La expedición del Gabo

Katiuska Blanco • La Habana, Cuba

El Gabo, desde ayer, es uno de los hombres que partió del barco encallado en lo profundo de la selva. Rompe monte como uno más del grupo, mientras los pájaros de alas refulgentes van cayendo muertos delante de sí para que sepa el rumbo que debe dar al sendero en la húmeda y copiosa madeja de las frondosidades del follaje vivo, furiosamente vivo en sus espinas o inerte en la hojarasca por sobre las teclas. Lo circundan luciérnagas.

El trueno de las cuatro de la tarde resonó ayer con una exactitud de relojero. Las costureras de Aracataca abandonaron de súbito sus ensimismamientos y levantaron la vista al cielo asombradas de que, por primera vez, fuera tan tremendo el estruendo al que están ya habituadas. Les pareció extraño, casi insólito.

Imagen: La Jiribilla

Remedios, la bella, descendió de los cielos a esa misma hora, precisa, además, para que los disparos regresaran a los revólveres o las ametralladoras, y volvieran a la vida, de una buena vez, los muertos… el de la muerte anunciada, el de La Mala Hora, la Mamá Grande… la muchedumbre infinita que la Compañía masacró en Macondo, tal vez más numerosa que la nube de mariposas amarillas que revoloteó esparcida por el monte de helechos sorprendentes y las casas de los pueblos olvidados de la costa Caribe o las mansiones antiguas de Cartagena o los rascacielos de las grandes ciudades alrededor del mundo y … ¡el mundo es tan pequeño y efímero! Relumbran alas de mariposas amarillas en el contraste de la luz de las estrellas o la oscuridad insondable de la nada.

El pelo de una niña que duerme un sueño eterno ya no alcanza a ser recogido en cola de caballo —parece cable coaxial que anuda a la Tierra— y los amores que en tiempos del cólera eran imposibles, se consuman con la misma naturalidad con que las cafeteras se resisten a rezumar los aromas del café. Ahora son insípidas las bebidas y los hombres buscan otra vez, con persistencia audaz e ilusa, la fuente de la juventud eterna y  la sustancia mágica, buena para los desvelos o los insomnios.

La magia desapareció y tal vez no, porque todo es magia —ahora existen los alquimistas y los magos que hablan y escuchan en el aire y ven a las gentes aunque estén en las antípodas del paisaje—. Los aconteceres se anuncian antes de sucedidos. Los seres parece que están de cuerpo entero, pero no están y son una presencia inatrapable y transparente.

Imagen: La Jiribilla

Los amigos tienen memoria y están los poetas y los cineastas de nuevo en el Distrito Federal. Ayer lo visitaron todos a Gabito, pero en especial Juan Rulfo.

Fidel, el revolucionario, el amigo de piel de monte, de historia de monte, de alma de monte, con la noticia de que El Gabo es uno más de la expedición en la selva, regresó a sus recuerdos de Bogotá, en 1948, Abril también pero más temprano en los días de mes… a aquella tarde de pianos en andas y multitudes en grito al pie de la Ermita, cuando ambos tenían 21 años, estudiaban Derecho y estaban allí… cada uno en un lugar que prometía confluencias astrales. La pensión donde El Gabo se hospedaba refulgía envuelta en llamas… perdido todo de lo poco que tenía ¡hasta su máquina de escribir!... El amigo ya en las luchas, en el camino que lo llevará al encuentro para revivir el nueve del Abril tremendo cuando mataron a Gaitán, en una cena para conversar con El Gabo, él, tiernamente exagerado en metáforas, afirmará que era quien en medio de la calle intentaba romper una máquina de escribir… pero en verdad, entonces, El Gabo la lloraba inconsolable como un niño.

Ya las últimas noticias no reportan el secuestro de alguien, sino el intento de robarse los sentidos, los conceptos, los sueños, las utopías, las palabras. La gente, que antes no habría entendido nada, ahora tiene aguzada la percepción… El intento existe, pero lo que queda son las palabras, las utopías, los sueños, los conceptos, la sensibilidad clarividente de los de abajo, acostumbrada a las arremetidas, pero feliz de sus hallazgos… son las noticias que llegan de todas partes, sin naufragios.

 A estas horas, en este siglo, en las tierras continentales donde alguna vez alguien —equivocadamente— se cansó de buscar El Dorado que sí existe, y en el mar que las baña, poblado de Islas,  los contadores de historias ya no pueden narrar el otoño porque esa estación está, como los patriarcas mismos, en extinción… y ese, que es suceso fantástico, soñado como imposible largamente,  ahora es desmesura de la realidad que muchos descreen… pero que va siendo cierta… como las mariposas, Remedios, el trueno, el tiempo, el hielo y el viento… Sin tristezas, sin soledad, el General salió de su laberinto y anda por Nuestra América.

Un galeón zarpó ayer de lo profundo de la selva colombiana y El Gabo se enroló como navegante. El polvo se arremolina y esparce por toda Aracataca en la partida, luego invade hasta la última esquina del planeta. Llueve desde ayer torrencialmente. Nadie consigue descifrar el rumbo de las nubes ni cuándo amainará la fuerza de las olas o las ramas, más allá del horizonte boscoso.

Ni los partes ni los viejos pueden predecir cuándo demonios escampará.

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