Otras islas: las realizadoras jóvenes en Cuba

Danae C. Diéguez • La Habana, Cuba
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Pareciera un lugar común(1), por repetido varias veces, que el acceso de las mujeres a la dirección de ficción y documentales ha sido un proceso in crescendo a partir de lo que llamamos “democratización de las nuevas ─ya no tan nuevas─ tecnologías” y la creación de las escuelas de cine y TV, a decir, la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) y la Facultad de las Artes de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA).

Imagen: La Jiribilla

Esas dos causas mencionadas, entre otras que no creo tan vitales como las expuestas, han reportado un número creciente de realizadoras en los últimos trece años, si tenemos en cuenta las ediciones de las Muestras de Cine Joven que realiza el ICAIC, espacio que puede servir de medidor si pensamos en las recientes hornadas de realizadores y realizadoras que forman parte del corpus escogido para este comentario.

Insisto: distinguir a las mujeres realizadoras como objeto de análisis implica, desde una concepción feminista, una lectura crítica a los procesos que históricamente han mantenido en desventaja el acceso de ellas a roles que tradicionalmente han sido “preconcebidos” para los realizadores. Hago hincapié en esta lectura(2) porque sin las herramientas teóricas que ofrece el feminismo y en este caso, su anclaje en la teoría fílmica, no podríamos entender que esas inequidades han de ser halladas en la dimensión política y social que habla de cómo nos socializamos mujeres y hombres de formas diferentes, según los roles y papeles a interpretar en el espacio público y privado, a tenor de  un grupo de supuestos de género. 

Me detengo en ese punto porque no basta con mencionar nombres y nombres de mujeres en el espacio de la realización para intentar evidenciar su participación, si esa mirada y listado no va acompañado del ejercicio de desmontaje que implica que contar la historia de las mujeres es una operación, una estrategia que devela hacer visible procesos y sujetos que muestran cómo el acceso a roles y profesiones expresan las relaciones de poder que en términos de género aún perviven.

Con la asunción de esta mirada se impone evitar los esencialismos que dan cuenta de un deber ser femenino y que por lo tanto continúan encorsetando el universo de las mujeres a adjetivos básicos y estereotipados: tiernas, bellas, sublimes, delicadas, sacrificadas, histéricas, locas y ahora sumamos menopaúsicas o, a sustantivos que la reposicionan en los roles para los que por mandato pareciéramos estar destinadas: madres, esposas, cuidadoras y/o por oposición: putas. 

Este preámbulo es porque sabemos que ser una mujer realizadora no implica necesariamente que la mirada y las representaciones asumidas indaguen en temas y sujetos que desmonten y /o cuestionen las relaciones arbitrarias de género. Tampoco implica que las mujeres tengan que narrar, mostrar historias asociadas a “lo femenino” y mucho menos que esas historias anoten un punto de vista que comprometa a la gramática audiovisual en un dispositivo de género marcado por una posición que desestructure formas tradicionales de lo simbólico.

Bastaría con llamar la atención  ─sobre todo para un texto como este─ en torno a cuáles han sido las prácticas discursivas de las realizadoras y si desde esas prácticas se muestran temas, enunciados, estilos que indaguen en nuevos sujetos y nuevas problemáticas asociadas a las mujeres. Hasta dónde esos tópicos aparecen descolonizados de la mirada masculina, y anuncian voces femeninas en resistencia a los discursos dominantes(3).

En otros artículos he comentado cómo las realizadoras de las nuevas generaciones han ido reposicionando temas y puntos de vista asociados a las subjetividades y conflictos de las mujeres. Las formas de representarlos varían y los géneros cinematográficos que han servido de soporte también; sin embargo, destacan como temas: la emigración femenina (Tierra Roja, Heidi Hassan), el erotismo y el cuerpo de las mujeres asociados al espacio público y privado (El Patio de mi casa, Patricia Ramos), las mujeres y su relación con la racialidad y el cuerpo (Extravío, Daniellys Hernández), los procesos de autorepresentación para responderse de dónde vienen y quiénes son ( The Illusion, Susana Barriga; Él eres tú, Diana Montero; Tormentas de Verano, Heidi Hassan), las diversas formas de violencia hacia las mujeres (Mírame, mi amor, Marilyn Solaya; El pez de la torre nada en el asfalto, Adriana F. Castellanos; Palimpsesto, Ayleé Ibañez; Misericordia, Maryulis Alfonso), la mirada como dispositivo cinematográfico dentro de la narración audiovisual y la evidencia del voyeur que somos como espectadores (El mundo de Raúl, Jessica Rodríguez y Zoe Miranda; El color de Elisa, Alina Rodríguez), las diversidades asociadas a los discursos sociales y sexuales del cuerpo femenino  (En el cuerpo equivocado, Marilyn Solaya; Tacones Cercanos, Jessica Rodríguez) entre otros temas como el de la autonomía femenina (El grito, Milena Almira).

Las formas de narrar encuentran, en algunas de ellas,  búsquedas que apelan a la llamada baja narratividad para posicionarse en zonas y ángulos de sus historias que eliminan la trepidancia, la impaciencia, para contar desde lo cotidiano, amputando la grandilocuencia y reforzando lo mínimo como conflicto. La autorepresentación y la narración en primera persona es otra de las estrategias discursivas que en algún momento he anotado que en el caso del cine cubano parece heredada, en alguna medida, de Sara Gómez. También habría que analizar cómo el uso de la representación como ilusión de realidad es algo que marca algunas propuestas en las que el discurso de la manipulación de la puesta en escena está más o menos visible en las enunciaciones de algunas realizadoras: Hasta que la muerte nos separe de Marilyn Solaya; El Mundo de Rául, de Jessica Rodríguez y Zoe Miranda; Alina, 6 años, de Milena Almira.

En el caso de la recién finalizada 13 Muestra Joven, lo que ha sucedido en términos de jóvenes creadoras es que, como siempre sucede, emergen nuevos nombres que poseen historias relacionadas con los temas que hemos estado anotando. Llamo la atención de los cortos de tres minutos realizados por estudiantes de segundo año de la FAMCA, en este caso; Estado Civil: Unidas, de Carla Valdés e Ida y Vuelta de Jessica Franca(4). El primero, sobre una pareja de mujeres de la tercera edad, en la que el conflicto no parece estar visible en tanto su directora muestra la naturalización del ocultamiento de la frase que nombra el tipo de relación que poseen al ser interrogadas sobre su estado civil. Esa ausencia de conflicto aparente, la tranquilidad en la que transcurre la historia es quizás lo más intenso dramáticamente. En el caso de Ida y Vuelta sí se hace visible el conflicto que radica en cómo una muchacha se prostituye mientras sus padres creen que vive en otro país. Estas dos historias, breves, muestran aristas relacionadas con temas que forman parte de la agenda social adscrita a cuestiones de género; sin embargo, se exponen desde ángulos poco visibles: la felicidad de esta pareja de mujeres lesbianas de la tercera edad y la prostitución, esta vez asociada a la violencia machista pero con una mirada que juzga a la familia y se detiene comprensivamente en la actitud de la joven.

Me llama la atención, dentro de la categoría ficción, el cortometraje El estreno, de Ana Alpízar, es la relación de una madre que sobreprotege a su hija que estudia actuación y se prepara para el estreno de una obra de teatro, expuestos quedan en la historia los sacrificios y tensiones que implica la actitud que la madre asume. En este corto se repite la baja narratividad como recurso del lenguaje: no hay grandes puntos de giros y estos existen solo en las acciones mínimas, cotidianas, que se suceden en la relación de la madre y su hija.

En el caso de Las Ventanas, de Maryulis Alfonso, se refuerza el silencio como recurso narrativo, solo que ahora la protagonista cuando habla lo hace desde el monólogo interior. El espacio opresivo de la casa en contraposición con la calle, son los lugares simbólicos en los que sucede la historia. La calle es solo lo añorado, lo que nunca sucede: la libertad radica en lo deseado. “El personaje de Las Ventanas cumple cuarenta años y su vida pasa sin atisbos de felicidad, en un ir y venir cotidiano, es invisible para los otros, no existe, solo es mirada por la cámara que nos la devuelve en la imagen, los demás personajes la ignoran, o la miran solo a través de la ventana”.(5)

Entre los documentales; Abecé, de Diana Montero impacta por el tema que aborda: una adolescente de 12 años en la Sierra Maestra es madre y esposa y su vida se debate entre esos roles sin dejar de ser la niña que aún crece. Es interesante la manera en que la directora recorre las conversaciones con la muchacha, cómo muestra la relación de poder que existe dentro de la casa y las frases y ejercicio machista que asume el esposo. La cámara de Montero recorre el cuerpo de la niña-madre mientras amamanta, la ironía de esta secuencia se produce cuando el referente visual está en las madonnas de las pinturas renancentistas que subliman el rol materno mientras, en este caso, es solo una niña que ya su cuerpo ha sido violentado en su crecimiento. Sin embargo uno de los planos más inquietantes del documental radica cuando la realizadora le pregunta hasta qué número sabe contar y en un extenso plano frontal, fijo e incómodo, parece que contamos junto a ella, que dice 170. Inmediatamente después, el cartel que anuncia el porcentaje de niñas que son madres en esa localidad de la provincia de Granma. El texto, en términos de punto de vista, me devuelve la tranquilidad aunque la inquietud del drama asfixia. Por momentos la cámara fija parece exponer a su protagonista, la mirada de Montero está precisamente en esa frontera difusa entre la exposición y la denuncia. Sin embargo, su propuesta es veraz y sólida en tanto revela uno de los temas menos visibles de la sociedad cubana: la maternidad en las adolescentes.

En Guárdame el tiempo, documental de TV Serrana dirigido por Ariagna Fajardo, la directora parece asumir con claridad un punto de vista que devela las causas de por qué Esther, una anciana con 80 años, después de casada, nunca salió de su casa. La mirada de Ariagna parece comprenderla y juzga, no al esposo, ya muerto, sino a un mandato cultural machista arraigado. La alternancia de los planos que enfocan todos los elementos asociados al poder masculino simbólico mientras Esther cuenta su historia, son recursos desde los que se posiciona Ariagna para cuestionar un sistema de poder centrado en el patriarcado y el absurdo de su perdurabilidad, Ariagna increpa precisamente a esos símbolos que refuerzan un poder arbitrario, sumado a ello, una característica que la realizadora nunca pierde de vista: la mirada entrañable a sus personajes, la cercanía que nos devuelven, ese posicionamiento caracteriza los documentales de Fajardo, la convierten en una realizadora con una ética que marca siempre un punto de vista comprometido con sus historias. Quizás una respuesta esté en su sentido de pertenencia a toda la zona rural que la hace mirar sin el ojo colonizador de los saberes urbanos.

La corrosión de la memoria de Ayleé Ibañez es una serie de tres historias de mujeres que han sido víctimas de diferentes tipos de violencia. Recordemos a la directora con Palimpsesto, su documental anterior que aborda el tema y con el que se estrena como realizadora. El recurso que repite acá de la autorepresentación como símbolo de las mujeres en situaciones límites, válido en su momento, por toda la carga conceptual que implicaba, más allá de lo performático, no se sostiene en muchos momentos: se repiten escenas y movimientos que no aportan a la historia. La idea de ser ella misma esas mujeres a quienes conocemos a través de la  voz en off que cuenta la historia de violencia, es necesaria en tanto evita revictimizaciones y ofrece la oportunidad de ser una, muchas mujeres.  Sin embargo, ese método se agota a lo largo del documental y produce la sensación de vacío y  esterilidad narrativa, síntoma que se vuelve contraproducente en tanto estamos escuchando duras y profundas historias de violencia machista.

No quiero acabar este recorrido sin mencionar el documental Otra isla, de Heidi Hassan. En el 2007, cuando la realizadora ganara en el apartado de ficción con el cortometraje Tierra Roja, escribí varias veces  de la intensidad de esa historia y la sagacidad y sensibilidad de Heidi para contar a través de cartas que alternan con la voz interior, el conflicto de una mujer-madre que emigra. Después asistimos a su autoficción Tormentas de Verano, historia personal en la que en subjetiva la realizadora nos muestra la llegada a sus 30 años y todo lo que ese camino significa. En las dos propuestas Heidi da cuenta de la valía que posee como realizadora, no solo por los temas y ángulos desde donde los aborda, sino por la postura que asume desde el  lenguaje. Creo que es una de las realizadoras más personales que muestra el cine joven cubano, esa voz propia que distingue la creación y que en ella signa la fortaleza de sus propuestas. Con Otra Isla vuelve a desmovilizarnos con el tema que aborda y  la manera que tiene de exponer la historia en la que lo anedótico se vuelve símbolo. Con este largometraje documental Heidi Hassan crece como creadora y siento que por ello también el audiovisual cubano de las nuevas hornadas puede mostrar una madurez que invita a releer los tópicos sobre los que se sostienen criterios de valor.

Sin dudas, Otra isla merece un análisis aparte porque es una exquisita película. Mientras sucede, asumo que leer ya, en este corpus de realizadoras cubanas, calidades y tendencias que revisitan miradas asociadas a universos femeninos, sostenga la necesidad de que examinar el cine de mujeres desde las posibilidades de acceso a roles que han significado desventajas evidentes, hasta las líneas temáticas y estilísticas referidas, sea un camino indispensable para comprender cómo aún somos una nación que se debe interrogar hasta dónde las inequidades en términos de género sobreviven, se trasforman y asumen nuevos rostros trasmutados. Ellas nos muestran, también, otras islas.



1. Ver comentario realizado en el texto escrito para La Jiribilla por esta misma autora: Como in crescendo… las jóvenes realizadoras.  del 20 al 27 de abril,2012 http://www.lajiribilla.cu/2012/n572_04/572_30.html
2. Sobre este punto indagué con más profundidad en el texto: Mujeres en los bordes: Representaciones en el audiovisual joven cubano publicado en: http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=8121, jueves 6 de marzo de 2014. Ponencia leida en el Coloquio del Programa de Estudios de la Mujer de Casa de las Américas, febrero de 2014.
3. Mujeres en los bordes: Representaciones en el audiovisual joven cubano publicado en: http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=8121, jueves 6 de marzo de 2014
4. Sobre estos cortos anoté varias ideas en el texto ya citado: Mujeres en los bordes: Representaciones en el audiovisual joven cubano publicado en: http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=8121, jueves 6 de marzo de 2014
5. Tomado de: Mujeres en los bordes: Representaciones en el audiovisual joven cubano publicado en: http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=8121, jueves 6 de marzo de 2014

 

 

 

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