Festival Internacional de Guitarra de La Habana

Fiesta de cuerdas con Pancho y Silvio
en el patio de la Casa

Fidel Díaz Castro • La Habana, Cuba
Fotos: R. A. Hdez

Una gran fiesta musical resultó la tarde noche de este domingo 27 de abril cerrando el Festival de Guitarra de La Habana; fiesta en el sabroso, espacioso y emblemático patio de la Casa del Alba. Desde bien temprano abarrotada de impacientes la esquina de Línea y D, en la vieja barriada del Vedado. Era la entrada por invitaciones, pero todos lo sabíamos: poco antes de las 7,  las grandes rejas se abrían y entramos todos a explayarnos por la hierba del jardín —o casi todos, pues numeroso público decidió ver el concierto desde la acera.

Imagen: La Jiribilla

Entre árboles y trinos, y vecinos asomados en balcones, rompió Pancho Amat, guajirón inigualable con su tres, acompañado de Dayron Fonseca en la guitarra. Brindó un espeso Ajiaco sonoro, donde el son desde el nengón (su raíz oriental) hizo al público menearse en sus asientos. Luego el Son a Catina y el cierre con el clásico Capullito de alelí, de Rafael Hernández, en el que no solo Pancho nos puso a cantar, sino también a dialogar invitando al público a jugar palmeando el fraseo que le proponía con su tres.

Por eso yo te canto a ti
mi capullito de alelí,
dame tu aroma seductor
y un poquito de tu amor.
Porque tú sabes que sin ti
la vida es nada para mí.
Tú bien lo sabes
capullito de alelí.

Imagen: La Jiribilla

La fiesta de la guitarra estaba plantada y Pancho cedió el escenario a un viejo y admirado amigo, con quien ha andado buenos senderos musicales: Silvio Rodríguez. Subieron con él a escena Trovarroco (Rachid López en la guitarra, Maikel Elizarde en el tres y Cesar Bacaró en el bajo), Niurka González en la flauta y Oliver Valdés en la percusión. Silvio entró como, otro buen guajiro, haciendo gala de su terruño. Tras agradecer a los organizadores que lo invitaran al Festival de Guitarra de La Habana, Silvio aludió a la amistad con el afamado tresero y dijo: “Pancho es de Güira de Melena y yo de San Antonio de los Baños, dos pueblitos rivales en la pelota... en la guitarra nos llevamos mejor”.
Y por su pueblo empezó, recordando su infancia cuando Narciso el Mocho empinaba, para maravilla de los niños del barrio, el Papalote:

Será por todo esto
que mi memoria se empina a ratos
como tus papalotes,
los invencibles, los más baratos;
y te levanta en peso,
Narciso el Mocho, para ponerte
junto a los elegidos,
los que no caben en la muerte.

El papalote
cae, cae, cae, cae, cae.
El papalote
cae, cae, cae, cae, cae.
Se va a bolina la imaginación.
Buena cuchilla la picó.

Imagen: La Jiribilla

 

Con ese son guajiro, espeso, de cierta ruptura trovadoresca, Silvio nos lleva no solo a su pueblo natal, (pueblito típico, con su calle ancha, su bar El Sol de Cuba, la Taberna del Tío Cabrera...), nos abre desde la mirada retrospectiva el cariño hacia ese ser humilde, solidario, viejo casi niño, negro, discriminado o ignorado, que cobra carácter de símbolo en Narciso el Mocho, que vivía “inventando” papalotes para empinar sus penas y alegrar el cielo y el alma de los niños:

La gente te chiflaba
cuando en la tarde subías borracho;
tú contestabas piedras
y maldiciones a tus muchachos.
Eras el personaje
de los trajines de tu pueblo;
eras para la gracia;
eras un viejo; eras negro.

Una noche el respeto
bajó y te puso bella corona
—respeto de mortales
que, muerto, al fin te hizo persona—.
Pobre del que pensó
—pobre de toda aquella gente—,
que el día más importante
de tu existencia fue el de tu muerte.

A los que seguimos por décadas sus conciertos esta entrada empinando el papalote nos auguraba una noche cargada de sorpresas. Liberado un poco del compromiso de las canciones más cantadas, esas que inevitablemente pide el público en los barrios, (aunque estábamos también de cierta forma en una esquina de barrio —no por ser el Vedado deja de serlo—) Silvio venía con nuevas-“viejas” piezas montadas con las cuales trazaría caminos musicales que han marcado su guitarra, y ese abanico de ideas (todo un cosmos) que expande su poética.

Corrían los días de fines de guerra.
Había un soldado regresando intacto
—intacto del frío mortal de la tierra,
intacto de flores de horror en su cuarto—.

Elevó los ojos, respiró profundo,
la palabra cielo se hizo en su boca
y como si no hubiera más en el mundo
por el firmamento pasó una gaviota.

El soldado que no fue vencido por la guerra, cae herido de muerte ante esa mujer, o gaviota, que trae el embrujo de la belleza, de la armonía, de la danza, en el lírico vuelo de la guitarra de Silvio que ahora amplía su aletear transportada a las cuerdas de Trovarroco: Gaviota, gaviota, vals del equilibrio, cadencia increíble, llamada en el hombro.

Gaviota, gaviota, blancura, delirio,
aire y bailarina, gaviota de asombro.

Ha pasado el tiempo; sinsabores de la escases material (aunque nunca se ha nadado en abundancia), cantos de sirena más enloquecedores (y que surten mayor efecto ante el adormecimiento o implenitud con que se muestra la  alternativa del amor), o quién sabe cuánto desvarío acumulado, provocan que pierda el rumbo otra gaviota; se hace un punto en el horizonte, y otra vez el bardo convierte en canto lo inalcanzable: la perfección de la belleza;  solo que el otrora vuelo que se le encimaba, esta vez se va de él, o de su hábitat, o de sí misma.

Y el camino que emprendas, Rosana,
será mejor a veces,
porque en otros momentos, cubana,
tu llorarás con creces.
Ya te vas. Yo no me quedo y no atino
a saber qué ha pasado.
Sólo sé que, por causa o destino,
ya no estás a mi lado.

Inútil retener al ave que se aleja, cuartar un vuelo no resuelve acunar y salvar, si implica renuncia a ese sueño —sea cierto o espejismo; cualquier explicación sería inescuchada, todas las razones —aun en el caso de aceptadas— implicarían renuncia, y los ojos de esa ilusión las juzgarían eternamente. Es tan difícil la pelea, llegan los pichones, y crecen con pocos argumentos, tan pobres, que cuando queremos asustados abrirles los ojos de las esencias vitales se han buscado, o ganado, un cuento. Sabemos que ni remotamente es lo mejor, pero perdimos el tiempo de ensanchar sus alas. Nos queda entonces recordar a Francisco (Pancho) Repilado, soneando tensamente, leerle el destino en la mano, y desearle suerte empinando los labios al viento.

Ni un centavo te cuesta este beso,
pues mi alma lo paga.
Sólo espero lo mismo por eso,
hasta el fin de la saga.
Cuando escriba la vida los buenos,
al final vencedores,
se sabrá que no usamos veneno
con aroma de flores.

Sentado en este lado de la playa, tras escudriñar el horizonte en que la gaviota fue un punto hasta la nada, el trovador se mira en el tiempo:

Como una gota fui de la marea
la playa me hizo grano de la arena.
Fui punto en multitud por donde fui
nadie me detectó y así aprendí.

No se detienen los años, el poeta no puede dejar de enviar señales, a Narciso, a la gaviota, a Rosana, a los que fueron, o se fueron, a los
que vienen, a los que están, a los que ya no saben si están, o no quieren confesar que ya no están, señales hacia el siempre y todavía:

Hoy llevo el doble dando coordenadas
pero nadie contesta mi llamada.

¿Qué puede haber pasado a mi señal?
¿Será que me he quedado sin hogar?

Canción tras canción, ha crecido la vida, hasta dimensiones insospechadas, han llegado retoños, mediante árboles, hijos y libros; se hace cada vez más difícil luchar contra los premios de esas virtudes, se va deslizando el ser humano que está detrás de la guitarra, hacia dimensiones terriblemente hermosas, otros cosmos, ¡tanta distancia se va salvando, de hallazgo en hallazgo! hasta que, sin darse cuenta, está cerquita de Casiopea:

El trance me ha mostrado otra lección:
el mundo propio siempre es el mejor.

Me voy debilitando lentamente
Quizás ya no sea yo cuando me encuentren.

El patio de la Casa del Alba ve caer la tarde, crece el trino, no se sabe si por embullo de los pájaros o la complicidad del público. El trovador va dando saltos en el tiempo, canciones de los 70, de los 90, o ya del siglo XXI, cinco décadas de tantas, y todas parecen de hoy, todas hurgando en nosotros, que somos también de diversas épocas, muchos jóvenes, padres con hijos, abuelos, todos tocados por la poesía que nos explica y cuestiona los más intrincados rincones de la existencia:

Dejando su lugar
entre las cosas que se dan amor,
quien tiene viejo el corazón se va.
Huye a su habitación,
llevándose lo que jamás llegó,
lo que ya nunca llegará: su amor.

Tenía a mis amores (buena parte de ellos) conmigo en el patio: la compañera, los hijos (en espaciada escalera de edades), muchos amigos, de varios rincones del mundo, y de Cuba, que se dieron cita allí como por arte de magia (o más bien por arte de Silvio), la Casa y el Árbol, y sabía que una canción que reúne tantos dolores y amores no podía faltar en ese concierto; por una razón más allá (o más acá) de todo eso, aparte de ser una de los más hermosos poemas, es también una de las más líricas piezas guitarrísticas hechas en casa Cuba (aquí va un guiño para mi amigo periodista de la nota promocional al que le parecía poco el virtuosismo):

En estos días,
todo el viento del mundo sopla en tu dirección.
La osa mayor corrige la punta de su cola
y te corona
con la estrella que guía,
la mía.

Los mares se han torcido
con no poco dolor hacia tus costas.
La lluvia dibuja en tu cabeza
la sed de millones de árboles.
Las flores te maldicen muriendo,
celosas.

Claro que los amantes en ese momento se apretaron las manos; una por la poesía que nos enlaza y otra por compartir esas ganas de hacer algo, por un mundo que a cada segundo se va desangrando, entrampado en las guerras impuestas por la ambición, en los millones de ignorados que sufren y se van sin misericordia, en la desaforada guerra consumista, que desprende las almas y la memoria de los seres humanos, en los pueblos que son tergiversados y anulados por el imperio mediático:

En estos días
no sale el sol,
sino tu rostro.
Y en el silencio,
sordo del tiempo,
gritan tus ojos.

¡Ay! de estos días terribles,
¡ay! del nombre que lleven,
¡ay! de cuanto se marche,
¡ay! de cuanto se quede.

¡Ay! de todas las cosas
que hinchan este segundo.
¡Ay! de estos días terribles,
asesinos del mundo.

Imagen: La Jiribilla

 

Miramos al escenario, Silvio allí, ya envuelto en canas, el mismo a veces parco, con algún que otro chiste (como lanzado de costado), en ocasiones como ensimismado, cazando una nota en el viento, y los viejos seguidores no sabemos ya si lo que más le admiramos es la millonadas de canciones con que ha poetizado nuestras vidas, o esa coherencia de la suya vertida en ellas. Esta vez la canción no vino, como en el disco primigenio, con los versos de Bertolt Brecht, pero muchos lo declamamos para adentro pensando precisamente en el trovador:

Hay hombres que luchan un día
y son buenos.
Hay otros que luchan un año
y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años
y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida:
esos son los imprescindibles.

Imagen: La Jiribilla

 

Sueño con serpientes, una canción del primer disco “Días y flores”. Silvio la dedica al viejo amigo, el maestro Jesús Ortega, “la estrené en tu casa, creo” le dice. Si tenemos en cuenta que fue compuesta en 1974, pues el reencuentro de la canción con sus amigos-testigos ha ocurrido tras cuatro décadas. Aquel lejano día en casa de Ortega empezó a hacer una rara canción de algunos, ahora es pesadilla y fe de multitudes.

Ésta al fin me engulle, y mientras por su esófago
paseo, voy pensando en qué vendrá.
Pero se destruye cuando llego a su estómago
y planteo con un verso una verdad.

José Julián, mi hijo que ya empieza a guitarrear, escudriña buscando robar acordes y susurra, la niña, la menor, se divierte, viendo en vivo al ídolo de los videos en casa,  Abelito, el mayor, entona a voz en cuello (tiene a quien salir) y temo que moleste a los espectadores colindantes; los jóvenes amantes cantan buscando una palabra, una melodía, un misterio para hacerlo común; Alí Baba, el capitán Nemo, Simbad el marino, navegamos por los océanos de la fantasía, también nos sumergimos con pasión ecológica siguiendo a Jacques Costeau, y tratamos de conquistar el amor investidos de la gracia del cantor amado, que podría ser el propio Silvio:

Estoy buscando melodía
para tener como llamarte.
¿Quién fuera ruiseñor?
¿Quién fuera Lennon y McCartney,
Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque?
¿Quién fuera tu trovador?

Imagen: La Jiribilla

 

El tres de Maikel Elizarde da los toques del vuelo, le sigue la guitarra de Rachid, luego Bacaró con el bajo, se eleva entre cuerdas que ahora son alas, la antigua mariposa, esos guerreros que aman y cantan desde la América Nuestra y Nueva. Miro a mi alrededor hay chilenos, argentinos, uruguayos, colombianos, españoles, y de otros lares, tirados en la hierba, entonando con nosotros con voz única, como coro sin fronteras:

Así eras tú en aquellas tardes divertidas,
así eras tú de furibunda compañera.
Eras como esos días en que eres la vida
y todo lo que tocas se hace primavera.
¡Ay mariposa!, tú eres el alma
de los guerreros que aman y cantan
y eres el nuevo ser que se asoma
por mi garganta.

Se ha condensado la existencia, convivimos con nuestros fantasmas, están con nosotros los guerreros de la libertad, de la dignidad, de la igualdad, guerreros que no matan, que curan, con colores, con la armonía del vuelo, con la más noble ilusión, sobrevolando como manto protector este momento:

Tu tiempo es ahora una mariposa,
navecita blanca, delgada, nerviosa.
Siglos atrás inundaron un segundo
debajo del cielo, encima del mundo.

La próxima pieza va para un gran cantautor, a punto de cumpleaños, el argentino Víctor Heredia, otro que ha recorrido décadas a la par de Silvio, dejándonos himnos de esperanza, de pueblo común contra el odio, las guerras “Razón de vivir”, “Todavía cantamos”, “Sobreviviendo”,  a él le dedica esa canción remota que nos trajo la certeza de la trova de siempre y para siempre:

Aunque las cosas cambien de color,
no importa pase el tiempo.
Las cosas suelen transformarse
siempre, al caminar.
Pero tras la guitarra siempre habrá una voz
más vista o más perdida
por la incomprensión de ser uno que siente,
como en otro tiempo fue también.

Y yo, aprovecho el puente musical para decirle a Amalia, que en sus 9 años ya es furibunda compañera de las canciones poéticas (y no únicamente por el padre) que mientras haya amantes habrá trova, a pesar de tanta canción apócrifa, carente de espíritu, seudoarte que nos tratan de inyectar mediáticamente para descerebrarnos. Ella hace una muequita de “eso ya lo sé” y empata, tímidamente, su voz con la del trovador:

Aunque las cosas cambien de color,
no importa pase el tiempo.
No importa la palabra que se diga para amar.
Pues, siempre que se cante con el corazón,
habrá un sentido atento para la emoción de ver
que la guitarra es la guitarra,
sin envejecer.

Y como si mi niña Amalia necesitar jugara un papel más protagónico, Silvio sorprende nuevamente, y yo la aprieto, desde que identifico el tema y le digo: esta la hizo el trovador para hablar de las grandes mujeres de nuestra historia, la cubana y la humana, pero no pudo negar que de todas, la que más le ha estremecido, es su hijita. Ella sonríe, esta pieza no la conocía. Me han estremecido un montón de mujeres, mujeres de fuego, mujeres de nieve.

Pero lo que me ha estremecido
hasta perder casi el sentido,
lo que a mi más me ha estremecido
son tus ojitos, mi hija,
son tus ojitos divinos.

Imagen: La Jiribilla

 

Ha llegado el momento del cierre, dijo: y el público corea un Noooo. Silvio advierte que no hizo un programa extenso, y que se va soneando. Ya sabía, que sería “Cuentan” una pieza remota que la tenía guardada entre las inéditas que circulan sacadas de casetes, de aquellas que Silvio grababa lo mismo en una grabadora de cintas, que en un estudio de radio, o en la casa de un amigo, o alguien que apuntó el micrófono hacia un bafle en cualquiera de aquellos primeros conciertos. “Cuentan” que era de suponer una de las cientos de canciones del trovador condenadas a un viejo recuerdo, reaparece ahora soneada, más atrás, con mucho color bailable, en el que Niurka (que había estremecido creando atmosferas con su flauta en varias oportunidades) ahora fraseaba a lo Aragón, arrancando ovaciones. Maikel hizo otro tanto. Y no dejar de ponerle asteriscos a Oliver que en sus diversas percusiones y misceláneas, le da a cada pieza el sustrato de ritmo y espesura que requiere, con su virtuosismo de “para qué contar”.

Cuentan
que allá por mil novecientos setenta
fue lanzado al espacio un cosmonauta,
un hombre bueno de la ciencia,
un héroe de la tradición.

La historia del cosmonauta, héroe de multitudes que cae en una selva y una tribu ignorada, lo ignora, desconoce y devora; esa historia de mundos que viven distantes en tiempo en el mismo instante y planeta; esta prehistoria con ricos y pobres, con seres llenos de brillos externos y otros con luces internas, esos contrastes absurdos, injusticias de todavía prehumanos, salen como juego en esta soneada final a la que Silvio agrega ahora improvisaciones, con acertijos para gozar y pensar.

Cuentan
que bombas de bacterias habían muerto
los pájaros, los árboles, el pobre
—todo lo que significó vivir—;
mientras las capitales irradiaban,
la choza condenada a sucumbir.

Se paran los músicos, saludan, el público de pie pide otra (más bien en plural), gritan títulos; prima Ojalá. Pero antes, cual atando el rosario de temas, salta la Tonada del albedrío:

Dijo Guevara el hermoso,
viendo al África llorar:
en el imperio mañoso
nunca se debe confiar.

Ya muchos estamos de pie, buscamos el abrazo de la cofradía espiritual, el Ale, con su Albita encima casi me critica lo tranquilo que he estado en este concierto, y es que también quería marcar momentos para Amalia, aparte de algunos apuntes para escribir luego.

Dijo Guevara el humano
que ningún intelectual
debe ser asalariado
del pensamiento oficial.

Debe dar tristeza y frío
ser un hombre artificial,
cabeza sin albedrío,
corazón condicional.

Mínimamente soy mío,
ay, pedacito mortal.

Saboreamos ideas detrás de la tonada, la invitación a la libertad cultural, a la defensa del criterio, la poesía trovadoresca que viene acompañando a los pueblos en la búsqueda de su identidad, de su dignidad, enfrentando a los depredadores del espíritu humano; enfrentando tiempos de egoísmo, sacudimos tras los versos, al Che altruista, crítico severo con las manquedades o mediocridades, implacable con su propia vida:

Y dijo el Che legendario,
como sembrando una flor:
al buen revolucionario
sólo lo mueve el amor.

Todos aplaudimos de pie, los músicos se iban y retornan, Silvio sabe que todos quieren cantar con él, y despedirnos con un Ojalá. Nos complace:

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve,
ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

 

Imagen: La Jiribilla

Las canciones del concierto:

1. El papalote (1972)
2. La Gaviota (1976)
3. Rosana (1997)
4. Casiopea(1993)
5. Quien tiene viejo el corazón (1977)
6. En estos días (1977)
7. Sueño con serpientes (1974)
8. ¿Quién fuera? (1990)
9.  Mariposas  (1971)
10 La canción de la trova (1967)
11. Mujeres (1975)
12. Cuentan , 1970
13.Tonada del albedrío(2007)
14. Ojalá (1969)

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