Juan Formell, el "cancha" de la gran escena

Joel del Río • La Habana, Cuba

Cien veces lo leeremos y escucharemos decir en estos días: ha muerto el genial renovador de la música popular bailable cubana, el más elocuente, crítico y simpático cronista de nuestra sociedad en los últimos cuarenta y tantos años, el Premio Nacional de Música. Juan Formell tal vez sea, haya sido, seguirá siendo, uno de los pocos músicos nacidos en esta Isla a cuyas creaciones se vinculan la memoria afectiva, y sentimental, de todos los cubanos, de adentro y afuera, de cualquier edad y nivel económico o intelectual, credo político o filosófico. Se dice que es imposible poner de acuerdo a los cubanos, sin embargo, por más que abunden los imprescindibles lugares comunes y etiquetas familiares para definir  a un creador toda definición es reductora,  y cada cubano tiene su relación personalísima con los Van Van y, por ende, con el legado inconmensurable de Formell. Más que la banda sonora de nuestra vida, como se repite con insistencia, los Van Van son la leyenda y la religión que permiten comprender lo qué hemos sido y lo que dejamos de ser a lo largo de los años 70, 80 y 90.

Imagen: La Jiribilla

En lo personal, aunque soy de los cubanos que arrastra el pecado mortal de no saber bailar, tal vez por eso mismo, debido a esa frustración irresoluble, mi vida se ha visto jalonada por algunas canciones de Formell. De niño, recuerdo los trabajos voluntarios con mi madre en el cordón de La Habana, mientras el Lele le cantaba a una muchacha llamada Marilú o a una vieja de nombre Yuya Martínez, y uno hasta podía comparar al solista con sus pariguales de los Platters o de Los Zafiros, pero con un fondo irreprochablemente charanguero, de cubanía quintaesenciada, de la que jamás se desteñía, porque estaba en constante trance de evolución y mejoramiento. Y como la cubanía era la base, al igual que Benny Moré, los Van Van podían asimilar la guitarra eléctrica o el bajo y los trombones, porque todo se naturalizaba y fluía en un sonido que Formell llamaba “songo” y que era el resultado de múltiples y complejos experimentos rítmicos y melódicos.

La televisión proclamaba zafras y heroicas batallas, banderas desplegadas para construir un nuevo país que pudiera salir del subdesarrollo mental y cultural, y los Van Van acuñaban aquello de coger lucha y la compota de palo. Abundaban las escuelas en el campo, la revolución educacional, y en todas las emisoras de radio se escuchaba la romántica, ingenua, “La Habana joven”: “me apresuro a encontrarme contigo en el malecón, conversamos muy juntas las caras, y soñamos que linda es mi Habana, pasa un barco y te digo: Muy pronto seré capitán, yo seré capitán (…) Saboreando un helado me cuentas, que quisieras al fin ser maestra, eres un joven y pronto tus sueños serán realidades”. Pocas veces se cantó con tanta sencillez y belleza los ideales de una generación que en ese entonces intentaban hacer crecer este país.

Mientras tanto, Elena cantaba otras canciones de Formell, algunas más cercanas del filin (porque entre cosas Formell compuso tantas y tan distintas canciones que el conjunto escapa a toda definición o etiqueta) y en una suerte de poetización del realismo socialista, o por lo menos la decidida adscripción al materialismo dialéctico, entonaba aquello de “yo no quiero hablar del sol, solo quiero el calor, del mar, solo quiero su sal, porque de la vida, lo material, solo voy a tocar. Es que existir me interesa más que soñar, solo voy a luchar por vivir más y más”. O simplemente cantaba él mismo, y por supuesto componía, esos comentarios paródicos y choteadores de una ruptura amorosa desde “Chirrín chirrán” y “Qué voy a hacer si tú te vas”.

Imagen: La Jiribilla

Los años setenta se llenaron, junto con las canciones de Silvio, Pablo y Experimentación Sonora, de los Van Van, muchas veces con tono de filin, base sonera y recursos del rock o el jazz como “Llegué, llegué (Guararey de Pastora)”, “Hasta la semana que viene” o “A ver qué sale”, en la cual Formell autodefine su manera de crear, siempre pensando en el bailador, de la siguiente manera: “te voy a cantar y tú vas a bailar a ver qué sale. Tú muévete y yo cantaré a ver qué sale. Ponle atención al del violín, y tú serás el bailarín, a ver qué sale. Que si sale o si no sale, la cosa es de aprendizaje (…) esa nena con su baile, le da el ritmo de la clave”. A estas alturas, a mediados de los años 70, los Van Van contaban apenas con un lustro de trabajo pero ya su repertorio era ineludible en los numerosos bailes de casino que todavía existían en la capital de Cuba. Esa consagración de la orquesta a la constante renovación de las cadencias, los coros, los estribillos y la atmósfera tímbrica de los bailadores (porque una cosa es saber bailar y otra muy superior es saber bailar a los Van Van) está presente en “Te traigo”, “Dale dos”, o la preciosa “Mi son entero”, con reminiscencias de Guillén.

Al final de los años 70, llegó a la televisión el programa Para bailar, y volvió a poner de moda la música cubana, los bailes de casino, y se hizo patente la imposibilidad de una fiesta donde faltara la música de Formell y su tropa, al ritmo de “Es mucho”, “Con el bate de aluminio”, “Si a una mamita”, “La rumba no está completa”, “Agua que te quemas”. Pero la orquesta estaba a punto de estandarizar un sonido y sentarse a recoger los frutos de una sonoridad y un estilo propios, al igual que la mayor parte de las orquestas de música bailable de esa época. Sin embargo, otro de los grandes méritos de Formell y sus músicos tuvo que ver con la capacidad para cambiar de estilo cada ocho o diez años. Cuando estaba a punto de la repetición aparecieron los sintetizadores, y el nuevo estilo para los bailadores que significó “El buey cansao”. Todos, absolutamente todos los cubanos, podíamos finalmente bailar con los Van Van, incluido un adolescente de preuniversitario, como yo, con la cintura durísima para los contoneos y la gracia de la música vanvanera.

Imagen: La Jiribilla

Con el inicio de los años 80, se inició otro periodo de gloria que duraría, sin paréntesis, toda esa década. El ICAIC inicia, con Julio García Espinosa a la cabeza, un proceso de acercamiento al público, y los Van Van le pusieron banda sonora musical a Los pájaros tirándole a la escopeta, incluido el tema principal Y qué tú crees de una película sobre las discrepancias éticas entre las distintas generaciones. Además de la entrada al cine cubano por la puerta grande los Van Van habían acompañado en algunas canciones a Silvio Rodríguez y Mirtha Medina, mientras que Omara Portuondo y Beatriz Márquez entregan insuperables versiones respectivamente de “Tal vez” y “Este amor que se muere”.

Los años 80 fueron la época de Formell y Van Van para millones, mientras fuera de Cuba triunfaba la salsa, que había mantenido más o menos invariable el son cubano de los años 50. Los Van Van habían evolucionado en otra dirección, aunque descendieran en línea directa de los grandes soneros, trovadores, de Benny Moré, la charanga, la Aragón, la Revé, y muchas otras. Van Van tenía un toque moderno, glamoroso y mediático del cual carecían las demás orquestas de ese género. Pedrito Calvo había devenido sex symbol, ídolo de hombres y mujeres, además del más popular cantante de este país con aquello de “Por encima del nivel (La sandunguera)”, “Ay mamá recíbeme”, “Después que te casaste”, “Será que se acabó” y muchas otras. La orquesta populariza un grupo de temas clásicos asentados para siempre en  la memoria de quienes vivimos aquella década de corrección de errores y tendencias negativas. Eran canciones más o menos críticas, aunque casi siempre relatadas en primera persona, porque el Formell miraba a la gente, al pueblo, a la altura de los ojos, nunca desde la posición de vigía con complejo de superioridad. Son un prontuario de la Cuba ochentera “La Habana no aguanta más”, “Artesano del espacio”, “El buena gente” (lírica y chispeante crítica al “sociolismo” y el cubaneo), “La Titimanía” o “La Habana sí”, que alertaban tempranamente sobre el mal estado habitacional de la ciudad o sobre males como el desvío de recursos y la prostitución.

Hacia el final de los años 80, comienza a eclipsarse la fe vertical en las fuerzas generadoras de la nación. Hay un periodo de pesimismo que se registra en la plástica, el teatro y el cine. Los Van Van cantan y el país entero tararea y baila “nadie quiere a nadie, se acabó el querer”, tema dominante en el disco El negro no tiene na, mucho menos efervescente que sus predecesores, pues está dominado por temas menos alborozados como “Este amor que se muere”, “Me gusta y no puede ser”, “Me falta un año” y “Constructores por derecho”, con aquel estribillo tantas veces repetido de “ayúdame que yo te ayudaré”.  Para cerrar la década, los discos Crónicas y El que baila gana apuestan por una combinación expresa de lo culto y lo popular (que la orquesta venía verificando en la praxis desde hacía 20 años, a través de canciones como “Cuando yo vine a este mundo”, entre muchas otras) en temas como “No soy de la gran escena”, “Yo sé que Van Van”, “Me basta con pensar”, “Ahora dime si me quieres”, y otras que expresaban una dinámica totalmente distinta en los arreglos de voces y en el intercambio entre la voz solista y el coro.

Imagen: La Jiribilla

En los años 90, exactamente en 1994, me inicié yo en el periodismo en Juventud Rebelde. En uno de mis primeros trabajos, en aquella oscura década de periodo especial y pérdida de valores, criticaba la superabundancia en los medios radiales y televisivos de lo que entonces todavía se llamaba salsa (incluyendo ya la música popular bailable cubana hecha por artistas de adentro y de afuera de la Isla) y luego derivaría en timba. Muchos músicos me odiaron como si los hubiera ofendido personalmente. En programas de radio me tildaron de elitista, me mandaron a escuchar Radio Musical Nacional, y ocurrieron todo tipo de exabruptos. Luego tuve la posibilidad de conversar con Formell, por teléfono, y supe de su opinión, que yo suponía alineada en el bando de los “ofendidos”. Pero el Maestro estaba demasiado seguro del lugar que ocupaba en la cultura de este país como para comprender que cuando se hablaba de excesos en la divulgación, se hablaba de entregar los medios a la chapucería, la vulgaridad y la escasa creatividad. Y en esas huestes jamás podía integrarse Van Van.

Mi próximo encuentro con Formell fue hace pocos días. Me tocó evaluar como jurado en el Cubadisco los audiovisuales y concursaba un video clip y making of del concierto en el cual hacían dúo él y Beatriz Márquez cantando de nuevo “Este amor que se muere”. Y Formell habla de Beatriz, y lo hace con la sencillez, la generosidad para reconocer el talento ajeno y la inteligencia que lo caracterizaron siempre. Pocas horas después del deslumbramiento enésimo con el talento del artista, el Noticiero informó la triste nueva, y uno siente, aunque apenas nos conociéramos, que ha muerto alguien muy cercano y muy querido. Quizá en esa cercanía con los cubanos todos, en esa capacidad para hacerse entrañable y cotidiano, radicaba la grandeza de uno de los músicos más extraordinarios con que ha contado la Isla de la Música.

Comentarios

Gracias Joe, sentido articulo, profundo y sencillo a la vez, como el no ahora, sino siempre, mereció. Gloria al maestro, y aché pa el, donde esté...

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