Dos encuentros con García Márquez

Nunca hizo falta una entrevista

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

N

o sé de qué manera el amigo alemán Dietmar Geisendorf, empeñado en borrar la desastrosa ridiculez de las autoridades de su país al cortar vínculos culturales con Cuba —a tenor con el dictado de una Unión Europea obsecuente con el mandato de Washington—, se las arregló para que su embajador organizara un encuentro informal con unos cuantos escritores de la Isla en los primeros días de diciembre de 2003, en medio de la efervescencia del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. El huésped de honor era Gabriel García Márquez, que disfrutaba una vez más aquellas apasionantes jornadas fílmicas.

Seguramente debido a la falta de un estricto protocolo, el escritor colombiano llegó antes del resto de los invitados, de modo que cuando arribamos otros ya estaba en la terraza de la residencia diplomática, sometido a una exhaustiva explicación por parte de su anfitrión acerca de las especies botánicas que crecían en el jardín.

Al paso del tiempo, y como García Márquez había aguantado impertérrito la exposición didácticamente tenaz del embajador, este le preguntó qué le parecía el jardín. El novelista solo pronunció cuatro palabras: “Todo es muy alemán”.

Geisendorf, quien también había llegado tarde, se dio cuenta de la ironía y siguió la rima con comentarios provocadoramente inteligentes acerca de los encuentros y desencuentros culturales entre su país y el Caribe, y entonces todos, es decir, los pocos que tomábamos el aperitivo en la terraza, entre ellos el poeta Miguel Barnet, nos enzarzamos en una conversación que recorrió desde las aventuras científicas de Alejandro de Humboldt hasta la cacería de submarinos nazis protagonizada por Hemingway por la cayería insular a bordo del yate Pilar, pasando por las diferentes percepciones de la puntualidad, el reciente entusiasmo de los libreros europeos hacia los autores latinoamericanos en la Feria de Frankfurt y las posibilidades de ajustar la desmesura wagneriana a los públicos bachateros del Caribe.

Imagen: La Jiribilla

El embajador preguntó entonces al escritor por sus personajes alemanes favoritos y la respuesta lo desconcertó: “Si hombre, Karl Marx; si mujer, Rosa Luxemburgo”. Geisendorf, sin embargo, rió de buena gana. Antes de despedirse, García Márquez le comentó: “No pierdas el sentido del humor. Qué buen chiste esta reunión. Eres el alemán más pícaro que he conocido”.

Cuando relaté lo acontecido a algunos colegas, me increparon: “¿Por qué no entrevistaste al Gabo?” “No tenía ganas”, dije. En realidad siempre respeté el deseo del escritor de no ser entrevistado y ni en esa ni en otras ocasiones se me ocurrió emplazarlo con un cuestionario. La única vez que tuve la tentación de hacerlo fue en 1995, cuando coincidimos en la Fiesta del Fuego, en Santiago de Cuba. Le insinué la posibilidad cuando nos vimos al llegar a la terminal aérea, y él, tal vez por pena y para no ser grosero, evadió la situación con un “vamos a ver si hay tiempo más adelante”.

Ni hizo falta. A la sazón yo trabajaba con el ministro Armando Hart y asistimos en horas de la noche a una ceremonia en la Casa del Caribe. El inefable Joel James había traído auténticos portadores de la cultura popular de origen africano que vivían en las inmediaciones de San Luis; quienes, como parte de un rito, debían cortar los testículos a un chivo vivo. Ni Hart ni García Márquez ni yo resistimos el impacto sangriento de aquella acción y nos refugiamos en la oficina de Joel. El novelista dijo algo así como que entendía la pureza de las intenciones de los oficiantes pero que lo sentía, era demasiado para él. “Después de esto voy a necesitar una noche de boleros”, dijo, y así con una mínima compañía nos dirigimos a la Casa de la Trova de la calle Heredia. Rones bravos y sabias y cadenciosas canciones nos abrasaron hasta bien entrada la madrugada. Al final, cuando ni yo mismo me acordaba de la idea de abordarlo para un diálogo formal, el propio García Márquez me dijo tomándome por los hombros: “Después de esta noche te habrás dado cuenta que no hace falta una entrevista. Si quieres, inventa las respuestas”.

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