El querido patriarca

Roberto Burgos Cantor • Colombia

A pesar de los pesares, muerto el creador, el arte propone consuelos. El consuelo más que conformidad es una ilusión, la posibilidad de ver otra vez, de indagar sentidos. La sonata y los colores, aquel documental y ese montaje teatral, las novelas y los cuentos, renovarán su destello cada vez y un renovado susurro. Vidas independientes entonces. El creador nos deja el dolor y su obra nos propone la duración, una forma de esperanza.

Tal vez el dolor de ausencia, el sufrimiento por los adioses definitivos, mantengan viva la rebelión del ser humano que no ceja ante lo inevitable. Vivir para morirse.

Gabriel García Márquez para los escritores de mi entorno temporal, Umberto Valverde, Rafael H. Moreno-Durán, Eligio García Márquez, Santiago Mutis, fue un liberador de las formas y un descubridor de elementos de dignidad, belleza y revelación en una realidad despreciada. Él observó la misma incertidumbre que, años después, padeció Philip Roth: “¿Cómo iba a ser posible que el Arte echara raíces en un barrio judío de Newark, tan pueblerino, sin relación alguna con los enigmas del tiempo y del espacio, o del bien y el mal, o lo real y lo aparente?”

Y en la construcción de esa posibilidad, igual que Flaubert al escribir Un corazón sencillo, se esconde la desmesura de mostrar nuestros rostros enterrados para reconocernos, y en cambiar la dirección de una literatura que apenas proponía convenciones simples del buen decir y la moral para hacernos sumisos esclavos de un mundo mal hecho.

Gratitud entonces para Gabriel aunque ahora estemos más solos.

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