Retablos de cristal y arena abriendo
el taller

Norge Espinosa • Matanzas, Cuba
Foto: Cortesía del autor

 

Se inauguró oficialmente el 11 Taller Internacional de Títeres, que trae consigo al Consejo UNIMA y a sus delegados de tantas partes del mundo a la capital de los retablos cubanos, del 19 al 27 de abril: esta ciudad a la que siempre dan ganas de volver. El grupo norteamericano Sandglass Theater tuvo la responsabilidad de servir como pórtico a las intensas jornadas que nos esperan, y en el cine matancero Velasco, remozado para la ocasión, tuvimos la oportunidad de disfrutar de un espectáculo que pese a los años que corren desde su estreno, en la década del 80, se nos revela como un acto de virtuosismo.

Imagen: La Jiribilla

Concebido por Eric Bass, y dirigido por Richard Edelman, Autumn Portraits (Retratos de otoño) es algo más que un onemanshow. Es, para decirlo mejor, una declaración poética acerca de preocupaciones fundamentales del ser humano, como la muerte, el inexorable paso del tiempo, la maternidad, y el hecho mismo de vivir entre penas y alegrías. Cinco breves historias nos introducen en el mundo de otros tantos personajes, y la maestría del titiritero deja ver, desde una absoluta economía de medios, todo lo que su carrera le ha permitido ir puliendo y perfeccionando.

En su declaración de fe, Sandglass Theater define al títere desde un precepto poético y filosófico: una abstracción de la memoria o el recuerdo, y este montaje viene a confirmarlo. Un sueño que es invocado, así hablan de este arte Eric Bass e Inés Zeller, fundadores del grupo que ha presentado numerosas puestas en lugares del mundo, ganando premios y al fin llegando a Cuba gracias a los empeños del Taller, la Fundación Henson y amigos como Manuel Morán. La representación, afeada únicamente por las flashes fotográficos y el timbre de los móviles que varios espectadores indolentes nos hicieron sufrir en perjuicio de la delicada atmósfera de la puesta, quedará en la memoria por el cuidadoso trabajo de manipulación, el diseño expresivo y estricto, y el diálogo que con sus figuras, no a manera de dios sino de poeta, el propio Eric Bass nos regaló. Valga la advertencia para evitar esas agresiones en los días por venir: el mundo del títere es muy delicado. Y la poesía, ni se diga. Cuidemos entre todos estos retratos de arena y cristal que vienen a recordarnos que también somos figuras de un retablo que se alza entre la vida y la muerte.

Como perla final, Eric Bass hizo subir a la escena a funcionarios y artistas, para crear entre todos la música que uno de sus títeres, proveniente de la vieja tradición del music hall, nos regaló como agua fresca. Ese toque de humor nos hizo pensar en el títere como puente y prodigio: una idea que Matanzas, y este taller, nos devuelven cada dos años. A sus habitantes, a nuestros artistas, y como agradecida ventana abierta al mundo.

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