Entrevista con Roberto Smith, presidente del ICAIC

En la génesis de la política cultural revolucionaria, el cine

Anneris Ivette Leyva • La Habana, Cuba

Roberto Smith vive cada jornada con la angustia virtuosa de aquellos a quienes el tiempo atropella. Aun cuando para nada se ven melladas su cortesía y serenidad, cada uno de sus días de trabajo como presidente del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC) es espejo de la filosofía de su maestro y fundador de la institución, Alfredo Guevara, quien creía que “un pensador, un creador de cualquier cosa…, un compositor musical, si es de verdad, vive en ebullición, no le alcanza la vida para lo que tiene que hacer”[i]. Por eso no es raro que su tensa agenda pareciera violentar la voluntad de encontrarle un espacio a esta entrevista.

A pesar de que hace menos de un año, cuando asumió su nuevo cargo, le brindó a nuestra publicación la posibilidad de un diálogo exclusivo, ahora que se le dedicaría un dossier a los 55 años del ICAIC y a su papel en las transformaciones del panorama cinematográfico cubano, no podían faltar sus palabras, que se nos anunciaron entre reunión y reunión la tarde noche de un jueves y empezaron a aflorar orgánicamente, sin necesidad de una primera pregunta:

“El Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), es una institución de 55 años con mucha historia propia, con más de 300 películas, más del 1 000 documentales, y una importante cantidad de animados. Como la producción cinematográfica es un eje sobre el que gravitan otros muchos creadores, esta ha marcado pauta en el resto de la cultura, porque son muchas las artes presentes en ella.

“En la huella que ha dejado el ICAIC a lo largo de este medio siglo no solo encontramos el elemento intelectual o artístico, sino también el humano, pues los hombres y mujeres que han trabajado aquí han desarrollado un sentimiento de pertenencia muy grande con la institución. Por eso, ningún cambio que los nuevos escenarios demanden puede hacerse desconociendo ese pasado valioso, ni el fuerte compromiso con la obra de la institución.

“Pero el país vive otros tiempos y también la cultura cubana, con muchas condicionantes que obligan a la siempre necesaria actualización. En el presente el valor del financiamiento de una película es muy diferente al que se concebía antes. Hoy estamos obligados a trabajar con una conciencia económica —la obra tiene un costo y debe aspirar a un nivel de recuperación—; que a la par requiere mucha sensibilidad, para no correr el riesgo de mercantilizar la producción cultural.

“En ningún lugar del mundo el cine puede autofinanciarse, siempre va a necesitar el apoyo del Estado y de otras instituciones, pues solo excepcionalmente habrá algún filme que obtenga tantos ingresos que compense sus costos.

“En el caso de Cuba, aun en medio de estos procesos de cambio, ha quedado clara la voluntad del Estado de continuar apoyando económicamente la producción de cine, pero tenemos que evaluar cómo aprovechar mejor lo que tenemos sin sacrificar la calidad y la idea del artista, sin pedirle a la película que se autofinancie pero tampoco de espaldas a si logra o no una recuperación económica.

“Entre estas dos verdades uno debe encontrar el balance: no condicionar la producción artística a su comercialización, y a la vez no desarrollarla ignorando la base económico-financiera que necesita y su posible recuperación.”

A la par de hallar el equilibrio entre calidad artística y sustentabilidad, ¿qué otros desafíos identifica el Instituto un lustro después de haber arribado a su medio siglo?

“Hay tres razones que a mí me permitirían explicar la importancia de defender la institución: primero, creo que el cine, como elemento de la cultura, es más importante que en cualquier otra época. Hoy vivimos en un universo audiovisual amplísimo, contaminado con productos de muy baja calidad y a la vez muy influyentes en los públicos de cualquier edad, pero sobre todo entre los más jóvenes.

“Si uno busca las fuentes del acervo cultural individual de hace aproximadamente 50 años, es probable que encuentre una alta dosis de literatura que no creo que sea proporcional a la de un joven hoy de 20 años; los hay lectores empedernidos, pero no es la media.

“En ese espectador promedio de hace cinco décadas, uno va a encontrar también una dosis de cine, pero ese cine (el poco cine que se veía en Cuba, comparado con esta época), era una selección de lo mejor que se hacía en el mundo. En el espectador joven de ahora, en cambio, uno puede hallar más audiovisual (no tanto cine, a partir de la multiplicidad de vías para acceder a estos productos).

“Es indiscutible que hoy es más fácil que nunca ver películas, pero no buenas películas. Dentro de ese universo tan amplio que se nos presenta, con novelas, seriales, videoclips; el cine siempre va a ser la zona más elaborada, la de mayor creatividad; por eso es tan importante defenderlo, sobre todo aquellos exponentes no hechos meramente para vender, que no es el caso de la generalidad del cine norteamericano, pensado para entretener a un espectador global.

“En nuestro país el cine cubano juega un papel y estamos convencidos de su necesidad. Nuestra producción no es tan amplia, salen siete u ocho películas al año, pero normalmente tienen mucho público y un peso alto dentro de nuestro consumo cultural. El impacto de Conducta es una muestra: movilización de ideas y sentimientos en una sociedad entera que debate espontáneamente, a partir de la propuesta de un filme.

“El segundo elemento es el enorme talento que se ha ido formando en el terreno audiovisual, y que la institución debe aprovechar, fruto de la Facultad de las Artes de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA) y de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), así como del ejercicio empírico de jóvenes.

“Antes sus exponentes estaban concentrados en La Habana, pero ahora pueden encontrarse de manera creciente en cualquier lugar del país. Hay talento suficiente para estimular y favorecer un cine todavía mejor que el que hemos tenido.

“En tercer lugar está la capacidad que tenemos de romper esquemas, exitosos en otras épocas, beneficiosos para el cine de otro momento, pero que hoy necesitan renovarse a partir de ese talento que existe fuera de las instituciones, y que debemos aunar. Para ello hemos venido trabajando en los últimos meses, como parte del Grupo Temporal de Trabajo de implementación de los Lineamientos; en el cual la participación creciente de los creadores ha sido decisiva. Este proceso nos ha permitido una mejor identificación de los problemas del cine cubano y sus posibles soluciones.”

¿Qué impidió que en los inicios este trabajo conjunto no fluyera aparentemente de un modo tan orgánico?

“Nada que tuviera que ver con una diferencia de propuestas, lo que estábamos buscando como institución era lo mismo que querían los creadores, pero no se había organizado un esquema de trabajo que los incorporara naturalmente al proceso. Ellos tenían una impaciencia comprensible por ser parte de este; porque estamos hablando de artistas que acumulan una larga historia de participación. Cuando se revisan los momentos cruciales de la institución a lo largo de este medio siglo, en todos se constata la presencia activa de los creadores, tradición que también es orgullo nuestro.

“Una vez que se creó ese mecanismo para el proceso actual, pudo aflorar algún desacuerdo, natural en cualquier análisis colectivo de un problema, pero este podía darse entre los representantes de la institución o entre los propios creadores, no como manifestación de unos contra otros. A estas alturas es difícil deslindar la posición de cada cual, hay ideas que pueden ser contrapuestas, pero ya formamos parte de un mismo grupo de discusión.

“Estamos hablando de un proceso muy complicado que aún no concluye, y cuya vitalidad muchas veces está en la pasión que nos desborda como miembros del ICAIC. Hemos buscado entre todos las propuestas que percibimos como las mejores opciones para el cine cubano.

“Nunca aceptamos mucho la división entre institución y creadores, porque este Instituto es de los creadores, históricamente en el ICAIC los artistas tuvieron una autoridad muy alta; siempre hubo esa relación en la que era muy difícil separar ‘bandos’, un lado u otro.

“Hoy yo siento que la discusión ha avanzado hacia ese punto sano, donde los criterios contrapuestos que puedan existir no tienen que ver con pertenecer o no a la institución, o con representar un pensamiento oficial: somos cineastas que podemos tener diferentes opiniones.”

Además del debate en torno a nuevas fórmulas económicas y organizativas para la producción cinematográfica, ¿cómo se ha pensado el acceso a tecnologías que también den cuenta de una actualización formal del cine cubano?

“Todo el equipamiento tecnológico del cine, tanto para la producción como para la exhibición, es extraordinariamente caro, y eso para Cuba, en nuestras condiciones económicas, supone un reto.

“El punto más débil lo tenemos en la exhibición, pues lo que antes podía parecer un enfoque futurista ya hoy es realidad: casi todas las salas de cine del mundo son digitales, las copias en 35 milímetros son una rareza.

“Por otra parte, la existencia de estas tecnologías es el sustento de muchos creadores, quienes pueden hacer su cine fuera de las instituciones porque tienen acceso a ellas. O sea, de la confluencia de tecnología y talento ha emergido el cine autónomo cubano, con el cual el ICAIC debe entablar alianzas creativas en su proceso de actualización, a través del financiamiento a esas producciones, coproducciones y muchas otras alternativas que puedan permitir el crecimiento de esas fórmulas no estatales.”

Mencionaba que la mayor debilidad se encuentra en la exhibición, ¿cuál es el estado general de las salas de cine?

“El estado de las salas de cine es realmente malo, y su solución es compleja. Primero que todo debe aclararse algo que muchas veces tiende a confundirse; las salas de cine del país son atendidas por los territorios donde se encuentran enclavadas; están bajo la jurisdicción de los gobiernos provinciales, las direcciones provinciales de Cultura y los centros provinciales de cine. El ICAIC solo opera directamente las seis salas de cine del Proyecto 23, en la capital, e incluso para el mantenimiento de estas el financiamiento que recibe el Instituto es insuficiente.

“No obstante, hasta donde podemos intentamos apoyar la recuperación de las salas en otras provincias; hay varias que han recibido de nuestra parte equipamiento, pero hoy estamos en una situación tensa que se va haciendo cada vez más aguda. Hemos defendido que los propios territorios deben hacer una evaluación del estado de sus salas, y con la prioridad que sea posible, empezar a atender esa red, no solo desde el punto de vista constructivo sino también tecnológico.

“La importancia de la sala de cine no solo estriba en ser una institución cultural de la comunidad y en favorecer la interacción de las personas que comparten la vivencia de ver una película. Los cineastas hacen cine para verse en pantalla grande. Aunque en la casa haya quien pueda verlo en un buen televisor, el cine que hacen los creadores es para el espacio de la sala, y si uno no puede ver y escuchar una película tal como la diseñó el realizador, no está viendo la película completa.

“Ver una película en otras condiciones es como leerse un libro al que le falten páginas, o páginas a las que le falten oraciones… Muchas personas no se dan cuenta; a veces consumen las películas con copias infames, y creen que las vieron, pero la película no es una historia que se cuenta, es el cómo se cuenta, las diversas artes que confluyen en ese acto, y que no se pueden disfrutar en una mala copia (e incluso aunque sea buena, si la estás viendo en un televisor, todavía no es la película que hizo el director).

“Para esto se necesitan las salas de cine, uno es seducido como espectador cuando ve las películas en pantalla grande. Hay que defender la existencia de estas para ver cine de verdad. Ahora, una sala de cine con las condiciones para esto puede costar más de medio millón de dólares, una sola butaca de la luneta puede cotizarse entre los 100 y los 300 dólares, un equipamiento de proyección con buen sonido para una sala pequeña, en 40 mil, y si es para una grande, en 200 mil. Y estamos hablando de una actividad que de cara al consumidor cubano sigue costando tres pesos en el multicine Infanta de la capital, dos pesos en los cines de estreno, y en otros lugares mucho menos. O sea, en la taquilla no se recupera absolutamente nada.

“Es muy complicado defender en medio de la situación actual la red de salas de cine, y por otra parte, de ella depende que existan las condiciones para ver una buena película. Por supuesto que un cineasta preocupado por su obra va a pronunciarse también por el estado del espacio en el que su obra puede ser apreciada.

“Siento que la red, ante otras tantas prioridades, no ha recibido la atención que merece en todas las provincias del país. Pero al mismo tiempo uno no puede ignorar que en algunos territorios se está realizando un esfuerzo extraordinario por recuperar las salas: en Camagüey por ejemplo, como parte de las obras que se hicieron por su 500 aniversario, se recuperaron las salas de cine más importantes de la ciudad: el cine Casablanca se convirtió en un multisalas, se están rescatando las salas Encanto y Nuevo Mundo (que fuera la primera de video que existió en el país), y han hecho la Calle de los Cines. En Pinar del Río se logró reabrir el Praga como un gran cine-teatro; en Santiago de Cuba, también se está terminando como cine-teatro el legendario Cuba.

“Ahora, la mayoría de las veces puede recuperarse la sala como un espacio físico confortable, pero no la proyección de calidad, porque hasta ahí no se llega; la climatización es otro gran problema. Por ello insistimos en la propuesta de que los territorios tengan posibilidad de atender sus salas de cine a partir de un diagnóstico. Lo que no puede ser es que las dificultades nos paralicen; para empezar estamos promoviendo que al menos en las capitales de provincia haya una sala de cine con un rango tecnológico promedio; en la capital estamos empezando por el cine Yara, que dentro de unos meses, con el apoyo del Ministerio de Cultura, tendrá las condiciones de cualquier otra buena sala digital del mundo.”

Más de medio siglo de quehacer creativo implica ante todo una responsabilidad con su preservación, ¿en qué estado se encuentra el patrimonio cinematográfico cubano?

“La situación del patrimonio fue muy grave en años anteriores, sobre todo por el impacto que tuvo la década del 90, cuando se produjo un deterioro muy grande de todas nuestras instalaciones y los frecuentes ‘apagones’ aceleraron el deterioro de un material que es muy sensible a la temperatura y la humedad; pero en este momento evaluamos la situación como mucho más favorable.

“Ciertamente se habían perdido las condiciones que exige la conservación de la cinta fílmica, la cual hay que tener en un lugar adecuado, con determinados requerimientos de temperatura y humedad, de lo contrario se reblandece el material y se borra lo que estaba impreso.

“Lo primero que logramos en los últimos años, sobre todo a raíz de un proyecto de colaboración con la Junta de Andalucía, fue recuperar las capacidades de almacenaje de ese material, en las condiciones que demanda la conservación del cine, y así se inició el proceso de recuperación.

“Al inicio estaba diseñado con la práctica de antes: restaurar una película en 35 milímetros, y terminar con una nueva en el mismo formato. Aunque seguimos convencidos de que la mejor manera de conservar las películas es en 35 milímetros, las tendencias más actuales han modificado el proceso, y ahora lo que se hace a partir de una recuperación mínima de la cinta, es su digitalización; eso también lo hemos empezado a desarrollar. Estas copias digitales tienen el valor agregado de que se pueden reproducir con mayor facilidad.

“Con los Noticieros ICAIC ocurrió algo diferente, porque encontramos una propuesta muy valiosa del Instituto Nacional del Audiovisual de Francia, que nos propuso trabajar de manera conjunta en la restauración de los 1 492 números del Noticiero, bajo el esquema de que su comercialización beneficiara a las dos instituciones, sin que el ICAIC perdiera la propiedad de esos materiales.

“Al tema de la conservación debemos seguir otorgándole la máxima prioridad, pero cuando uno suma lo que se ha avanzado con estos Noticieros, y las condiciones creadas ya para el resto del cine cubano, podemos tener la tranquilidad de que nuestro patrimonio cinematográfico puede ser salvado.”

El ICAIC fue la primera institución que puso en práctica la política cultural de la Revolución apenas a tres meses de haber triunfado. ¿Por qué empezar por el cine?

“Según lo que uno les oyó a los fundadores, Alfredo Guevara, Julio García Espinosa…, esta historia, como otras, se hizo con una mezcla de necesidades y azares concatenados.

“A finales de los años 50 un grupo de jóvenes (en el caso de Julio y Titón y otros), habían estudiado cine en Italia y encontrado en el neorrealismo italiano una mirada hacia la sociedad desde la cinematografía, que tenía que ver con la visión política que ellos compartían, con sus ideas revolucionarias y antimperialistas; sentían que el cine podía jugar a nivel social un papel transformador.

“Cuando triunfó la Revolución, inmediatamente ellos le solicitaron a la dirección del país —según anécdotas contadas por el propio Alfredo—, la creación de una institución para el cine, que en los dos primeros meses del proceso revolucionario tuvo que dar paso a otras urgencias, pero muy poquito tiempo después, Alfredo contaba que Fidel lo había llamado y le había dicho: “está bien, presenta la propuesta”. Y es que Fidel vio, con esa luz larga que lo ha caracterizado siempre, la importancia que tenía el cine; de la misma forma que se había percatado Lenin muchos años antes. Y así devino nuestra cinematografía en un arma de la Revolución, no como propaganda, sino como arte comprometido con la nueva sociedad.”

Si bien el ICAIC ya no representa a todo lo que se produce en el ámbito cinematográfico cubano, hay valores que deben seguir identificando al cine del ICAIC. ¿Cuáles?

“Cuando se crea el Instituto el 24 de marzo del 59, se funda con una Ley, la 169. Esta contiene la plataforma cultural de la institución, cuyo primer por cuanto expresa “Por cuanto el cine es un arte”. Para mí esta norma tiene dos ideas fundamentales: el fomento de un cine auténticamente nacional, y la formación de un espectador más culto y sensible. Creo que esos dos principios fundacionales del ICAIC están vigentes, como retos muy complejos que nos plantea la actualidad.

“Cuando uno habla del cine auténticamente nacional, tiene que pensar en la producción que seguirá haciendo el ICAIC, pero también en las condiciones que debemos crear para que el cine que no se realice dentro del Instituto sea asumido como tal y conserve altos niveles de calidad.

“No podemos permitir que lo puramente económico, la búsqueda de éxito e ingresos, transformen nuestro cine en un producto netamente comercial, sin valores culturales. Ese debe ser siempre la primera de nuestras aspiraciones.

“Por otra parte, la defensa del concepto de identidad nacional no es algo sencillo, pues se trata de construir un producto que no renuncie a determinados temas y lenguajes del cine universal, y que a la vez no se convierta en una mercancía globalizada. Por eso estamos proponiendo formas de financiamiento, de protección y apoyo para los mejores proyectos que puedan surgir fuera de las instituciones.”

 

 



[i] Entrevista con Amaury Pérez Vidal para la televisión cubana en 2010. Transcripción en http://www.cubadebate.cu/noticias/2010/09/22/alfredo-guevara-soy-un-prof...

 

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