El mito repartido

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet
A mi madre, devota lectora.
A Eduardo Sosa, por las discusiones literarias.

 

Como aprendiz, como mal discípulo, tiene uno que detenerse sobre las teclas. Antes de escribir la primera línea, hay que dejar parpadear un poco el cursor en la pantalla en blanco, y de paso descubrir que tiene muy alto el brillo y que todas la metáforas acerca de la página vacía murieron con la tecnología digital. Tal vez por eso, por no perder alguna metáfora, o para poder inventarla, Gabriel García Márquez impugnara las grabadoras. Tal vez por eso, nunca olvidé una crónica donde narraba sus malestares ante una máquina de escribir eléctrica con la que no acababa de sentirse a gusto. Sin embargo, demorarse ante la primera línea, buscar la frase genial, que hoy, o quizás nunca, aparezca, es al menos el primer deber antes de hablar de un escritor, que desde la literatura y el periodismo, nos legó un universo inolvidable.

Imagen: La Jiribilla

Mi imagen de García Márquez, hoy no le diré Gabo, como sólo pueden en estos momentos sus cercanos, se arma más bien de imágenes ajenas. Aunque he leído y disfrutado sus libros, me he deleitado más, en verdad, el sentir cómo esas páginas se apoderan de los otros, cómo puedo discernir en un mágico rebote, el sedimento de una frase, de una idea, de un regusto, que descubro grabado en otras personas. Cómo me adueño de la valía del creador, desde su apoderarse de los demás.
Por ejemplo, a propósito de primeras líneas, las veces que fui discípulo de los talleres de narración impartidos para periodistas, o alumno del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, me fue otorgada una pequeña dádiva. En esas aulas, me deleité con esa puesta en escena inenarrable que es escuchar a Francisco López Sacha, con su ronca voz de rockero que no canta pero que escribe y que da clases, recitar de memoria el comienzo de Cien años de soledad. Como conozco de cerca, enfermedad profesional, algo de este solitario oficio de las cuartillas literarias y periodísticas, sé que ver a un escritor elogiando a otro, actuando, y viviendo mientras trasmite sus hallazgos y oros, es una fiesta innombrable. Un simple termómetro del genio hechizante del hijo más célebre de Aracataca.

Más que leer a García Márquez, disfruté hasta lo indecible cuando mi madre me contaba sus libros, que siempre se bebió antes que yo. Nada tan poderoso como la increíble capacidad del narrador para filtrar sus palabras y hacerlas vivir, quedarse, brillar, incluso más allá de sus páginas, en boca de una de sus lectoras. Más allá de su estilo único, de su sello, es la validez de sus esencias la que posibilita semejante viaje. Por cierto, en apodo que sólo recordé ahora, una compañera de trabajo de mi madre, muchos años atrás, me bautizó bajo el nombre de Florentino Ariza. Y así me recibía, las veces en que llegaba a la oficina. Quizás lo flaco y desgarbado, quizás cierto aire de mutismo observador, o alguna timidez visible, propiciaran el sobrenombre. Que nunca he reclamado y que jamás pude explicarme hasta hoy, que la caprichosa memoria me lo devolviera.  

Otra visión del escritor, me la ha regalado el diálogo. No creo que abandonen a estas alturas la lectura, los pocos que llegaron a este párrafo, si confieso mi predilección carpenteriana, por sobre las páginas del narrador colombiano. Sin desdorar a nadie, como dirían los viejos, pero por simple gusto. Ni tampoco pretendo desentrañar huevos mágico realistas o gallinas real maravillosas. Creo que la fortuna verdadera es que ambos dejaran sus letras tratando de discernir un poco este sí mágico y maravilloso continente.
Por ese motivo, más de una vez me he enfrascado en profundas con–bar–saciones, por lo general noche y sorbos mediante (la mejor hora para hablar de literatura), con mi amigo el trovador Eduardo Sosa. Ese santiaguero montuno que es Sosa, desarmaba mi preferencia, sin ayuda de la Teoría de la Comunicación, con un simple recorrer de mediaciones. Nacido y criado en la capital, citadino, periodista, era casi obvio que me gustara más Carpentier.

Sin embargo, aunque comprendía los motivos de mi amigo, retoño del monte, no fue hasta que tuve la oportunidad de recorrer Tumba Siete, patria chica del trovero, cuando entendí las esencias profundas de su predilección. Llegar allí, siguiendo terraplenes rodeados de las vistas más increíbles desde la Sierra. Rodearse de ese verde monstruoso, surcado por millones de hebras de palma. Conocer en el pequeño poblado al mejor bailarín del mundo, saborear un caimito, incluso más dulce que los labios escondidos de una mulata criolla, y sentir el cálido y sincero agasajo de la humildad que lo da todo. Luego de vivir tal experiencia, es fácil creer que en cualquier esquina, una bella Remedios campesina podría ascender al cielo, con agua de coco en vez de chocolate y con unas sábanas igual de blancas y limpias. Que cualquier funeral, y cualquier legado, pueden ser de la Mamá Grande. O de que Irene, fabuladora que intentamos atrapar en canción, era sin discusión capaz de volar de techo en techo en su poblado, antes de que la adultez le viniera a robar el poder de los hechizos.

Por eso, a riesgo de la blasfemia, quizás sienta que la partida del escritor no es la más importante de las noticias. García Márquez se ha entretenido en repartirse por cuanto sitio capaz de cobijar el mito sea posible. Tanto milagro se queda en sus páginas, en el sentir de los que lo disfrutan, que sus criaturas ya cuentan con la vida suficiente para seguir adelante, incluso más allá de la propia vida de su creador.
En el paraíso que deben tener las tecnologías obsoletas, en ese cielo mecánico, y hasta analógico, también habrá ahora algunas tristezas. Pero de seguro, hay también importantes alertas. Desde Macondo, hacia Comala, La Mancha, o Yoknapatawfa, los telégrafos, las máquinas de escribir, incluso las primeras líneas malogradas y hasta las cuartillas vacías que eliminó la tecnología, convertidas en avioncitos de papel o mariposas amarillas, estarán mandando ininterrumpidos avisos a la fantasía, a la belleza, a lo sensible. Que vayan preparando para los libros de Gabriel García Márquez, para sus obsesiones y maravillas, para todos sus partos de mágicas realidades, una segunda oportunidad sobre la tierra. A sus páginas, ahora que su autor se ha ido, les esperan, al menos para empezar, cien años de abundante compañía.

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