabajo” —implican sangre, cierta violencia, desmembramientos…— como con lo turbio de las aguas: correlatos eficaces de una personalidad, que el realizador ha logrado aprovechar notablemente, sin desdeñar el deliberado desenfoque del lente: todo coadyuva a subrayar como, sin hacerlo, a matizar, las palabras de un hombre que rememora sin remordimientos, con la llaneza que el propio discurso fílmico intenta —y consigue— traducir, apoyado también en una eficaz banda sonora.

Camionero (Sebastián Miló) no solo fue premio de ficción en su respectiva Muestra: lo hubiera sido del público con solo medir la fuerza y el entusiasmo de los aplausos. Todo ocurre durante las llamadas “escuelas en el campo”: ESBEC (Secundarias) e IPUEC (Preuniversitarios) que surgieron en la década de los 70 y duraron hasta hace muy poco, cuando el gobierno las consideró, ante la situación del país, absolutamente inoperantes y fueron eliminadas.

De cualquier modo, el escenario pudiera ser cualquier institución de “régimen interno” —incluidos los campamentos militares y hasta las prisiones—: conglomerado humano, insuficientes controles para evitar excesos…lo cual implica los rejuegos de poder(es), el abuso de los más débiles por los dictadores y déspotas cotidianos, llegando a las violaciones no siempre explícitamente sexuales, pero con altos componentes de ello ante el grado de humillación y martirio que implican.

Baste recordar títulos como La naranja mecánica (Kubrick) o La ciudad y los perros (Lombardi, partiendo de Vargas Llosa) para evocar solo algunas de las tantas veces en que el cine ha reflejado el asunto, pero el joven Miló se inserta en el canon con propiedad, con justicia (y justeza); primeramente, por la manera en que lo ha contextualizado, mirando y revisando la (nuestra) historia con sentido crítico, sin temor al dolor que entraña para cualquiera (¿y quién no?) que haya sido víctima, o hasta desdichado testigo —por la impotencia de no poder hacer más que virar el rostro— de circunstancias como las que, con desgarrador verismo, acerca el filme. En segundo lugar, por la salud narrativa que despliega, casi analépticamente (comienza cuando va a hacerlo el desenlace) con la voz in off del narrador-protagonista, en momentos en que lo requiere la dramaturgia, sin entorpecer para nada el asentamiento de esta, antes bien, concentrándola mejor. 

No por último, están las actuaciones, también laureadas en la Muestra. Héctor Medina (Vinci) se ratifica como alguien que ya trascendió el paternalista estatus de la “joven promesa” para erigirse en un actor maduro, dúctil, sólido en gestualidad y eufonía; Rainier Díaz y Antonio Alonso le siguen con ágil y seguro paso.

El polémico mediometraje de