¿Y dónde queda el dramaturgo para niños?

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

La recientemente concluida Feria Internacional del Libro no dejó en las manos de los lectores tantos nuevos títulos de interés como se esperaría de un evento de magnitudes tan publicitadas. Reediciones, reacomodos de los mismos títulos ya presentados en años anteriores en los mismos estantes, y escasas novedades verdaderamente atractivas, demuestran que el concepto de tal evento necesita reajustes y una posibilidad más provocativa en sus estrategias de promoción. Cuando descubrí entre muchos de esos volúmenes el que me anima a escribir esta nota, creí hallar un libro que sería capaz de reactivar mi interés por las propuestas que anunciaba desde su portada, y en la feria misma. Y sí que me provocó Los que escriben para niños se confiesan, presentado por la editorial Gente Nueva como una colección de entrevistas que Enrique Pérez Díaz, director de este sello, ha hecho durante un buen tiempo a numerosos autores de un género tan importante como lamentablemente menospreciado.

Imagen: La Jiribilla

Ya se sabe que los escritores para niños se quejan, y no les falta razón en varios aspectos. Se desdeña una literatura concebida para los infantes que, sin embargo, no deja de ser reclamada en espacios como esta. Alguna vez se habló de la posibilidad de crear una Feria del Libro Infantil Cubano, y es una iniciativa no despreciable, aunque necesitaría una modificación imprescindible a la altura de las reales escalas de producción de nuestras casas editoriales actualmente. Y jerarquías, y reafirmación de calidades, más allá de las estadísticas que a veces parecen ser el único recuerdo que dejan esta clase de eventos. En estas más de 300 páginas, Enrique Pérez Díaz combina dos de sus pasiones: el periodismo y la literatura infantil para imaginar un álbum que nos deja saber de las alegrías, inquietudes, búsquedas particulares y anhelos de unos 80 autores, entre los cuales se mezclan consagrados, y noveles, algunos con una obra aún incipiente en contraste con los que ya han acumulado décadas de quehacer.

De Dora Alonso a Antonio Orlando Rodríguez, de Joel Franz Rosell a Mirta Yáñez, de Luis Cabrera a Legna Rodríguez, de Teresa Cárdenas a Nersys Felipe, de Nöel Castillo a Yunier Riquenes, de Dimas Juantorena a Cristina Obín… el libro viene a ser una combinación de voces en la que a veces se hace perceptible una cierta prodigalidad a la hora de sumar nombres, y la necesidad de una criba que hubiera, también, preservado las mejores entrevistas a fin de no confundir abundancia con cierta solidez. Teniendo en cuenta, sin embargo, que a la literatura cubana le faltaba un repaso de este tipo, y que lo hace ahora una editorial que, por derecho propio, debía establecer esas coordenadas, Los escritores para niños se confiesan queda como una referencia en la que, por encima de generaciones, idas y venidas, se recompone un paisaje donde están los merecedores de estudios más profundos y aquellos que ahora mismo no pasan de profecía. Lo que más me preocupó ante este volumen es la ausencia casi total en tantas y tantas páginas de esos otros autores: los dramaturgos que escriben para el lector y público infantil, que parecieran no existir en repaso semejante.

No es la primera vez que se omite a los dramaturgos, no digamos ya los que imaginan escenas para estos destinos, sino los que también lo hacen para el (dícese) más respetable público adulto. El Premio Nacional de Literatura se le ha escamoteado a nombres como Héctor Quintero, ya fallecido, Eugenio Hernández Espinosa o José Milián, todos ellos dignos merecedores de un lauro que tampoco piensa en la valía de lo que se crea para la escena. Habría que ver qué diría un británico de ese silenciamiento, un francés o un alemán. Y no es que quiera comparar a tales autores a Shakespeare, Racine o Heiner Müller; sino que tal cosa sirve para ejemplificar qué poco nos importa el teatro, o cuán distante lo pensamos de ciertos ámbitos y merecimientos, desde un concepto de lo cultural que también ha creado y sufre sus estereotipos. En este volumen, a excepción de Esther Suárez Durán (dueña de una extensa trayectoria como dramaturga y por ende, merecidísima su inclusión), no mucho se habla de la escena o la creación teatral, como si varios de nuestros escritores para niños y niñas no hubieran aportado algo a ese panorama, o hayan servido de base a adaptaciones exitosas. Y buscar a alguno, entre los aquí reunidos, que se haya dado a conocer primordialmente a través de la dramaturgia, concentrándose en ella como terreno esencial, es poco menos que imposible. Que el grueso de estas entrevistas sea el resultado de un cierto número de años dialogando con figuras de nuestras letras, y que entre ellas no se aviste a un dramaturgo o dramaturga, abre otra zona de silencios, que contrasta con la nota de contracubierta en la cual se proclama que aquí están los “cubanos”, “creadores a veces incomprendidos por lo poco que se les conoce y valora”.

Conozco y estimo a Pérez Díaz lo bastante como para saber que no es su intención, pero tal vacío en páginas tan generosas haría creer que en Cuba o no hay dramaturgia para niños, o que quienes pensaron este panorama incurren, respecto a sus posibles autores, en el mismo error que achacan a esos que ni estiman ni saben de sus existencias.

Pienso en nombres como el maestro René Fernández, Fidel Galbán, Blanca Felipe Rivero, Yanisbel Martínez, William Fuentes, Maikel Chávez, María Laura Germán o Christian Medina. Son los continuadores de Modesto Centeno, Carucha Camejo, Pepe Carril, Freddy Artiles, Nicolás Guillén, Ignacio Gutiérrez, Abelardo Estorino y muchos más, en una lista que llega, por supuesto, hasta el presente y se extiende hacia el futuro, pasando por Joel Cano, Salvador Lemis y otros que dejaron  una provechosa oleada de cambios estéticos y conceptuales en la escena cubana de fines de los 80 e inicios de los 90.

El teatro para niños también tiene su leyenda negra, y hoy mismo los dramaturgos que han entendido que adaptar un clásico a los aires del nuevo siglo o persisten en concebir fábulas novedosas para las tablas, tienen que padecer otras clases de invisibilización, como la falta de foros que les permitan reunirse, o la proliferación de directores que consideran a la dramaturgia como una simple herramienta, y se denominan a sí mismos adaptadores, versionadores o escritores, sin tener para ello más que el deseo, y no el talento necesario para crear eso tan complejo que es un texto teatral con calidad y vida propia. El ejemplo de Dora, y los ecos de Martí  y Onelio Jorge Cardoso: nuestros dos máximos proveedores de fábulas dispuestas a ser adaptadas desde la narrativa; no siempre es recogido por el mejor guante, y también en este ámbito se piensa a ratos que el público infantil solo necesita palmadas y fácil entretenimiento. No todo el mundo es capaz de escribir un Pelusín y los pájaros chispeante, ni de reinventar a la Caperucita Roja o a la Cucarachita Martina con la gracia tan personal de Centeno o Estorino.

Es una pena que en este libro se ausenten, así, los dramaturgos que en Cuba aspiran a ser reconocidos por el lector y el espectador de corta edad. Se insiste en que el teatro es un género que vende poco; si se le olvida a la hora de promocionar, crear catálogos, sugerir talentos, lo será mucho más. Que el libro esté preparado por el director de la editorial que en Cuba lleva el peso de las publicaciones para este tipo de destinatarios, es cosa que alerta aún más, aunque me consta del interés de este sello en reavivar la edición de títulos de nuestra dramaturgia. Pero los agujeros negros también sirven de aviso, dejan ver carencias y desatenciones que pueden, a la larga, dejar una deuda que se paga a largo plazo.

Agradezco a Enrique Pérez Díaz el acercarme a las preocupaciones y sentencias de numerosos escritores en un volumen donde no falta la línea interesante, la respuesta ingeniosa, la inquietud recurrente por escribir mejor y de un modo cada vez más atractivo. Pero podría aún preguntarle: ¿y dónde los dramaturgos que, como muchos de estos nombres que aquí aparecen, confían en ese lector, en el niño que lee y también va al teatro, en la niña o el niño que tal vez necesite de ese tipo de estímulos para ser mañana, él mismo, actor, director, diseñador teatral, o dramaturgo? Tal vez sería bueno sugerir al anfitrión de esta columna, quien me la ha cedido gentilmente esta vez para hablar de un libro que recomiendo al tiempo que le hago ciertas interrogantes, que en este mismo espacio algunos de esos dramaturgos que son hoy parte viva de la creación cubana para niños, sean entrevistados. Y podríamos complementar así este panorama, este paisaje de encantamiento y provocación donde no puede, ni debe, dejar de alzarse un teatro.

Comentarios

Justa la critica. Coincido y estoy segura de que enriquito no se propuso lamentable ausencia, He deseado trabajar un volumen de mis Vamos... dedicado al teatro y al ballet infantiles, lo cual concebi desde que inicie la coleccion en el 2004, pero no logro concretarlo por disimiles razones. Soy asistente asidua a las funciones de teatro para niños y lamentablemente casi siempre las salas permanecen semivacias o semillenas y lo dejo hasta aqui, pero muchisimo mas se podria comentar al respecto. El teatro para niños precisa reanimacion, buenas adaptaciones y..... muchisimo mas.

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