Con el ICAIC, el cine que nos une

La Jiribilla • La Habana, Cuba

El 24 de marzo de 1959 tuvo su primer alumbramiento la política cultural de la Revolución cubana. Apenas a 82 días del triunfo del Primero de Enero, vio la luz el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

La posibilidad de convertir, mediante esta manifestación artística, la riqueza de nuestras gestas libertarias en una fuente “de inspiración revolucionaria, de cultura e información”, estuvo entre las razones que justificaron respaldar con toda premura el surgimiento de la institución.

A poco más de medio siglo de aquel acontecimiento, si bien mucho ha ganado y variado el panorama cinematográfico cubano, algunos enunciados de la Ley 169 que legalizó la creación del ICAIC conservan plena vigencia:  “El desarrollo de la industria cinematográfica cubana supone un análisis realista de las condiciones y posibilidades de los mer­cados nacional y exterior y en lo que al primero se refiere un labor de publicidad y reeducación del gusto medio, seriamente lastrado por la producción y exhibición de filmes concebidos con criterio mercantilista, dramática y éticamente repudiables y técnica y artísticamente insulsos.”

En momentos en los que Cuba asume el desafío de continuar revolucionando sus políticas económicas y sociales —para ganar en eficiencia y desarrollo sostenible, sin perder su compromiso ético humanista—, los temas de la producción, comercialización, exhibición y consumo cultural del arte en general, y específicamente de la obra cinematográfica (o audiovisual, en su sentido más amplio), vuelven a debatirse con profundidad y apasionamiento en nuestra sociedad, como corresponde a todo proceso de re-fundación.

Las fórmulas más ajustadas para concebir y producir el cine cubano en los actuales escenarios, así como el papel del cincuentenario ICAIC en el nuevo contexto, centran los debates dentro y fuera de los marcos institucionales, y son reflejados en este número por La Jiribilla.

Por tratarse de un arte en el que confluyen varias manifestaciones, el recién finalizado VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) no dejó de manifestarse al respecto y plasmar suficientemente su apoyo al trabajo que en tal sentido se viene desarrollando:

“La UNEAC debe seguir acompañando activamente el proceso de transformación que viven hoy el cine y el universo audiovisual, y que se integra en un Grupo de Trabajo Temporal acorde con los Lineamientos del Partido, con la debida composición de artistas, intelectuales, instituciones culturales y todos cuantos deban participar en la formulación progresiva del conjunto de regulaciones que la práctica vaya aconsejando y en las decisiones que garanticen el futuro de estas manifestaciones del arte en el país.” (Dictamen de la Comisión de Medios y Cultura)

“La UNEAC debe dar continuidad y seguimiento al proceso de transformación del cine cubano y del ICAIC, que en la actualidad posee ya un diagnóstico de sus problemas y que ha trazado sus políticas de solución.” (Dictamen de la Comisión Arte, Mercado e Industrias Culturales)

Concretamente, mucho se ha insistido en la promulgación de una ley de cine que ordene y proteja los procesos que corresponden a este ejercicio creativo. Aunque en algunos espacios —que incluso han sido manipulados por la prensa anticubana— esta idea se ha presentado divorciada del interés de las instituciones estatales, el propio presidente del ICAIC, Roberto Smith, ha reconocido —en entrevista ofrecida a nuestra publicación el pasado mes de septiembre— que: “Una urgencia está en la necesidad de normativas jurídicas que ordenen y aseguren la producción cinematográfica nacional, atendiendo a su singular especificidad, a su complejidad como arte e industria y a sus siempre elevados costos. En este sentido, la meta final debe ser una Ley de Cine, como existe en muchos otros países”.

Desde entonces el Instituto, junto con los creadores audiovisuales (reunidos en lo que se conoce como Grupo de los 20) han trabajo sistemáticamente en el análisis de todos los elementos que garanticen tanto la continuidad de un cine cubano de calidad, como la factibilidad de su materialización.

A escuchar cada idea, analizar responsablemente cada criterio, y construir consensos, se han dedicado largas horas de un proceso que, si bien no puede atropellarse y dar lugar a omisiones o errores imperdonables, tampoco debe aletargarse en demasía,en función de que el cine que nos une —tal y como ocurrió en 1959— sea la primera forma del arte que complemente legalmente, desde la política cultural, los nuevos desafíos de la Revolución.

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