Caída libre

Daniel Burguet • La Habana, Cuba
A Onelio y Juan Candela

En serio que yo no sé lo que pasó oficial. Yo no tuve nada que ver. Pueden preguntarle a cualquiera del campamento. Mire, si es que yo no tengo la culpa de que a Serafín le haya dado por ponerse a escribir. Con todas esas cosas de hacerse escritor y de pasarse el recondena’o día leyendo.

Si hasta se llevaba los libritos esos para el corte y cuando parábamos a almorzar, comía leyendo. Óigame, y no paraba de hablar de libros, y de literatura, y de técnicas narratorias ¿Narrativas? Ah, disculpe oficial. Técnicas narrativas. Ya lo azorábamos cuando se ponía al lado de nosotros en el corte, es que no hacía otra cosa que hablar de eso.

Después le dio por decir que tenía que recorrer el mundo. Que un escritor tiene que recorrer el mundo para saber de qué va a escribir, y tiene que pasarle bastantes cosas. Experiencias, como decía él. Tenían que pasarle “experiencias”.

Un día llegó hablando que quería escribir de los paracaidistas, y hasta averiguó dónde podía saltar en paracaídas, pero usted sabe que eso es difícil oficial. Y no sé quién le dijo a Serafín que yo había pasado el servicio militar de paracaidista. Mire usted, a mala hora. El día entero azocándome para que le dijera como era eso de saltar en paracaídas. Para que le explicara y le diera mi “experiencia”. Yo no le hacía mucho caso sabe, porque es que Serafín volvía loco a cualquiera. Tú hablabas con él y él no te dejaba hablar. Te hacía una pregunta y cuando la ibas a responder ya te estaba haciendo otra. Volvía loco a cualquiera. Por eso le di de lado con lo del paracaidismo. Además, yo solo me tiré en paracaídas tres veces.

La cosa se me jodió antier, el día del aguacero gordo. Oiga, el día entero lloviendo y no pudimos ir al corte. Tuvimos que quedarnos tirados en las literas. Ahí aprovechó Serafín para que le contara eso del salto en paracaídas. No sé si era porque estaba lloviendo y no tenía na’ mejor que hacer, o porque quería quitármelo de arriba, pero le dije que le contaría. Salió desboca’o a buscar una agendita donde anotaba las cosas que le contaban. De ahí fuimos para atrás del barracón, no quería que nadie se pusiera a chivarnos. Nos sentamos en el murito del patio. Ya la lluvia había amaina’o un poco y eso me gustó, tenía tremendas ganas de salir del barracón.

Yo le dije a Serafín que solo me había tirado en paracaídas tres veces y que no era muy bueno haciendo cuentos. Él me dijo que no importaba, que para los cuentos estaba él. Yo solo tenía que decirle todos los detalles y él con la imaginación haría lo demás.

—Pues na’. Te subes al avión y cuando estas a una altura alta, el instructor te empuja pa’ que saltes —le dije.

—No Telencio, yo necesito que me cuente más detalles. Que me dé todo desde su experiencia. ¿Antes de subir al avión que hacen?

Y me miró atento, con el mochito de lápiz apoyado en la libreta para empezar a escribir en cuanto yo hablara.

—Pues la primera vez te dan el paracaídas y el instructor te ayuda a ponértelo. Después se hace un círculo y se practica el salto pero en la tierra ¿tú me entiendes? Ahí nos dicen que contemos hasta diez para abrir el paracaídas. Pero no se puede contar lento, porque si no te destarras contra el suelo.

En cuanto le dije eso soltó el mochito de lápiz y se paró al lado mío.

—¿Cómo es que se ensaya?

Me tuve que parar también y le abrí las manos como si fuera a volar.

—Cuando vas cayendo tienes que controlar las manos, para que no te den viandazos contra el cuerpo. Además, tienes que equilibrar la posición, porque si no te caes con la cabeza pa’ abajo, y es difícil que puedas abrir el paracaídas así.

Me puse a moverme delante de él, para que viera como tenía que hacerlo. Óigame oficial, lo cogió rapidísimo. Yo me demoré como cinco clases.

—Acuérdate, tienes que contar hasta diez, pero rápido —le dije, porque eso era otra cosa que nos repetían mucho antes de saltar.

—Telencio ¿y cómo es que los ayudan a ponerse el equipo?

Serafín me tenía embullado, así que entré pal barracón a buscar la mochila de campaña que nos dan al principio de la zafra. No es un paracaídas pero se parece bastante, como tiene las correas y las anillas. Salí y se la puse a Serafín.

—Acomódatela, que no te caiga más abajo de la cintura —le dije y Serafín se ajustó las correas—. Esto parece casi un paracaídas, lo que el paracaídas pesa más, y tiene otro bolsito más chiquito abajo que es donde va el paracaídas de emergencia.

Había que verle la cara a Serafín, de lo más serio. Parecía un verdadero paracaidista. Tocaba las correas de la mochila y se las ajustaba como si de verdad fuera a saltar.

—Telencio, si me puede ajustar las correas. Es para entender mejor al personaje.

Le expliqué lo de las anillas y apreté un poco las correas.

—¿Y ahora es que se sube al avión?

—Sí —le dije—. El instructor es el último en subir, pa’ que ninguna jutía se raje y salga corriendo.

Serafín se subió en el murito. Ahí me dio un poco de pena que me vieran con él. Parecía un loco, con la mochila toda amarrada y subido en el murito, mirando con tremenda cara al charco que tenía en frente.

—No se preocupe Telencio, es cosas de escritores, para entender al personaje.

Lo que yo le decía oficial, que eso de ser escritor no está bien. Que le da a uno por hacer cosas rarísimas. Después me preguntó cuánto se demoraba el avión en alcanzar la altura, y yo le dije que diez minutos más o menos.

—¿Y cuando la alcanza que hacen?

Cuando me preguntó tenía tremenda cara de susto, y estaba sudando frío.

—El instructor abre la puerta y to’ el mundo se pone en fila. Entonces se van empujando en la fila, y al último lo empuja el instructor.

Serafín abrió como una puerta invisible, como hacen los chiquillos cuando juegan. Y como que se asomó alargando un poco la cabeza. Ahí mismo empezó un aire a darle en la cara que lo despeinó. Se echó pa’ atrás y me miró. Yo no entendí nada. Así que le seguí explicando.

—Empiezan a saltar y el instructor te va gritando siempre lo mismo, que se acuerden de jalar duro la anilla, y que cuenten rápido hasta diez.

Serafín se había quedado como una estatua mirando la tierra. De pronto saltó, y ahí mismo le menté la madre, pero bajito, porque había saltado para arriba del charco de agua, y seguro que formaba tremenda salpicadera y yo no tenía ganas de embarrarme de fango. Pero no pasó eso, que va, se quedó en el aire.

Estaba flotando ahí, arriba del charco, del lado de allá del murito. Pensé que esas eran cosas que hacían los escritores con eso de entender al personaje, así que no le dije nada.

—¡Y ahora qué hago!

Me gritaba. Había un aire que le daba durísimo en todas partes. La ropa no paraba de movérsele como queriendo salir disparada del cuerpo, y el poco pelo que tenía estaba alborotaísimo.

—Ve moviendo un poco las manos y los pies, como si estuvieras volando. Trata de no empezar a dar vueltas, que si das vueltas te jodes. Acuérdate lo que te dije.

Y abrió un poco más las manos y los pies, y flotaba de lo mejor, como si tuviera una pila de saltos. Se ve que al pobre le molestaba el aire en los ojos, porque le lloraban y tenía que ponerlos chino para poder mirarme.

—¡¿Qué más hago Telencio?! —me gritó.

—Contar hasta diez y jalar la anilla de la derecha. Jalarla duro.

Serafín trataba de mirar abajo pero el aire no lo dejaba. Vi que se puso a contar bajito y de pronto jaló la anilla derecha de la mochila. Le metió tremendo jalón y ahí le volví a mentar la madre, bajito igual, porque me rompió la mochila.

—¡Telencio, esto no se abre! ¡¿Qué hago ahora?!

Casi lo mando pal carajo y le digo que se las arreglara como pudiera. De contra que le había prestado la mochila me la viene a romper.

—¡Meterle un jalón a la anilla de seguridad y rápido, que si no te estrallas! —le grité, y ni sé bien porqué le grité, porque lo tenía a menos de dos metros de mi cara, flotando en el aire.

Serafín le metió un perro jalón a la anilla de la izquierda de la mochila y me la arrancó también. Qué encabronamiento cogí, me dieron ganas de meterle cuatro pescozones. Iba a tener que cambiarme su mochila por la mía en cuanto se bajara de ahí.

—¡Tampoco se abrió! ¿Qué hago ahora?

Ya estaba acompleja’o con todo eso, quería que acabara de aterrizar. No estaba para que me vieran con Serafín mientras hacía esa cosa rara de escritor de flotar en el patio. Además, me estaba desguazando la mochila poquito a poco. Acomplejaísimo me tenía.

—¡Ahora tendrías que jalar la mochilita de seguridad, pero no tienes ninguna! ¡Así que arriba, bájate de ahí ya y devuélveme la mochila! —seguía gritándole.

—¡Espérate Telencio! ¡Dime donde debe ir la mochilita y yo me la imagino! ¡Para entenderlo todo compadre!

Tuve que coger paciencia.

—Cuando saltas… —le dije normal, pero el muy zocotroco me volvió a gritar.

—¡Grítame, que el aire no me deja oír bien!

Tremenda pena me iba a dar si salía alguien del barracón y nos veía en eso.

—¡Cuando saltas, la mochilita te queda entre las piernas!

Serafín se miró entre las piernas, y se estuvo mirando un rato. Pensé que se iba a estrallar contra el suelo, porque llevaba como cinco minutos flotando y en cinco minutos, más o menos, uno se estralla si no abre el paracaídas. Seguro que le quedaba poco tiempo.

—¡¿Y cuando la abro que pasa?!

—¡Sale un paracaídas chiquitico, que jala al otro grande y se abren los dos!

Serafín le metió tremendo jalón a una de las tiras del pantalón, como si de verdad fuera la mochilita. Y en eso se abrió la mochila grande, y hubo tremendo ruido, y de pronto Serafín salió disparado para arriba. Y empezó a subir y a subir hasta que se perdió atrás de una nube de agua. En serio oficial, eso fue lo que le pasó.

Comentarios

Muy bueno, me recuerda al cuento de Akutagawa, el del senim. Éxitos!

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