Geni, maldita historia de los hombres

Karina Pino Gallardo • Matanzas, Cuba

Una mujer maldita se convierte en la contradicción más terrible de un pueblo. Geni, la que se entrega a todos, la que solo es digna de ser escupida y maniatada. Todos se rinden ante ella y al mismo tiempo no tienen más opción que repudiarla.

Imagen: La Jiribilla

Hay un argumento muy sencillo detrás de Geni, la última tentación, un espectáculo de Badulake Teatro ―presentado en el XI Taller Internacional de Títeres de Matanzas−, singular por su trabajo con las figuras de papel y su exploración en el estatismo de los personajes que se inspira en la estética del cómic y del arte urbano. Pareciera que la ciudad ―cualquiera de las grandes junglas de concreto del mundo, atestadas de tráfico, polución, garbo y violencia− reproduce el código siniestro de las sociedades enfermas que acusan y controlan a sus individuos. Geni, dentro del código, resulta la grieta por donde se cuelan los padecimientos más oscuros de la naturaleza humana, y, a su vez, los más contradictorios. El pedazo fermentado que termina por salvar al colectivo a través de lo que todos aspiran: el acceso al poder.

Lo revelador de la propuesta es que esta idea, que se repite cíclicamente a lo largo de la historia humana desde que el mundo es mundo, está narrada de manera autorreferencial: lo más importante no es precisamente lo que se dice, pues el texto es una especie de letanía donde se repite continuamente el nombre maldito y bendito de Geni. Es la estructura formal que se construye a través de las apariciones y desapariciones de las distintas figuras recortadas y adheridas a una base que permite su equilibrio; como si un artista urbano, callejero, habitante sensible de una favela cualquiera, hubiese recogido la vida de una mujer, de una ciudad y de un espacio social en un cúmulo de diarios impresos en blanco y negro, o fotografiado, con una vieja Nikon encontrada en la avenida, retazos mediáticos de vidas paralelas que luego encontraron una subterránea conexión.

El papel, el trabajo con el color, la enorme cantidad de figuras que intervienen y su expresión entre posada y desenfadada, como los ambientes oscuros y sumamente atractivos del filme Sin City, se relacionan íntimamente con el fermento y la impiedad presente en la historia que se narra. Geni dibuja así un vínculo doloroso con una especie de tradición ontológica, del ser, una conexión estrecha del hombre con sus prejuicios, leyes absurdas de existencia y necesidad de control, a través de un viaje por una estética surgida de los bajos fondos y los espacios de margen. La mujer, después de apedreada, es vitoreada. Pero el hombre siempre necesita su pieza de sacrificio: una nueva Geni en la misma ciudad, que se la traga en el centro mismo de sus imponentes rascacielos. Este espectáculo muestra la última idea del hombre contemporáneo: vivir no es más que un acto de política.

Comentarios

Tuve la oportunidad de ver esta obra acá en Lima, Perú. Quedé encantada y me identifico bastante con la crítica. Sin duda Ainé es genial.

Acabo de leer tu critica. Me encanta, hace una gran reflexión de lo que es la obra. Muchas gracias!! Gracias y un gusto compartir con el pueblo cubano mi arte.
Ainé

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