El fundador y sus pródigas huellas

Joel del Río • La Habana, Cuba

Ahora que la tristeza se derrama en centenares, miles de notas necrológicos y homenajes de todo tipo, viene a la mente el elogio insuperable, el mayor, que le dedicaron a García Márquez en vida. Provenía de quien luego se convirtió en uno de sus mayores enemigos y críticos, pero Mario Vargas Llosa podía incluso odiar de corazón al colombiano universal porque ya había escrito su más elocuente elogio.

Imagen: La Jiribilla

Entre finales de los años 60 y principios de los 70, el panorama audiovisual, artístico y cultural de América Latina estuvo marcado por la impronta de Cien años de soledad, que según Mario Vargas Llosa, venía alcanzando mundial resonancia con su presencia luciferina, pues lograba ser, al mismo tiempo, tradicional y moderna, americana y universal. Escribió el peruano que “Macondo ensancha sus límites físicos, históricos y oníricos hasta un extremo que era difícil prever con la sola lectura de los libros anteriores de García Márquez, a la vez que espiritual y simbólicamente alcanza una profundidad, una complejidad, una variedad de matices y significados que lo convierten en uno de los más vastos y durables mundos literarios forjados por un creador de nuestro tiempo. La imaginación aquí ha roto todas sus amarras y galopa, desbocada, febril, vertiginosa, autorizándose todos los excesos, llevándose de encuentro todas las convenciones del realismo naturalista, hasta delinear la vida de Macondo, desde su nacimiento hasta su muerte, sin omitir ninguno de los órdenes o niveles de realidad en que se inscribe: el individual y el colectivo, el legendario y el histórico, el social y el sicológico, el cotidiano y el mítico”.

La realidad cubana de los últimos 30 años incluye numerosas huellas de la acción garcíamarquiana como periodista y escritor (todos sus libros fueron publicados y se convirtieron en éxitos inmediatos; Juventud Rebelde publicó sus crónicas durante años), y como creador de instituciones relacionadas con el audiovisual, como la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) en San Antonio de los Baños. Para reconocer todo ello, se escribió el libro El cine según García Márquez, que fue presentado a lo largo de marzo y abril, en las ciudades colombianas de Cartagena, Bogotá y Medellín.

Además de intentar revalorizar algunas de las películas inspiradas en su obra, en El cine según García Márquez se reconoce al Gabo en tanto fundador y auspiciador de iniciativas dirigidas a la integración y el desarrollo de las cinematografías de la región. Y este esfuerzo tomó forma, sobre todo, en los años 80, cuando el extraordinario reconocimiento que logró la obra literaria de Gabriel García Márquez, incluido el premio Nobel de Literatura, fue colocada al servicio de crear, presidir e impulsar, desde 1985, la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL), definida por su creador como “una Fundación que no puede inventar un movimiento cinematográfico como lo es el del Nuevo Cine Latinoamericano. Lo que sucede es que nosotros nos hemos dado cuenta de algo que es evidente. Y es que existe. Es una explosión de un cine nuevo en América Latina. Lo que estamos tratando es de crear condiciones para impulsarlo, de introducir ese movimiento en el mercado. El principal inconveniente de la Fundación es el principal inconveniente de todo en América Latina: es que nada está centralizado, que no hay unificación. Los brasileños, los venezolanos, los colombianos y los argentinos hacen cine. Pero son cines fragmentarios. Lo que tratamos es de unificar ese movimiento y que haya una interrelación de todos los cines nacionales”.

La Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano nació signada por el propósito de "lograr la integración del cine latinoamericano; así de simple, y así de desmesurado. Y nadie podría condenarnos por la simpleza, sino más bien por la desmesura de nuestros pasos iniciales en este primer año de vida". El principal proyecto pedagógico de la Fundación sería la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños, que apenas un año después de establecida ya poseía prestigio internacional, con estudiantes y graduados fundamentalmente de América Latina, pero también procedentes de Europa y Estados Unidos, África y Asia.

La Escuela fue inaugurada por Gabo el 15 de diciembre de 1986, con la dirección del argentino Fernando Birri. Por aquellos días, aseguró el escritor que “la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano va a recibir del Estado cubano una donación que nunca nos cansaremos de agradecer, tanto por su generosidad sin precedentes y su oportunidad, como por la consagración personal que ha puesto en ella el cineasta menos conocido del mundo: Fidel Castro. Me refiero a la Escuela Internacional de Cine y Televisión, en San Antonio de los Baños, preparada para formar profesionales de la América Latina, Asia y Africa. (…) Esta será, por su naturaleza misma, la más importante y ambiciosa de nuestras iniciativas, pero no será la única, pues la formación de profesionales sin trabajo sería un modo demasiado caro de fomentar el desempleo. De modo que en este primer año hemos empezado a echar las bases para una vasta empresa de promoción y enriquecimiento del ámbito creativo del cine y la televisión de América Latina. (…) Esta es la casa de ustedes, la casa de todos, a la cual lo único que le falta para ser completa es un letrero que se vea en todo el mundo, y que diga con letras urgentes: "Se aceptan donaciones".

Después, vinieron los Talleres anuales, impartidos en la misma Escuela, sobre las técnicas para contar un cuento. En tales talleres, nacieron decenas de proyectos que luego se convirtieron en películas mexicanas, colombianas, brasileñas, cubanas, en fin, latinoamericanas. La Fundación y la Escuela continuaron logrando, como quería García Márquez, influir en la potencialidad de lo inédito, y contribuir a impulsar el cine y el audiovisual latinoamericano.

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