La estirpe de quienes conjuran la soledad

Yinett Polanco • México

El día en que iba a morir, Gabriel García Márquez se rodeó de su familia. Tiempo había ya en que su delicado estado de salud había anunciado su propia muerte y quién sabe si recordaría la tarde remota cuando en Aracataca conoció el hielo.

Muchos años antes había convertido su pueblo natal en el mítico Macondo de Cien años de soledad y uno podía imaginar con la guayabera blanca que el propio Gabo vestía a Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera, o a Santiago Nasar, en Crónica de una muerte anunciada. Colombiano de pura cepa, alguna vez confesaría que escribía escuchando vallenatos, sin embargo, por décadas había escogido al México que consternado lo despide, como su segundo hogar.

Imagen: La Jiribilla

Pólvora fue la noticia de su muerte y de izquierda a derecha todos los medios mexicanos ─La Jornada, El Universal, Milenio, CNN México, Excelsior…─ la anunciaban en titulares. Por toda América Latina, esa misma que invocó cuando le entregaron el Nobel de Literatura en 1982, los presidentes de los países expresaban su pesar en sus cuentas de Twitter. En Colombia decretaban tres días de duelo y en México se anunció un homenaje en el Palacio de Bellas Artes el próximo lunes.

Antes de ser reconocido internacionalmente y asociado con el boom de la literatura latinoamericana, el Gabo era un muchacho enamorado de las letras que había abandonado la carrera de derecho para intentar vivir del periodismo: “Soy un periodista, fundamentalmente. Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista, aunque se vea poco. Pero esos libros tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, pero el método de investigación y de manejo de la información y los hechos es de periodista”, declaró alguna vez a Radio Caracol.

En el periódico El Espectador publicó su primer cuento: La tercera resignación. Uno tras otros nacieron entonces Los funerales de la Mamá Grande, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, La hojarasca, La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Noticia de un secuestro, La aventura de Miguel Littin en Chile, Memoria de mis putas tristes, la obra de teatro Diatriba de amor contra un hombre sentado y tantas otras.

Después de la literatura y el periodismo, fue el cine su tercera gran pasión. Su primer guion, El gallo de oro, lo escribió junto con uno de sus grandes amigos mexicanos: Carlos Fuentes, y el nacimiento de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños en Cuba, así como la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, están indisolublemente ligadas a su nombre y al de otro de sus grandes amigos, Fidel Castro.

Narrador infatigable, García Márquez lo había contado todo, incluyendo su propia existencia porque: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Cuando cumplió 87 años, hacía poco más de un mes, salió a la puerta de su casa en los Jardines del Pedregal, en Coyoacán, al sur del DF, para agradecer a quienes se congregaron allí para cantarle “Las mañanitas”. Fue su última aparición pública. Hoy en Colombia, México, Cuba, en toda su patria grande se le despide, porque la estirpe de quienes conjuran la soledad, tiene una segunda oportunidad sobre la tierra.

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