“Despegue del cine cubano
en la Revolución”

Pedro García Espinosa • La Habana, Cuba

He titulado este texto “El despegue de cine cubano en la Revolución”, por tratarse de todo lo que se hizo en esos primeros años, para lograr hacer cine de ficción y documentales, y mantener una producción sostenible.

¿Quiénes iniciaron el Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC)? Lo iniciaron los compañeros que formaban la sección de cine de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo: Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, José Massip, Santiago Álvarez, Jorge Herrera, Héctor García Mesa, Jorge Haidú, Humberto y otros compañeros, entre los que me incluyo.

Muchos de ellos ya fallecidos, dedicaron su vida a realizar con su pasión y esfuerzo lo que anteriormente habían sido solamente sueños, Alfredo, Titón, Santiago, Pepe, Jorge Herrera, Héctor García Mesa, Antonio Miguel en el inicio, y más tarde otros directores: Pastor Vega, Daniel Díaz Torres, Jorge Fraga, Oscar Valdés, Luis Felipe Bernaza, Miguel Fleitas, Sergio Núñez, José Limeres, Bernabé Hernández, Rapi Diego; y productores como Camilo Vives, Pepe fraga, y otros; fotógrafos como Jorge Herrera, Arturo Agramonte, Pablito Martínez, Dervis Espinosa, Enrique Cárdenas y otros; sonidistas como Germinal Hernández, Raúl García y otros; diseñadores como Jesús de Armas, Tulio Raggi, Eduardo Muñoz Bach (en dibujos animados) y Raúl Oliva, Roberto Larrabure, Calixto Manzanares, Orrely, Villita y otros (en escenografía); las mujeres, Sara Gómez, Idalia Anreus, Fornarina Fornaris, Olga Andreu, Mayra Vilasis, Mirita Lores y otras.

Se había comenzado, en la dirección de cultura del Ejército Rebelde, con dos documentales: La vivienda, de Julio, y Esta tierra nuestra, de Titón, además de un documental de Massip sobre Martí.

Con el primer presupuesto recibido, el ICAIC se instaló en el quinto piso del edificio que hoy ocupa el Instituto, y allí comenzó.

Titón decía, hablando de los antecedentes, “el ICAIC no surgió de la nada”. Y también que: “Nos dispusimos a hacer películas sin saber hacer películas”. Esta fue la disposición de todos en ese momento: hacer y hacer con todo el esfuerzo y la pasión que nos proporcionaba el triunfo revolucionario, y con ese espíritu se logró crear una infraestructura de producción con la que, sin contar con una industria como tal, pudimos echar a andar y hacer maravillas en esos dos primeros años.

¿De qué se valió el ICAIC para crear esa infraestructura? En primer lugar con los cineclubs que existían en el país: Cineclub Visión, Cubanacan, Católico, del Ejército Rebelde, de la Policía Revolucionaria, de CMQ, de Santiago de Cuba y otros, más la sección Cine de nuestro tiempo. Después, contó con el sindicato “Atica”, con los técnicos que trabajaron en el cine que se hacía antes de la Revolución, más los recursos heredados: unos terrenos con un foro grande forrado en su interior por colchonetas para el sonido que yo pude apreciar, una navecita, para la construcción de escenografías, donde habían unos equipos para los efectos ópticos que se habían obtenido en uso y al romperse las relaciones los técnicos norteamericanos que los estaban instalando los abandonaron (más adelante nuestros técnicos lo echaron a andar). Eso era todo lo que existía en esos terrenos de Cubanacan que después el ICAIC transformó en lo que son hoy los “Estudios Fílmicos Cubanacan”.

El ICAIC inició su producción con la realización de documentales didácticos y la llamada enciclopedia popular, práctica que más tarde formaría el talento para poder pasar a la ficción.

También se compraron equipos que faltaban cuando el ICAIC se lanzó a hacer su primer largo metraje, que era el único guión con el que se contaba: Cuba baila, además de un corto de ficción, Realengo 18. Antes ya se habían hecho dos documentales en la dirección de cultura del Ejército Rebelde, en la cabaña, a cargo del grupo de cineastas y diseñadores que nos organizamos para producir documentales antes que el ICAIC. Este primer grupo estuvo formado por Julio, Titón, Manolo Pérez, Manuel Octavio, Antonio Miguel Jorge Herrera, Marta Arjona y otros.

No voy a enumerar todo lo que se hizo, pero sí lo más necesario para poder mantener la producción: se nacionalizaron los 500 cines que habían en el país y se le situaron administradores de absoluta confianza revolucionaria, por tratarse del tipo de lugar donde más operaba la contrarevolución con bombas y fósforo vivo; además se comenzaron los proyectos de La ciudad fílmica, conocido hoy como Estudios Fílmicos Cubanacan.

Para sus proyectos Alfredo formó un cuerpo de arquitectos jóvenes, creando un departamento de arquitectura que llevó a cabo la construcción de todas sus instalaciones. Se crearon las empresas exhibidoras y distribuidoras nacionales e internacionales; se crearon los departamentos de dibujos animados y de marionetas; el Noticiero Latinoamericano, con Santiago Álvarez; el cartel cinematográfico, con Juanita Marcos y Saúl Yelin; el Grupo de Experimentación Sonora, mirando al sonido cinematográfico (que luego se convierte en el inicio de la nueva trova); se crea la cinemateca y el laboratorio blanco y negro; el taller de partes y piezas a cargo de Vicente Alba y el técnico Caliche, quienes, entre otras cosas, lograron que no se parara la proyección en los cines porque a los equipos norteamericanos había que darles mantenimiento y ya no se podían importar esas piezas.

El ICAIC fue creciendo en todas direcciones. Comenzamos a obtener premios internacionales, y se extendieron las relaciones con Europa y América Latina. Muchos cineastas, intelectuales, directores, actores, guionistas y técnicos de escenografía, de laboratorio, de efectos especiales, maquillistas, etc. comenzaron a llegar en nuestra ayuda y a conocer nuestra Revolución.

Nos visitaron directores como Glauber Rocha, de Brasil; los chilenos Miguel Littín, Sergio Castilla, Patricio Guzmán; Joris Ivens, de Holanda; Otello Martelli, director de fotografía, Cesare Zavattini y Mario Galo, italianos; Roman Karmen y Mijaíl Kalatózov, soviéticos; Vladimir Cech, checo; Teodor Cristensen, danés; Gerard Philipe, el actor; Agnès Varda y Armand Gatti, franceses.

Todos estos sueños se fueron realizando al triunfo de la Revolución.

La formación de nuestros cineastas se planteó en varias opciones: primero hacer una escuela, después, tanto Julio como Titón dieron algunas clases de lo que habían aprendido en Italia. Pero eso era insuficiente y se determinó que había que aprender haciendo, como había hecho el Ejército Rebelde en la Sierra Maestra para obtener grados y llegar a hacer oficiales.

En ese momento Barbachano Ponce, el mexicano amigo de Cuba que había hecho Cine Revista —donde se conformó el personal nuestro más adiestrado— trajo un productor español que enseñó lo que era un plan de producción y su organización. Barbachano, como se sabe, fue el coproductor de la primera película que realizamos, que fue Cuba baila. También fueron escuela los cineastas que nos visitaron: directores, guionistas, fotógrafos, actores...

Se ha escrito mucho sobre nuestro cine, sobre el cine silente y sobre el cine cubano que se hizo antes de la Revolución y, aunque nos debe servir de antecedente, Alfredo dijo algo muy cierto: “Desde el punto de vista artístico, tuvimos que partir de cero”.

Sin dudas, conocemos y tenemos registrado y calificado con gran celo todo lo que hemos hecho. Aquí he mencionado especialmente a quienes fueron y son fuentes valiosas, testigos imprescindibles y protagonistas indudables de todo el quehacer de esos primeros tiempos que marcaron, con sus definiciones y respuestas frente a contradicciones e incertidumbres, la línea de desarrollo alcanzado por nuestro cine.

La colaboración de estas fuentes no solo fue y es importantísima y necesaria, sino que al mismo tiempo resulta urgente para enriquecer y completar con sus testimonios la historia completa y válida del Instituto Cubano del Arte e Industrias Cinematográficos.

Se ha escrito bastante sobre nuestro cine. Todos lo que podemos leer de Alfredo, Julio, Titón; textos como Los cien caminos del cine cubano, de Marta Díaz y Joel del Río; lo que han escrito Reynaldo González, Frank Padrón, Rufo Caballero, Jorge Luis Sánchez, Lola Calviño, Luciano Castillo y otros; los programas por la televisión cubana, que inició Colina con 24 por segundo; las revistas Cine Cubano y otras especializadas.

Sin embargo, aún falta por sistematizar. Por estas razones convocamos a todos los gestores, sin exclusión, a colaborar en el empeño que contribuya a viabilizar con sus aportes el inmenso esfuerzo que vienen realizando los investigadores comprometidos con hacer, de las verdades de cada uno, la verdad total de una historia auténtica, que sirva, como toda historia verdadera, para conjurar nuestro futuro y salvar nuestra memoria.
 

Versión de la conferencia ofrecida el 12 de marzo del 2014 en la Biblioteca NacionalJosé Martí”, a propósito del 55 aniversario de ICAIC.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato