Cinco cosas que quise decirle a Juanito Formell

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Cuando murió Benny Moré, Cuba sintió que perdía una parte de sí, pero a la vez que había ganado algo muy importante para siempre. Ese sentimiento puede ser el que ahora mismo muchos cubanos estemos sintiendo ante la muerte repentina de Juan Formell el primer día de este mayo.

Juanito y Benny, ¡qué clase de pareja! Al fundador de Los Van Van no le gustaba que lo compararan con el inmenso lajero; se sentía un deudor de su obra y ni de juego permitía un paralelismo.

Ciertamente ambos fueron fenómenos diferentes, pero de igual modo parecidos. Benny dejó una estela única en el territorio de la interpretación y la proyección social de la música popular cubana de su época. Formell nos ha legado un modo auténticamente revolucionario de concebir y entender la música popular bailable de nuestro tiempo. Cada uno en lo suyo, pero irrepetibles e inalcanzables.

Imagen: La Jiribilla

La huella en la trova quizá no sea tan visible como la del baile, pero no es menos importante y pienso crecerá con los años. De esto hablamos a medias, al evocar las canciones de los 60 en la voz de Elena Burke, o las incursiones en Las Cañitas del Habana Libre. Una vez me contó: “Blasito Egües, el hermano del flautista Richard, y yo hicimos una amistad muy grande. Y un día fue Elena como público al Habana Libre donde trabajábamos, Blasito la conocía, ella fue al camerino a saludar a la gente y Blas le dijo a Elena: «Chica, el muchacho este del bajo toca, tiene una pila de números que son un vacilón».  “De mis recuerdos”, todos esos números ya yo los tenía compuestos, y cogí la guitarra y se los empecé a tocar, y a ella le encantaron los números. Yo era trovador, indudablemente que yo era trovador; o sea, nosotros inclusive en La Lisa, allá en el barrio junto con mi hermano, mi hermano también tocaba guitarra, y armábamos descargas y hacíamos voces, o sea, que yo vengo también de la trova indudablemente. Inclusive ya más adelante, ya con Van Van yo seguí teniendo muy buena conexión con Silvio y Pablo”.
Siempre tuve deseos de decirle que no solo era un trovador, sino uno muy especial, que debe ser revisitado con mayor frecuencia.

A Juan también habría que considerarlo por su generosidad como músico. No todo aquel que funda un organismo tiene la humildad ni la previsión de definir el rumbo de las cosas que vendrán, desprendiéndose de vanidades.

Juanito confió en su hijo Samuel para que en vida le fuera sucediendo, la abrió las puertas a los jóvenes compositores sin que por ello pensara que estaba frente a la competencia. De tal manera aseguró la continuidad generacional vanvanera.

Imagen: La Jiribilla

Un día pensé decirle, además, que era uno de los músicos con mayor sentido de la autocrítica. No se permitía la más mínima brecha al facilismo, ni la menor concesión al populismo. Sabía diferenciar lo popular de lo populista y esa es una lección a tomar en cuenta a la hora de valorar su legado.

La quinta cosa que le diría en voz muy alta, para que más que él escuchen otros, tienen que ver con su irreductible concepto de la dignidad. Pudo acumular enormes riquezas, ser mimado por las transnacionales del espectáculo, convertirse en un ícono mediático en EE.UU., pero permaneció aquí, a pesar de tener una descendencia dividida, a la que cultivó y amó por encima de todo obstáculo: “No sé
respirar en otra parte”, me dijo en una ocasión.  Y ahí están sus palabras firmes como banderas en la prolongada tarde del Concierto por la Paz de 2009 en la Plaza de la Revolución. Porque Juanito vivió, murió y seguirá viviendo como un verdadero cubano.

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